Project Gutenberg's La Argentina, by Arcidiano D. Martin del Barco Centenera

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Title: La Argentina
       La conquista del Rio de La Plata. Poema histórico

Author: Arcidiano D. Martin del Barco Centenera

Contributor: Pedro de Angeles

Release Date: May 3, 2008 [EBook #25317]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Nota del transcriptor: la ortografía del original fue conservada; no ha sido corregida ni actualizada.

LA

ARGENTINA,

O LA

CONQUISTA DEL RIO DE LA PLATA,

POEMA HISTÓRICO

POR EL

ARCEDIANO D. MARTIN DEL BARCO

CENTENERA.

BUENOS-AIRES.

IMPRENTA DEL ESTADO.

1836.



DISCURSO PRELIMINAR

a la

ARGENTINA DE BARCO CENTENERA.

Cuando salió á luz este poema sobre la conquista del Rio de la Plata, las musas castellanas habian desplegado, en las obras de Garcilaso, Herrera y Luis de Leon, un estilo culto y elegante. Ni la lucha intestina de Fernando el Catòlico contra los Moros, ni las guerras exteriores de su sucesor Carlos V, fueron bastantes à detener los progresos de las letras, que sin proteccion y estìmulo florecieron en el reinado sombrío é inquisitorial de Felipe II. El gusto de la literatura italiana, que à mediados del siglo XVI. se habia generalizado en España, y el verso endecasilabo, introducido por Boscan, pusieron en voga à los grandes modelos que se ilustraron en la epopeya, y Ariosto, Camoens, y Taso, tuvieron sus émulos è imitadores.

Mientras que Zapata, Urrea y Samper celebraban à porfia las glorias de Carlos V, Pinciano escribia el Pelayo; Cueva, la Conquista de la Bética; Hojeda, la Cristiada; Mosquera y Zamora, la Numantina y la Saguntina; y el fèrtil è inagotable Lope de Vega, la Dragontea, el Isidro y la Jerusalen. Entre tantos ensayos desgraciados, ocupaba un lugar eminente el poema de D. Alonso de Ercilla, que al relatar los sucesos de Arauco, podia decir como Enea

quorum pars magna fui.

El mismo objeto se propuso D. Martin del Barco Centenera en su Argentina, en que describiò los acontecimientos que presenciaba, sino con toda la escrupulosidad de un historiador, almenos con un fondo de candor que le grangea crédito y confianza. Nació en Logrosan, en el partido de Trujillo en Extremadura, cerca del año de 1535, cuando se fundò por primera vez Buenos Aires, de la que estaba destinado á cantar la reedificacion. Abrazò el estado eclesiástico, y en clase de capellan acompañò la expedicion que, en 1572, saliò del puerto de San Lucar, bajo los auspicios del Adelantado Juan Ortiz de Zárate. La descripcion de este viage, una de las partes mas interesantes del poema, los amagos de una tempestad, y los estragos del hambre que estallò en Santa Catalina, son pinturas animadas de los incidentes de una larga navegacion.

En los veinticuatro años que pasò en Amèrica, el deseo de observar tantos objetos nuevos y curiosos, le hizo tomar parte en varias empresas, en las que arrostrò grandes peligros, siendo testigo de infinitas desgracias: y al cuidado que tuvo de relatarlas debemos las únicas memorias que nos quedan de un perìodo importante en la conquista de estas regiones. Acompañó á Melgarejo y á Garay en casi todas sus expediciones, y, segun parece indicarlo, fué uno de los que concurrieron à la fundacion de Buenos Aires en 1580.[1]

De todas las privaciones que sufrió, la que mas le molestò fué el hambre. Sus efectos fueron sobre todo terribles en Santa Catalina, donde á los horrores de una escasez absoluta se agregaron los de una crueldad refinada en los gefes, que enviaban al cádalso á los que luchaban con la muerte por falta de alimentos. El autor deplora estos rigores culpables; porque

La cosa á tal extremo habia llegado
Que carne humana ví que se comia.[2]

El mismo tuvo que echar mano de lagartijas, que no le parecieron tan sabrosas como ciertos gusanos que comiò despues en las márgenes del rio Huybay. Los habia de dos especies, y se criaban en cañas mas corpulentas que los robles:

En muy poco difieren sus sabores:
Estando el uno y otro derretido,
Manteca fresca á mi me parecia;
¡Mas sabe Dios el hambre que tenia![3]

En uno de estos apuros tuvo que usar de su influjo para tranquilizar la conciencia de una muger, que habia hurtado un perro sin atreverse à echar mano de él. Este episodio puede servir á dar una idea del génio festivo del poeta.

Viniendo de la iglesia una mañana
Que habia sacrificio celebrado,
Una comadre mia, Mariana,
De su pequeña choza me llamaba
En una isla, dó antes la tirana
Le habia á su marido sepultado:
Y oid lo que me dice muy gozosa,
Aunque del hecho suyo recelosa.

Un solo perro habia en el armada,
De gran precio y valor para su dueño:
Llamado, entró ese dia en su posada,
Mas nunca mas salió de aquel empeño;
Porque ella le mató de una porrada,
Al tiempo del entrar, con un gran leño.
Mostrándolo, me dice: ¿Qué haremos?
Yo dije:—Asad, Señora, y comeremos.

Estos lances de la vida estàn descritos en un estilo fácil y natural, que es el tono ordinario del poeta; sin que le falte vigor para elevarse, cuando su alma se halla profundamente conmovida. Si no fuera por no multiplicar citas, reproduciriamos varios trozos que nos parecen dignos de competir con los modelos mas acabados de la poesia castellana. Sirva de egemplo la octava, en que describe el hambre que asaltó à los compañeros de D. Pedro de Mendoza en Buenos Aires:

Comienzan á morir todos rabiando,
Los rostros y los ojos consumidos.
A los niños que mueren sollozando
Las madres les responden con gemidos:
El pueblo sin ventura lamentando
A Dios envia suspiros dolorosos:
Gritan viejos y mozos, damas bellas
Perturban con clamores las estrellas.[4]

Estos versos son tiernos, pero mas llenos de sensibilidad son los que le inspira la muerte de su compatriota Ana de Valverde.

Llore mi musa y verso con ternura
La muerte de esta dama generosa;
Y llórela mi tierra, Extremadura,
Y Castilla la Vieja perdidosa:
Y llore Logrosán la hermosura
De aquesta dama bella, tan hermosa,
Cual entre espinas, rosa y azucena,
De honra y de virtudes tan bien llena.

Las Argentinas Ninfas, conociendo
De aquesta Ana Valverde la belleza,
Sus dorados cabellos descojendo,
Envueltas en dolor y gran tristeza,
Estan á la fortuna maldiciendo,
Las flechas y los dardos, la crueza
Del indio Mañuá, que así ha robado
Al mundo de virtudes un dechado.[5]

No es nuestro propósito exagerar el mérito poético de la Argentina; y mas bien quisiéramos que quedase reducido à lo que es puramente indispensable para no fastidiar al lector que la consulta como monumento histórico de la época á que pertenece. Cuando se considera que los acontecimientos de un perìodo, que comprende toda la administracion de Garay y la de su sucesor Mendieta, no tienen mas historiador que un poeta, se siente la necesidad de acreditar, que

.........aunque su musa en verso canta,
Escribe la verdad de lo que ha oido
Y visto por sus ojos y servido.[6]

Este empeño en que se constituyò voluntariamente el autor, justifica su principal defecto, que es cierto aire prosaico, que es natural que prevalesca en una obra, despojada del brillante cortejo de las ficciones. Quítese todo lo que hay de fantàstico en los grandes poemas épicos, antiguos y modernos:—bórrense de la Eneida, de la Jerusalen y de la Lusiada, las pinturas de los Campos Eliseos, de los palacios y de las islas encantadas que tanto nos arrebatan, y no quedará mas que una fria narracion del viage de Eneas, de las guerras de Palestina y de la navegacion de Vasco de Gama.

Esta especie de crónicas rimadas tienen todos los vicios de los gèneros bastardos, cuyo carácter ambiguo es el mayor obstàculo à su perfeccion. Moratin en una de sus mejores sàtiras se declara contra esta clase de escritores, à los que dirige irònicamente los siguientes consejos.

Sigue la historia religiosamente,
Y conociendo á la verdad por guia,
Cosa no has de decir que ella no cuente.

No fingas, no; que es grande picardia:
Refiere sin doblez lo que ha pasado,
Con nimiedad escrupulosa y pia;

Y en todo cuanto escribas ten cuidado
De no olvidar las fechas y las datas,
Que así lo debe hacer un hombre honrado.[7]

Pero Moratin habla como poeta, y no piensa que pueda haber una sociedad que busque, en las pocas memorias coevas, tradiciones ciertas de su infancia: porque en este caso los defectos que ridiculiza le hubieran parecido otras tantas recomendaciones. Si algo falta al autor de la Argentina es la nimiedad escrupulosa, que tanto desagrada al Terencio español.

Aun así, la autoridad de Centenera ha sido de tanto peso para sus sucesores, que hasta han adoptado sus fábulas; y si por mucho tiempo se ha creido en las Sirenas, en los Carbunclos y en otras patrañas del mismo quilate, es porque él aseguró que los habia visto con sus propios ojos.

Los servicios que prestò en la conquista de estas provincias, mas reales que estos juegos de una imaginacion acalorada, le merecieron el titulo de arcediano de la Asumpcion, en cuyo caràcter acompañó à Fray Alonso Guerra (recien promovido à la silla episcopal del Paraguay), al concilio convocado en Lima en 1582, por el Arzobispo Melgarejo, mas conocido en los fastos de la iglesia bajo el nombre de Santo Toribio con que fué canonizado.

Para introducir alguna variedad en la relacion de estas tareas, pinta la hermosura y el lujo de las damas limeñas, de las que hace un retrato seductor.

Por las calles y plaza y las ventanas
Se ponen, que es contento de mirarlas,
Con ricos aderezos muy galanas,
Y pueden los que quieren bien hablarlas.
No se muestran esquivas ni tiranas,
Que escuchan á quien quiere requebrarlas:
Y dicen só el rebozo chistecillos,
Con que engañan á veces los bobillos.[8]

En estos episódios, y en los que le ministran los acometimientos de Drake y Candish, acaba su poema, imitando en esto à Ercilla, que tambien se distrae en describir las batallas de San Quintin y Lepanto. Centenera, que no ponia mucha importancia en conservar la unidad del poema, estuvo tentado de tratar de las guerras de Chile; y si no lo hizo, no fué por respeto à los preceptos de Aristóteles, sino por el que le inspiraba el mérito de la Araucana. El elógio que hace de Ercilla es honroso para entrambos.

Y pues que á Chile cupo tal belleza
De pluma, de valor, de cortesia,
No es justo que se atreva mi rudeza
Decir de Chile cosa: que seria
Muy loca presumpcion y gran simpleza
Meter hoz en la mies no siendo mia.[9]

Su morada en Lima, y la obligacion de sostener con decoro su rango, agotaron su peculio y lo dejaron sumido en la indigencia. Acostumbrado à vivir en la mediocridad, hubiera sobrellevado con resignacion esta desgracia, si hubiese podido renunciar igualmente al deseo de volver á su patria. Esta idea, que se habia apoderado de su espíritu, lo dispuso á la tristeza; y se hallaba en el mayor abatimiento, cuando

La Inquisicion le hizo comisario,
Y el Obispo de Charcas su vicario.[10]

En estas nuevas funciones pasó los ùltimos años de su residencia en Amèrica, hasta que en 1596 se resolvió á regresar á Europa. Al deseo de reunirse à su familia debiò agregarse el de dar publicidad á su poema, siendo imposible que lo verificase en Amèrica, donde aun no habia penetrado el arte tipográfico. Desembarcó en Lisboa, en donde dió á luz la Argentina, en 1602, bajo los auspicios del Marques de Castel Rodrigo, que gobernaba entonces el Portugal, à nombre de Felipe III: otra edicion publicó Barcia en el tercer tomo de sus Historiadores primitivos de las Indias occidentales; y ambas tan llenas de errores, que bastaria esta circunstancia á justificar su reimpresion.

Los ejemplares de que nos hemos valido, nos han sido franqueados, con su acostumbrada liberalidad, por el Sr. Canònigo Dr. D. Saturnino Segurola; y no creemos que se halle en Buenos Aires otra copia de la edicion de Lisboa. La que cita Pinelo[11], del año de 1631, si existe, debe ser mucho mas rara que la primera; puesto que ha quedado ignorada á los demas bibliògrafos.

El juicio de Azara, sobre el autor de la Argentina, no solo es severo, sino injusto: porque de todos los cargos que se le pueden hacer, el que nos parece mas infundado es, no haber puesto el menor cuidado en averiguar la verdad de los hechos.[12]

Ciertamente, no son exactos todos los que alega; pero este defecto parcial, y excusable, por ser comun à todos los escritores de aquel siglo, no le quitan el mérito de habernos transmitido con fidelidad muchas noticias que ignorariamos sin èl; en lo que no puede menos de convenir el mismo Azara.[13]

Tambien se equivoca cuando dice que la Argentina comprende los acontecimientos de la conquista de estas provincias, hasta el año de 1581: porque en el canto XXIV se describen minuciosamente las circunstancias de la muerte de Garay, que acaeció en 1584; y en el ùltimo se habla de la victoria de los portugueses sobre Candish, que corresponde al año de 1592.

Una segunda parte, de la que se ocupaba el autor cuando publicó su poema[14], quedó interrumpida por su muerte, que lo acometiò poco despues, en una edad avanzada, y fuera de su patria, adonde habia deseado tanto volver.

Buenos Aires, Junio de 1836.

PEDRO DE ANGELIS.


AL MARQUES DE CASTEL RODRIGO,

Virey, Gobernador y Capitan General de Portugal, por el Rey D. Felipe III, Nuestro Señor.

D. MARTIN DEL BARCO CENTENERA,

ARCEDIANO DEL RIO DE LA PLATA.

Habiendo considerado y revuelto muchas veces en mi memoria el gran gusto que recibe el humano entendimiento con la lectura de los varios y diversos acaecimientos de cosas, que aun por su variedad es la naturaleza bella; y que aquellas amplísimas provincias del Rio de la Plata estaban casi puestas en olvido, y su memoria sin razon obscurecida, procuré poner en escrito algo de lo que supe, entendì y vì en ellas, en veinticuatro años que en aquel nuevo orbe peregrinè:—lo primero, por no parecer al malo é inutil siervo que abscondiò el talento recibido de su señor:—lo segundo, porque el mundo tenga entera noticia y verdadera relacion del Rio de la Plata, cuyas provincias son tan grandes, con gentes tan belicosas, animales y fieras tan bravas, aves tan diferentes, víboras y serpientes que han tenido con hombres conflicto y pelea, peces de humana forma, y cosas tan exquisitas, que dejan en éxtasis à los ánimos de los que con alguna atencion las consideran.

He escrito, pues, aunque en estilo poco pulido y menos limado, este libro, á quien intitulo y nombro Argentina, tomando el nombre del subjecto principal que es el Rio de la Plata; para que V. E., si acaso pudiera tener algun rato como que hurtado à los necesarísimos y graves negocios de tan grande gobierno como sus hombros tienen, pueda con facilidad leerle, sin que le dè el disgusto y fastidio que de las largas y prolijas històrias se suele recibir; y héme dispuesto à presentarla y ofrecerla á V. E., como propia suya; pues, segun derecho, los bienes del siervo son vistos ser del señor.

Y así confio que, puesto en la posesion del amparo de V. E., cobrará nuevo ser y perpetuo renombre mi trabajo; y pido à Dios te siga solo haber acertado á dar à V. E. algun pequeño contento con este mi paupèrrimo servicio: lo que será para mi muy aventajado prémio, y crecerán en mì las alas de mi flaco y débil entendimiento para volar, aspirando siempre à cosas mas altas y mayores: enderezadas todas à su fin debido, que es el servicio de Dios, de S. M. y de V. E., à quien Dios nos guarde por largos y felicísimos tiempos, para el buen gobierno y amparo de este reino, y como yo siervo y perpetuo capellan de V. E. deseo.

De Lisboa, 10 de Mayo de 1601.

[pág. 1]


LA ARGENTINA.


CANTO PRIMERO.

En que se trata del órigen de los Chiriguanas ó Guaranís, gente que come carne humana, y del descubrimiento del Rio de la Plata.

————————————

Del indio Chiriguana encarnizado
En carne humana, orìgen canto solo.
Por descubrir el ser tan olvidado
Del Argentino reino, ¡gran Apolo!
Envìame del monte consagrado
Ayuda con que pueda aquí, sin dolo,
Al mundo publicar, en nueva historia,
De cosas admirables la memoria.

Mas ¡qué digo de Apolo, Dios eterno!
A vos solo favor pido y demando.
Què mal lo puede dar en el infierno
El que en continuo fuego está penando.
Haré con vuestra ayuda este cuaderno,
Del Argentino reino recontando
Diversas aventuras y estrañezas,
Prodigios, hambres, guerras y proezas.

Tratar quiero tambien de sucedidos
Y estraños casos que iba yo notando.
De vista muchos son, otros oidos,
Que vine à descubrir yo preguntando.
De personas me fueron referidos
Con quien comunicaba, conversando
De cosas admirables codicioso,
Saber por escribirlas deseoso.
[pág. 2]
Perú de fama eterna y estendida
Por sus ricos metales por el mundo;
La Potosì imperial ennoblecida,
Por tener aquel cerro tan rotundo;[15]
La tucumana tierra bastecida[16]
De cosas de comer, con el jocundo
Estado del Brasil, daràn subjecto
A mi pluma que escriba yo prometo.

Que aunque en esta obra el fundamento
Primero y principal, Rio de la Plata,
Y así es primero su descubrimiento;
Con todo no serà mi pluma ingrata:
Que aquí pintarà al vivo lo que siento
Del nuevo orbe al Marques Mora:[17] y si trata
Contrario à la verdad, yo sea borrado
De su libro, y à olvido condenado.

Tambien dirè de aquel duro flagelo,
Que Dios al mundo diò por su pecado,
El Drake que cubrió con crudo duelo[18]
Al un polo y al otro en sumo grado.
Trataré de castigos, que del Cielo
Parece nuestro Dios nos ha enviado:
Temblores, terremotos y señales
Que bien pueden juzgarse por finales.

En todo hallará bien, si lo quisiere,
A su gusto el lector, gusto sabroso.
Y guste lo que mas gusto tuviere,
Y deje lo sin gusto y disgustoso.
Hará al fin lo que mas gusto le diere:
[pág. 3]Què esto de escribir es azaroso.
En nombre de Jesus comienzo agora,
Y de la Vírgen para Emperadora.

Despues del gran castigo y gran justicia,
Que hizo nuestro Dios Omnipotente,
Por ver como crecia la malicia
Del hombre que compuso sabiamente,
Habiendo recibido la propicia
Señal del amistad, Noé prudente,
De Japhet, hijo suyo, así llamado,
Tubal nació valiente y esforzado.[19]

Aqueste fué el primero que en España
Pobló: pero despues viniendo gentes
Con la de aqueste Tubal y otra estraña
Mas, del mismo Noè remanecientes,
España se pobló, y tanta saña
Creció entre unos hombres muy valientes
Tupìs, que por costumbre muy tirana
Tomaron á comer de carne humana.

Creciendo en multitud por esta tierra
Estremadura bella, aquesta gente
De tan bestial designio y suerte perra,
Por atajar tal mal de incontinente
Hicieron los Ricinos grande guerra[20]
Contra aquestos caribes fuertemente;
En tiempo que no estaba edificada
La torre de Mambrós tan afamada.[21]

Ni menos el alcazar trujillano,
En que vive la gente trujillana:
Ni la puente hermosa, que el Romano
En Merida nos puso á Guadiana.
Ni habia comenzado el Lusitano,[22]
[pág. 4]Que habita en la provincia comarcana.
Empero habia Ricinos en la tierra,
Muy fuertes y valientes para guerra.

Aquestos son nombrados Trujillanos;
Cual pueblo Castrum Julii fuè llamado:[23]
Qué cuando le poblaron los Romanos
El nombre de su Cèsar le fuè dado.
Fronteros de estas tierras los profanos
De aquel designio pèrfido, malvado,
Caribes inhumanos habitaban,
Y toda la comarca maltrataban.

Corriendo las riberas del gran Tajo,
Y à veces por las sierras de Altamira,[24]
Ponian en angustia y en trabajo
La gente con su rabia cruda y dira.
No dejan cosa viva: que de quajo,
Cuanto puede el Caribe, roba y tira;
A cual quitan el hijo y los haberes,
Y á otros con sus vidas las mugeres.

Vistos por los Ricinos trujillanos,
Con ánimo invencible belicoso,
Contra aquellos caribes inhumanos
Formaron campo grande y poderoso.
Venido este negocio ya á las manos,
De entre ambas partes fuè muy sanguinoso:
Mas siendo los caribes de vencida,
Las reliquias se ponen en huida.

Espulsos de la tierra, fabricaron
Las barcas y bateles que pudieron,
Y à priesa muchos de estos se embarcaron
Y sin aguja al viento velas dieron.
A las furiosas aguas se entregaron,
Y asì de Estremadura se salieron;
Y à las islas, que dicen Fortunadas,
Aportan con sus barcas destrozadas.
[pág. 5]
Platon escribe y dice, que solia
El mar del norte, Atlàntico llamado,
Ser islas lo mas de él, y se extendia
La tierra desde España en sumo grado.
Y que en tiempos pasados se venia
Por tierra mucha gente; y se han llamado
Las islas Fortunadas que quedaron,
Cuando otras del mar Norte se anegaron.[25]

Y asì à muchos pilotos yo he oido,
Que navegando han visto las señales
Y muestras de edificios que han habido,[26]
(Cosas son todas estas naturales,
Que bien pueden haber acontecido)
Por donde los Tupis descomunales,
Irian facilmente à aquellas partes,
Buscando para ello maña y artes.[27]

Llegando, pues, allí ya reformadas
Sus barcas y bateles, con gran pio,
Tornàronse à entregar á las hinchadas
Ondas del bravo mar á su albedrío.
Las barcas iban rotas, destrozadas,
Cuando tomaron tierra en Cabo Frio,
Que es tierra del Brasil, yendo derecho
Al Rio de la Plata y al Estrecho.

Comienzan á poblar toda la tierra,
Entre ellos dos hermanos han venido.
Mas presto se comienzan à dar guerra,
Que sobre un papagayo ha sucedido.
Dejando el uno al otro, se destierra
Del Brasil, y á los llanos se ha salido.
[pág. 6]Aquel que queda ya Tupí se llama,
Estotro Guaranì de grande fama.[28]

Tupì era el mayor y mas valiente,
Y al Guaraní menor dice que vaya
Con todos sus soldados y su gente,
Y que él se quedará allí en la playa.
Con la gente que tiene incontinente
El Guaraní se parte y no desmaya:
Que habiendo con su gente ya partido,
La tierra adentro y sierras ha subido.

Pues estos dos hermanos divididos,
La lengua guaranì han conservado:
Y muchos que con ellos son venidos,
En partes diferentes se han poblado,
Y han sido en los lenguages discernidos,
Que por distancia nadie ha olvidado.
Tambien con estos otros, aportaron,
Que por otro viage allà pasaron.

Mahomas, Epuaes y Calchines,
Timbues, Cherandies y Beguaes,
Agaces, y Nogoès, y Sanafines,
Maures, Tecos, Sansones, Mogoznaes.
El Paranà abajo, y à los fines
Habitan los malditos Charruaes,
Naues y Mepenes, Chiloazas:
A pesca todos dados y à las cazas.

Los nuestros Guaranís, como señores,
Toda la tierra cuasi dominando,
Por todo el Paraná, y alrededores
Andaban crudamente conquistando.
Los brutos, animales, moradores
Del Paraguay, sugetan à su mando.
Poblaron mucha parte de esta tierra,
Con fin de dar al mundo cruda guerra.

Poblando y conquistando han alcanzado
Del Perú las nevadas cordilleras;
[pág. 7]A cuyo piè ya tienen subyugado
El rio Pilcomayo y sus riberas.[29]
Muy cerca de la sierra han sugetado,
A gente muy valientes y guerreras
En el rio Condorillo y Yesuì,
Y en el grande y famoso Guapaí.

Una canina rabia les forzaba
A no cesar jamas de su contienda.
Qué el Guaraní en la guerra se hartaba,
(Y así lo haria hoy, sin la rienda,
Que le tenemos puesta), y conquistaba,
Sin pretender mas oro, ni hacienda,
Que hacerse como vivas sepulturas
De símiles y humanas criaturas.

Que si mirar aquesto bien queremos,
Caribe dice, y suena sepultura
De carne: que en latin caro sabemos
Que carne significa en la lectura.
Y en lengua guaranì decir podemos
Ibí, que significa compostura
De tierra, dó se encierra carne humana:
Caribe es esta gente tan tirana.

Teniendo, pues, la gente conquistada,
En mil parages se poblaron de hecho.
El Guaraní con ansia acelerada
A los Charcas camina muy derecho.
La cordillera y sierra es endiablada:
Parece le será de gran provecho
Parar aquì, y hacer asiento y alto,
Con fin de allí al Perù hacer asalto.

Muy largos tiempos y años se gastaron,
Y muchos descendientes sucedieron,
Desde que los hermanos se apartaron.
De Tupì en el Brasil permanecieron
Tupìes, y destotros que pasaron
Guaranìes se nombran, y así fueron
[pág. 8]Guerreros siempres aquestos en la tierra,
Que el nombre suena tanto como guerra.[30]

Aquestos Guaraníes se han mestizado
Y envuelto con mil gentes diferentes,
Y el nombre Guaranì han renunciado,
Tomando otro por casos y accidentes.
Allà en las cordilleras, mal pecado,
Chiriguanaes se dicen estas gentes,
Que por la poca ropa que tenian,
De frio muchos de ellos perecian.

La costa del Brasil es muy caliente,
Y el Paraguay y toda aquella tierra.
Camina aquesta gente del oriente,
Y para en las montañas y la sierra,
Caminando derechos al poniente,
Haciéndoles el frio cruda guerra.
Que mal puede el desnudo en desafio
Entrar y combatirse con el frio.

Llegaron, pues, al fin á aquel parage
Dó el frio les hizo guerra encarnizada,
Y frio chiri suena en el lenguage
Del Inga, que es la lengua mas usada;
Guana es escarmiento de tal trage.
Aquesta gente iba mal parada,
Y el frio que tomaron, escarmiento
Fué para el Chiriguana y cognomento.[31]

En este tiempo ya habian venido
Por otra parte y via al Perú gentes:
Por ser tan exquisitos, no he querido
Sus nombres referir tan diferentes.
En una lengua muchos se han unido,
Que es quichua, y los hidalgos y valientes,
[pág. 9]De aqueste nombre Inca se han jactado,
Y à todos los demas han sugetado.

Estando de esta suerte apoderados
Los Incas, los Pizarros allegaron,
Y siendo del Perù bien enterados,
La tierra en breve tiempo conquistaron.
Los Guaranís sus dientes acerados
Alegres con tal nueva aparejaron,
Pensando que hartarian sus vientres fieros,
De la sangre de aquellos caballeros.

El corazon pedia la venganza
De sus pasados padres, que habian sido
De la tierra Estremeña à espada y lanza
Expulsos, como arriba habeis oido.
Mas viendo de Pizarro la pujanza,[32]
Temieron de pasar; y así han tenido
Por seguros los montes despoblados,
Sin ser á gente humana sugetados.

De allí hacen hazañas espantosas,
Asaltos, hurtos, robos y rapiñas,
Contra generaciones belicosas,
Que estan al rededor circunvecinas.
En sus casas estan muy temerosas,
Como unas humillisimas gallinas,
Con sobrado temor noche y mañana,
Temiendo de que venga el Chiriguana.

Usan embustes, fraudes y marañas,[33]
Tambien tienen esfuerzo y osadía,
[pág. 10]Y así suelen hacer grandes hazañas,
Que arguyen gran valor y valentía.
A aquestos ví hacer cosas estrañas
En tiempo que yo entre ellos residía:
Y el que no me quisiere á mi escuchallo,
Al de Toledo vaya á preguntallo.

Dejemos esto agora:—navegando
Magallanes tambien vino derecho,
La costa del Brasil atras dejando
En busca fuè y demanda del Estrecho.
Salió del mar del sur atravesando,
Y hàllase contento y satisfecho,
Y al mundo dà una vuelta con Victoria,
Ganando en este caso fama y gloria.

Despues à los quinientos y trece años,
Contados sobre mil del nacimiento
De aquel que padeció por nuestros daños,
Dió Juan Diaz de Solìs la vela al viento,
Al Paraná aportò, dó los engaños,
Del Timbú le causaron finamiento,
En un pequeño rio de grande fama,
Que á causa suya de Traicion se llama.

Por piloto mayor de Magallanes
Al Estrecho venido aqueste habia;
No harto de pasar penas y afanes,
La conquista á D. Carlos le pedia.
Entró el rio arriba con desmanes,
Hasta que ya el postrero le venia,
En que su alma del cuerpo se desata,
Poniendo al Paraná nombre de Plata.[34]
[pág. 11]
No fué sin causa, creo, de secreto,
Y señal de misterio y buen agüero.[35]
Aunque es así que todo está sugeto
Al divino juicio verdadero,
Y aunque usó este nombre por respeto,
Que vido cierta plata allí primero,
Yo entiendo que ha de haber grande tesoro
Algun tiempo de plata allí y de oro.

La muerte pues de aqueste ya sabida,
El gran Carlos envia al buen Gaboto,[36]
Con una flota al gusto proveida.
Como hombre que lo entiende y que es piloto.
Entró en el Paraná, y ya sabida
La mas fuerza del rio le ha sido roto
Del Guaraní, dejando fabricada
La torre de Gaboto bien nombrada.

Algunos de los suyos se escaparon
De aquel río Timbus dó fué la guerra,
Al rio San Salvador despues bajaron,
Donde la demas gente estaba en tierra.
A nuestra dulce España se tornaron,
Huyendo de esta gente infiel y perra.
Mas no pone temor esta destroza
A D. Pedro Guadix y de Mendoza.

D. Pedro de Guadix, como diremos,
Despues de haber de Roma malvenido,
Cuando hubo disencion en los supremos,
El gobierno Argentino hubo pedido.
Empero algun tanto ahora descansemos,
Que no le dejaremos por olvido,
[pág. 12]Pues su hambre rabiosa y grande ruina
Ayuda á lamentar á la Argentina.

De nuestro rio Argentino y su grandeza
Tratar quiero en el canto venidero,
De sus islas, y bosques y belleza,
Epilogo haré muy verdadero.
Ninguno en lo léer tenga pereza,
Que espero dar en él placer entero,
De cosas apacibles y graciosas,
Y dignas de tenerse por curiosas.

[pág. 13]

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CANTO SEGUNDO.

En este canto se trata de la grandeza del Rio de la Plata, del Paraguay, y de las islas, peces, aves que hay en ellos.

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La obra excelentísima y grandiosa
Arguye grande artifice y maestro:
Que no puede hacer obra preciosa
El hombre que en el arte no está diestro.
Como la creacion maravillosa
Enseña, Señor mio, el poder vuestro,
En su tanto tambien aqueste rio
Muestra grande saber y poderío.

Inmensas gracias, Dios Señor, os damos,
Pues todo á nuestra causa lo criastes;
Y á nosotros que mal os lo pagamos,
Para vuestro servicio nos formastes.
Cuanto sois, mi Señor, si bien miramos
Las cosas que en el mundo vos plantastes,
Nos da bien á entender, y la grandeza
De vuestro gran saber y la riqueza.

El rio que llamamos Argentino,[37]
Del indio Paraná ó mar llamado,
[pág. 14]De norte á sur corriendo su camino
En nuestro mar del norte entra hinchado.
Parece en su corriente un torbellino,
O tiro de arcabus apresurado.
Más con el viento sur placidamente
Se vence navegando su corriente.

De mas de treinta leguas es su boca,
Y dos cabos y puntas hace llanas.
Al tiempo que en la mar brava se emboca,
Al un cabo dos islas, como hermanas,
Estan, que cada cual parece roca.
Los Castillos se dicen, muy cercanas
Al cabo que nombré Santa Maria,
Que poco de estas islas se desvía.

Al otro cabo, Blanco le llamamos,
El cual en la mar entra mas derecho
Y mas bajo, y por esto navegamos,
Por mas seguro este otro, un poco trecho.
Despues al otro cabo nos tornamos,
El cual está á la banda del Estrecho:
Entrambas costas son muy peligrosas,
Y de futuros casos portentosas.

Pasadas estas islas de Castillos,
Adelante estan dos algo mayores:
De los Lobos se dicen, que lobillos
Como becerros hay, poco menores.
Un poco mas arriba dos islillos
Estan, nombrados islas de las Flores,
Y habiendo treinta leguas caminado,
Al puerto San Gabriel hemos llegado.

Siete islas hay en él, altas, graciosas,[38]
Un poco de la tierra desviadas,
[pág. 15]De palmas y laureles muy copiosas,
Estan aquestas islas bien pobladas.
Aquí llegan las naves poderosas,
Como salen de España despachadas.
Frontero es Buenos Aires ya poblado,
Y del sur importuno resguardado.

De ancho nueve leguas ó mas tiene
El rio por aquí, y muy hondable.
La nave hasta aquí segura viene:
Que como el ancho mar es navegable,
Pasado este parage le conviene
Al piloto mirar el gobernable,
En la mano llevando siempre sonda,
O seguir la canal que va bien honda.

Doce leguas de aquí Martin Garcia,[39]
Una isla de este nombre está llamada:
Una legua de tierra se desvía,
Y mas de legua y media es prolongada.
A partes por el bosque está sombria,
Y á partes tierra alta y asombrada,
Don Pedro, y Juan Ortiz allí poblaron,
Y de hambre mucha gente sepultaron.

Aquí llegó Eduardo de Fontano,
El año sobre mil y los quinientos
De ochenta con mas dos, con viento sano,
Mas no supo de pueblos ni de asientos:
Que si acaso supiera el luterano
Que allí habia poblados y cimientos,
Sin duda en pesadumbre nos pusiera,
Que habia el aparejo en gran manera.

Cuatro leguas de aquí ya navegadas
Las islas de San Lázaro estan juntas,
De tierra media legua desviadas
A dó enderezan ambas sendas puntas.
[pág. 16]Estan aquestas islas separadas,
Aunque al parecer no estan disjuntas,
Y habiendo media legua navegado,
Está el Uruguay, rio afamado.

Es rio de caudal y poderoso,
Su boca legua y media casi tiene.
Entra en este parage muy furioso,
Que de peñas y riscos altos viene.
En él entra otro rio con reposo,
Que al parecer entrando se detiene;
Al cual San Salvador llamó Gaboto,
Antes que de los indios fuese roto.

A dos leguas entra otro, que es nombrado
El Rio Negro, que Hum tenia por nombre.
Aquí en nuestros tiempos se han hallado
Pescados semejantes mucho al hombre.[40]
Aquesto de pasada lo he tocado,
Ninguno de léerlo aquí se asombre,
Que, siendo Dios servido, en otro canto
Diré cosas de vista y mas espanto.

Dejemos este rio, que corriendo
De allá hácia el Brasil viene derecho;
Y en él se vienen otros mil metiendo,
Que le tienen famoso y grande hecho.
Al nuestro de la Plata revolviendo,
Desde aquí él comienza á ser deshecho,
Y en once brazas grandes se reparte,
Tirando cada cual su larga parte.

Del rio Nilo refieren escritores
Lo mismo: pero es tanta la grandeza
De aqueste y de sus brazos, que mayores
Los juzgo, que no estiman la braveza
Del Nilo en tanto grado los autores.
Y si del Nilo fuera la estrañeza
[pág. 17]Tan grande como este, y se escríbiera,
Al mundo admiracion mayor pusiera.

En el nuestro se forman muy hermosas
Islas, de á doce leguas y mayores:
En sus tiempos muy frescas y frondosas,
Pobladas de mil rosas y de flores:
De caza y bastimentos abundosas;
En ellas Guaranís son pobladores,
Sin que alguna nacion otra se atreva
En él poblar, en ella hacer prueba.

Pasadas estas islas, torna el rio
A su primera madre acostumbrada.
De una y otra parte gran gentío
La tierra firme tiene bien poblada.
El Guaraní les manda con gran brio,
Que tiene la mas tierra sujetada:
Entre ellos Yamaudú, gran hablador,
Que se titula y nombra Emperador.

Este malvado y perro como artero,
A todos los mas indios comarcanos
Los trae á su opinion al retortero:
Y como son los indios tan livianos,
Y el pica su poquillo en hechicero,
Donde el pone los pies ponen las manos:
De suerte que si quiere hacer la guerra,
Al punto le vereis juntar la tierra.

Y no piense el que lea aquesta história
Que al falso Yamandú perecedero
Le falta quien levante su memoria,
Que en mi tiempo murió: mas su heredero
Levantar procurò su fama y gloria:
Y lo hizo en mas grado que el primero.
Así que Yamandú, es el dictado,
Y nombre que se pone el que ha heredado.

De aquelle trataremos adelante,
De sus embustes, falsos y marañas.
De cuerpo y parecer era gigante,
Y así lo demostraban sus hazañas.
Un poco tiempo fuí su doctrinante,
[pág. 18]Teniendole en prision, á dó sus sañas
Procuré doctrinar: trabajé en vano,
Porque era muy malvado este pagano.

De aquí el rio arriba, navegadas
Ciento y veinte leguas ya del rio,
Otras islas estan tan bien pobladas
De gentiles naciones y gentío.
Timbues las mas de ellas son llamadas,
Que muy poco temor tienen al frio.
La torre de Gaboto está cercana
Y la gente llamada Cherandiana.

De allí á veinte leguas, otro asiento,
Que Santa Fé se dice, está poblado:
Garay le dió principio y fundamento,
Cuando Martin Suarez ha mandado.
Tratarse ha en otra parte aqueste cuento:
Volvamos al negocio comenzado.
El rio hace aquí muchos islones,
Poblados de onsas, tigres y leones.

Al pié de ochenta leguas adelante
El grande Paraguay entra famoso,
Con mas quietud se muestra, y mas semblante
A este rio corriendo con reposo.
El Paraná se aparta allá á levante,
De á dó corre con fuerza muy furioso;
Del norte corre el otro, consumiendo
Las aguas que el Perú viene virtiendo.

Entrando el Paraná está Santa Ana,
De Guaranís provincia bien poblada.
Es tierra aquesta firme buena y llana,
Que mucha de la dicha es anegada.
Empero esta enjuta es muy galana,
De nuestros españoles conquistada;
Y así tienen aquí repartimiento
Los que en el Paraguay tienen asiento.

La peña pobre está mas adelante:
Es alta como roca muy crecida.
Aquí han visto muchos un gigante
De gran disposicion y muy crecida.
No está, segun yo supe, el aquí estante:
[pág. 19]Que allá la tierra adentro es su guarida;
Mas viene aquí á pescar muy á menudo,
De sus redes cargado, mas desnudo.

Arriba de aquí están los remolinos,
Que es cosa de admirar y gran espanto.
En el medio del agua hay torbellinos,
Como suele acá en tierra: y esto tanto,
Que navegando algunos, los vecinos
Celebran sus exéquias con gran planto,
Diciendo que Caribdis está á punto,
Para lo que viniere tragar junto.

Aquí muchas canoas se han perdido,
Y muchos en mi tiempo se anegaron.
Muy mal al de la Puente ha sucedido,
Y á aquellos que con él aquí bajaron.
Que habiéndoles Caribdis sumergido,
Las vidas y haciendas trabucaron,
Y aquellos, que mejor les fué en la féria,
Aun lloran todavia su miseria.

El Salto ya me está gran priesa dando,
Diciendo este lugar ser propio suyo:
Y yo, solo en lo estar imaginando,
De miedo, y de pensarlo de mí huyo.
Decir aqueste cuento procurando
La mano está temblando, y lo rehuyo;
Por ser la cosa horrible y espantosa,
Y en todo el Paraná maravillosa.

Por aquí el Paraná dos leguas tiene,
Y peñascos y sierras hasta el cielo:
Y al pié de una gran legua de aquí viene
Con impetu furioso y crudo vuelo.
Cualquiera que navega le conviene
Con tiempo tomar tierra, que en el suelo
De mil picas en alto dará cierto:
Por tanto muy de atras se toma puerto.

De legua mas atras encanalado
El Paraná desciende poderoso:
Un peñasco terrible está tajado
De á dó se arroja y cae muy furioso.
El estruendo que hace es muy sobrado,
[pág. 20]Y el humo al aire tiene tenebroso,
Una noche dormí en una sábna,
Dos leguas de él, mas fué la Toledana.

Yo proprio lo he oido á naturales,
Tratando de este salto y su grandeza,
Que estaban con temores desiguales,
A oir aquel sonido y su braveza.
Las aves huyen de él; los animales,
Oyendo su estruendo, sin pereza
Caminan, no parando apresuradas,
Y con temor las colas enroscadas.

Despues está Guaira, ciudad enferma,
Y que por Malgarejo fué poblada.
Mas él, podrá decir cierto Belerma,
De mi para mi mal fué engendrada.
Es causa que Rui Diaz nunca duerma,
La gente Chiriguana levantada,
Por donde el pobre viejo anda á la guerra
Con tino, por tener en paz la tierra.

Poblada está tambien otra ciudad,
Cuarenta leguas mas arriba de esta.
En ella hay de metales cantidad,
Empero, aunque los haya ¿de que presta?—
Hablando como es justo la verdad,
Que el hombre es lo que solo allá les resta,
Pues vemos plomo saca Melgarejo,
Y hierro, con tener poco aparejo.

Al Paraná es ya tiempo que dejemos,
Y al Paraguay ameno revolvamos;
En el cual á la clara bien veremos,
Que está cifrado el bien que deseamos.
El bien, digo, que en tierra pretendemos,
Que agora del divino no hablamos;
Que aquese solo y sumo bien superno,
Está solo en gozar de Dios eterno.

Entrando al Paraguay á izquierda mano,
El Ipití se vé, que es rio famoso:
Muy plácido desciende por un llano
De palmas y laureles muy copioso.
El Paraná-miri está cercano,
[pág. 21]Que al Paraná traviesa caudaloso,
Haciendo triangular una isla llana,
De doce leguas casi de sabána.

Si en este riachuelo el otro fuera,
Que dicen á buscar su muger iba,
El rio arriba espanto no pusiera;
Pues vemos que este corre hácia arriba
Algunas veces, y es de esta manera,
Que es justo la razon aquí se escriba:
Está cuando uno crece el otro bajo,
Y el chico corre arriba y corre abajo.

No corre el Paraguay tanto furioso,
Y es un rio mayor que él de Sevilla,
De vista y parecer es muy gracioso,
Con ribera vistosa y linda orilla.
De frescas arboledas muy copioso,
Y en partes prado verde á maravilla.
Tambien tiene en los valles mas cercanos
Lagunas, negadizos y pantanos.

Una laguna tiene de gran fama
Llegada al Ipití que dicho habemos.
De los Mahomas es, y así se llama,
Que aquesta gente habita sus extremos.
En el rio Bermejo se derrama,
Y que esta tenga perlas lo sabemos,
El Mahoma, Señor de esta laguna,
Estando en la Asumpcion me diò mas de una.

En gran precio las perlas estos tienen;
Empero ellos no saben horadarlas.
Si en su asiento españoles se detienen,
De los hostiones procuran de sacarlas,
Y al español con ellas luego vienen.
El órden pues que tienen en pescarlas
Es facil; que en pequeños redejones,
A veces sacan veinte y mas hostiones.

Antes de la Asumpcion hay angostura
Del rio, y así corre allí furioso.
Alegre es por allí y de frescura,
De muchas arboledas muy umbroso:
Con islas que hay en él de hermosura
Estraña, y parecer muy deleitoso.
Entra aquí Pilcomayo que, vertiendo
[pág. 22]Sus aguas, del Perú viene corriendo.

Cuatro leguas arriba está situada
La gran ciudad, antigua y populosa,
Que es dicha la Asumpcion, que fué poblada,
Por Salazar en era muy famosa.
Es aquesta ciudad tan regalada,
Que mi pluma escribirlo aquí no osa:
Algunos, por baldon con mal aviso,
La llaman de Mahoma paraiso.

Poblóse de muy buena y noble gente,
En tiempo de D. Pedro de Mendoza,
Aunque hay, como sabemos, al presente
En abundancia ya de toda broza.
La causa de este mal inconveniente
Pareceme será la gente moza,
Que, aunque salen valientes y esforzados,
Al mal y no al bien son muy inclinados.

Gran copia de mestizos hay en ella,
Pero mas abundancia de mugeres:
Porque la guerra hace en ellos mella,
La cual sin interes y sin haberes,
Con solo el fin la siguen de tenella.
Y así, lector curioso, si quisieres
El número saber de las doncellas
De cuatro mil ya pasan como estrellas.

De frutos de la tierra y de Castilla,
De pan, y vino, y carnes y pescado
Hay copia; pero oid la maravilla,
Que sé que aconteció un dia pasado.
Un peje palometa, que freilla
Pensaba una muger enharinado,
De la sartén saltó muy derrepente,
Y el dedo le cortó redondamente.

Un palmo y mas tendrá la palometa,
Y mayor en el ancho que una mano.
A donde hace presa fuerte aprieta,
Como suele hacer el crudo alano.
Es cosa de notar ver que acometa
Este pequeño pez á todo humano.
Del rio ví salir un dia un soldado
[pág. 23]Gritando, y en el muslo un gran bocado.

Jugóse allí al presente que faltaba
De carne media libra al desdichado,
Y el peje palometa lo llevaba
En la boca redondo aquel bocado.
Mas de otro oí decir que lamentaba
Su suerte desastrosa y triste hado,
Que en la boca de un pez perdido habia,
Lo que el pez le cortó con gran porfia.

Dorados hay enormes y crecidos,
Mandís, rayas, pacues amarillos:
Muchos pescados hay desconocidos,
Por tanto determino no escribillos.
Los indios naturales mantenidos
Los mas son de pescado y venadillos,
Los Guaranís son solo labradores,
Los mas dados á caza y pescadores.

Aves la tierra cria diferentes,
Que habitan por las islas de este rio,
Pavas y avestruces muy valientes,
Neblies y falcones de gran brio.
Culebras hay y vívoras, serpientes,
Que han tenido con hombres desafio:
En otro canto aquesto contaremos,
Y cosas admirables trataremos.

Que aquesto ahora tocamos de pasada;
Y cierto que en pensar yo la estrañeza
De las cosas que he visto, embelezada
Me queda la memoria, y mi rudeza
En estasis se pone enagenada,
De toda la humana naturaleza:
Y habiendo de escribirlo todo en suma
La mano está temblando con la pluma.

Dejemos, pues, ya el rio, que corriendo
Por èl quinientas leguas sin contento,
Del enemigo á veces yo huyendo,
Jamas pude hallarle nacimiento.
De otros con porfia les siguiendo,
He hallado el principio y fundamento;
Y quiero darle ya al canto tercero,
Que cosas espantosas cantar quiero.
[pág. 25][pág. 24]

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CANTO TERCERO.

En que se trata de la calidad de la tierra, animales reptiles, y espantosìsimas víboras y serpientes; de la sirena, del carbunclo, de unas mariposas, que se tornan en gusanos, y despues en ratones, y otras maravillas.

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Demas de que en nosotros señalada
La lumbre està de Dios como creemos,
Y el alma por él mismo fué criada
A su bendita imagen, lo leemos.
Para que de esta suerte doctrinada
En bien fuese así mismo; si queremos
Mirar las corporales criaturas,
Veremos que son vivas escripturas.

La flor de la granada ó granadilla
De Indias, y misterios encerrados,
¿A quien no causarà gran maravilla?
Figúranse los doce consagrados,
De una color verde y amarilla:
La corona y los clavos tresmorados
Tan natural estan, y casi al vivo,
Que yo me admiro agora que lo escribo.

Un àrbol hay pequeño de la tierra
Que tiene rama y hoja menudita:
En tocando la hoja ella se cierra,
Y en el punto se pone muy marchita.
Yo he visto yendo veces à la guerra
Por los campos aquesta yerbecita,
Caycobé se llama, y es tenida
Por yerba viva, y nòmbranla de vida.[41]

Quièn no se admirarà luego en oyendo
Que hay un papagallo muy hermoso,
[pág. 26]La hembra cuando huevos va poniendo,
Tres pone, que es el nùmero gracioso.
Al punto que los pollos van saliendo
Conoce el papagallo el que es vicioso
Y sobra; y asì le mata en aquel dia,
Dejando macho y hembra para cria.

Al Micuren diò Dios una bolsilla[42]
Por medio de los pechos, en que encierra
Siete ù ocho hijuelos: si seguilla
Procura otro animal, le hace guerra
A quien le sigue; y guarda su cuadrilla
Como suele hacer la brava perra:
Y en viendose de mal libre y de duelos,
Abre la bolsa y salen los hijuelos.

El Yumirì, que es oso hormiguero,
¿A quien no espantará su compostura?
Por boca tiene un muy chico agujero,
Como un novillo grande, y de hechura
Del oso acà comun: no es carnicero,
Y prívale de serlo el angostura
De la boca: mas vence al tigre fuerte,
Causàndole por hambre cruda muerte.[43]

El instinto de un vil animalejo,
Eyra ha por nombre, me ha admirado;
De suerte es y de forma de un conejo,
Mas mata, como vemos, un venado.
Salta y aferra firme en el pellejo,
Y en el seseso dá fiero bocado,
Haciendo con las uñas tal camino,
Que saca al animal el intestino.

Lo mismo hace al hombre y otra cosa
Una horrenda culebra, que es nombrada
Curiyú; muy grande y espantosa,[44]
De largo, y de grosor descompasada.
[pág. 27]Lo que ha comido y traga no lo bosa,
Ni echa por abajo: mas posada
En tierra la barriga, se abre y echa
Aquello que de nada le aprovecha.

Las víboras que son mas ponzoñosas,
Cascabel en la cola tienen puesto,
De diversas colores son vistosas,
Saltando de la tierra, y de su puesto,
Arremeten al hombre muy furiosas.
Hasta morder con rabia el rostro y gesto.
A dó las hay criò Dios una yerba,
Que es dicha por su nombre contrayerba.

El hombre ò animal á quien le hiere
Algunas de estas víboras
malvadas,
En un dìa natural, sin falta, muere,
Y en él son medicinas escusadas.
Empero si la yerba el tal bebiere,
Antes que doce horas sean pasadas,
Escapa. Aquesta yerba Dios le ha dado,
El mismo cascabel muy apropiado.

¡A quien no admiraràn las cosas tales!
Pues mas he de decir en este canto:
Que contarè en él cosas desiguales,
Muy raras, peregrinas y de espanto.
Agora de la tierra y naturales
De la Asumpcion digamos tanto cuanto;
Y luego escribiremos mil cosillas,
Que bien podrè llamarlas maravillas.

El temple la Asumpcion tiene gracioso,
Apacible, sereno y claro cielo;
Invierno frio; estio caloroso,
Algunas veces nieve, tambien yelo.
De invierno y de verano está hermoso
El campo todo el año, verde el suelo,
Porque de cuando en cuando bien se moja,
[pág. 28]Y casi siempre està de verde hoja.

La gente natural y comarcana,
Es de muchas naciones diferentes.
Empero la mas es la Chiriguana,
Que estàn à los cristianos obedientes.
Ya no comen aquestos carne humana,
Si no es por exquisitos accidentes
En guerras y conquistas con paganos,
Empero no de carne de cristianos.

Una pestilencia grande hubo venido,
De que muchos Guaranìs se murieron,
Que carne de cristianos han comido,
La peste les sucede atribuyeron.
Tambien por desabrida aborrecido
La tienen, segun muchos me dijeron:
Que mas les sabe carne de un pagano,
Que no la de español ó castellano.

Los Guaycurús habitan la otra banda:
Es gente muy valiente y belicosa.
Cuando nuestro español en guerras anda,
Alquila Guaycurús por donde osa
Al Guaranì seguir, que le dán tanda
Aquestos de tal suerte, que medrosa
La gente Guaraní queda y deshecha,
Que el Guaycurú jamas teme su flecha.

Los Agaces estaban bien poblados
En tiempo de D. Pedro de Mendoza,
Y aun eran muy valientes y esforzados.
Los cristianos hicieron tal destroza
En ellos, que los indios y soldados
Mataban sin piedad à toda broza:
Y así vino la cosa à tal estado
Que no hay hoy del Agaz pueblo poblado.

Tambien habia muchos Guatataes,
Que es gente muy amiga de cristianos,
Y otros que se llaman Mogolaes,
Que viven en esteras por los llanos;
Aquestos, y tambien Coñamequaes,
Estàn de la ciudad algo cercanos:
Acuden á servir con gran contento,
[pág. 29]Aunque de ellos no hay repartimiento.

Los Guaraníes solos repartidos
Están, que las demas generaciones,
Aunque lo estàn, y han sido sometidos
Al español, mas son por ocasiones,
Que tienen los que mandan eximidos
Del servicio, y acuden con mil dones;
De suerte que hablando mas de vero,
Es de estos el que manda encomendero.

Junto à la Asumpcion está una sierra,
Nombrada Lambaré, sierra afamada;
En gran parte de toda aquesta tierra,
Ninguna tan alta hay, tan encumbrada.
Allì diò Salazar muy cruda guerra
A Lambaré, y su gente rebelada.
Y muy cerca de allí, bajando al rio,
Oid una batalla y desafio.

Habiendo Salazar aquì vencido
El bravo Lambaré y toda su gente;
A los pies de alta sierra le ha salido
Una terribilísima serpiente.
Con ànimo gallardo y muy crecido
Embraza la rodela diligente,
Y comenzando á darla con la espada,
En tierra echa una mano destroncada.

La sierpe con la cola revolviendo,
Al buen Capitan diera muy airada
Un golpe tan terrible, que cayendo
Venia el Capitan, y con la espada,
En el suelo se tuvo, y acudiendo
Con una venturosa cuchillada,
Tal golpe de reves dà con destreza,
Que ahì la sierpe queda sin cabeza.

La del tigre no fué tan grande hazaña,
Aunque era muy terrible y espantoso:
Matòlo antes que fuese à nuestra España
Aqueste Capitán tan valeroso.
Y habiendo ido, volviò, cosa estraña,
Que siendo tan valiente y poderoso,
Muriò pobre, dejando muchos hijos,
[pág. 30]Con pleitos y demandas y litijos.

Por armas le dió el Rey el tigre fiero
Con Lambarè, la sierra que he contado,
Y un hàbito y señal de caballero,
Con que á las Indias vuelve muy honrado.
Mas como nunca dió en tener dinero,
Murió sin dejar solo ni un cornado:
Que aquesto de tener la plata à sobra,
Yo tengo firmemente que Dios obra.

De que me sirve á mi querer riqueza,
Y andar aperreado por habella,
Si Dios por me azotar me dà pobreza.
¿A quien presentarè yo mi querella,
Si la Suprema Causa y Suma Alteza
Dispone que no haya de tenella?
De arriba, de lo alto todo viene:
Dejadlo al que poder en todo tiene.

Volviendo á nuestra história; rio arriba
Una laguna está muy afamada:
Itapuà se llama una peña viva,
Está en medio de aquella levantada.
Compèleme el temor que no lo escriba,
Mas no lo dejarè: es prolongada
De cien codos la piedra, y muy derecha,
Y arriba en lo supremo una vesecha.

Es como el ave Fenix muy graciosa,
Que pintan los autores y su nido,
Compuesto es de especiosa y olorosa
Madera, que en mis manos la he tenido;
La Sirena tambien bella, y hermosa
Como una bella dama, ha parecido
En medio esta laguna, y aun gemiendo,
Y sus doradas crines esparciendo.

Otra laguna grande mas crecida,
De mas admiracion que aquesta vemos,
Que està la tierra adentro algo metida;
Los indios del Acay en sus extremos[45]
[pág. 31]Habitan, y ellos dicen que fundida
Antiguamente fué gente, y creemos,
Nos dicen, està el diablo atormentando
Aquellos que pecaron en nefando.

Gran grita y alarido y gran estruendo
Allá dentro parece que resuena;
Cuando se allega junto, estremeciendo
El cuerpo queda todo con gran pena.
Algunos de temor vuelven huyendo;
Pajas, se les antoja, y el arena
Que son diablos que vienen en pos de ellos,
Y vuelven erizados los cabellos.

Y no lejos de aquí, por propios ojos,
El Carbunclo animal veces he visto:[46]
Ninguno me lo juzgue por antojos,
Que por cazar alguno anduve listo.
Mil penas padecí, y mil enojos
En seguimiento de èl; ¡Mas cuan bien quisto,
Y rico y venturoso se hallàra
Aquel que Anagpitan vivo cazára!

Un animalejo es, algo pequeño,
Con espejo en la frente reluciente,
Como la brasa ignita en recio leño.
Corre y salta veloz y diligente:
Asì como le hirieren echa el ceño,
Y entùrbiase el espejo de repente:
Pues para que el Carbunclo de algo preste
En vida el espejuelo sacan de este.

¡Cuan triste se hallò, y cuan penoso
Rui Diaz Melgarejo! que hallado
Habia, à mi me dijo, de uno hermoso;
Perdiólo por habérsele volcado
Una canòa en que iba muy gozoso.
Yo le ví lamentar su suerte y hado,
Diciendo—"si el carbunclo no perdiera,
Con él al Gran Philipo yo sirviera."
[pág. 32]
Andando por la guerra, y escuadrones,
De mì fueron mil cosas conocidas.
Trataré de una forma de ratones,
Y de vista hablaré y no de oidas.
Unas cañas he visto, y cañutones
Tran gruesos como piernas muy crecidas;
Catorce y quince tiene pocos menos
Cada caña, y de agua todos llenos.

El agua es muy sabrosa, clara y fria,
Mas yendo ya la caña madurando,
Un gusano se engendra adentro y cria,
Y al cañuto el gusano horadando
Afuera mariposa parecia.
Con las alas comienza de ir volando,
Y por tiempo las pierde, y queda hecho
De forma de raton hecho y derecho.

Al tiempo que en la caña estan metidos,
A gente natural son nutrimento.
Frutos sabrosos son: mas ya salidos
A luz, causan dolor, pena y tormento,
Porque tornados ya y convertidos
En ratones, consumen el sustento;
Y privan muchas veces de la vida
Al natural, quitando su comida.

De veinte mil pasaron, naturales,
Que murieron á causa del estrago
Que hicieron aquestos animales:
Que en todo el Ubay dejaron pago
De planta, ni maiz, ni sementales,
Sin pasar por aquel tan crudo trago.
Dejando desta vez tan asolada
La tierra, que tardó de ser poblada.

No hay bruco, ni langosta perniciosa,
Ni erugo, ni otra plaga que yo entienda,
Que iguale á esta maldita mariposa,
Terrible, si comienza su contienda.
Así està desta plaga tan medrosa
La gente del Ubay, que viendo senda
Por do huir su tierra y nacimiento,
[pág. 33]La dejan por tener algun contento.

Tambien hay otras cañas muy mayores,
(Del grueso son de un roble bien crecido)
En que se crian gusanos, y mejores.
De los unos y de otros he comido:
En muy poco defieren sus sabores.
Estando el uno y otro derretido,
Manteca fresca à mi me parecia,
¡Mas sabe Dios el hambre que tenia!

En los mojos de aquestas cañas vimos,
Con agua bien sabrosa, mas gusanos,
Ni dentro ni de fuera los sentimos
En toda la montaña ni en los llanos.
Las cañas por cumbreras las pusimos,
Con tener otros palos muy cercanos,
Mas no habia que temer, que la corteza
Tenian de terrible fortaleza.

Es tanta la espesura de las cañas,
A dò las hay, que es cosa de gran grima:
Y aunque dentro se crian alimañas,
Estan tan encerradas como encima.
Quien á cortar va cañas, por mil mañas
Que tenga, á las veces se lastima,
Con puas, con espinas, con abrojos,
Y el mal sale mil veces à los ojos.

Mas ya estoy enfadado en este canto,
¡Cuanto mas lo estarà quien le leyere!
Degemos de contar cosas de espanto,
Volver quiero á D. Pedro. Quien quisiere
Las mudanzas saber y crudo llanto
De fortuna, y de aquel que las siguiere,
Con mucha atencion lea diligente
El canto lastimoso aquí presente.
[pág. 34]

[pág. 35]

————————————

CANTO CUARTO.

En que se trata de la mas cruda hambre que se ha visto entre los cristianos, la cual padecieron los de D. Pedro de Mendoza en Buenos Aires, y como se pobló el Argentino.

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Lo que ha sido muy justo y bien ganado
Muchas veces se pierde, como vemos:
Pues de lo que con mal se ha grangeado,
Que se pierda y el dueño esperaremos.
Don Pedro de Mendoza fué soldado
Cuando hubo disencion entre Supremos,
Y al tiempo de pillar hinchò la mano;
Mas todo su trabajo salió en vano.

Borbon perdió la vida; Juan de Urbina
Entrò en Roma cantando la victoria:
De aqueste asalto y saco, y grande ruina
D. Pedro enriquecido, en vana gloria,
A D. Carlos pedia la Argentina
Provincia, pretendiendo su memoria
Levantar en conquista de paganos,
Con dinero robado entre romanos.

Como fuese de suyo gran guerrero,
Viéndose de riquezas abastado,
Ofrecióse à gastar mucho dinero,
Y el Rio de la Plata ha demandado.
Don Carlos, en valor claro lucero,
El título le da de Adelantado;
Y asì hizo una gruesa y rica armada,
De gente muy lucida y extremada.

Dos mil soldados salen de Castilla,
Sin gente de la mar y marineros.
Juntáronse en alarde allà en Sevilla,
[pág. 36]Y viendo tan lucidos caballeros,
Salian á los ver á maravilla
Tan apuestos à punto de guerreros:
Mas dicen: "pues se van estos soldados,
Recemos los oficios de finados."

Al fin salió de España aquesta armada
Muy rica, muy hermosa y muy lucida;
De todos adherentes abastada,
Aunque hubo despues hambre muy crecida.
La gente que embarcó era extremada,
De gran valor, y suerte muy subida,
Mayorazgos è hijos de Señores,
De Santiago y San Juan comendadores.

Es Maestre de Campo un caballero
Juan Osorio, que es hombre muy valiente,
Tambien va Juan de Oyolas el guerrero,
Medrano, Salazar, Lujan prudente.
Otros muchos que van decir no quiero,
Que cada cual bien puede ser regente:
Mas Osorio entre todos se señala,
Y en todo lleva à todos palma y gala.

A Neptuno y sus ondas carniceras,
Se entregan invocando à Santiago.
Las naves van corriendo muy lijeras,
Rompiendo con gran furia el ancho lago.
¡O lastima, y angustias lastimeras,
Horrendo, y gran temor, ó crudo trago!
Que tan brava tormenta se levanta,
Que el mas fuerte y bizarro mas se espanta.

D. Pedro con buen celo y pecho pio,
En Dios pongamos, dice, la esperanza,
Y pues es para mas su poderío,
El nos darà muy breve mar bonanza,
Los pilotos con grande desvarìo,
Dicen que la tormenta va en pujanza:
El tríste marinero con gran pena,
No acierta al aparejo ni á la antena.

Iza el trinquete, amaina la mesana,
Aferra ese timon que imos perdidos;
A la bomba, à la bomba muy de gana,
[pág. 37]Que seremos de presto sumergidos,
Cual llama San Lorenzo, cual Santa Ana,
San Telmo dicen otros afligidos,
Otros San Nicolas, que puso quilla
Y costado, de nos tenga mancilla.

El sexo feminil y lacrimoso
Levanta hácia el cielo vocería.
Con la furia del viento tan furioso
La una nave de otra se desvía;
Mas volviendo la mar en su reposo
Conviertese el dolor en alegría,
Y llegan á Canària muy ufanos,
Dò toman tierra, y salen muy galanos.

Despues de haberse aquí ya refrescado,
A proseguir tornaron su viage.
Habiendo ya diez dias navegado,
Hallàronse muy cerca del parage
De las islas, y Cabo que es llamado
Verde; enfermo asiento y estalage;
Cansados del sañoso y largo lago,
Tomaron la que dicen de Santiago.

No estaba en este tiempo tan poblada,
Como al presente está de Lusitanos:
No está mucho la costa desvíada,
Poblada de valientes Africanos:
De color negra y son muy tisnada,
Los que mas á Cabo Verde son cercanos,
Y tienen en comun carniceria,
De los negros haciendo anotomía.

Tomòse de estas islas bastimento,
Tambien se refrescaron los soldados,
Y diòse con presteza vela al viento,
Los ánimos de todos bien osados.
Mas ¡Ay dolor! cuan presto à mas de ciento
De poco prestarà ser esforzados,
Que la hambre pasando de la zona
A roso ni velloso no perdona.

Con pròspero nordeste favorable
Camina alegremente nuestra armada,
Y el mar mas sosegado navegable,
[pág. 38]La lìnea en breve tiempo fué pasada
Con viento en popa próspero y amigable,
De Cabo Frio la punta ya doblada,
En costa del Brasil tierra tomaron,
Y aun isla Santa Bàrbara nombraron.

Del gran Carlos las armas le pusieron
Y posesion por él allì tomando,
Y luego su viage prosiguieron,
Y en el puerto de Vera le encerrando,
Bien comiendo alegres estuvieron.
Continuò por la playa mariscando,
Que hay en aquel puerto grande suma
De hermosos pescados como espuma.

Estando pues aquí, ha comenzado
El demonio sus cosas tan usadas;
Salazar que con otros se ha juntado
A Juan de Osorio dan de puñaladas.
Envidia y cobardia lo han causado,[47]
Por ser las obras dèl tan señaladas:
A don Pedro hicieron que creyese
Que le iba en esta muerte el interese.

Al principio el error, aunque pequeño,
Grandìsimo se hace al fin y cabo.
Era este caballero halagüeño
Con todos; y en aquesto mas le alabo,
Que en verle sacudido y zahareño
Con nobles, de lo cual le desalabo:
Que al mas pobre soldado en mas tenia,
Que diez de presumpcion de hidalguia.

Fué causa, segun dicen, esta muerte
Tan fuera de razon, contra justicia,
Del funesto suceso, horrible, y fuerte
Del infeliz D. Pedro y su milicia.
Que echada esta envidiosa y cruda suerte
Con tanta cobardía y gran malicia,
Comenzò à castigar Dios el armada,
Con un grave flagelo y cruda espada.

Desde que empieza el mundo está sabido
[pág. 39]El castigo que hace Dios eterno;
Por vista de los ojos conocido,
Está cuando la estima el Sempiterno:
La muerte del que es justo y bien creido,
Tenemos la castiga con infierno:
Que la sangre de Abel el inocente
Clamando está ante Dios omnipotente.

Al fin de aquesta isla se ha pasado,
Con algunos descuentos que no digo,
Y el Rio de la Plata se ha tomado,
Y el puerto San Gabriel de desabrigo.
De allí luego pasóse al otro lado,
A Buenos Aires, que es de mas abrigo,
A dó fué el lastimoso acabamiento,
De tanta bizarria, cual yo cuento.

De ver era salir en aquel llano
Al soldado valiente y caballero,
De sedas y brocado muy galano,
A guisa y parecer de perulero.
Salìa con contento muy ufano,
Y hasta el pobrecito marinero
Aquella bella tierra contemplaba,
Y à España no volver jamas juraba.

A Juan de Oyolas hubo despachado
Don Pedro el rio arriba, porque asombre
Al indio. Va con èl un buen soldado,
Llamado Salazar, valiente y hombre.
Don Pedro en este tiempo hubo enfermado
Del morbo, que de Galia tiene nombre:
Con miedo de morirse en aquel rio,
A Castilla se vuelve en un navío.

Volvia, pues, D. Pedro en su viage
A España sin haber puerto tomado:
Empero á vueltas ya de aquel parage,
Que llaman las Terceras, ha acabado.
Asì no gozó bien ni su linage,
El tesoro que en Roma habia pillado.
Dichoso el que atesora allá en el cielo,
Que es burla atesorar acà en el suelo.

Quedò por Capitan y por Teniente,
[pág. 40]Y en muerte sucesor de aquella tierra,
Oyolas, que fué arriba con la gente:
Acà Francisco Ruiz hace la guerra
En Buenos Aires, y anda diligente,
Mas poco le aprovecha, que la perra
Pestífera cruel hambre canina,
A todos abandona y los arruina.

La gente ya comienza à enflaquecerse,
Las raciones se acortan cada dia,
No puede el padre al hijo socorrerse,
Que cada cual su muerte mas temia;
Y aunque es muy natural el condolerse,
Y cada cual del otro se dolia,
Empero mas su vida procuraba,
Y caridad de sì la comenzaba.

Un hecho horrendo, digo lastimoso,
Aquì sucede: estaban dos hermanos;
De hambre el uno muere, y el rabioso
Que vivo està, le saca los livianos
Y bofes y asadura, y muy gozoso
Los cuece en una olla por sus manos,
Y còmelos; y cuerpo se comiera,
Si la muerte del muerto se encubriera.

Comienzan à morir todos rabiando,
Los rostros y los ojos consumidos:
A los niños que mueren sollozando
Las madres les responden con gemidos.
El pueblo sin ventura lamentando,
A Dios envia suspiros doloridos:
Gritan viejos y mozos, damas bellas,
Perturban con clamores las estrellas.

Es hambre enfermedad la mas rabiosa
Que puede imaginar ningún cristiano:
La mano està temblando temerosa,
No quisiera de tal ser escribano.
Mi Dios, por vuestra sangre tan preciosa,
Libradme de este azote, que el tirano
Que llegaba à tentaros, bien sabia
Que es grave mal la hambre en demasia.

Fuè cierto celebrada allí su saña,
[pág. 41]De aquesta matadora sin medida,
Con tanta crueldad y tan estraña,
Que no podrá de alguno ser creida,
No hizo ella jamàs tal otra hazaña
En Roma, ni en Judea referida,
Como esta: de dos mil que se contaron,
Con la vida doscientos no escaparon.

No quiero referir estrañas cosas
Causadas de esta perra y vil tirana,
Que bien pudiera yo muy dolorosas.
Una muger habia, llamada Ana,
Entre otras damas bellas y hermosas;
Tomò paga del cuerpo una mañana,
Forzada de la hambre, y hecha iguala,
Al pretensor envia en hora mala.

Era el galan pretenso un marinero,
El precio una cabeza de pescado;
Acude à la posada muy ligero,
Y viendo que la Dama le ha burlado,
Al capitan Ruiz, buen justiciero,
De la dama se habia querellado;
El cual juzga que cumpla el prometido,
O vuelva lo que tiene recibido.

Maldito seas, juez, si no quisieras
Mirar á nuestro Dios omnipotente,
Y de esto à buen juzgar te conmovieras,
Y à quitar el pecado subsecuente
Por evitar la muerte, lo hicieras.
Que claro està que el casto y continente
Mejor pasa la hambre que el vicioso,
Y dado al vicio y acto lujurioso.

Sabemos, semejante á esta bajeza,
Que causa otras dos mil esta traidora,
Que aunque dice el refran, que no es vileza,
Y ser con nuestro Dios merecedora
Creemos la virtud de la pobreza:[48]
Sin su favor la perra es causadora,
De hambre, que es un mal tan sin medida,
[pág. 42]Que darà el padre al hijo por la vida.

Mas volvamos á Oyolas y su gente,
Que sube el rio arriba muy gozoso.
El puerto Paraguay, que es al presente,
Hallaron del caribe belicoso.
Poblado estaba aquì el fuerte y valiente,
Yanduazubì, en la tierra poderoso
Capitan, y cabeza que regía,
Y toda la comarca le temia.

Aqueste fuè en favor de los cristianos,
Y hizo à Salazar que allí poblase.
Oyolas pasò el rio y los pantanos,
Diciendo á Salazar que le aguardase.
Llegó donde hinchó muy bien las manos,
Mas Dios no fué servido que tornase;
Que Salazar no cumple el prometido,
Por dó el pobre de Oyolas se ha perdido.

El Paraguay arriba poco trecho
Habia Juan de Oyolas navegado;
Saltó en tierra, y camina bien derecho
La vuelta del Perú, y bien cargado
De plata, y à su gusto satisfecho,
Volvió dò à Salazar habia dejado
Con barcos y navios esperando,
En tanto que la tierra iba talando.

Salazar como viese que tardaba,
Bajóse al Paraguay dó ya dijimos,
El gran Yanduazubi-Rubicha estaba[49]
Con el gran Lambaré; y entrambos primos
Le dicen, de lo cual mucho gustaba,
"En tanto que nosotros dos vivimos,
Ayuda te daremos como à hermano,
A tí y todo nombre de cristiano."

En esto vuelve Oyolas diligente
Con plata, mas no halla los navios.
El hecho viendo el indio derrepente,
[pág. 43]La carga de la plata deja y lios,
Y acude contra Oyolas y su gente:
No puede escabullirse, que los ríos
Estan delante de él, y asì murieron
El pobre, y los demas que con él fueron.

Los indios, que esta gente aquí mataron,
Payaguaes se dicen, belicosos:
A muchos en mi tiempo cautivaron,
Y yo tambien lo fuì de estos furiosos.
Salazar, y los otros que bajaron
Poblaron en el puerto muy gozosos.
Las familias aumentan con sus hijos,
Y se entregan à dulces regocijos.

El guaranì se huelga en gran manera
De verse emparentar con los cristianos:
A cada cual le dan su compañera
Los padres, y parìentes mas cercanos.
¡O lástima de ver muy lastimera,
Que de aquestas mancebas los hermanos,
A todos los que estan amancebados,
Les llaman hoy en dia sus cuñados.

A tal tèrmino llega aquesta cosa,
Que cada cual vivia à su albedrio;
Aquel que india tenia mas hermosa,
Se juzga por mejor, y de mas brio.
Y en siendole la india enfadosa
Libello de repudio con desvio
Concede, y toma á otra mazacára,
Que manceba la llama á la clara.

Mazacàra es un pece muy sabroso,
Y tanto que los indios cosa rica
Le dicen, por ser pece tan gustoso;
Y el nombre de este pece el indio aplica
Al amiga que tiene, deseoso
De siempre la gozar, que significa
Mazacàra la cosa que es amada,
Que no enfada por ser muy estimada.

No habia en este caso alguna enmienda,
Por ser en general costumbre mala,
Que aquel que convenia poner la rienda,
[pág. 44]Sin guarda de excepcion todo lo tala;
Aprenden de la escuela y de la tienda
En esto los demas todos de Irala;
Que aunque era en muchas cosas concertado,
En esto de la carne desfrenado.

Y el mal era mayor y mas crecido:
Que los gobernadores se han jactado
De tener mazacàras; y ha venido
A terminos la cosa, que tratado
Con ellas han, é hijos han tenido
En público, y por suyos los han criado.
¡Ved los pequeños tal que documento
Habian de tomar de tal descuento!

Cuanto convenga en tierra, cuando es nueva,
Sembrar buena semilla, labradores,
Era en los principios à dar prueba
De virtud y bondad, predicadores.
El dicho del poeta lo comprueba;
Que el vaso en que una vez echan licores
Guarda bìen el sabor siendo reciente:
Así ni mas ni menos es la gente.

Estando pues el pueblo muy ufano
Al gusto, y paladar de su medida,
Juzgaron por consejo bueno y sano
A Irala obedecer toda su vida.
Sobre esto muchos dicen ser tirano:
Serà bien esta cosa conocida.
De todo aquel curioso que leyere,
El canto que tras este se siguiere.

Que yo no he de juzgar aquì sus hechos,
Decir lo bueno y malo me conviene.
Confieso que hizo Irala mil provechos,[50]
Por dó en aquella tierra fama tiene.
Algunos perseguidos y deshechos
Por él fueron, y quiera Dios no pene
En pago de sus culpas, y los males
[pág. 45]Que hizo á Diego de Abreu y leales.

Mandando, pues, la tierra como digo
Irala, y Buenos Aires despoblado,[51]
Cesado habia la hambre, y mucho trigo
Tenian, y otras cosas que han sembrado.
A la Asumpcion se suben al abrigo,
Los unos y los otros se han juntado:
Que la virtud estando bien unida
Mas fuerte vemos que es que desparcida.

Estando así, cualquiera procuraba
Hacer casas, estancias y hacienda:
Y aunque la dulce España deseaba,
Y mas el que tenia alguna prenda,
El imposible visto, trabajaba
Cualquiera, por no haber plaza ni tienda:
Por donde todos eran labradores,
Monteros, hortelanos, pescadores.

[pág. 46] D. Carlos V. en esto ha proveido
Por su Gobernador y Adelantado,
A Cabeza de Vaca, que ha salido
De allá de la Florida, donde ha estado
Cautivo de los indios, y metido
La tierra adentro à fuerza de su grado.
Diremos de èl despues, en entretanto
Cesemos hasta ver el quinto canto.

[pág. 47]

————————————

CANTO QUINTO.

En este canto se dice como vino Alvar Nuñez Cabeza de Vaca al Rio de la Plata, y de su prision y trabajos que de ella sucedieron, y del gran Moxo, Señor del Paytití.

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Segura vida llaman la pobreza,[52]
Y de santos, de santas es amada;
Tambien la Magestad y sacra Alteza
Amándola, le dió suerte estimada.
Aquel que en poco tiene la riqueza
Por cierto vive vida sosegada;
Y el que con su pobreza se contenta
Mas rico es que el que tiene mucha renta.

Las guerras y las grandes disenciones
El interes las causa, como vemos.
Motines y revueltas, rebeliones,
¡Qué de mal por la plata padecemos!
Autores de las santas religiones,
Que amastes la pobreza por extremos,
Decid, ¿no es mas segura la pobreza,
Pues por ella gozais de la riqueza?

Cualquiera en la Asumpcion está gozoso,
Con solo su comer vive contento:
No andaba por la plata codicioso:
Metido en su morada y aposento
Labrado, muy pulido, muy costoso,
Sin curar de tapiz ó paramento.
Y al fin por interes la furia ingrata,
Discordia, su contento desbarata.

¡Qué fuera si tuvieran plata y oro!
Que aquesto mas conmueve en esta vida.
Que al fin aquel que tiene gran tesoro
[pág. 48]Procura su contento sin medida,
Aqueste fin le fuerza el triste lloro,
Y llanto al navegante en su corrida,
Y aquesta á veces causa en este mundo
A muchos que desciendan al profundo.

Mas oro, y plata es lo que lo vale:[53]
Y bien es honra, mando, poderío,
Cualquiera de estas cosas equivale,
Y trae al retortero, al albedrio.
Que aunque no sea forzada, empero sale
La voluntad de madre como rio,
Y lleva á la razon tras sí rendida,
Y á su diccion y gusto sometida.

Al fin, pues, interes les fuerza tanto
En la Asumpcion sin plata ni dinero,
Que su placer se vuelve en triste llanto,
Los cuellos entregando al carnicero.
Pensaron de salir de un gran quebranto,
Y dieron en un hondo sumidero:
Como verá cualquiera que esté atento,
A la historia presente que yo cuento.

Habiendo aquel que al mundo dió de mano
En trueco del eterno y gran reposo,
Dejándole primero todo llano
Y en paz, al heredero muy dichoso,[54]
Juzgado por consejo bueno y sano,
De dar hombre valiente y belicoso,
Al Argentino envia Adelantado,
Que Cabeza de Vaca fué nombrado.

Del cual su armada á prisa abastecida
De todo el necesario, y sus pertrechos,
De la ciudad de Cádiz fué partida,
Y á las Canarias llegan bien derechos.
Los mas de todos es gente lucida,
[pág. 49]Algunos con insignias en los pechos,
De nobles y lutrosas encomiendas,
Y muchos de valor y grandes prendas.

Pasada la famosa y gran Canarìa,
En Cabo Verde, que es de Lusitanos,
Entraron; y aunque era tan contraría
Entonces su nacion á Castellanos,
No le fué á la nuestra allí adversaria,
Que á todos los reciben como á hermanos:
Que al fin la diferencia es de tal guisa,
Que para las mas veces todo en risa.

Despues de haberse aquí ya refrescado,
La gente del armada muy gozosa,
Con algun bastimento que ha tomado
Se embarca, por le ser muy deseosa
La fin de su viage comenzado,
Juzgándole por cosa provechosa:
Que vemos que cualquier descubrimiento
Es al tono de boda ò casamiento.[55]

La Torrida, que alguno inhabitable
Escribe, traspasaron derrepente.
No ser en todo tiempo navegable
Sabemos, que el sol hiere crudamente.
Un viento hace á veces amigable,
Navégase con él al occidente:
Despues de aquesta tórrida doblada,
Está casi ya hecha la jornada.[56]

La costa del Brasil reconocida,
Y un isla, Santa Bárbara, tomada.
Por la insignia imperial que de corrida
Allí fué por D. Pedro bien fijada,
Conocen que su armada fué surgida
En ella, mas tocando de pasada,
El rumbo enderezaron muy aína
Al isla dicha Santa Catalina.
[pág. 50]
De aquí el Gobernador ha despachado
Con gente que descubran el camino,
A Dorantes de Bejar, buen soldado;
El cual fué, y con presteza mucha vino.
Noticia del camino cierta ha dado;
Por donde caminando con buen tino,
La tierra adentro entraron muy gozosos,
Mas de los naturales recelosos.

No quiero referir la gran miseria,
Trabajos, infortunios que sufrieron
En aqueste camino, y su lazeria,
Y hambre y sed que todos padecieron.
Pues vemos no murió en aquella feria
Alguno de trecientos que allá fueron.
Que aquesto de las hambres y su queja,
Solo á Mendoza y á Zárate se deja.

En tanto que Alvar Nuñez caminaba
Al Paraguay con guias muy derecho,
Su gente con salud toda llevaba
A manos el camino de indios hecho.
Sabido por Irala que llegaba,
Con maña, que la usaba en su provecho,
Envia á cierta gente de corrida,
Que el parabien le dén de su venida.

Sobre cuarenta el quinto año corria,
Cuando el buen Alvar Nuñez ha llegado,
Y no el cuarenta y siete se cumplia,
Cuando se vé de grillos rodeado.
La causa de este mal y tirania,
Y de caer el pobre de su estado,
Envidia fué, que suele, dó se ofrece,[57]
Aquello combatir que mas florece.

Llegado al Paraguay se determina
De ir el rio arriba descubriendo,
Y sin hallar noticia de oro ó mina,
Con barcos y navíos fué subiendo.
Trecientas y mas leguas pues camina,
Hasta saber de plata: pero viendo
[pág. 51]Que la rabiosa muerte andaba suelta,
Por no perder su gente dió la vuelta.

San Fernando se dice este parage,
Dó se tuvo notícia de riqueza:
Mas era tan enfermo el estalage,
Que cobran los soldados gran tibieza.
Dejaron á esta causa su viage,
Que promete sacarlos de pobreza:
Que la piel por la piel el mentiroso,
Nos dijo, que dá el hombre y el reposo.

Si la muerte no teme aquesta gente,
El Argentino fuera mas somoso
El dia de hoy, que nueva ciertamente,
Se tuvo aquí de un indio belicoso.
La plata y oro bello reluciente
Se ha visto, no es negocio fabuloso,
Que cántaros de oro á maravilla
Tenia aqueste indio y gran vajilla.

En una gran laguna este habitaba,
Entorno de la cual están poblados
Los indios, que á su mano él sugetaba
En pueblos por gran órden bien formados.
En medio la laguna se formaba
Un isla, de edificios fabricados,
Con tal belleza y tanta hermosura,
Que exceden á la humana compostura.

Una casa el Señor tenia labrada[58]
De piedra blanca toda hasta el techo,
Con dos torres muy altas á la entrada,
Habia del una al otra poco trecho.
Y estaba en medio de ellas una grada
Y un poste en la mitad della derecho,
Y dos vivos leones á sus lados,
Con sus cadenas de oro aherrojados.

Encima de este poste y gran coluna,
Que de alto veinte y cinco pies tenia,
De plata estaba puesta una gran luna,
Que en toda la laguna relucía.
[pág. 52]La sombra, que hacia en la laguna,
Muy clara desde aparte parecía.
¿Quien hay que no tomára una tajada
De la luna, aunque fuera de menguada?

Pasadas estas torres, se formaba
Una pequeña plaza bien cuadrada;
En el mayor estío fresca estaba,
Que de árboles está toda poblada,
Los cuales una fuente los regaba,
Que en medio de la plaza está sitiada,
Con cuatro caños de oro gruesos, bellos,
Que yo sé quien holgára de tenellos.

La pila de la fuente mas tenia
De tres pasos en cuadra su hechura:
De mas que de hombre mortal parecía
En talle, perfeccion y compostura.
En estremo la plata relucía
Mostrando su fineza y hermosura.
El agua diferencia no mostraba
De la fuente y pilar dó se arrojaba.

La puerta del palacio era pequeña,
De cobre, pero fuerte y muy fornida:
El quicio puesto, y firme en dura peña,
Con fuertes edificios guarnecida.
Seguro que del pelo y de la greña,
Del viejo del portero, que es crecida,
Pudieramos hacer un gran cabestro:
Oid pues del viejazo el mal siniestro.

Aquellos que por dicha ya han pasado
Por medio de las torres y coluna,
Habiendo las rodillas ya postrado,
Levantando los ojos á la luna,
Aqueste viejo así les ha hablado,
Con una muy feroz voz importuna,
Y dice: "A este adorad, que es solo uno
El Sol, y fuera dél otro ninguno."

En alto está un altar de fina plata,
Con cuatro lamparillas á los lados
Encendidas, y alguna no se mata,
[pág. 53]Que estan cuatro ministros diputados.
Un sol bermejo mas que una escarlata,
Allí está con sus rayos señalados:
Es de oro fino el sol allí adorado,
¿Mas hay de quien él sea deshechado?

Aqueste gran Señor de esta riqueza
El gran Mojo se dice, y es sabido
Muy cierto su valor y su nobleza:
Su ser, y señorío enriquecido
De sus vasallos, fuerzas, y destreza,
Por nuestro mal habemos conocido:
Que pocos tiempos ha que en cortas trechas,
Probamos la fiereza de sus flechas.

¡A que no fuerzas, hambre detestada
Del oro, que los ánimos perdidos
Tras tí llevas con ànsia tan nefanda,
Que ciega las potencias y sentidos!
Con todo désque ven que la muerte anda
De priesa, con temor los doloridos,
Que habian emprendido este viaje,
Se vuelven para atras de este parage.

Volviendo pues la gente de su entrada,
Sucede en la Asumpcion una tormenta:
Dos hombres la levantan, que escusada
La tal ó motin es, si no lo inventa
El pecado, que cosa es muy usada.
Lebron el uno es, el otro Armenta:
Desde que el Gobernador preso tenia,
Muy bueno ha andado Armenta, les decia.

Sucede á prima noche el desbarate:
El pobre caballero está durmiendo.
Entrégales la puerta Juan Oñate,
Y así de golpe entraron con estruendo.
A voces dicen todos ser dislate
Que con la vida quede, que viviendo,
Habrá de causar mal, pues está cierto
El hombre no hablarà despues de muerto.

Rasquin con un arpon enarbolado
Le apunta amenazando que se diese.
De la cama se ha el pobre levantado,
[pág. 54]Sin saber de este caso como fuese.
La espada con gran ánimo ha empuñado;
Mas ¿quien era posible resistiese
A tantos, pues que Hércules el griego
No pudo contra dos entrar en juego?

Irala astuto, sabio, cauteloso,
Del enfermo se hizo en este punto,
Y por quedar él libre y ganancioso,
Segun pude saber, y lo barrunto
A Cáceres agudo y bullicioso,
Le dice, con Venegas vaya junto,
Y Cabrera, del Rey tres oficiales,
Principio y causadores de estos males.

El pueblo conmovieron ignorante,
Y en odio le encendieron como brasa.
Acude á la prision, y en un instante
Le sacan muy asido de su casa.
Irala se ha hallado muy triunfante,
Que cierne, hiñe, y masa aquesta masa,
Y siendo el preso puesto en tal aprieto,
Por caudillo de todos es electo.

Comienza gobernando pues Irala
Su negocio á entablar, y aficionaba
A todos, y en mil cosas se señala,
Y al pobre con mas veras ayudaba.
Empero corta, abrasa, hiende, tala
Al que el contrario bando acompañaba:
De suerte, que el leal era tenido
Por hombre vil, infame y abatido.

A muchos ahorcó de los leales,
Diciendo que la tierra perturbaban.
A tal punto se vino, que los tales
En los montes y bosques habitaban.
Los que eran causadores de estos males,
Lo bueno de la tierra se gozaban;
Los otros hambreaban suspirando,
Y á Dios justa venganza suspirando.

Entre otros que prendió fuera Vergara,
Hermano de Ruy Diaz Melgarejo:
Y á aqueste sino huye le ahorcára,
[pág. 55]Que voluntad no falta y aparejo.
Al otro con su hija le casára;
Ruy Diaz nunca fué de tal consejo,
Y así con los leales se ha huido,
Andando por los bosqués escondido.

Había Diego de Abreu tomado
La mano en señalarse con cuadrilla,
Contradiciendo á Irala por alzado.
Son Abrego y Ruy Diaz de Sevilla:
Consigo mucha gente han congregado;
Irala ha procurado de seguilla,
Y algunos los conmueve por regalo,
Y á muchos cuelga y pónelos de un palo.

Irala sale en esto con armada,
Y el rio arriba yendo bien se aleja;
Y porque la ciudad sea gobernada,
A D. Francisco de Mendoza deja.
Lazcano muy malvado de celada,
Con ánimo endiablado se le queja,
Diciendo no conviene que tuviese
Por un tirano el mando, y desistiese.

Y que él con los leales trataría,
Que en nombre del Gran Carlos se eligiese,
Y aquesto facilmente lo haría,
Sin que persona alguna lo impidiese.
Tratólo de tal suerte, que hacia
Que el triste D. Francisco le creyese:
Con este engaño y falso compellido,
Mendoza de su mando ha desistido.

Al punto que desiste luego viene
La gente de leales de los sotos,
Y el Abrego leal no se detiene,
Que espera de tener aquí mas votos:
El Lazcano malvado pues no tiene
Los filos del intento, malos votos,
Que con presteza á muchos sobornando,
Al Abrego procura dén el mando.

Malvado llamo á Lazcano yo en mi verso
Por ser causa primera de un gran daño,
Que nunca se perdiera el universo,
[pág. 56]Por Mendoza mandar siquiera un año:
Que si buen celo tuvo al fin fué adverso
A Mendoza causando un mal tamaño,
Y al Abrego de muerte, y gran fatiga
A todos cuantos eran de la liga.

El Abrego por votos fuè elegido,
Que cédula real dispone de esto:
Y siendo ya del pueblo recibido,
Comienza de envidar todo su resto.
El Mendoza se vé tan afligido,
Y acaso le fué Abrego muy molesto,
Que no pudo sufrir verse burlado;
Y oid en lo que para este nublado.

Con sus pocos amigos, dicen, quizo
Tratar de recobrar con nueva traza
El mando. Mas este otro tiene aviso
Del caso, y con presteza dále caza:
Y préndele al punto de improviso,
Y la cabeza cortánle en la plaza.[59]
Al tiempo que cortar se la querian,
A sus hijos habló que allí venian.

A D. Diego el mayor habló primero,
Diciendo en alta voz: "Mira que seas
Vasallo de tu Rey, muy verdadero,
Porque en aqueste trance no te veas:
Y pues, hijo, tú ves como yo muero,
Así la gloria eterna tu poseas,
Que cures de vivir siempre de suerte,
Que no mueras tambien de aquesta muerte."

El presagio del padre, que moria,
Dejado por postrero testamento,
Al D. Diego de poco le servia,
Pues tuvo en Santa Cruz atrevimiento,
Y pagó en Potosí su tiranía.
Diré en otro lugar este alzamiento:
Al Abrego volvamos, que sabiendo
Que Irala vuelve, al monte vá huyendo.
[pág. 57]
Irala habiendo tiempo navegado
El Paraguay arriba con su gente,
Y al buen Nuño de Chaves despachado
A que salga al Perú muy diligente,
Se vuelve á la Asumpcion, que el que ha pecado
No puede asegurar jamás la mente:
Que no puede hallarse mejor ciencia,
Ni prueba, que le iguale á la conciencia.

Llegando á la ciudad al fin Irala,
Con grande regocijo es recibido;
De Mendoza la muerte le desala
El corazon, y entrañas le ha rompido.
Tras Abrego con priesa el monte tala,
Y á Escaso aquesta causa ha cometido:
Mas no le fué en el tiro de su mano,
Que un tiro que tiró no sale vano.

Al Abrego á prender Irala envia,
Porque él con los leales retirado
Andaba por los bosques á porfia,
Del remedio de España confiado.
El Escaso, que supo dó dormia,
Una noche le halla descuidado,
Y al blanco pecho apunta, y fué tan cierto,
Que el corazon le parte, y deja muerto.

Muchos de los leales desmayaron,
Por verse sin cabeza y perseguidos,
Y algunos al Irala se pasaron,
Y fueron con amor dél recibidos.
Los otros, que mas tiempo porfiaron,
Vinieron con dolor muy afligidos:
Que el nombre de leal era nefando,
Y en trisca le nombraban, y burlando.

A tal punto llegó el atrevimiento,
Del bando del Irala, que casando
Su hija con Vergara, por contento
Y placer, un soldado suspirando
En una farsa sale descontento,
Y roto y pobre, y otro preguntando,
Y él responde, diciéndole ¿quien era?
[pág. 58]De los leales soy, que no debiera.

¿Qué, de leales sois, le dice luego:
Mirad pues bien el pago que sacado
Habeis de esa contienda y triste juego,
Que tan contra razon habeis jugado?
Hermano, por ventura estais tan ciego,
Que no veis que es andar de pié quebrado:
El triste del leal dice temblando,
Hermano, lo que sé que estoy penando.

El valeroso Chaves caminaba
La vuelta del Perú donde ha salido,
Con trabajo sobrado que pasaba,
De gente que el camino le ha impedido.
A muchos fuertemente conquistaba,
Y á su diccion y mando ha sometido,
Rompiendo fuertes y altas palizadas,
Con obras muy heroicas y afamadas.

Conquistò los Chiquitos, que es frontera
Del gran Mojo, Señor de la Laguna:
Y entiendo que si mas adentro fuera,
A cuestas nos sacára la coluna;
Y Hércules segundo Chaves fuera,
Y por mas le imitar, el sol y luna
A cuestas sustentára, como al cielo
El otro, por le dar á Atlas consuelo.

Al fin salió al Perú, donde ha hallado
Al licenciado Gasca el venturoso.
Despues de su negocio relatado,
Procura de volverse muy gozoso.
Un pueblo en el camino hubo poblado,
Por extender su fama deseoso,
Santa Cruz de la Sierra le nombraba,
Que el sitio al de su tierra semejaba.

A Cabeza de Vaca ya volviendo,
Lleváronle á Castilla aherrojado.
Agora que lo estoy aquí escribiendo
Me admiro, como nunca castigado
Aqueste caso fué, atroz y horrendo,
Y el gran levantamiento confirmado.
En mi tiempo yo ví se recelaba
[pág. 59]El pueblo del castigo que esperaba.

Venegas y Cabrera, pues, al preso
Llevaron á Castilla, y lo entregaron
Al Consejo Real con gran proceso,
Y causas, que á su gusto fulminaron.
De aquestos dos el uno pierde el seso,
Al otro en breve tiempo lo enterraron,
El preso por sentencia fué privado
Del título y blason de Adelantado.

En su lugar habiendo proveido
A Sanabria el gobierno, va á Sevilla,[60]
Casóse, y el casamiento le ha impedido
Que no pueda salir ya de Castilla:
Que en breve se murió; y ha partido
Con el resto de gente y la cuadrilla
Que en armada Sanabria puesto habia,
Entregada á la mar, Doña Mencía.

Tomaron de la costa á San Vicente
Después á San Francisco, dó estuvieron
Algun tiempo viviendo alegremente.
Por tierra al Paraguay despues vinieron.
La mas de toda aquesta poca gente,
Que nombre del Socorro les pusieron,
De Estremadura son, dó influye Marte
De sus sacros tesoros tan gran parte.

Sanabria en Medellin nacido habia,
Con hijos y muger allí ha vivido,
Viudo ya una vez, Doña Mencía
En Sevilla por suerte le ha cabido.
Movida de su vana fantasía,
Con sus hijas de España se ha partido,
Con fin de las casar; y así sucede,
Que en la muger la honra vale y puede.

Tambien Diego Sanabria, el heredero,
Despues salió con gente en mala extrena;
[pág. 60]Que erraron dos pilotos su rotero,
Y dieron en el puerto Cartagena.
En Potosí le ví hecho minero,
Mas nunca tuvo el pobre mina buena:
Busquemos una agora en otro canto,
Que ya cansa decir en este tanto.

[pág. 61]

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CANTO SEXTO.

Viene Obispo al Paraguay. Muere Domingo de Irala. Eligen por Gobernador á Francisco Ortiz de Vergara, y sale con el Obispo al Perù.

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Los hijos de este siglo, la Sapiencia
Nos enseña, que son muy mas prudentes,
Que no los muy dotados de inocencia,
Para el vivir y trato de las gentes.
Aquellos que no tienen tal prudencia
Perecen con dos mil inconvenientes,
Llevándoles ventaja los osados,
Astutos y sagaces y treznados.

Tan sábio era, y astuto y cauteloso
En su trato y vivienda nuestro Irala,
Que no tiene algun hombre dél quejoso,
Que á todos en amor parece iguala.
Con esto y con su pecho valeroso,
Contrasta cualquier mal, y suerte mala,
Y á su diccion y mando muy rendidos,
A sus contraríos tiene y sometidos.

En paz tiene la tierra, gobernando
Con gran sagacidad y señorío,
La gente rebelada castigando
Con fuerza, maña, y arte y poderío.
Los leales su causa ya juzgando
Por vana presumpcion y desvarío,
Por no tener de España nueva cierta,
Se le entran cada dia por la puerta.

Filipo el Sábio, rey muy poderoso,
Que en suerte el Nuevo Mundo le ha cabido,
Del aumento cristiano codicioso,
[pág. 62]Al Paraguay obispo ha proveido,
Del órden Franciscano religioso,
D. Pedro de la Torre es su apellido:
Urue por General vá de la armada,
Que fué para este efecto congregada.

Apréstase el armada muy hermosa,
Y sale de San Lucar, y se entrega
A las ondas del mar brava y sañosa;
Y con un viento próspero navega.
Ha sido en su viage tan dichosa,
Que al Rio de la Plata presto llega,
Sin refriega de mar y sin tormènta,
Que al bueno Dios le ayuda y le sustenta.

Desde Castilla al Rio de la Plata,
Cuarenta dias solos se gastaban,
Y no echaba el piloto en ello cata,
Y el rio los navios embocaban.
El General, llegando, desbarata
De dos navios las obras que sobraban,
Hermosos bergantines quedan hechos,
Y en breve á la Asumpcion fueron derechos.

No quiero aquí tratar el gran contento
Que toda la ciudad ha recibido,
Ni menos la tristeza y el lamento
Del malo, que se vé ya sometido.
Y aunque esto de pasada yo lo cuento,
Muy bien fué en el suceso conocido,
Pues cualquiera rehusa ser mandado;
Que el buey suelto se lame por el prado.

Irala como vé que está con miedo
El triste del Obispo, y que la féria
Por él corre, contento, alegre y ledo,
Mudando muy en breve la materia,
Le dice, mi Señor, en cuanto puedo
Trabajo, que salgamos de lacéria,
Buscando si hay riquezas en la tierra,
Mas tengo gran trabajo con la guerra.

El santo del Obispo sonriendo,
[pág. 63]Con un blando semblante respondia
A lo que Irala iba repartiendo,
Que ya su condicion bien conocia:
Bien á la propia suya resistiendo,
Porque de Irala mucho se temia,
Procura de sufrir, pues se vé solo,
Y todos contra él con fraude y dolo.

En esto de Castilla, ¡Dios eterno,
Cuan grande es, y cuan alta tu sapiencia!
Al Irala le envian el gobierno;
Mas sobreviene luego una dolencia,
Y no pudo durar solo un invierno:
Que el que con fraude obtuvo la potencia
Los veinticuatro años con tal daño,
No dura con derecho solo un año.

Despues de Irala muerto, se juntaron
En una iglesia todos, y eligieron,
De doce caballeros que nombraron,
Los cuatro, cuyos nombres escribíeron:
Por opuestos aquestos señalaron,
Los vecinos sus votos aquí dieron.
Salió Francisco Ortiz, el de Vergara,
Que con hija de Irala se casára.

Su hermano, que es Rui Diaz, habitaba
En Guayra en este tiempo, retirado
De Irala, que con él mal se llevaba:
Allí poblando se ha fortificado,
Y de allí con su gente conquistaba
Los indios, y en la tierra apoderado
Procura atravesar á San Vicente,
Con ánimo crecido y poca gente.

La costa del Brasil está temblando,
Sabiendo de Rui Diaz la venida,
Que piensan que se viene apoderando
De todo lo que halla de corrida:
Pues saben como ha andado conquistando,
Y que tiene la tierra así rendida;
Y no sabe que quiere Melgarejo:
[pág. 64]Mas ved en que ha parado su consejo.

Allega á San Vicente, dó Cupido
Desembraza cruel su flecha dira,
Y hácele quedar preso y rendido
Al rostro angelical de Doña Elvira.
Quien indios y españoles ha vencido,
Vencido y muerto queda, porque mira.
¡Y piensas tú, Cupido, no lo fueras,
Mirando á Doña Elvira de Contreras!

De Medellin saliò la dama bella,
De conocida, casta y gente clara:
Y aunque fué en hermosura linda estrella,
Fortuna se mostró con ella avara.
Procura el capitan luego con ella
Casarse, mas la muerte la llevára
Entonces, y no diera mala cuenta,
Causándose á si misma tanta afrenta.

Casóse en mal punto, y en hora mala,
Dios sabe lo que siento en escribillo.
Amor, que con lo bajo lo alto iguala,
La hace aficionarse á Juan Carrillo.
Cojélos Melgarejo en una sala,
Y como no es el caso de sufrillo,
Aunque la dama es tal, y el galan viejo,
A entrambos los ha muerto Melgarejo.

Entrando el capitan en su aposento,
Al adultero mató de una estocada:
La dama viene al grito con lamento,
La gente viene al grito alborotada:
Ayudanla á matar, ó crudo cuento,
¡Qué no hay quien te defienda, desdichada!
Fenece la extremada hermosura
En el colmo de extrema desventura.

Vergara y el Obispo se han movido,
En esto de salir, que no debieran,
Al Perú: pero habiendo ya venido
A Santa Cruz, dó nunca ellos vinieran;
Allí les fuè por Chaves impedido
El camino: yo creo que si pudieran
Pasar, ellos pasáran; mas yo hallo
[pág. 65]Que en propio muladar bien canta el gallo.

El Chaves á los Charcas va y camina,
Dejándose á los pobres muy llorosos.
Tras él salen despues, y de una mina
Llevaron grandes muestras muy gozosos.
Ensayase el metal, y plata fina
Se saca, que movió á los codiciosos;
Y entre ellos Juan Ortiz Pica, pensando
Ganar honra y dinero gobernando.

El licenciado Castro gobernaba;
Y vista la intencion del perulero,
Y que en aqueste caso el importaba
Por tener abundancia de dinero.
El gobierno argentino le encargaba
Quitándosele al pobre caballero:
El cual como se vido descompuesto
A Castilla se vino muy dispuesto.[61]

Matienzo el Presidente no repugna
En esto; que formando una quimera,
En el cuerno le pone de la luna
Al Argentino reino y su ribera:
Y dice, que no puede haber alguna
Provincia de riqueza en tal manera,
Cual esta; aunque rodeen todo el mundo
Entre el polo primero y el segundo.

Y aun dice un dicho necio, y he de decillo,
Pues ví con juramento yo afirmarlo,
Y prometí yo á muchos de escribillo,
Ni quiere mi Argentina aquí callarlo.
"Si fuera yo Filipo, á ese Turquillo[62]
Habia con España de dejallo,
Decia, por gozar de tanta tierra,
Tan bella y apacible, y tan sin guerra."

Con estos desatinos que decia,
Que muy grande aficion al Argentino
Mostraba el Presidente que tenia,
Procuran de volverse en su camino
[pág. 66]El Obispo, y teniente que ponia
En su lugar Ortiz el zaratino;
Que es Cáceres, un hombre bullicioso,
Amigo de mandar y sedicioso.

El Juan Ortiz se parte para Lima,
Con título y blason de Adelantado:
De barras lleva hecha grande rima,
Que sabe Dios cual él las ha juntado.
Aquesto le causaba gran estima,
Y ser de todo él mundo respetado:
Que tanto de valor cualquiera abarca,
Cuanto tiene dineros en el arca.

De Lima se partió muy placentero
Por ver que le es fortuna favorable;
A Panamá camina muy ligero,
Con viento en popa suave y amigable
Allega á Panamá con su dinero,
Y en breve lo vereis muy miserable:
Que fé ninguna tengo, ni confianza
En fortuna, que es cierta su mudanza.

En nombre de Dios parte á Cartagena,
Y entrega su fortuna á una fragata.
El Francés esto tiene á dicha buena,
Que le ha sido la presa muy barata.
Encuéntrale, "y amaina vela, antena,
Le dice, y deja, amigo, aquí la plata,
Sino quieres dejar tambien la vida,
A vueltas de la plata aquí perdida."

Amainan á pesar vela y trinquete,
Rendidos del Francés y su pujanza,
Ni queda marinero ni grumete,
Que no pierda del todo la esperanza.
La vida á Juan Ortiz allí promete,
Mas pierde de la plata la confianza.
La vela dá el Francés, desque le quita
La plata, y con placer picando grita.

Quien vido á Juan Ortiz lo que hacia,
Pudiera no moverse á crudo duelo.
Los suspiros que daba los ponia
[pág. 67]Con gran sentimiento allá en el suelo:
Sus carnes tan heladas las tenia
Como la pura nieve y duro yelo,
Y dice: "¡Cuan en breve aquí he perdido,
Lo que en tan largos años he adquirido!"

De mas de ochenta mil pesos pasaron
Los que el Francés sacó de aquesta feria.
En Cartagena amigos ayudaron
A Zarate á salir de su laceria:
Qué muchos de su mal se constritaron,
Por verle haber venido á tal miseria:
Que para asar, cocer, freir, decia,
Que en mucha cantidad barras tenia.

Con este desastrado desbarate,
Y desdichado fin y mal suceso,
A Castilla se viene el de Zarate,
Sin sacar de su plata un solo peso.
No teme que el Francés le desbarate:
Qué el pobre del ladron jamas es leso;
Mas antes caminando á su albedrio,
Delante del ladron canta vacio.

Llegado á España, el Rey le ha confirmado
Lo que Castro le dió, y por mas pago
A Zarate vereis ya señalado
En los pechos con cruz de Santiago.
Habiendo mucha gente congregado,
Se entregan al feroz y hondo lago.
Diráse en su lugar de aquesta armada,
Volvamos á la história comenzada.

Al Cáceres y Obispo revolviendo,
Llegan á Santa Cruz, que de la Sierra
Se llama; dó discordia, descogendo
Sus velas, ha causado tanta guerra
Entre los dos, que el odio ya creciendo,
Los huesos uno al otro desentierra,
Y mas que unas berceras en cantillo
Se tratan, que es vergüenza de escribillo.

De Santa Cruz salieron, procurando
[pág. 68]Llegar al Paraguay con gran presteza;
Y aunque las dos cabezas caminando
Van juntos por la tierra de aspereza,
No van cosa ninguna conversando,
Que en mala voluntad tienen firmeza.
Llegando á la Asumpcion muy brevemente
Lo que pasó dirá el canto siguiente.

[pág. 69]

————————————

CANTO SEPTIMO.

Llegan à la Asumpcion el Obispo y General. Prende el General al Obispo, y despues el Obispo al General, y llevàndole á Castilla, muere el Obispo.

————————————

Sentencia es celebrada, llana y clara,
Que todo hombre que anda en malos pasos
Al fin de la jornada siempre pára
En mal con desastrado fin y casos.[63]
Con el mando, poder, y con la vara,
El Cáceres echaba contrapaso,
Al santo del Obispo: mas tenia
Un provisor que mal los recibia.

Aunque el Obispo era mal sufrido,
No era codicioso de venganza.
Segovia, el provisor, no ha consentido
A Cáceres crecer en su pujanza;
Mas antes con un odio encrudecido
Le mete, como dicen, bien la lanza,
Tomando informaciones y testigos:
A Cáceres lo dicen sus amigos.

Un hombre, que Daroca se llamaba,
Que del Perú sacó en su compañía
El Obispo, en el pueblo publicaba
Contra el Obispo mal en demasía:
Mil cosas en escrito denunciaba
Al Cáceres, que bien las recibía:
Con que publican todos por estenso,
Que el bueno del Obispo está suspenso.

Al provisor metió en un aposento
El General, con grillos remachados,
[pág. 70]El comer al Obispo y el sustento
Le quita; que no son hombres osados
A darle un jarro de agua, que al momento
El servicio y los indios son quitados:
Y por mayor baldon y mas afrenta,
Al Obispo le priva de su renta.

A Pedro de Esquivel, un caballero
De bella compostura y bella traza,
Amigo del Obispo y compañero,
(Por sola su pasion) le prende y caza.
Con el Obispo ser particionero
En su prisión afirma, y en la plaza
Le corta la cabeza, y en picota
La fija, y de traidor le reta y nota.

La traicion de Esquivel está fundada
En una informacion que ha fulminado,
En que el Obispo y él, de mano armada
Conciertan de prenderle: ha concertado
Que el triste del Obispo en su posada
Estè sobre fianzas encerrado.
En la iglesia el Obispo está rezando,
Y oid lo que está el malo publicando.

En pregon dice: "Pena de la vida,
A la Iglesia mayor nadie se atreva
Por hoy ir, porque es cosa conocida,
Que el Obispo intencion muy mala lleva.
Y pues que la tenemos ya sabida,
No habernos menester, dice, mas prueba."
Ayala su alguacil vá prestamente
Al templo para echar fuera la gente.

¡O Marqués! destos casos escribano,
En dó toda maldad pura se encierra,
Secáriase primero aquesta mano,
Que escribiera escriptura mala y perra.
Mas ¡ay! como el juicio soberano
Para castigo tuyo envia á Guerra
Obispo, que poniéndote en cadena[64]
A tí, y tu hacienda lleva pena.
[pág. 71]
Al fin, pues, ya del templo consagrado,
Diciendo mil oprobios y baldones,
Y falsos testimonios del Prelado,
Por solos sus rencores y pasiones,
Expelen al cristiano arrodillado,
Haciéndole que salga á rempujones.
Forzándola á salir la puerta afuera,
Una dama hablò de esta manera.

¡Pues no son poderosos los maridos!
Pidamosles las armas, y volvamos
Por la honra de Dios. Y con gemidos
Decía:—no conviene consintamos
Aquestos maleficios conocidos;
Y todas al prelado defendamos.[65]
Que mas vale morir honrosa muerte,
Que un mal disimular de aquesta suerte.

Poblado está de màrtires el cielo
Que por honra de Dios han padecido;
De su sangre està lleno todo el suelo,
Que infieles y tiranos han vertido:
Tomemos pues con esto gran consuelo,
Que Dios dà gloria à aquel que ha merecido.
Y pues sabemos que este es un tirano,
Volvamos por el nombre de cristiano.

Con sobrado valor y pecho osado,
Otra dàma hablò de esta manera:—
De aqueste lugar santo consagrado,
Nadie me hará salir de aquì afuera;
Ni consentir yo tengo que al Prelado
Agravien, sin que yo primero muera:
Que à mí, que soy su oveja, su fatiga,
A condolerme de ella bien me obliga.

A mis padres, hablando de Castilla
Y de santas histórias, tengo oido
De la sábia Judith, si sè decilla,
Que bien veis que en la tierra soy nacida;
Aquella grande hazaña y maravilla
Que hizo, por dò nombre ha merecido
[pág. 72]Tan alto, que la Iglesia la pregona
Por dechado de fuertes y corona.

Holofernes soberbio, crudo, altivo,
Tenia la ciudad desta cercada;
Al nombre hebraico era muy nocivo
Con su fuerza, poder y cruda espada:
Estaba al punto ya de ser cautivo
El pueblo, y la ciudad desconsolada;
Judith de remediarla deseosa
Saliò por el ejército animosa.

La gente de Holofernes que la vido,
Al punto se la hubo presentado,
Diciendo, á buena parte hemos venido,
¿Quien hay que no pelee muy de grado?
Al Holofernes bien le ha parecido,
Y cenando y bebiendo, se ha embriagado:
La noche sobreviene, y se dormia
Con el vino abundante que bebia.

Judith, que esta ocasion consideraba,
La cabeza le corta, y con secreto
Saliò con la criada que llevaba:
Librando de esta suerte del aprieto
A su pueblo, en que vió ella que estaba.
El prémio ha recibido, mas perfecto;
Y pues vemos que el prèmio ya nos llama,
Dejemos de nosotras grande fama.

El triste doloroso del Prelado
A su casa se vuelve, no cesando
De gemir y llorar muy congojado,
Por ver su oveja irse condenando.
Allí le hace estar emparedado;
Con barro las ventanas le tapando:
Fianzas dà el Obispo que estaria
En su casa, y que de ella no saldria.

Mas teniendo noticia que querian
Echarle de la tierra, se ha salido
Huyendo á media noche, y acudian
[pág. 73]Algunos en su busca, dò escondido
Estaba, y los mosquitos le comian,
Que en toda aquella noche no ha dormido.
A su casa le vuelven, dó se queda,
En tanto que fortuna vuelve y rueda.

El Cáceres estaba tan furioso,
Tan altivo, soberbio y endiablado,
Que no tiene en sì mismo algun reposo,
Ni puede estar momento reposado.
Del Provisor estando receloso,
Por ver que era sagaz y redoblado,
Acuerda de embarcarle en un navìo,
Y él bajase así mismo por el rio.

Bajò con intencion de despacharle
Al Perú, por sacarle de la tierra;
Mas no halla manera de enviarle:
Por dó su voluntad en esto cierra,
Que dos ò tres procuren de fiarle:
Con esta condicion no lo destierra,
Mas suelto el Provisor del crudo lazo,
Sacude, como dicen, zapatazo.

Teniendo, pues, la causa fulminada,
Juntaron de mancebos gran canalla,
Que es gente para todo aparejada,
De españoles tambien parte se halla,
A quien noticia fuè del caso dada:
No hace Fray Francisco Ocampo falla,
Que aunque al principio fué de la otra parte,
Aquì lleva el guion y el estandarte.

En casa de Segovia se juntaron
De noche, con secreto sin ruido;
Entre todos allí se concertaron,
Y el caso fué de breve concluido.
Que Cáceres se prenda concertaron,
Y esperan á que sea amanecido.
Una vision al punto que amanece
Encima de la iglesia se aparece.

A mirar la vision los que salieron
[pág. 74]A un patio dò el Segovia reparaba,
Un Angel relumbrando todos vieron,
Que parece una espada desnudaba.
Muchos aquesto mismo me dijeron;
Y el Angel parecia que amagaba
Con la espada desnuda que tenia,
Y golpes hàcia abajo sacudia.

El Cáceres venido pues à misa,
Entrò la turba multa muy derecha,
Echó à Càceres mano muy à prisa,
Y algunos de los suyos no aprovecha;
Que el negocio seguìa ya de guisa,
Que cada cual à puja mano le echa;
Y al fin preso le llevan muy de vuelo,
Sin dejarle llegar los pies al suelo.

Con voz del Santo Oficio y apellido
Le prenden, y eso suena su proceso:
En un punto se vé el pobre afligido,
Con miserable fin del mal exceso.
¡Quien duda que estaba arrepentido,
En contemplar el triste aquel suceso!
Que el solo conocer su grave culpa,
Es lo que al pecador mas le disculpa.

Su pompa, presuncion, y bizarria,
Fenece con muy vìl abatimiento:
Que cosa cierta es que no podia
Para siempre durar su ensalzamiento.
Un negro que este Càceres tenia
Habiendo visto aqueste acaecimiento,
Tened dijo, Señor, la barba queda,
Que el mundo de esta suerte corre y rueda.

Teniéndole pues preso y arecado,
Nombrado otro teniente entra en consejo,
Y tratan quien lo lleve aprisionado
A España con presteza y aparejo;
Que vaya luego fuè determinado
El capitan Rui Diaz Melgarejo,
Que no se huelga poco de este hecho,
[pág. 75]Y piensa sacar de ello algun provecho.

El Obispo tambien se determina
Con ànimo de ver à nuestra España:
Y aunque dicen algunos desatina,
Y que su ida á la tierra mucho daña,
Empero dicen otros que lo atina,
Porque él preso no use alguna maña,
Con que se suelte y libre de cadena,
Y cause al santo Obispo cruda pena.

El teniente que nombran se decia
Martin Suarez, noble caballero:
Al Càceres muy mucho aborrecia,
A asì en le desechar es el primero.
De presto un navichuelo componia,
Y puesto brevemente en astillero
Despacha al preso en este, procurando
Quedarse por señor, y gobernando.

Tambien en compañia fué ordenado
Que saliese Garay que lo desea:
Aquì tuvo principio, y ha probado
En la guerra muy bien y en la pelea;
Mas nunca supo ser considerado.
Su tiempo le vendrá, cuando se lea
El fin en que paró su desventura,
Por quererse seguir por su locura.

Saliò de la Asumpcion la caravela
Con otro bergantin acompañada,
Izan antenas, dan al viento vela,
La nave por el sur es gobernada.
Con el viento y corriente tanto vuela
Que en breve à S. Gabriel fuera llegada,
A dó se declaró para Castilla,
Con Cáceres, Obispo y su cuadrilla.

Garay el rio arriba se ha tornado,
Y puebla á Santa Fé ciudad famosa:[66]
La gente que está en torno ha conquistado,
Que es de ànimo costante y belicosa.
Los Argentinos mozos han probado
Allì su fuerza brava y rigurosa,
[pág. 76]Poblando con soberbia y fuerte mano
La propia tierra y sitio del pagano.

Estando Santa Fé ya bien poblada,
Garay bajó à Gaboto por el rio,
Geronimo y su gente en la llanada[67]
Estaban, que venian con gran pio
De hacer en el rio su morada.
Garay no osa salir de su navio,
Aunque es de los de Córdoba rogado:
Del agua y de la tierra se han hablado.

Del una parte y de otra ha habido dones,
Los ánimos mostrando halagueños,
Empero por quitarse de pasiones,
No salen del batel los paragueños.
Partieron sin mostrar los escuadrones,
A nuestro parecer, torcidos ceños:
Mas dejan los de Còrdoba fijada,
Por señal una cruz de su llegada.

A Córdoba llegando el de Cabrera,
La nueva le ha llegado que ha venido
Abrego à gobernar, que no debiera,
Pues tan mal á los dos ha sucedido.
El Abreu como llega le prendiera,
Y preso su negocio ha fenecido;
De suerte, que quitandole la vida
Le deja su memoria obscurecida.

Garay quitó la cruz de aquel asiento,
Dó quedó por Cabrera levantada,
Que sabe que es su intento y fundamento
Dejar la posesion allì tomada.
Con esto, él y su gente con contento
Se vuelven à su asiento, y su morada,
Que es dicho Santa Fé, tierra muy llana,
Y à Tucuman y Córdoba cercana.

El Obispo al Brasil en breve llega
Con su preso, y la gente, aunque temieron
[pág. 77]En golfo y alta mar la gran refriega,
En San Vicente alegres pues surgieron,
A dò al preso el Obispo da y entrega
A gentes, que encerrado le tuvieron:
El cual de la prision se ha escabullido,
Y anduvo algunos dias escondido.

De à poco, precediendo excomuniones,
El Càceres ha sido descubierto,
Y puesto en un navio con prisiones,
Para Castilla sale de aquel puerto.
De enfermedad, congojas y pasiones,
Fray Pedro de la Torre ha sido muerto,
Dejando grande fama en San Vicente,
De grande religioso y continente.

Muy pùblico en la costa se decia,
Que al tiempo que murió aqueste prelado
La pieza y aposento mucho olia,[68]
Y el sepulcro dó fuera sepultado.
Aquel que en la mortaja le envolvia,
Conjuramento lo ha testificado,
Y así lo dicen hoy los lusitanos,
Que muerto, bien le olian pies y manos.

Ya Juan Ortiz de Zàrate está dando
Gran priesa, y que me acuerde que ha partido,
Me dice, y que ya viene navegando;
Que cumpla lo que tengo prometido.
De solo me acordar ya está temblando
La mano; que en pensar que he padecido
Calamidad tan grande y tal miseria,
Temor tengo de verme en otra feria.

Y así por no acordarme de tal llanto,
De tan crudo dolor y triste suerte,
Quisiera fenecer con este canto,
Que dudo que mi pluma bota acierte.
[pág. 78]Que puesta la memoria en el quebranto,
Cuando me ví tan cerca de la muerte,
Temo se ofuscarà; pero digamos
Las tristes desventuras que pasamos.

[pág. 79]

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CANTO OCTAVO.

Sale Juan Ortiz de Castilla, llega à Canaria, y de ahí á Cabo Verde, de adonde viene en demanda de la isla de Santa Catalina.

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Al tiempo que alas cobra la hormiga
Le viene su remate y perdimiento.[69]
Fortuna à Juan Ortiz ha sido amiga
Desde el orígen suyo y nacimiento;
Mas ya le comenzó à ser enemiga,
Al punto de su vano pensamiento:
Que las altivas alas que tenia,
Ya vimos que el francés las abatìa.

Fortuna acá y allà yendo y viniendo,
En la corte le pone en tal estado,
Que aunque á la sazon està rigendo,
Le tiene al parecer desbaratado.
Con todo, de sus mañas se valiendo,
Con tìtulo y blason de Adelantado
Del puerto de San Lucar se salia,
Y el año de setenta y dos corria.

Con el ìban solteros y casados,
Casadas y doncellas de viage,
En tres navios mal aderezados,
Con una zabra mala y de mal trage.
Al parecer à muerte condenados,
Con otros quince ó veinte en un patage.
Mas estos mejor dicha al fin tuvieron,
Que en tierra del Brasil libres surgieron.

Camina pues la armada algunas leguas,
Entregada á las ondas de Neptuno,
Y engolfada en el golfo de las Yeguas,
Sucede un vendaval tan importuno,
[pág. 80]Que si Dios no pusiera presto treguas,
De todos no escapàra ni solo uno:
Y viendo andar el mar por las estrellas,
De temor lloran hombres y doncellas.

La noche muy obscura, la mar brava,
El viento vendaval muy presuroso
Soplaba y de temor cualquiera traba
Del otro por valerse deseoso:
Y mientras esta furia reposaba,
Los pilotos amainan sin reposo.
Las naves van volando ya sin guia,
Mientras que cesa el viento su porfia.

Y despues que cesò la furia y viento,
(Habiendo ya su término corrido)
La gente alborotada, del tormento
Temor y desconsuelo padecido,
Decia con un ronco y flaco aliento,
"Si habemos del peligro ya salido."
Allì muchas promesas publicaron,
Que en el temor pasado à Dios votaron.

Despues, dando lugar el gran Neptuno
A que fuesen sus ondas navegadas,
Con muy próspero viento y oportuno,
A cabo de cien leguas caminadas,
Descubrimos del bárbaro importuno
La costa, con sus tierras malhadadas.
Era una tierra larga, baja y llana,
Que tiene por renombre Tafetana.

Dejando aquesta costa á izquierda mano,
Despues de veinte y cinco dias pasados
De nuestro navegar por el Oceano,
De vanas esperanzas confiados,
A la Gomera un dia muy temprano
Llegamos, los peligros olvidados:
Que pasado el peligro, olvida luego
El marchante el voto, prece y ruego.

Aquì estuvo el armada reposando
[pág. 81]Tres dias no cabales, que corria
Buen viento, que nos iba convidando
A tener regocijo y alegría.
Del puerto, pues, à prisa se levando,
Navega á Cabo Verde recta via:
Mas el viento y pilotos yerran tanto,
Que el gozo se volvió muy presto en llanto.

Andaban los navíos sin concierto,
Arando el importuno y largo lago;
Ya caminan derecho, ya muy tuerto,
Al fin toman la isla de Santiago.
Es isla muy alegre con buen puerto;
Mas yo à mi obligacion no satisfago,
Si no fuerzo á escribir yo aquí mi pluma,
Su temple y compostura en breve suma.

El sitio es apacible y deleitoso,
La gente muy lucida y muy galana,
Por el ingles cosario y belicoso,
En ronda suele andar cada mañana.
Enfermo es el asiento y peligroso,
Por el calor la gente no está sana,
Mas viven á placer los lusitanos,
Contentos, muy alegres, muy ufanos.

A mi posada vino un caballero
De buena compostura y bien tratado,
Alegre, conversable y placentero,
Y con una encomienda señalado.
Tiene una negra allí mucho dinero,
Con ella se casò el desventurado.
¡Mirad pues el dinero à cuanto obliga!
Que sufre este en sus ojos una viga.

Partióse de este puerto Santiago
En breve con un próspero y buen viento:
Mas entrando á la mar y grande lago,
Calmó, y todos perdieron el contento.
Algunos lo tuvieran por buen pago
A España se tornar, porque el aliento
Faltaba, desque entienden alargarse
El tiempo, y la jornada no acabarse.

A la lìnea en aquesto se acercaron,
[pág. 82]A dó (con aguaceros que tuvieron)
Al piè de quince dias mal pasaron,
Y algunos en la línea se murieron.
Despues de aqueste tiempo la doblaron,
Y en demanda al Brasil las velas dieron.
Mas no vieron la costa de sus ojos,
Huyendo de no dar en los Abrojos.[70]

Los diez eran de Marzo ya pasados,
Cuando toman los campos nuevo trage,
Y vuelve por sus pasos compasados
El gran Apolo à España su viage.
En este tiempo fueron desviados
Los unos de los otros, y el patage
Con viento y aguaceros se apartaba,
Y en costa del Brasil puerto tomaba.

En San Vicente salta, dó han hallado
La gente del Obispo y Melgarejo,
Del armada de Zàrate han contado,
De sus armas, pertrechos y aparejo:
Rui Diaz les ha à todos convidado,
Que se vuelvan con èl: este consejo
Algunos del patage lo tomaron,
Mas otros en el puerto se quedaron.

Pudieran bien decir los doloridos,
Estando en San Vicente reposados,
Si nosotros no fueramos perdidos,
Por ser de nuestra flota ya apartados,
O fueramos de hambre consumidos,
O muertos de los indios y acabados;
Y cierto para haber de guarecernos
El medio mas seguro fuè perdernos.

El armada con pena navegando,
A veinte y uno de Marzo una mañana,
Antes de aquella Pascua, en que llorando
Buscaba al buen Jesus de Marta hermana,
La tierra se descubre, y vela dando,
En breve se llegò, que está cercana:
Mas no se toma puerto, que buscaban
A donde le tomar, y no le hallaban.
[pág. 83]
Andando los pilotos vacilando
En luengo de la costa, cada dia
Sus cartas y roteros remirando,
Por ver donde el armada surgiria:
Sus grados y sus puntos cotejando,
Anclaron en Abril tercero dia
En una playa y puerto sin abrigo,
Que es dicho por renombre D. Rodrigo.

Su cara mostrò Febo muy cubierta
Aquì, cuando se entraba en occidente:
La noche obscurecida como puerta
De muy profunda cueva dò no hay gente.
Neptuno muy sañoso se despierta,
Y à las aguas comienza bravamente
A mandar, que se muevan alteradas
Del sur, y en altos montes levantadas.

Ni el Puerto Pico, ó Sierra Mariana,
Ni Teide, ò Potosí, ni el Atumare,
Ni el volcan de Arequipa, ni Lupana,
Ni el alto monte ó sierra de Lambare,
Ni Villuerca, ni Sierra Verzocana,
Se puede ya hallar que se compare
A los montes y sierras que formaba
En alta mar el viento que bramaba.

Estaba el Almirante del armada
Con solo un cable y ancla: el porfiado
E importuno sur desamarrada
La lleva, habiendo el cable reventado.
La nave por la mar andaba errada,
El piloto no acierta de turbado
A decir ni mandar lo que conviene,
Que en el alma metido el miedo tiene.

Con este temporal tan peligroso
La nave sobre tierra va volviendo:
El viento con su impetu furioso,
Las velas en un punto descojendo,
Hace volver la popa sin reposo
A tierra, y el mar adentro vá corriendo.
La gente alborotada sin consuelo,
[pág. 84]Levantan alaridos hasta el cielo.

Quedan la capitana y vizcaina
En gran peligro surtas junto á tierra:
Mas luego en un momento muy aína
La vizcaina el ancla desafierra:
Agarrando dos leguas ya camina
En luengo de una costa y de una sierra;
Mas no se osa meter en la mar brava
Con el temor de la agua que faltaba.

El Almirante sale al mar sañoso,
Del importuno viento sacudido:
La gente clama al Alto Poderoso
Con voces, gritos, llantos y alarido.
El sexo femenil mas doloroso,
Causaba fuese el caso dolorido,
Que tantos alaridos levantaban,
Que la tormenta mas acrecentaban.

En demanda del Rio de la Plata
Se leva de este puerto que he contado
La flota; mas el sur ya se desata
Con un furor terrible acelerado:
Y viendo que este viento desbarata,
Y hace desandar lo que está andado,
Procura de tomar puerto la flota,
Con fin de desistir de su derrota.

Y tanto el bravo viento los aqueja,
Que se siguen tras él desconfiados
De su recto viage, que se deja,
Por ser del vendabal tan contrastados.
La capitana un poco mas se aleja,
Y surge con sus naves á los lados,
Si no es el almiranta, que apartada
Surgió en una bahía no abrigada.

Del almiranta á tierra sale luego
Alguna gente, y halla las pisadas
Del indio, por dó siguen, aunque ciego
El camino, y las yerbas mal holladas,
A la señal, y humo de un gran fuego
Descubren unas gentes congregadas
De nación Guaraní, que recibieron
[pág. 85]A los nuestros muy bien, y les sirvieron.

Las cosas, que tenian ofrecidas
A los nuestros, con ellos se metieron
En la barca con flechas muy crecidas,
Y en trueco de rescates las vendieron.
Sus carnes, de aire y sol ennegrecidas,
Algunos españoles las cubrieron;
Que estima esta nacion mucho cubrirse,
Y à nuestro modo y forma de vestirse.

De aquestos se tomó lengua y aviso,
Mayormente de un indio ya muy viejo;
A Santa Catalina de improviso,
Que vayan les ha dado por consejo,
Y èl propio ir á mostrar el puerto quiso:
Y viendo tal recado y aparejo,
Las naves en un punto se levaron,
Y en luengo de la costa navegaron.

Surgieron en el puerto que es llamado
Ayumirì, que es boca angosta ò chica,
Del isla hacia el este; al otro lado
Està la tierra firme en forma oblica.
La flota procurando lo abrigado,
Dejando el primer puesto allá se aplica,
Adonde hace el mar una ensenada
En forma de la luna de menguada.

Aquì puerto y lugar aparejado
Para surgir mil naves está bueno:
Entre la isla y la tierra va ensenado,
Un golfo de pescados todo lleno;
De una parte y otra reguardado
De vientos, todo alegre y muy ameno.
Empero del armada Zaratina
Aquí fuè la caida y grande ruina.

Aquí reposaremos sin reposo.
Que mal pueden tenerlo los hambrientos.
Trataremos del trance doloroso
De la infeliz armada, y sus descuentos:
Hambre, muerte, tristeza, lacrimoso
Planto, suspiros, gritos y lamentos,
Daràn subiecto cierto al nono canto,
O por mejor decir al nono planto.
[pág. 86]

[pág. 87]

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CANTO NONO.

En este canto se cuenta la grande hambre de la isla de Santa Catalina, con las desventuras lastimosas que en ella se padecieron.

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Oíd, las damas bellas, este canto,
A quien ha repartido la natura
De su grande valor, y bienes tanto,
Que se huelga de ver ya su hechura;
Causaros ha á vosotras mas espanto,
Por ser de delicada compostura,
Y llorareis con migo un mal tamaño,
De desastrado fin y crudo daño.

El canto vuestro es, pues que contiene
De damas y galanes la caida:
Por tanto el ofrecerosle conviene,
Porque de vuestro ser el tome vida.
Haced con vuestra fuerza que no pene
Aquel que le leyere, pues rendida
De este siglo teneis la mayor parte,
Con vuestra gran belleza, industria y arte.

En el pasado canto recontamos
Del puerto que tomó el Zaratino:
Escuchad pues agora que contamos
El fin tan desastrado que le vino.
En esta tierra, y puerto que tratamos,
El triste Adelantado fuè mohido,
Que bien cierto està, el pobre procuraba
El bien, mas la codicia le cegaba.

Saliò à tierra del isla, deseoso
De dar remate y fin à su fatiga:
Su hado le es contrario y envidioso,
Y fortuna le fué muy enemiga.
Por el tiempo contrario le es forzoso
Tomar aquesta tierra, y aun se obliga
A echar toda la gente un dia en tierra
[pág. 88]Al pié de una montuna y alta sierra.

Celebraba la iglesia aqueste dia
Del Corpus, fiesta santa señalada:
Celebróse con gozo y alegria
La fiesta del Señor tan celebrada.
Por esta causa al puerto se ponia
Por nombre Corpus Christi, y es nombrada.
Santa Catalina: es isla sin ventura
De tantos españoles sepultura.

De à poco se partió el Adelantado
Con mas de ochenta hombres escogidos,
Al puerto de Ibiacá que està poblado,
Dejando à los demas muy desabridos.
Consejo fué cierto este mal guiado;
Y así los que quedaron son perdidos,
Que ni armas, ni comida les quedaba,
Y la fuerza ya à todos les faltaba.

Quedaron en la isla á buena cuenta
Docientos y cincuenta, ó mas soldados,
Casadas y doncellas hay cincuenta,
Sujetas á miseria y tristes hados.
En ver que Juan Ortiz de alli se ausenta,
Algunos de temor estan turbados,
Y su temor se dicen y publican,
Que cruda muerte y hambre pronostican.

Quedò por capitan aquí nombrado
Un Pablo Santiago; pues camina
Al puerto de Ibiacà el Adelantado,
Que es tierra muy cercana y bien vecina:
Y así el propio dia hubo llegado,
Sin suceder desastre ni mohina.
Los indios salen presto á recibillos,
Y danles de comer á dos carrillos.

En el isla no comen tan à prisa,
Que la racion se dá por grande tasa:
Seis onzas de harina solas guisa
El pobre del soldado y las amasa.
A nuestro Adelantado se le avisa
Que la racion es corta y muy escasa:
Mas el que está seguro en talanquera,
[pág. 89]Muy poco se le dà que el otro muera.

En este tiempo cinco se han huido.
Gallegos de nacion, y un castellano
De su negocio parte hubo sabido,
Segun jurò y depuso ante escribano.
Aqueste, en esta culpa convencido,
Alega su inocencia, mas en vano,
Que en una horca luego le pusieron,
Y los cinco isla adentro se metieron.

Un portugues mulato marinero,
Con otros tres grumetes y un soldado,
Huyeron por la isla; mas empero
El piloto mayor cuatro ha hallado:
Entre ellos el mulato es el primero,
Que alega ser de grados ordenado.
A muerte les condenan, mas la muerte
Previénele primero por su suerte.

El soldado llegó casi ya muerto,
Y asì no se le hizo de esto cargo,
Que el dia que llegò en aqueste puerto
El ùltimo remate de descargo
Le vino de su bueno ó mal concierto.
El uno de los tres se hizo à largo;
De suerte que jamas hueso ni pelo,
Se supo dél por mar ni por el suelo.

Los otros dos grumetes que quedaron,
Por ser con el mulato en la huida,
Y haber ya confesado la intentaron,
Estando ya su causa fenecida,
A muerte les condenan; y apelaron,
Llamàndose menores: concedida
Les fué la apellacion, y que viviesen,
Para que mas trabajos padeciesen.

De los que una canoa habian tomado,
La cual en tierra firme fué hallada,
El uno aqueste puerto se ha tornado,
El otro va siguiendo su jornada.
Habianse dos meses sustentado
Entreambos con palmitos; la tornada
Del triste, que llegó muy flaco y malo,
[pág. 90]Se celebra, colgàndole de un palo.

¡Ay, inhumano juez, justicia dira,
Que tal justicia quieres sin justicia
Egecutar agora en quien suspira
Por solo pan sin otra mas codicia!
Si aquesto no te mueve, solo mira
Que no ha pecado aqueste de malicia;
Que solo por la isla ha caminado
En busca de comida, y se ha tornado.

Mas ¡ay! que Juan Ortiz dejó un flagelo
Cortado muy al gusto y su medida,
Que cierto no hallarà en todo el suelo
Alguna bestia tan descomedida
Cual esta. ¡O crudo mal, ó triste duelo,
Tristeza, á mil tristezas sometida,
Pues vemos que de hambre estan muriendo
Aquellos que en la horca estan poniendo!

De los cinco soldados que huyeron,
Por cuya causa uno fué ahorcado,
A quien de su negocio parte dieron,
Al cabo ya de dias se han hallado
Los dos, y los demas dicen murieron,
Y el uno de estos dos poco ha durado,
Que luego se murió; mas tal venia
Que solo figuraba anatomia.

Pues los que estàn acá, en crudo llanto
Están, y tan mudados y trocados,
Que solo con mirarlos dan espanto,
Y están de verse tales admirados.
A muchos el pellejo como manto
Les cubre aquellos huesos descarnados,
En otros agua, humor, corrupto viento,
Entre pellejo y huesos han asiento.

Hoy mueren diez, mañana mueren veinte:
No basta gentileza y bizarría,
A contrastar el hado, ni el sapiente
Al rustico ventaja le hacia.
La gala y hermosura prestamente
Fenece, y el aviso y cortesía,
Que la tirana, cruel, rabiosa perra
[pág. 91]A barrisco lo lleva todo á tierra.

Así se van ya todos acabando,
Que es lastima de ver ruina tamaña;
Los galanes y damas suspirando,
En ver la muerte andar con su guadaña,
Los niños descaecidos sollozando,
Tragedia representan muy estraña;
Y las madres maldicen su ventura,
Por verles padecer tal desventura.

No fuera muy mejor, dicen, hijitos
Que no os hubiera yo triste parido,
O ya que yo os parì, que de chiquitos
El alto cielo os hubiera recibido:
O dejaros allà dando mil gritos,
Que yo vine à pagar mi merecido:
Y á vosotros, mi bien, es cosa cierta,
Que no os faltára pan de puerta en puerta.

Maldito seas honor, y honra mundana,
Pues bastaste à sacarme de mi asiento.
¿No me fuera mejor pasada llana,
Que no buscar mejora con descuento!
Vinierame la muerte muy temprana,
Y nunca yo me viera en tal tormento:
Mas quiso mi desdicha conservarme,
Para con crudo golpe lastimarme.

El triste lamentar y las endechas
Que cada cual cantaba de su modo,
A la falta del pan iban derechas,
Que en tratar de comer estaba todo.
Las carnes consumidas y deshechas,
Los rostros de color de puro lodo,
Perdiò el amor su fuerza aquì de hecho,
Que cada cual miraba su provecho.

De dos quiero decir un caso extraño,
(Que solo el referirlo me dá pena)
A quien el amor hizo tanto daño,
Cuanto suele à quien prende en su cadena.
En fama de casados habia un año
Que estaban, y, se dice, á boca llena
El galan su muger deja é hijuelos,
[pág. 92]La dama su marido en hornachuelos.

Aquestos à palmitos han salido,
Como otros lo hacian cada dia,
Y la montaña adentro se han metido,
A dò la oscura noche les cogia:
En esto à nuestro amante dolorido
Una espantosa fiebre sucedìa,
La dama le consuela, aunque afligida,
Por verse en la montaña tan metida.

No quiero referir lo que trataron
Los tristes dos amantes, y su llanto,
Las voces y suspiros que formaron,
Porque era necesario entero canto.
Al fin su triste noche la pasaron,
Envueltos en dolor y crudo planto,
Quien duda que la dama no diría,
¡En mal punto topé tal compañia!

Habiendo pues ya Febo caminado
Su curso en redondez, de la cerea,
Mostraba el rostro rojo y colorado,
Cubriendo la montaña de librea.
El sin ventura amante fatigado,
El camino buscaba, mas pelea
En vano; que no acierta con camino,
Que el miedo y el temor le quita el tino.

Salieron los dos juntos à la playa,
Pensando que salieran al poblado:
La dama sin ventura se desmaya,
En ver como se habian alejado;
Al galan le amonesta ella que vaya
En busca de camino, y que hallado
Se vuelva à aquel lugar: él ha partido,
Mas presto el sin ventura anda perdido.

Quedó por esta causa allí la dama
De dolor, y congoja y pena llena,
Dó la siguiente noche tuvo cama,
Triste, sola, llorosa en el arena.
El pobre por el bosque grita y clama,
Al aire publicando su gran pena;
Que por buscar camino, senda y via
[pág. 93]Sin su dama se vé, y sin alegria.

A sí propio se odia y aborrece,
Que en verse sin su luz y clara estrella,
A la muerte de veras él se ofrece,
Que mas quiere morir que estar sin ella.
La noche no durmió y no amanece,
En su busca camina por aquella,
La dama un poco duerme, porque suele
En ellas aflojar cuando mas duele.

Un pece de espantable compostura
Del mar salió reptando por el suelo,
Subióse ella huyendo en una altura
Con gritos que ponia allá en el cielo:
El pece la siguió, la sin ventura
Temblando está de miedo con gran duelo;
El pece con sus ojos la miraba,
Y al parecer gemidos arrojaba.

Salió en esto el galan de la montaña,
Y el pece se metió en la mar huyendo;
Sus ojos el galan arrasa y baña,
Con lágrimas, y á ella se viniendo
Le dice: si la vista no me engaña,
Camino tengo ya, venid corriendo.
La dama le responde: á prisa vamos
Al pueblo, porque mas no nos perdamos.

Allegan al lugar muy destrozados,
Hambrientos, amarillos, sin sentido:
Mas uno de otro fueron apartados,
Que su vivir y trato fué sabido.
Entrambos de mí fueron castigados,
Que por suerte el oficio me ha cabido,
Mas que castigo haber allí podia,
Igual á aquel que ya se padecia.

En este tiempo andaba con presteza
Juntando Juan Ortiz mucha comida:
El Sargento mayor vá sin pereza
[pág. 94]De los indios buscando la manida;
Y tanto calor pone, y tal destreza,
Que la miseria en breve fenecida,
Que el indio tiene, deja y los buhíos
Barridos de alto á bajo, y muy vacios.

A cual indio le toma la hamaca,
A cual el pellejuelo que tenia,
A cual, si le replica, allí le saca
La manta con que el triste se cubria.
Al fin, en la pared no deja estaca,
Que todo cuanto halla, destruia,
Y no contento de esta tal destroza,
Enojo dá al que tiene muger moza.

El Juan Ortiz aquí se regalaba,
Y no tengais temor, pues que le duela
Saber como su gente lo pasaba.
Y aunque él de solo el indio se recela,
Alguna de su gente se alteraba;
El ardidoso Rocha, el bravo Vela,
Con otros quince mozos concertaron
Su remedio buscar, mas no acertaron.

De dó estaba el real ir pretendieron
Por tierra al Paraguay: determinado
El caso, con secreto, pues, salieron
Siguiendo su camino despoblado.
Al piè de treinta dias anduvieron,
Al cabo del cual tiempo han acordado
Volverse dó primero ya salido
Habian, por pagar su merecido.

Los nécios, pues, traian confianza,
De conseguir perdon de su delito:
En vano les saliera su esperanza,
Qué voz horrenda suena y crudo grito.
De Juan Ortiz la gente con pujanza
Les prende, y el negocio por escrito
Se pone, y á los tres luego cortaron
Las cabezas, y en alto las fijaron.

Tambien allá en la isla pretendieron
[pág. 95]Llevar de la Almiranta unos soldados
La barca, con la cual ir se quisieron
Al puerto San Vicente encaminados.
En este caso, pues, entrevieron
Mugeres por huir los tristes hados;
Mas no pudo quajarse este concierto,
Que fué por las mugeres descubierto.

Huirse todos, se, lo deseaban,
Que el temor de morir les incitaba,
Y algunos ví que allí lo procuraban,
Aunque el posible á todos les faltaba:
Sobre esto muchas juntas se efectuaban,
Y á algunos el juntar vida costaba.
Era dolor, tristezas y tormentos,
El ver poblar las horcas de hambrientos.

Aquellos que el huirse no han certado,
Juzgaban por no ver camino cierto;
Y al perro que hallaban desmandado
Mataban: y aun á penas era muerto,
Cuando estando cocido ó mal asado,
En el hambriento vientre era encubierto,
Temiendo que si el dueño lo supiera,
La presa de las manos les cogiera.

Culebras quien hallaba era dichoso,
Y de padres y hermanos envidiado,
Lagartijas pequeñas yo bien oso
Decir, que las comí mal de mi grado:
Y sé que me hallaba deseoso
De tener abundancia, que probado
Su sabor ricamente me sabia,
Y mas que de cabritos parecia.

Algunos en cazar de los ratones
Tan diestros y tan hábiles estaban,
Que en trueco de una, ó dos, ó mas raciones,
Un número tasado concertaban:
Tambien habia una especie de lirones,
Que al modo de conejos se guisaban,
Y aunque faltaba aceite y vino añejo,
[pág. 96]La gran hambre prestaba salmorejo.

Los sapos ponzoñosos é hinchados,
Con escuerzos nocivos, por muy sanas
Comidas se juzgaban; que forzados
Los hombres de su rabia y fuertes ganas,
Estando los escuerzos desollados,
Juzgaban ser en todo puras ranas:
Y aun el sabor decian que excedia
A las ranas en grande demasía.

La cosa á tal extremo hubo llegado,
Que carne humana ví que se comia:
Hambre canina fuerza allí á un soldado,
Pensando que su hecho nadie via.
Las tripas le sacára á un ahorcado,
Y al medio del cocer se las comia:
Los huesos se roian de finados,
¿Quien no llora estos casos desastrados?

Un mozo, que atambor fuè de la armada,
En esta cruda, horrenda y grande ruina,
Sabiendo se guardaba en la posada
De Florentina y Doña Catalina,
El resto de raciones, ya pasada
La media noche, á priesa va y camina;
Y entrando en la chozuela le sentian
Las damas, y al encuentro le salian.

La una dama y otra le cogieron,
Sin que pudiese el pobre escabullirse:
A piedad ninguna se movieron,
Que de ellas con verdad no ha de escribirse.
La oreja de su rostro desprendieron,
Y al pobre sin curarle dejan irse,
Y por mas presumir de su mal hecho,
La oreja abscisa clavan en su techo.

La prenda de este triste ya perdida,
Y abscisa de su rostro ha recobrado,
Y en prenda muchas veces de comida,
A gentes en la isla la ha empeñado;
Y apartase del pleito que pedida
Tenia su justicia el desdichado,
En trueco de que el reo allí le diese
[pág. 97]Algun maiz ó raices que comiese.

Las damas que hicieron este aleve,
Haciendose justicia sin justicia,
Eran de bajo ser; que bien se debe
Aquesto presumir de su malicia.
Ninguna de valor á tal se atreve,
Aunque es de las mugeres sin justicia,
Ingratitud, maldad, lágrimas, lloro,
Mentiras, y venganzas su tesoro.

Pregunten á Aristoteles qué sentia
De la muger? Pues dice en su escritura,
A lágrimas, y llanto en demasía,
Inclinada bien es de su natura,
Envidia y querimonia la seguia,
Flojedad, y pereza y detractura:
Mas dice de ella un bien; que se contenta
Con muy poco manjar y se sustenta.

Al fin, á aquestas damas el teniente
Las prende, y les tomò sus confesiones:
Despues todo se hizo buenamente,
Aunque hubo de este caso informaciones:
Al triste sin oreja mal paciente
Le dieron por concierto diez raciones.[71]
Decia un mentecato, que mugeres
Podian mucho mas que los haberes.

Es tanto su poder y maña fuerte,
Que todo el mundo tienen ya rendido,
Procuran de tomar primera suerte
A su gusto del bien mas conocido:
Hambre, ni desventura, ni la muerte
Contrastar su poder nunca han podido.
Mirad lo que en la isla padecieron,
Y al fin todas con vida escabulleron.

Es cierto de notar su gran ventura
Con ser un débil ser tan imperfecto:
Cuanto hoy tiene criado la natura,
Las mugeres lo tienen muy sujeto.
[pág. 98]Decid, no es de llorar tal desventura,
Que rindan las mugeres al perfecto,
Al sábio, al necio, al pobre y al que es rico,
Al Rey, y caballero y pastorcico.

Dejemoslas, pues ya que es escusado
Querer con flacas fuerzas conquistarlas,
La fuerza el homenage ya han tomado,
Será al mundo imposible debelarlas.
Y pues en su servicio hemos cantado
Aqueste canto, yo quiero rogarlas
Para el siguiente dén favor y ayuda
A nuestra lengua tosca, torpe y muda.

[pág. 99]

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CANTO DECIMO.

En este canto se cuenta como vuelto el Adelantado de Ibiaza, fué al Rio de la Plata, y de la venida del capitan Rui Diaz en su demanda.

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¡O mísero contento de esta vida,
Aguado con sobrados descontentos!
Tras el deleite siempre viene asida
La pena, los disgustos y tormentos:
Que no hace en un ser jamás manida
Fortuna, sin tener mil mudamientos.
Mas qué digo fortuna, la miseria
Del hombre está sugeta á tal laceria.

En tanto que uno es hombre, está obligado
A dos mil infortunios y flaquezas,
Qué del primero padre se ha heredado
Dolor, pena, congojas y tristezas;
Que todas son reliquias del pecado,
Con otros mil defectos y vilezas,
Que juntos en Adam los recibimos,
Cuando por el pecado en él morimos.

En el Ibiaza, pues, se ha recogido,
Como digimos, maiz y frijoles,
Y habiendo los huidos convencido,
Apresta Juan Ortiz sus españoles
Para salir de allí; y no ha partido,
Cuando un gran temporal vereis, y dióles
En medio una laguna que pasaban,
A donde seis soldados se ahogaban.

Embárcanse en canoas los soldados,
Y al tiempo del pasar andaba brava
La mar, que allí desagua dó los hados,
[pág. 100]Y el crudo vendabal que resoplaba,
Se juntan, y al pasar son anegados
Delante Juan Ortiz, que los miraba,
Seis hombres; y mas que estos, se ahogáran,
Si los indios socorro no prestáran.

Pasada la laguna, se metieron
Los soldados, y gente que venia,
Por la montaña adentro, y padecieron
Trabajo caminando en demasia.
Al fin al puerto, pues, todos vinieron,
Pasado en caminar el cuarto dia:
Juan Ortiz por la mar viene, y navega
Dos dias, y tambien al puerto allega.

Llegado, con placer es recibido,
Y luego determina de partirse;
Y á aquellos que digimos, pretendido
Habian en la barca escabullirse,
En mas grave prision los ha metido:
Porque jamas intenten de huirse.
Con un Sotomayor fenece presto,
Dejándole en un palo y horca puesto.

Al tiempo que el verdugo ya queria
Quitarle la escalera, así hablaba:
"Oid un poco ahora: yo solia
Una oracion rezar, y acostumbraba
Aquesto mucho tiempo cada dia,
Y hoy, por mi desdicha, la olvidaba:
Dejádmela decir:"—mas no ha acabado,
Cuando el sayon la escala le ha quitado.

El armada salió de aqueste puerto,
En demanda del Rio de la Plata:
Ningun piloto lleva que esté cierto
A donde seguirá; mas ya desata
A los vientos Eolo, y bien abierto
Habiendo sus cavernas, disparata
Con ellos por el aire de tal modo,
Que parece acabarlo quiere todo.

La mar sube por cima las estrellas;
[pág. 101]Los cielos hácia abajo se bajaban;
Las olas parecia que centellas
Por cima de las aguas arrojaban.
Lloraban las mugeres y doncellas;
Los hombres grande grita levantaban;
De sola contricion ya se procura,
Que al mar tienen por cierta sepultura.

Anduvo algunos días el Armada
Fortuna acá y allá yendo y viniendo;
Despues, la mar estando sosegada,
Navega, en breve tiempo descubriendo
La tierra tan de todos deseada.
Y sin saber dó están, yendo diciendo,
¿Qué tierra puede ser la que se via?
Paró el Armada allí, que anochecía.

Al tiempo, pues, que Febo matizando
Venia de colores la mañana,
Entraron por el rio, costeando
La banda del Brasil que es mas cercana.
La via á San Gabriel enderezando,
Llevando de llegar crecida gana,
A cabo de tres dias, medio á tiento,
Tomó puerto el Armada con contento.

Surgiendo en San Gabriel, que así se llama
El puerto á donde surge aquesta Armada,
Los indios acudieron á la fama.
Mas ¡Ay dolor! la noche ya cerrada,
El viento sur sacude, y hiere y brama,
Y tanto se embravece, que en nonada
La Capitana corta árbol y antena,
Y el Almiranta asienta en el arena.

Al dia de contento y alegria
El triste corresponde y es vecino;
La gente sin ventura, pues tenia
Contento, mas tristeza sobrevino.
Dolor, angustia, aprieto y agonia,
Aguas y huracán, mar, torbellino,
Las naves traen en torno condenadas,
Al fondo y en la costa desrumbadas.

Pilotos y maestres, marineros,
[pág. 102]Grumetes, pages, frailes y soldados,
Mugeres y muchachos, pasageros,
Andaban dando voces muy turbados.
Los gritos y alaridos mensageros
Allí son de una nave á otra enviados,
Y cada cual socorro demandaba,
Que igual era el dolor que se pasaba.

Librónos nuestro Dios de aquel tormento,
De aquel trance y dolor tan doloroso,
Desistiendo el feroz y crudo viento,
Y viniendo bonanza con reposo.
Mas ¡Ay! que en acordarme del tal cuento,
Temblando estoy, confuso y temeroso:
Que tales cosas ví, que parecia
Que el juicio final llegado habia.

¿Quien duda que el demonio no procure
Impedir cuanto puede á los cristianos
A que la Fé no cresca, porque dure
El reino que él obtiene en los paganos?
¿Pues no está claro ya, sin que se jure,
Cuan estendida está entre los indianos,
Y con cuanto fervor se han bautizado,
Y sus malditos ritos renunciado?

Pues esta causa tengo yo por clara,
Por donde Satanás tanto procura,
Con su mala intencion inicua avara,
Que nuestra Armada nunca esté segura.
Que en su tanto le quita el cetro y vara,
Y viendo su reinado poco dura,
Movido de rencor y crudo duelo,
Con las ondas del mar enturbia el cielo.

¡Gran Dios, Señor inmenso y soberano,
Que permitís azote, como vemos,
Aqueste Satanás con cruda mano!
El secreto tan alto no entendemos;
Sabemos pero bien, que nos es sano
El mal que muchas veces padecemos,
Que son por los pecados cometidos,
Los males muchas veces infligidos.

El freno, que le pone Dios eterno,
[pág. 103]Le hace estar á raya; que si fuera
En manos del demonio, en el infierno
Al humano linaje ya tuviera.
Es tan malo de aqueste su gobierno,
Que en sus penas á todos ver quisiera,
Con saber que de aquesto la ganancia
Que le viese, es tormento en abundancia.

Y así dice San Pedro, que rodea,
Buscando á quien tragar muy presuroso,
El adversario diablo, y que pelea
Contra el linage humano riguroso:
Incita, mueve al hombre y le grangea
Con sus mañas y artes, (que es mañoso)
Y cuando mas no puede con sus tretas,
Contèntase en hacerle mil burletas.

¿Qué diremos de aquel gran marinero
Carreño, que en tres dias vino á España
De las Indias, trayendo mal tempero,
Huracanes, tormenta muy estraña?
Ni gente de la mar, ni pasagero
En pié estaba, y andaba gran compaña
De diablos, que las velas marinaban
Y la nave con fuerza se llevaban.

Larga escota, el piloto les decia,
Y cavan el trinquete y la mesana;
Y si les dice, aiza, con porfia
Amainan los traidores con gran gana.
Y viendo que al contrario se hacia,
Al contrario mandó: y así fué sana
Su nave por los diablos marinada;
¡Y quien duda que fué de Dios guardada!

Mil cuentos semejantes yo pudiera
Decir aquí, mas solo por aviso
A todos doy por cosa verdadera,
Que si quieren gozar del Paraiso,
No traten con Satán. Uno dijera,
Descálzame aquí, diablo: de improviso
Un diablo de la bota le tiraba,
Y la pierna á las vueltas le arrancaba.

Al Armada volviendo:—habia quedado
[pág. 104]La Capitana en seco, y sin antena,
Sin árbol, que ya dije fué cortado
Un dia de bonanza con mar llena:
Por el consejo, y órden y mandado
De Juan Ortiz, zaborda en el arena;
Y así, quedando hecha fortaleza,
La gente sale á tierra sin pereza.

El Almiranta en floto estuvo dias,
Mas torna á dar en seco, y desrumbada
Ha sido, entrándole agua por mil vias:
Procúrase que luego sea varada,
Sus fuerzas conociendo ya ser frias,
La gente fuera apenas de ella echada,
Cuando yendo la mar y agua menguando,
La nave cae, el un lado recostando.

Estando Capitana y Almiranta
Entrambas al traves, sale la gente
A tierra, dó se aloja alegre y planta
Haciendo sus chozuelas prestamente.
El Zapicano ejército se espanta,
De ver tantos cristianos de presente,
Y acuden con gran copia de venados,
Avestruces y sábalos, dorados.

La gente que aquì habita en esta parte
Charruahas se dicen, de gran brio,
A quien ha repartido el fiero Marte
Su fuerza, su valor y poderio.
Lleva entre esta gente el estandarte,
Delante del Cacique, que es su tio,
Abayubá, mancebo muy lozano,
Y el Cacique se nombra Zapicano.

Es gente muy crecida y animosa,
Empero sin labranza y sementera:
En guerras y batallas, belicosa,
Osada y atrevida en gran manera.
En siéndoles la parte ya enfadosa
Dó viven, la desechan, que de estera
La casa solamente es fabricada,
Y así presto dó quieren es mudada.

Tan sueltos y ligeros son, que alcanzan
[pág. 105]Corriendo por los campos los venados;
Tras fuertes avestruces se abalanzan,
Hasta dellos se ver apoderados;
Con unas bolas que usan, los alcanzan,
Si vén que están á lejos apartados;
Y tienen en la mano tal destreza,
Que aciertan con la bola en la cabeza.

A cien pasos (que es cosa monstruosa)
Apunta el Charruaha á donde quiere,
Y no yerra ni un punto aquella cosa
Que tira; que dó apunta allí la hiere.
Entre ellos aquel es de fama honrosa,
A cuyas manos gente mucha muere,
Y tantas, cuantos mata, cuchilladas
En su cuerpo se deja señaladas.

Mas no por eso deja de quitarle
Al cuerpo del que mata algun despojo:
No solo se contenta con llevarle
Las armas ó vestidos á que echa el ojo,
Que el pellejo acostumbra desollarle
Del rostro: ¡Qué maldito y crudo antojo!
Que en muestra de que sale con victoria
La piel lleva, y la guarda por memoria.

Otra costumbre tienen aun mas mala
Aquestos Charruahaes, que en muriendo
Algun pariente, hacen luego cala
En sí propios, su carne dividiendo;
Que de manos y pies se corta y tala
El número de dedos, que perdiendo
De propincuos parientes vá en su vida,
El Charruaha por órden y medida.

Paréceme que ya me he detenido
Con esta gente tanto, que olvidado
Dirán que tengo al campo, que tendido
Pintè en el arenal desabrigado.
Con su memoria estoy tan afligido,
Que temo de me ver en tal estado:
Espérenme á otro canto de amargura,
Y ayuden á llorar tal desventura.

Agora á Melgarejo con su gente
[pág. 106]Volvamos: como supo que pasado
Habia Juan Ortiz, muy prestamente
La vuelta el Argentino se ha tornado:
El caso se le cuenta en San Vicente
Por los que del patax han arribado,
Con él vienen algunos de su hecho,
Pretendiendo sacar algun provecho.

Saliendo, pues, en nuestro seguimiento,
La isla dó estuvimos han tomado,
En los sepulcros vieron el descuento,
De la terrible ruina y triste hado:
La horca dió tambien su documento,
Y muestra de temor y mal sobrado:
Con todo al Ibiaza pasan derechos,
A donde son de todo satisfechos.

Mas quiero yo contar aquí primero
De monos una cosa muy galana,
Que cierto me contó este caballero,
Diciendo: que él lo vido una mañana,
Estando en esta isla muy entero
Su juicio, y razon muy libre y sana:
De monos vió juntarse gran canalla,
Y él púsose á escondidas á miralla.

Un mono grande, viejo como alano,
Estaba á la cuadrilla predicando:
Heria y apuntaba con la mano,
Mudando el tono á veces, y gritando:
El auditorio estaba por el llano,
Atento á maravilla y escuchando,
Y él subido en un alto y seco tronco,
De dar gritos y voces está ronco.

A su lado en el tronco dos estaban,
A la banda siniestra y la derecha:
Aquestos la saliva le quitaban,
Que gritando el monazo vierte y echa.
Concluso su sermon, todos gritaban,
Y la cuadrilla y junta ya deshecha,
Aprieta cada cual dando mil gritos,
Y despacio vá el mono y pagecitos.

Rui Diaz muy confuso contemplaba
[pág. 107]El bruto razonar de aquel monazo,
Y como el arcabuz presto llevaba,
Tirando le matò de un pelotazo.
Los dos monillos pages que llevaba,
Oyendo aquel terrible arcabuzazo,
Aprietan por el monte, dando gritos,
Mas en breve acudieron infinitos.

Fué tanta multitud la que venia
De monos á la muerte de aquel viejo,
Que la tierra dò estaba se cubria,
Y huye de temor el Melgarejo.
Un Indio del Brasil que allí venia,
Con sobrado dolor y sobrecejo,
Le dice, y embebido en cruda saña:
"¿Porqué has muerto al Señor de la montaña?"

Entre los indios era conocido
Aquel monazo viejo, y respetado,
Y por señor y rey era tenido
De aquel áspero monte, y despoblado.
Rui Diaz de esta isla fué partido,
El rumbo al Argentino enderezado,
La costa y tierra firme van bojando,
Y con los Guaranies rescatando.

[pág. 108] En tanto que camina lo que queda
Al rio de la Plata, quiero agora
Volver á mi real. ¡Quiera Dios pueda
Segun el corazon lo siente y llora!
Quien quisiere saber cual dió á la rueda
Su vuelta la fortuna burladora,
Comienze con requiescant en la gloria
El infelice canto de esta história.
[pág. 109]

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CANTO UNDECIMO.

Estando en tierra firme poblada la gente, son muertos y cautivos de indios cien hombres. Retráense los que quedan à la isla de San Gabriel, donde mueren muchos de hambre.

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Al enhornar, decimos, que se entuertan
Los panes; y así vemos que parece,
Que cuando en el principio no conciertan
Las cosas con prudencia, que acontece,
Que al fin de todo punto desconciertan;
Y el caso mal guiado en mal fenece:
Lo cual se muestra claro en este canto,
Que bien podria mejor llamarle llanto.

Estaba, como dije, rancheada
La gente sin ventura en aquel llano,
De paja cada cual hecha morada.
La inexorable Parca, con tirano,
Desapiadado curso desfrenada,
Con las tijeras crudas en su mano,
Comienza de cortar las tristes vidas,
Que estaban á la vista mas floridas.

Dijimos, que el Cacique de esta gente,
Llamada Charruaha, es Zapicano,
Y que tiene un sobrino muy valiente,
Abayubá, mancebo may galano,
De gran disposicion y diligente,
Discreto al parecer y muy lozano;
Valor en su persona bien mostraba,
Por donde Zapican mucho le amaba.

Al real en mal punto fue traido
Por ciertos capitanes, y llegado
El Juan Ortiz le prende, que ha sabido
[pág. 110]Que entre los indios era respetado.
En su busca veinte indios han venido;
Un Guaranì, que entre ellos se ha criado,
Y de lengua servia, ha sido preso,
Y oid de estas prisiones el suceso.

El un preso del otro no sabia,
Que así se diera la òrden y la traza:
Mas presto Zapican triste venia,
Que miedo, ni temor no le embaraza.
El preso à Juan Ortiz pide y envia
A su gente que traiga mucha caza,
Y èl queda con el preso; y mas valiera,
Que vivo del real jamas saliera.

Consulta Juan Ortiz como le pide
El Cacique al sobrino: aconsejaba
Vergara no se dè, y aun que lo impide
Por causas muy urgentes que mostraba.
Por sola voluntad suya se mide
El Juan Ortiz, que á pocos escuchaba;
Una canoa pide á Zapicano
Le traiga por rescate y un cristiano.

Habia à un marinero maltratado,
Por donde entre los indios se ha huido:
Aquel y la canoa presto ha dado
En trueco de Abayuba su querido:
La caza que los indios han sacado,
Por precios y rescates la han vendido;
El tio y el sobrino van ufanos,
Jurando de vengarse por sus manos.

Los nuestros, por la falta de comida,
A yerbas como suelen ván un dia:
Los indios al encuentro de corrida
Les salen, y mataron à porfia
Cuarenta, y el que escapa con la vida,
Es porque al enemigo se rendia.
A pura pata dos se escabulleron,
Y el caso de esta forma refirieron.

Asì como llegaron, los paganos
[pág. 111]En dos alas en torno se pusieron,
Desmayaron de miedo los cristianos,
Cuando en medio los indios los cogieron.
Con los indios vinieron á las manos,
Que de los arcabuces no pudieron
Aprovecharse, cosa que la mecha
Y pòlvora que llevan, no aprovecha.

La pòlvora mojada, los cañones
Tenia Juan Ortiz enmohecidos:
Vencido de sus vanas pretensiones,
No tiene los soldados guarnecidos;
Las armas les quitò, y en ocasiones
Las vuelve, que no son favorecidos
Con ellas, que no son ya de provecho.
Que el moho y el orin las ha deshecho.

La mas gente que á yerbas ha salido,
Sin armas, y sin fuerzas y sin brio,
Con solos los costales han partido,
Los mas casi desnudos y con frio.
Pues llega el Abayuba encrudecido,
A su lado con él viene su tio,
Y entrambos tal estrago van haciendo,
Que las yerbas del campo van tiñendo.

La grita y alarido levantaban,
Diciendo el capitan echa prisiones:
Los nuestros defenderse procuraban,
Los indios vuelan mas que unos halcones;
Y à cuantos con las bolas alcanzaban,
No basta á defenderles morriones.
Al fin muertos y presos todos fueron,
Sino fueron los dos que se huyeron.

Venidos al real estos huidos,
Despacha Juan Ortiz á priesa gentes:
Con Pablo Santiago son partidos
Diez ó doce soldados diligentes.
Aquestos en un cerro estan subidos
A vista del real, á dó valientes
Y astutos en la guerra, y muy cursados,
[pág. 112]Estan con el temor acobardados.

El Sargento Mayor Martin Pinedo,
Con cincuenta soldados ha partido,
El Pablo Santiago estaba quedo
Con sus doce, y los mas que han acudido.
El Sargento Mayor no tiene miedo,
Segun dice, à Roldan que haya venido.
Con su gente camina; y llegado
Dó estaba Santiago, así le ha hablado.

"Conviene que marchemos todos luego,
Ninguno de seguirme tenga escusa."
El Pablo Santiago como fuego
Camina, mas de à poco lo rehusa,
Diciendo: "alto hagamos aquì ruego."
Pinedo de cobarde allí le acusa:
Con estos pareceres discordados,
Bastò para que fuesen desolados.

El Sargento Mayor dice "marchemos:"
El otro del peligro se temiendo,
"Hagamos alto, dice, pues que vemos
Que indios se vienen descubriendo."
El sargento replica "caminemos,
Que el indio viene á priesa acometiendo:"
"Volvamos las espaldas:" "Santiago,
No es tiempo ya: haced como yo hago."

Embraza su rodela, y con la espada
Resiste á los cristianos que querian
Volver atras: mas viendo que de nada
Les sirve, y que los indios le herian,
Con solos cinco ò seis de camarada
Espera; que los otros, que huyan
Tras el sargento, iban tan lijeros,
Cual suelen ir tras uno mil carneros.

El zapicano ejército venia
Con trompas y bocinas resonando;
Al sol la polvareda obscurecia,
La tierra del tropel està temblando:
De sangre el suelo todo se cubria,
Y el zapicano ejèrcito gritando,
Cantaba la victoria lastimosa
[pág. 113]Contra la gente triste y dolorosa.

Los enemigos, viendo el campo roto,
Siguieron la victoria tan gozosos,
Cual suele el cazador ir por el coto,
Matando los conejos temerosos.
Cual indio espada, alfange lleva boto
De herir y matar, cual los mohosos
Cañones de arcabuz lleva bañados
De sangre con los sesos misturados.

Cual toma el alabarda muy lucida,
Y comienza á jugar con ambas manos,
Quitando al que la tiene allì la vida,
Despues á los demas pobres cristianos.
El Sargento Mayor vá de corrida,
Echando la rodela por los llanos,
Caytua le siguiò, indio de brio,
Y alcánzale à matar dentro del rio.

El viejo Zapican con grande maña
El escuadron y gente bien regia,
Abayuba el sobrino con gran saña
En seguimiento va del que huya.
Su grande lijereza es tan estraña,
Que nadie por los pies le escabullía,
Cheliplo y Melibon, que son hermanos,
Pretenden hoy dar fin de los cristianos.

A Taboba le cabe aquella parte,
A dò està con los cinco Santiago:
Aqueste es en la guerra un fiero Marte,
Y asì hizo este dia crudo estrago.
A Canillo por medio el cuerpo parte,
Un brazo derrocó á Pedro Gago:
Buenrostro el Cordoves, y un Arellano,
Fenecen à los pies de este pagano.

El Capitan y el otro compañero
Habian grande rato peleado,
Y el Taboba, muy crudo carnicero,
Estaba muy sangriento y muy llagado.
Y asì vino à su lado muy ligero,
Y en esto ha disparado un mal soldado,
Y al Capitan la espada atravesaba.
[pág. 114]Aunque su muerte presto èl esperaba.

El Capitan cayò muerto en la tierra,
Benito, segun dicen, lo matára:
Movióle à lo matar la pasion perra
Que con el capitan este tomara.
Jurado lo tenia, que en la guerra
Se habia de vengar, que le injuriara:
Y asì le diò el castigo de este hecho,
Metiéndole una flecha por el pecho.

Aquí Domingo Larez, valeroso
En sangre, y en valor y valentìa,
Anduvo con esfuerzo y animoso,
Reprimiendo del indio la osadía:
Y viendole ya andar tan orgulloso,
Los indios acudieron à porfia,
Y á puja, à cual mas puede, le hirieron,
Y quebrándole un brazo, le prendieron.

Cansados los contrarios de la guerra,
O por mejor decir, de la matanza,
Y viendo que la noche ya se cierra,
No curan de llegar á nuestra estanza.
Del fuerte se les tira, mas dió en tierra
Un tiro culebrina, que no alcanza.
Por eso, y por la noche à los cristianos
Dejaron de seguir los Zapicanos.

El despojo que llevan son espadas,
Alfanges, alabardas, morriones,
Rodelas, salmatinas muy doradas,
Sombreros, capas, sayos y jubones.
Las cajas de arcabuces, ya quebradas,
Llevaban solamente los cañones:
Con que, dando la vuelta, ván matando
Aquellos que hallaban boqueando.

Y al que hallan en piè ya levantado
Del sueño de la muerte que ha dormido,
Del peligro librarse confiado,
Por ver como ya ha vuelto en su sentido,
En un punto le tienen amarrado,
Quitandole primero su vestido.
Con armas y cautivos ván triunfando,
[pág. 115]Y la gente en el fuerte lamentando.

Cual dice: ¡O desventura, ó caso estraño,
O mìsero suceso de esta armada!
Cual dice: "no viniera tanto daño,
Si fuera aquesta cosa bien pensada:"
Cual dice, que la causa de este engaño
Procede de la hambre acobardada:
Cual dice, que la suerte de esta vida
Está á aquestas caidas sometida.

Pues, quien perdiò el amigo y el hermano
Levanta hasta el cielo los gemidos,
Y dice con dolor!: "¡Pueblo cristiano
En manos de los lobos desambridos!
Volved con piedad, Señor, la mano,
Doléos de los tristes afligidos,
Doléos de los niños inocentes
Que gritan, con sus ojos hechos fuentes.

Doléos de las tristes afligidas
Que quedan sin abrigo y compañìa;
Tambien de las doncellas doloridas
Que pierden á sus padres y alegrìa:
De las madres, Señor, enternecidas,
Que pierden à quien sombra les hacia,
De todos os doled, Dios poderoso
Y socorred al pueblo doloroso.

Mas quiero las dejar, que bien les queda
Para poder llorar el tiempo largo,
Mas no al que salir del fuerte veda,
Que aquesto tomò entonces á su cargo.
Y quiera Dios consuelo tomar pueda,
(Que tiene el corazon triste y amargo)
El buen Capitan Pueyo, que al hermano
Tendido vido muerto en aquel llano.

Aqueste Capitan, aunque miraba
De lejos al hermano que vé muerto,
Al fuerte á grande priesa procuraba
Que todos se recojan, que es lo cierto.
El Juan Ortiz à priesa caminaba
A donde están los indios sin concierto,
Y si el desventurado allá llegàra,
[pág. 116]El resto del Armada se acabàra.

Pues ido el enemigo ya, y venida
La triste de la noche temerosa,
La miserable hacienda ya metida
En el fuerte con priesa presurosa;
Nuestra gente sin fuerzas y rendida
A la tirana muerte dolorosa,
Por la frigida arena està tendida,
Y de puro desmayo, amortecida.

El Juan Ortiz su ropa con presteza
Embarca aquella noche; que temia
No diese Zapicán con ligereza
Sobre el fuerte y real antes del dia:
Y no tardó que vino sin pereza
Al punto que el aurora descubria;
Y piedras à menudo al fuerte tira,
Mas en tocando al arma se retira.

Pues viendo como al fuerte hubo venido
El enemigo à ver lo que pasaba,
En la Capitana todos se han metido,
Que cerca de la tierra en seco estaba.
Allí con gran dolor se ha recogido
El resto sin ventura que quedaba.
La noche tristemente se ha pasado,
Y el ùltimo remate se ha esperado.

Cuando el Sol aun apenas descubria,
Un indio por la playa caminando
Bajaba, y el semblante que traia
Parece de español: de cuando en cuando
Paraba; con la priesa que traia
A dò estamos se viene ya acercando:
De su trage y manera bien parece
Que alguna cosa nueva nos ofrece.

Llegando donde estaba el despoblado,
Sin tener á las chozas advertencia,
Contra el navio el paso enderezado,
Desde la playa hizo reverencia:
Con un sombrero señas ha formado,
Con gran placer y grande continencia.
Saliendo pues por él, viene contento,
[pág. 117]Y dice de su caso el fundamento.

Yamandú, dice el perro que se llama,
Que arriba ya tratamos su manera,
Y que Juan de Garay le quiere y ama,
Por donde le encargó aquesta ligera.
Que de nuestra venida tiene fama,
Y que con la respuesta allà le espera,
Para venir con balsas y comida,
Sabiendo que el armada ya es venida.

Por señal el vestido representa
Un sayo de algodon con un sombrero,
Y à muchos Españoles nombra y menta,
Por dó su embuste pinta verdadero.
Aquel que se vè puesto en una afrenta,
Bien vemos que se crèe muy de ligero:
Con la primera nueva que ha venido
El ánimo dudoso es compelido.

Con este Yamandù se escribe luego,
Y à Garay Juan Ortiz dà cuenta larga
De la pérdida grande, y sin sosiego
En que la gente queda, y cuan amarga:
Y que venga volando como fuego
Le manda, y de comida traiga carga.
Mas Yamandú malvado no saliera
Cuando Zapican viene à la ribera.

Sus indios piedras tiran, aun allegan
Con ellas á la nave, dò temblando
La gente està. En la pólvora no pegan
Las mechas, aunque estan mas refregando.
Los indios por las yerbas se refriegan,
Motin, perneta hacen muy gritando;
Al fin dejan el campo ya venida
La noche horrible, triste, obscurecida.

Apenas amanece, cuando viene
Un indio de endiablada catadura,
Y muy poco en la playa se detiene,
Hasta que el agua llega à su cintura
De allí dice, que gana grande tiene
De probar en el campo su ventura,
Que salga aquel cristiano del navio,
[pág. 118]Que quisiere aceptar el desafio.

"De parte de la Luna á quien adoro,
Està diciendo el indio, yo prometo
Guardar la fé que diere; que el tesoro
Que estimare mayor de aqueste rieto,
Serà que en estas tierras donde moro
De Zapican un indio su subiecto,
Sin otra ayuda alguna en este llano,
Se atreva á combatir con un cristiano."

Estando aqueste indio razonando
Con superbas palabras y blasones,
En breve de mi lado retumbando,
Un tiro le ha acortado sus razones:
De entre las yerbas salen bojeando
Del indio Zapican dos escuadrones,
Que estaban à la mira en emboscada.
Por dar fin y remate del Armada.

Comienzan á hacer gran alboroto,
En luengo de la playa ya corriendo,
Ya al fuerte, que tenia todo roto,
Las paredes y chozas abatiendo:
Y viendo à los cristianos como en coto
Estan, aunque gran pena padeciendo,
Y no pueden hacerles mal alguno,
Comienzan á acogerse de consuno.

Con todo aquesto viene cada dia
A vista el enemigo Zapicano,
Por ver en el estado que estaria
El encogido ejército cristiano.
En tanto Juan Ortiz á tierra envía,
Por una media barca que en el llano
Estaba, con la cual presto es mudada
Al isla San Gabriel la triste Armada.

Despues que aquesta isla se tomaba,
Un dia noticia cierta se ha tenido,
Que Zapican su ejèrcito mudaba
Al Uruguay, que es rio muy crecido.
Al tiempo que el cristiano reposaba
Con su gente y canoas ha subido;
De aquesto dan noticia los cristianos,
[pág. 119]Que se escapan huyendo de sus manos.

Vinieron seis soldados fugitivos,
Y no pudieron mas, porque los atan
De noche, y dicen quedan treinta vivos,
Que despues que una vez prenden, no matan.
Con ellos no se muestran muy esquivos,
Y si les sirven bien, no los maltratan;
Pero si sirven mal, à rempujones
Les fuerzan á que salgan de harones.

Aunque esto se le puso por delante
A Alonso Ontiveros, no aprovecha
A que deje de obrar cosa que espante,
Pues no puede tenerse por bien hecha.
Aqueste en el hablar era elegante,
Mas no lo fué en hacer esta deshecha,
Pues bien claro descubre en el remate
El ser cualquiera cosa y su quilate.

Estaba en un navio aprisionado,
Que en parte del delito se hallàra
Por dó Sotomayor fuera ahorcado,
Cuando huirse con él se concertàra.
Habiánle los grillos ya quitado,
Y creese tambien que se librára:
Mas él al enemigo va huyendo
Por mas seguro medio le escojendo.

Del Zapicano fué bien recibido,
Y luego se mudó el nombre cristiano;
De las costumbres de indio se ha vestido,
Usando de los ritos de pagano.
En confusion aqueste me ha metido,
Que por amigo túvole y hermano;
Huyéndo de la muerte ha apostado,
Despues se arepintiò de su pecado.

No quiero mas decir que estoy cansado,
Y temo de cansar à quien me oyere,
Mayormente que el canto desastrado
Ha sido, y de llorar: mas quien quisiere
Saber de Juan Ortiz Adelantado
Su suerte; si leerla le plugiere,
Espéreme à otro canto, que ya siento,
Que da Rodrigo Diaz vela al viento.
[pág. 121][pág. 120]

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CANTO DUODECIMO.

Viene Rui Diaz Melgarejo; mùdase el Armada à la isla de Martin Garcia; baja Garay con socorro; sucede la muerte de los dos firmes amantes Yanduballo y Liropeya.

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Fortuna, por hablar de esta manera,
O hado, bien tomándolo sin dolo,
Favorece à Rodrigo, porque espera
La sin ventura gente en ese solo.
Ayudale con pròspera carrera,
Y con tus largos vientos, gran Eolo,
Que el zaratino ejército penando
Está, y á Dios suspiros enviando.

Y tù sosiega al mar, viejo Neptuno,
Y haz que su carrera llana sea,
Que toda aquesta Armada de consuno
A brazos con la muerte ya pelea:
Y dudo ya que escape ni solo uno,
De hambre no se halla ya quien vea.
Remèdielo, pues, Dios, que él solo puede,
Y aquel à quien él solo lo concede.

El capitan Rui Diaz aprestado,
Salió de San Vicente y tomò puerto
En Yumirí, que habemos ya tratado,
Dò vido del Armada el desconcierto.
Al Rio de la Plata enderezado,
El rumbo lleva à prisa, que està cierto,
Que Juan Ortiz padece; con su gente
Allega, pues, un dia prestamente.

El triste lamentar que allí hicieron,
Dés que en tanta miseria nos hallaron,
Aquel dolor y pena que sintieron,
Las làgrimas que todos derramaron,
No quiero referir: mas que vinieron
A tiempo que á llorar nos ayudaron;
Tambien con sus regalos ayudaban
[pág. 122]A muchos, que la vida ya dejaban.

Con su venida todos resucitan,
Que viendo la miseria tan crecida,
A dar de lo que tienen bien se incitan,
Por volver de la muerte à alguno à vida:
Con esto ya las fuerzas se habilítan
De aquellos que la muerte de vencida
Llevaba, y si Rodrigo no viniera,
Sin duda todo el resto pereciera.

Del isla San Gabriel sale el Armada,
Con nuestro buen Rodrigo en la demanda,
De la Martin García, así nombrada,
Que està por cima de esta y à su banda.
En breve y poco espacio fué tomada,
A dó el Adelantado luego manda
Salir á tierra á todos, porque quiere
Poblar en esta isla si pudiere.

El capitan Rui Diaz Melgarejo,
Porque de la rabiosa se recela,
A nuestro Adelantado por consejo
Que le despache dá en la caravela.
Con ella, y con un mal bergantinejo,
Se hace el buen Rui Diaz á la vela,
Al preso Abarorì lleva consigo,
Que promete guiarle como amigo.

A mi me cupo en suerte esta jornada,
Que de saber y ver muy deseoso,
Jamas dejé de entrar cualquiera entrada,
Aunque fuese el peligro temeroso.
En una isla muy fèrtil y poblada
Abarorì nos mete muy gozoso:
Entramos por un brazo, no calando
Los remos, que las yerbas van tocando.

Salieron à nosotros embijados
Catorce ó quince indios diligentes,
Con arcos y con flechas denodados,
Mostrándose gallardos y valientes.
Por tierra entre las yerbas emboscados,
Pintados de colores diferentes.
Andaban levantado voceria,
[pág. 123]Cubiertos de muy rica plumeria.

Por este brazo estrecho, y chico rio
Llegamos con favor de la marea
A la primera casa, y al buhio,
Que es dicho Tabobá, de paja y nea.
Los indios luego salen con gran brio,
Con arcos y con flechas de pelea,
Y viendo los rescates acudieron,
Y mucho bastimento nos vendieron.

De à poco dicen, vamos adelante,
Que todo lo de aquí ya está gastado.
Diciendo aquesto muestran tal semblante,
Que encubren lo que tienen ordenado.
Estaba el enemigo tan pujante,
Que dudo del cristiano acobardado,
Por su fuerza tener tan consumida,
Que pueda escabullir libre con vida.

En esto de la casa hubo salido
Desnudo macilento por el llano,
Un mozo del Armada conocido,
Que Vargas se llamaba, trugillano.
Salió à la baraunda y al ruìdo;
Trajeronle al navío por la mano,
A dó le confesè, y en aquel dia
Entrò al universal camino y via.

Cristoval, indio amigo, que viniera
De allà del Yumirí en nuestra Armada,
Cautivo estaba aquì, y cuenta diera
De la traicion que entre estos està armada.
De seis cautivos que hay, este dijera:
Y siendoles la paga ya entregada,
Trajeronlos, y fueles prometido
Que el precio à mas traer serà subido.

Entre ellos fuè este dia rescatado
El buen Domingo Larez, muy prudente,
Hombre de gran juicio y recatado,
De Huete natural, de noble gente.
Diònos aviso él, que està ordenado
De hacernos la guerra el dia siguiente:
Nosotros estuvimos contratando
[pág. 124]Con los indios, y en vela siempre estando.

Salìmonos de aquí, que se temia
Que el indio se pusiese en emboscada,
Diciendo que à las bocas estarìa.
Y cierto fué la cosa bien pensada:
Que à no salir muy mal sucedería,
Pues siendo la mañana ya llegada,
Los indios à dó estabamos vinieron,
Y á Mora y á Loria nos trajeron.

En el barco pequeño se ha metido
El maiz, y captivos referidos;
En breve á nuestra Armada se ha venido,
A dó de hambre estan desflaquecidos:
Y à haberse esta comida detenido,
De hambre fueran todos perecidos.
Mas Dios remedia el tiempo peligroso,
Con mano de Señor tan poderoso.

Pues llega la comida y los cautivos,
Y salen al encuentro luego todos:
Estaban ya diez menos de los vivos,
Y aquestos de dos mil suertes y modos.
Los padres con los hijos son esquivos,
Los unos y los otros como lodos
Los rostros; manos, pies, todos temblando,
Los ojos hácia el cielo levantando.

Algun vigor cobraron dèsque vieron
El socorro que viene de comida;
Con làgrimas los presos recibieron,
Que su vida juzgaban por perdida.
En el pequeño barco se volvieron,
Y dice Juan Ortiz, que por la vida
Conviene aventurar vida de suerte,
Que no ponga temor la misma muerte.

Mas visto no conviene se acometa
Aquello que hacerse es imposible,
Y que el lugar y tiempo nos aprieta
A tomar el consejo convenible:
El buen Rodrigo à todos se sujeta,
Y dice: "Juan Ortiz cosa terrible
Nos manda, mas yo cierto aquì prometo
[pág. 125]De estar à vuestro gusto muy sujeto."

Unánime y conforme es la sentencia
De todos, que no se entre al Riachuelo:
Que bien se tiene cierta y firme ciencia,
Que todo ha de acabar con crudo duelo.
Esto nos enseñò ya la experiencia,
Pos dó se determina, que de vuelo
A los Timbús se vaya: con contento,
De aquì tendimos vela presto al viento.

Trabajo no pequeño se pasaba,
Que la gente sin fuerzas no podía
Tomar remo, que el viento nos faltaba,
Y á veces por la proa sacudia.
El temor de la hambre apresuraba,
Esfuérzase quien fuerzas no tenia:
Navegando una noche à la mañana
Llegamos á una gente Cherandiana.

Salieron á nosotros prestamente,
Que en esto del rescate estan cursados.
Delante de nosotros diligente,
Pescaba cada cual muchos pescados:
Ninguno en los vender era inocente,
Que son en el vender muy porfiados.
Despues mucho maiz en abundancia
Trajeron por gozar de la ganancia.

Beguas de la otra banda conocieron
La cosa del rescate que pasaba,
A gran priesa á nosotros acudieron,
Temiendo que el rescate se acababa.
Rescatan todo aquello que trajeron,
Y mas, dicen, en casa les quedaba:
A Gaboto de aquí presto se llega,
Por dó el Carcarañà se estiende y riega.

Pasando de Gaboto, à poco trecho
El rio Juan de Oyolas se ha tomado:
Por él se entró, que es rio muy estrecho,
De vientos y tormentas resguardado.
Atraviesa este rio bien derecho
Al Paraná; y las islas que ha formado
Habitan los Timbús, gente amorosa,
[pág. 126]Sagaz, astuta, fuerte y bellicosa.

Al Paraná saliendo caudaloso,
Tres leguas se camina bien cabales:
El Paraná venia muy furioso,
Los tristes navegantes muy mortales.
Del soldado pequeño y del grandioso
Las fuerzas eran todas casi iguales,
Y aun cierto que à la clara bien se vía,
Que el pequeño mas ànimo tenia.

Del capitan Garay certificaron
Los indios, que aquí vino con su gente,
Las huellas de caballos nos mostraron,
Por dó dimos la vuelta prestamente;
Y en tierra los soldados que saltaron,
Cojeron la comida que al presente
Hallaron, que aun no estaba sazonada,
Y apenas con la espiga bien formada.

Volver quiero á tratar un poco agora
Del falso Yamandú, nuestro cartero.
Salió de San Gabriel con la traidora
Y mala condicion de carnicero:
Adonde el Zapicano està de mora
Se và, por ser con él particionero;
Aunque no se hallò en la triste guerra,
Que al venir se ha tardado de su tierra.

Este indio, ya hemos dicho, que es sabido,
Astuto, muy sagaz y hechicero;
En todas las naciones es tenido
Por lumbre, por espejo y por lucero.
A mis própios oidos yo le he oido
Decir á este lenguaz y gran parlero:
"El sol alumbra à oriente y occidente,
Así yo Yamandú, toda la gente."

Pues siendo con las cartas despachado,
Tratò con Zapican, que las tenia
Guardadas, hasta ver en que ha parado
Un negocio que arriba pretendia:
El cual era, que tiene concertado
Con un indio Terú, el cual vendria
A dar en Santa-Fé con otras manos,
[pág. 127]Queriendose vengar de los cristianos.

E hízolo el Terù, que con su gente
Haciendo para aquesto llamamiento,
Se fuè á Santa-Fé: mas de repente
Volvió huyendo en busca de su asiento.
Los mancebos pelean fuertemente,
Los indios llevan de ello el escarmiento,
Y viendo Yamandú que nada ha hecho,
Con las cartas se va à Garay derecho.

Del capitan Garay fué recibido
Mejor el mensagero, que lo fuera,
Si hubiera sin las cartas parecido,
Aunque él por no culpado se fingiera:
Mas viendo el Capitan como ha venido,
Y que puede volver à dò saliera,
Tratòle bien è hízole gran fiesta,
Y tórnale à enviar con la respuesta.

Ya vuelve Yamandù con mas cuidado,
Que tuvo con las cartas, pues pensaba
Guardarlas para sí: mas ha acordado
Urdir otra, pues esta no cuajaba.
En tanto que la urde este malvado,
Tratemos de Garay, que procuraba
Bajar con muchas balsas y comida,
Dejando à Santa-Fé bien guarnecida.

Partió con treinta mozos valerosos,
Y veinte y un caballos, y servicio
En balsas: y los mozos deseosos
De guerra, que la tienen por oficio,
Procuran, que en los indios enojosos,
Se ofresca al crudo Marte sacrificio,
De aquel Terú vengando la osadia,
Con triste y carnicera anatomia.

Son islas, por aquí en este parage,
De grandes bastimentos abastadas,
De muy hermosas tierras y boscage,
Y de indios Guaranies bien pobladas
El falso Yamandú de mal corage:
Aquí tienen sus gentes rancheadas,
Terú, Añanguazúu, Maracopá,
[pág. 128]Y en otras mas abajo, Tabobá.

Entraron por las islas: entendiendo
Poder hacer la guerra, los caballos
Metieron: mas los indios van huyendo,
Que no pueden los mozos alcanzallos.
Entre los verdes bosques se ascondiendo
Se meten, que imposible es el hallallos,
Sino es al sin ventura, que guardada
La suerte le está ahora desdichada.

Con gran solicitud en su caballo
Entre aquestos mancebos se señala
En andar por las islas Caravallo,
Y así por las espesura hiende y tala
En medio de una selva, y Yanduballo
Halló con Liropeya, su zagala:
La bella Liropeya reposaba
Y el bravo Yanduballo la guardaba.

El mozo, que no vió á la doncella,
En el indio enristró su fuerte lanza,
El cual se levantó como centella,
Un salto dá y el golpe no le alcanza.
Afierra con el mozo, y aun perdella
La lanza pienza el mozo, que abalanza
El indio sobre él, por dó al ruido
La moza despertó, y pone partido.

Al punto que á la lanza mano echaba
El indio, Liropeya ha recordado;
Mirando á Yanduballo, así hablaba:
"Deja, por Dios amigo, ese soldado,
Un solo vencimiento te quedaba,
Mas ha de ser de un indio señalado,
Que muy diferente es aquesa empresa,
Para cumplir con migo la promesa."

Diciendo Liropeya estas razones,
El bravo Yanduballo muy modesto
Soltó la lanza, y hace las acciones,
Y á Caraballo ruega baje presto.
El mozo conoció las ocasiones,
Y muévele tambien el bello gesto
De Liropeya, y baja del caballo,
[pág. 129]Y siéntase á la par de Yanduballo.

El indio le contó que un año habia
Que andaba á Liropeya tan rendido,
Que libertad ni seso no tenia,
Y que le ha la doncella prometido,
Que si cinco caciques le vencia,
Que al punto será luego su marido.
El tener de español una centella
No quiere, por quedar con la doncella.

Mas viendo el firme amor de estos amantes,
Licencia les pidió para irse luego,
Dejándoles muy firmes y costantes
En las brasas de amor, y vivo fuego.
Dos tiros de herron no fué distantes,
Con furia revolvió, de amores ciego;
Pensando de llevar por dama esclava,
Al indio con la lanza cruda clava.

Yanduballo cayéra en tierra frio,
La triste Liropeya desmayada;
El mozo con crecido desvario
A la moza habló, que está turbada:
"Volved en vos, le dice, ya amor mio,
Que esta ventura estaba á mi guardada,
Que ser tan lindo, bello y soberano,
No habia de gozarlo aquel pagano."

La moza, con ardid y fingimiento,
Al cristiano rogó no se apartase
De allí, si la queria dar contento,
Sin que primero al muerto sepultase;
Y que concluso ya el enterramiento
Con él en el caballo la llevase.
Procurando el mancebo placer darle,
Al muerto determina de enterrarle.

El hoyo no tenia medio hecho,
Cuando la Liropeya con la espada
Del mozo se ha herido por el pecho;
De suerte que la media atravesada,
Quedó diciendo: "haz tambien el lecho
En que esté juntamente sepultada
Con Yanduballo aquesta sin ventura,
[pág. 130]En una misma huesa y sepultura."

Lo que el triste mancebo sentiria
Contemple cada cual de amor herido.
Estaba muy suspenso qué haria,
Y cien veces matarse allí ha querido.
En esto oyó sonar gran gritería:
Dejando al uno y otro allí tendido,
A la grita acudió con grande priesa,
Y sale de la selva verde espesa.

Aquesta Liropeya en hermosura
En toda aquesta tierra era estremada:
Al vivo retratada su figura
De pluma vide yo muy apropiada:
Y vide lamentar su desventura,
Conclusa Caravallo su jornada
Diciendo, que aunque muerta estaba bella,
Y tal, como un lucero y clara estrella.

Mil veces se maldijo el desdichado,
Por ver que fué la causa de la muerte
De Liropeya, andando tan penado,
Que mal siempre decia de su suerte.
"¡Ay triste! por saber que fuí culpado
De un caso tan extraño, triste y fuerte,
Tendrè, hasta morir, pavor y espanto,
Y siempre viviré en amargo llanto."

Salió pues de la selva Caravallo
A la grita y estruendo que sonaba,
Y vido que la gente de á caballo
A gran priesa en las balsas se embarcaba.
No curan ya mas tiempo de esperallo,
Que de su vida ya no se esperaba,
Teniendo por muy cierto que habia sido
Cautivo de los indios, y comido.

Mas viendole venir, alegremente
El capitan y gente le esperaron:
Allega, y embarcóse con la gente,
Y á priesa de aquel sitio se levaron.
Entróse por un rio que de frente
Está, y á tierra firme atravesaron,
A dó está de Gaboto la gran torre,
[pág. 131]Por dó el Carcarañá se estiende y corre.

En tanto que Garay aquí esperaba,
Y en tierra sus caballos saca, y gente,
El capitan Rui Diaz se levaba
De donde le dejamos prestamente.
Volviendo hácia abajo, atravesaba
Acaso Yamandú que está de frente:
Allí nos dieron nueva muy entera,
Que en el Carcarañá Garay espera.

Con esta nueva cierta, á grande priesa
Bajamos hácia el rio Juan de Ayolas:
No se tiene temor de la traviesa
Del gran rio Paraná, ni de sus olas:
Que el bien, que en la tornada se interesa,
Lo facilita todo: mas no á solas
Nos vemos, cuando viene anocheciendo,
Que los Timbues vienen muy corriendo.

Despues cuando ya Febo caminando
Volvia con sus carros presuroso,
Los campos con sus rayos matizando
De rojo, verde, y blanco luminoso,
Llegaron los Timbues pregonando,
"Comprad de mi, que vendo mas gracioso."
Y tanto regatean, que en Sevilla
Podrian imprimir nueva cartilla.

En tanto que la cosa así pasaba,
Desde el Carcarañá nos ha enviado
Una carta Garay, en que avisaba
Que estaba en Sancti Spiritus parado.
Al viento vela en popa se entregaba,
Y no se ha á Sancti Spiritus llegado,
Cuando Garay por tierra y á caballo
Asoma, y aquí un poco he de dejallo.
[pág. 133][pág. 132]

————————————

CANTO DECIMO-TERCIO.

Entra Rui Diaz en el Carcarañà, baja à Martin Garcia, pretende Yamandú dar en la isla, padece Garay naufragio en el Uruguay.

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Jamas fortuna dió contentamiento
Que no fuese mezclado con dolores;
De á donde el disfavor es fundamento
De todo buen suceso de favores.
Tambien el favorido pensamiento,
Por fin muy cierto tiene disfavores,
Por lo cual Salomon, sigue, decia,
El dia de tristeza al de alegría.

¡Cuanto dolor, tristeza y amargura,
Y cuanto sobresalto ha pasado
La gente zaratina sin ventura!
Pues quien con atencion bien lo ha notado
Verá, que al mayor mal en coyuntura
Un buen suceso ò gusto ha acompañado:
Que no haber de esta suerte sucedido,
Hubiera el resto Zárate perdido.

¡Qué pena, qué dolor no mitigára
El ver al buen Garay por aquel llano!
La barbara nacion que se juntaba,
No pudiera escaparse de su mano.
Si el bravo y crudo Marte se hallára
Con tal gente de guerra, tan ufano
Y altivo se sintiera, que en la tierra
A todos los mortales diera guerra.

La trompa y atambor les ayudaba,
Los caballos calor iban tomando:
Contento grande, cierto, que causaba
Aquesta gente allí escaramuzando.
Rui Diaz con los suyos lo miraba,
Viniendo su viage navegando;
Y llegando dó aquesto se hacia
[pág. 134]Mandó soltar la flaca artillería.

Al fin tomaron puerto, y recontada
La cosa de una parte á otra pedida,
La carga de las balsas descargada,
Caray parte en demanda de comida.
El Melgarejo sale desplegada
Con gran placer su vela y descogida.
En tanto que uno baja y otro queda
Me fuerza Yamandú vuelva la rueda.

Llegado este tacaño con las cartas
Al isla, con placer fué recibido;
El Juan Ortiz le dió cuchillos, sartas,
Y de paño de grana un buen vestido.
De dádivas y dones fueron hartas
Sus manos, por pensar lo ha merecido,
Y él pretende entregarse á suelta rienda
En vida del cristiano y de hacienda.

Pues tiene la traicion así ordenada,
Que dadas estas cartas, vuelva luego
Al rio Igapopé, que es la morada
De un indio, que se dice Grande Fuego,
Y de otros que allí viven de coplada,
Con Aguazó, que es guia de este juego.
Allí tiene la cosa de ordenarse
Por dó el cartero dá priesa á tornarse.

Y dice: "volveré yo con comida,
Que así con mis amigos lo he ordenado,
Aquesta cosa quiero sea sabida,
Porque en vernos ninguno sea alterado:
Que aquesta tierra toda está rendida
A mi diccion, é yo la he sujetado."
Con esto Yamandú se suelta en breve,
Y con mas brevedad volver se atreve.

Con diez ú once canoas esquifadas
La vuelta dá el malvado, procurando
Que no esten las personas recatadas,
Mas antes las ocupa rescatando.
No quiero referir, pues, cuan turbadas
Lo estaban, segun supe, y cuan temblando:
Mas con todo se dieron tanta maña,
[pág. 135]Que no quajó el cartero su maraña.

En un fuerte la gente recogida,
Porque de esta traicion tienen aviso,
De todo lo posible guarnecida,
Salió el indio que estaba ya arrepiso.
De humos gran señal ha parecido
El rio arriba, y luego de improviso
Los indios que en la gente dar pensaban,
Con gran priesa á su isla se tornaban.

Quedaron los cristianos, como cuando
Levanta un huracan muy espantoso
Las olas en la mar, y vá bufando
El viento con un impetu furioso:
El piloto sagaz está temblando,
Vencido del trabajo y temeroso:
Mas viendo que el peligro está pasado,
Veréisle presumir del esforzado.

O como aquel mancebo que ha cogido
El toro furibundo entre sus manos,
Que siendo de la muerte escabullido,
Huyendo á pura pata por los llanos,
Blasona de la maña que ha tenido,
Y hace en talanquera fieros vanos.
No menos nuestras gentes aquí estaban,
Y al moro muerto gran lanzada daban.

Rui Diaz, como dije, navegando
Salió de Sancti Spiritus, y viene
En breve dó le estaban esperando.
A mi me ha parecido me conviene
Quedarme con Garay que và triunfando,
Y Zárate que hambre siempre tiene.
Rui Diaz Melgarejo, pues, allega
Al isla, y la comida les entrega.

Garay de á dó digimos sale á priesa
Con su gente, y las balsas que llevaba,
Lo que en esta salida le interesa
Es el buscar comida que faltaba.
Tambien se procuraba hacer presa
En el falso Terú que allí moraba:
Y oid lo que sucede un dia de Ramos,
[pág. 136]Que de vista es el cuento que contamos.

Por un pequeño rio de boscage
Las balsas y la barca caminaban,
Cuando vimos venir un gran salvage.
La canoa en que viene gobernaban,
Al parecer, dos ninfas de buen trage;
En vièndonos á priesa se tornaba:
Y désque al Paraná grande llegaron,
En medio de un remanso se pararon.

Allí nos esperaron grande pieza;
Y así como la barca hubo llegado,
El salvage se estira y endereza,
Y un escudo grandísimo ha embrazado:
Por yelmo un cuero de anta en la cabeza,
El escudo era concha de pescado,
Y el baston que este bárbaro tenia,
Servir de antena en nave bien podia.

Hablando con soberbia encrudecida,
Pregunta por aquel que tiene cargo
Del Armada, que dice que la vida
Le tiene de quitar con fin amargo:
Y dice: "no penseis que fué huida
La mia, por salir aquí á lo largo,
Que quise aquí sacaros al anchura,
Por dar á todos ancha sepultura."

Queria arremeter el can rabioso,
Y en esto dos pelotas le tiraron;
La popa nos volvieron sin reposo
Las faunas, y espantados nos dejaron,
Que con un dulce canto armonioso
A priesa de nosotros se apartaron,
Y á muchos el sentido enternecieron,
Y en un punto de vista se perdieron.

En esto un bergantin vimos venia,
El cual á Santa Fé ha descendido,
Y viendo que Garay bajado habia,
En seguimiento suyo habia venido.
Con socorro el Teniente se le envia
De la Asumpcion, que aquesto hubo subido:
Juntòse con nosotros el navio,
[pág. 137]Y dimos en un hondo y chico rio.

El navío à la boca se ha quedado
Con toda la mas gente del Armada:
El Capitan con veinte dentro ha entrado
En la barca de todo pertrechada:
Por tierra los caballos hubo echado,
Del gran Terú se busca la morada:
Hallóse, mas sus indios, al estruendo,
Con mugeres é hijos van huyendo.

Las balsas aquí cargan de comida;
La gente de á caballo vá por tierra
Siguiendo la victoria conocida,
Con ánimo y codicia de la guerra.
Abscóndese la gente dolorida,
Que el temor del caballo la destierra:
Saquea el Español allí las casas,
Y en un punto veréislas hechas brasas.

El Capitan de aquí presto saliendo
Penoso, por no haberle indio parado,
Sus balsas y su gente recogiendo,
A Añanguazú acomete, indio afamado.
Los indios son valientes, y al estruendo
Salieron con esfuerzo denodado,
Y siendo preguntados ¿porque huyen:?
Con la razon del uno así concluyen.

"Dejadnos ya, que estamos temerosos,
Y contra vuestras fuerzas no podemos:
Y vosotros, sobrinos animosos,
A los mancebos dicen, ¿qué os hacemos?
Mirad que á nuestros hijos amorosos
Criar, ni sustentar ya no podemos,
Pues carga de mugeres tan penosa
No espera á vuestra diestra poderosa."

Diciendo aquesto, estaban muy metidos
En un atolladar y gran pantano:
Garay no permitió fuesen heridos,
Que mas de uno probar quiso la mano.
Causaban gran dolor los doloridos,
Que mugeres é hijos por el llano
Sin órden, á gran priesa, iban huyendo,
[pág. 138]So tierra lo que tienen abscondiendo.

De aquí el rio abajo navegando,
El Armada se sale á remo y vela:
Un temporal se viene levantando,
Que las yerbas del campo arranca y vuela.
Del isla grande priesa me estan dando,
Que parece la gente se recela.
Pues vamos allá agora, que esta Armada
Aquí queda segura rancheada.

El isla parecia que se hundia,
Y el cielo que venia de caida.
El sud-oeste, viento que corria
Con una fuerza grande desmedida,
Los árboles y piedras conmovia
Por dó la gente andaba dolorida:
Porque tanto ruido levantaba
El viento, que al infierno figuraba.

De dos naves que habia del Armada,
No quiere perdonar esta tormenta
A alguna; que á la zabra que cargada
Està de la comida, la revienta,
Y la abre por cien partes: mas varada
Aquesta fué en el isla; la otra avienta
A tierra firme, y tan metida queda,
Que dudo en algun tiempo salir pueda.

Pues dime, Juan Ortiz: ¡no te conmueve
El ver aquestos trances peligrosos!
¡O duro corazon! á quien no mueve
El temor de los fines sospechosos.
No vemos ser prudente el que se atreve
A perder lo ganado en los dudosos
Y peligrosos casos: lo mas cierto
Es ir siempre á buscar seguro puerto.

A nuestra Armada vuelvo, que metida
Quedaba en un juncal y una ensenada,
La cual halló segura su guarida:
Y el bergantin, tomando una enconada,
Del otra banda está, que de caida,
Allí, por se abrigar, hizo parada,
A dó con Cherandies ha tratado,
[pág. 139]Y el tiempo que allí estuvo, rescatado.

Garay con los Beaguas de otra banda
Muy gran trato y rescates ha tenido:
A Caytuá, cacique, dice y manda,
(Pues, para aqueste fin ha descendido)
Que diga á los Beguaes, como él anda
En busca de cristianos, que ha sabido
Que tienen muchos ellos en su tierra,
Habidos de rescate, y no de guerra.

Aqueste Caytuá es comarcano
Al pueblo Santa Fé, y muy vecino:
Garay le trata bien como á su hermano,
Y así con gran contento con él vino.
El cacique no anduvo paso en vano,
Que yendo á los Beguaes de camino,
Cuatro cristianos trajo rescatados
Por anzuelos y espejos muy quebrados.

De aquí salió Garay: con el navio,
Que está de la otra banda, se ha juntado.
Despáchale á la isla por el rio,
Que dicen de las Palmas, afamado.
No vá de bastimentos tan vacio,
Que al fin le han de decir: "bien seais venido:"
Que están como los pollos ya piando,
Y solo por comida suspirando.

El Armada se vá por un estero
Que llaman de Beguaes, que no lleva
La fuerza y la corriente del primero,
A quien él vá á buscar á que le beba:
Y tanto vá sin él á cual postrero,
Que en mas de veinte leguas no le prueba;
Al cabo, porque en breve yo me sume,
Aqueste el Paraná se le consume.

Yendo por este estero navegando
Diez dias, que los tiempos no ayudaban,
Por tierra los soldados van cazando,
Que muy poco las balsas caminaban.
De noche estan con liñas esperando,
Pescando de los peces que picaban:
Aquí pica el Patí, allí el Armado,
[pág. 140]Aquí tambien el Blanco y el Dorado.

En una bella noche muy serena,
Habiendo el sueño dado ya sus puertas
A los que nuestra cama era el arena,
Estando centinelas muy alertas,
Con grande dulcedumbre una Sirena
Comenzó de cantar; y cierto, ciertas
Y humanas parecian sus canciones,
Bastantes á mover mil corazones.

Es tan ameno y bello este parage,
Que las hijas de Pierio bien podrian
Dejar de Tracia el monte y su boscage,
Que aquí mas soledad cierto tendrian.
Y aquellos que siguiesen su lenguage
En breve de sus ciencias mas sabrian,
Y en metro y dulce verso el casto coro
Al mundo descubriera su tesoro.

Aquí la gran maldad la Filomena
Lamenta de Teseo, su cuñado,
Con su lengua arpada bien resuena,
Y con canto suave y agraciado
Publica á todo el mundo su gran pena,
Y dice: "pues la lengua me has cortado,
Aquesta gran maldad, cruda tirana,
Labrando contaré toda á mi hermana."

Aquí la sacra fuente cabalina
Sus cristalinas aguas vierte y riega:
Aquí la gran Minerva á la contina
Sus tesoros reparte y los entrega
A todos con largueza muy benina;
Y aquí muy de ordinario en esta vega
La bella y casta Diosa se pasea,
Y con sus compañeras se recrea.

Mas al isla conviene dar la vuelta,
Dejando aquesta Armada en este punto.
Pasada la tormenta y revuelta,
Segun digimos ya en breve trasunto,
El bergantin que fuera á vela suelta,
Llegando toma puerto luego junto,
Y dando de nosotros nueva cierta,
[pág. 141]La cosa de esta suerte se concierta.

En busca de Garay luego volvieron
Aqueste bergantin y Melgarejo,
Y aquellos que al presente adolecieron
Llevaron, y mugeres, y es consejo,
Que allá en el Uruguay (adonde fueron)
Se pueble, donde hubiere el aparejo;
Que para los navios está cierto,
Que muy cerca hallará seguro puerto.

Llegados á la punta de este rio,
Quedóse el bergantin grande esperando;
El otro atravesó, que vá vacio,
Garay en esto viene navegando.
En breve se encontró con el navio,
Que estaba en una vuelta ya esperando:
La noche se apresura, el viejo Apolo
Nos huye, y viene airado el grande Eolo.

En un punto vereis que se levanta
Un sur tan riguroso, que atormenta
Con su grave furor cualquiera planta,
Y fuera del lugar propio la abrenta.
El Armada se afierra bien y planta,
El bergantin del lado no se absenta,
Con cabos, guindaletas amarrados,
Estan todos del viento contrastados.

El otro que esperando habia quedado,
Cargado de mugeres, como vido,
El cielo todo andar alborotado,
Camina el rio arriba, y ha tenido
Ventura en se mudar; que haber tardado,
La carga hubiera toda sumergido:
Mas no pudiera ser, que en el Armada
Jamas vide muger ser mal parada.

En tanto que venia el sur bravoso,
Huyendo con presteza su fiereza,
El capitan Rui Diaz valeroso
Caminaba el rio arriba sin pereza.
Lloraran las mugeres sin reposo,
Pensando ya fenece su belleza,
Y que ha de ser á peces entregada,
[pág. 142]Y en vida só las aguas sepultada.

Garay en una isla empantanada,
Que dicen por renombre de la Espera,
Tenia ya su gente rancheada;
Del bergantin no sale gente fuera.
La enojosa tormenta, pues, pasada,
Al punto que la noche se viniera,
Las balsas desamparan este puesto,
Y oid lo que sucede, pues, de aquesto.

Desta isla dó digo que salieron
Las balsas, se atraviesa la corriente
Del rio, que Uruguay, indios pusieron
Por nombre: tierra firme está de frente;
Las balsas allá van, mas no pudieron
Las olas contrastar, que no consiente
La fuerza del canal remo ni pala,
Que todo lo abandona y lo desvala.

El sur se ha levantado en este punto,
Y hace que el canal ande alterado,
El corriente con fuerza viene junto,
Y el sur, lo que corre encontra, ha hinchado,
¡Ay Dios! que en este punto yo barrunto,
Que el dia de mi fin es ya llegado.
La barca se nos iba trastornando,
Las balsas todas siete trabucando.

Al dia del postrer juicio figuraba
Aquel naufragio nuestro doloroso.
Cual indio de la balsa se arrojaba
Por ir nadando á tierra codicioso;
Cual vuelve dó la balsa se anegaba
En busca del Señor que está lloroso.
Las indias dicen todas que llamemos
A nuestro Dios, pues todos perecemos.

Los caballos ya sueltos van nadando.
Y no tienen peligro, sino afierra
El cabo en parte alguna, que colgando
Le llevan por el agua hasta tierra.
La barca sale en salvo, y descargando
La ropa y aderentes de la guerra,
En busca de las balsas torna á prisa,
[pág. 143]A donde todos andan sin camisa.

El que es buen nadador, aunque con miedo,
Al agua desnudandose se arroja:
Quien no sabe nadar estáse quedo,
Y en la balsa metido bien se moja.
Mas ya yo de nadar hablar no puedo:
La gente sale á tierra dó se aloja,
Tendida por la fria y dura arena:
Dejemoslos, que entiendan en su cena.
[pág. 145][pág. 144]

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CANTO DECIMO-CUARTO.

En este canto se cuenta la batalla que hubo entre los de Garay y los Charruas, y como fué herido Garay en los pechos, y su caballo muerto, y muchos indios muertos y heridos.

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¿A quien he de llamar que me dé aliento?
O ¿quien podrá acertar, que estoy enseñado
A tratar de tristezas y lamento,
Y poco de placeres he gustado?
Pues esto de la guerra hago á tiento,
Que menos de las armas he probado:
A vos, Señor, favor pido y demando,
Que vuestra ayuda sola voy buscando.

Dejé, si os acordais, en la marina,
Pasado ya el naufragio, á nuestra gente;
El Aurora nos viene ya vecina,
Apolo muestra ya su roja frente;
El bergantin navega á la bolina,
Subiendo el rio arriba diligente;
El Zapican ejército, marchando
En siete escuadras, viene ya gritando.

El bergantin le vido, mas primero
Le habian descubierto tres soldados,
Aquestos dieron arma muy ligero,
Los arcabuces fueron bien cargados.
No vide que queria ser postrero
Alguno, porque todos aprestados
En un punto salieron muy gozosos,
Por dar fin al Charrua codiciosos.

Doce caballos solos se ensillaron,
El Capitan con once compañeros,
(Que muchas de las sillas se mojaron)
Salieron veintidos arcabuceros.
Los bárbaros á vista se llegaron
Con órden y aparato de guerreros,
Con trompas, y bocinas y atambores,
[pág. 146]Hundiendo todo el campo y rededores.

El Capitan mandó que se emboscasen
Los once de á caballo, hasta tanto
Que los alegres bárbaros llegasen
A tiro de arcabuz, porque de espanto
De ver á los caballos, no tornasen:
Y el Capitan se puso al otro canto
Con sus arcabuceros, atendiendo
Se fuese el enemigo introduciendo.

Llegado á poco trecho, hacen alto,
El Capitan procura de cebarles,
Un poco retirándose en un alto,
Por mas á su placer escopetarles.
El bárbaro de seso no está falto,
Que entiende ser aquesto asegurarles,
Por dó hace parar sus escuadrones,
Y dice con gran grita estas razones.

"Estamos de esperaros ya cansados,
Que há dias que tenemos entendido
Que sois hombres valientes y esforzados,
Agora será el caso conocido.
Salid los mas valientes y alentados,
Riñendo uno con otro este partido,
Salid, que tardar tanto es cobardia;
Veremos vuestro esfuerzo y valentia.

Con solo matar veinte de vosotros,
Pues sois de tanta fama y nombradia,
La vida por bien dada de nosotros
Tenemos todos juntos este dia:
¿Podeis ser mas valientes que los otros,
Cuyo valor poco há que fenecía?
Salid á los vengar, acobardados,
Cornudos, mugeriles y apocados."

Mas cosas les oí por mis oidos,
Que un poco de su lengua ya entendia,
Gritaban, daban voces, alaridos,
Con su grita la tierra estremecia.
Cual indio la perneta, cual fingidos
Motines y ademanes, cual hacia
Que cae en tierra triste y desmayado,
[pág. 147]Y en un punto veréisle levantado.

Llamaban con las mantas que traian
Ceñidas á los cuerpos, no cesando
De dar voces, diciendo, que querían
Ponerse nuevos nombres peleando.
Mas viendo que los nuestros ya salían,
Al alto se volvian retirando,
Juzgando por mejor un alto cerro,
Y el sueño, como dicen, fué del perro.

Saliendo al alto, y siendo traspasado
Un poco de pantano que allí estaba,
El Capitan á priesa ha caminado;
Los once de á caballo que llevaba
Siguieron con esfuerzo denodado:
La trompa con presteza resonaba
En ellos, Santiago, Santiago,
Y oid un bello lance y gran estrago.

Seguíanle los once de tal suerte,
Que juntos se metieron, y mezclaron
En medio el enemigo, dando muerte
A todos cuantos indios encontraron.
Rompieron una esquadra grande y fuerte,
En que de setecientos se pasaron;
Salieron de otra banda cien flecheros
Con ánimo gallardo muy lejeros.

Sobre estos nuestra gente revolviendo
Pelea, y ellos rostro y cara hacen:
Los otros al socorro muy corriendo
Acuden, mas los nuestros los deshacen.
Volvieron á romperlos, y rompiendo
Los mozos sus deseos satisfacen,
Que tantos por el suelo van rodando,
Cuantos caballo y lanza van tocando.

Aquí vereis el indio atravesado
Por medio la garganta, y allí junto
El otro todo el casco barrenado,
Saliéndole los sesos luego al punto.
Por medio de los pechos traspasado
Estaba Tabobá, y casi difunto,
Y tanto de la lanza se aferraba,
[pág. 148]Que ya perderla Leiva imaginaba.

Allega Menialvo con su espada,
Y dále un golpe tal que desafierra
La lanza el enemigo, y aun pegada
La lanza con la mano deja en tierra.
El indio vé su mano destroncada,
Y quiere escabullirse de la guerra,
Mas no le dán lugar, que tras su mano
Tendido le dejó Leiva en el llano.

Y como recobró Leiva su lanza,
Habiendo á Tabobá muerto, con priesa
Revuelve Abayubá sobre él, y lanza
El mozo un bote tal que le atraviesa
El ombligo, y el indio se abalanza
Por la lanza adelante, y hace presa
Con el diente en la rienda, de tal suerte,
Que la corta, y fenece con la muerte.

El viejo Zapican, que vé tendido
A su sobrino en tierra, bien quisiera
En Leiva se vengar, mas ha acudido
El bravo Menialvo, que le diera
Un golpe tan terrible, que partido
Por medio, por encima la cadera,
En dos partes quedò: fué cuchillada
De brazo poderoso, y fuerte espada.

Añagualpo, que estaba muy pujante,
En suerte le ha cabido á Vizcaino:
El bravo indio se puso de delante
Con pica que parece un grande pino.
El mozo le encontró luego al instante
Con su lanza, y aun hizo tal camino
Por medio de los pechos de aquel perro,
Que la espalda pasó su fino hierro.

Su lanza sacó tal y tan bermeja,
Que el hierro pura sangre parecia:
Dos pasos de este puesto no se aleja,
Cuando un indio de fama le seguia:
A esperarle el mancebo se apareja,
Que es indio muy gallardo y de valía,
Al mozo ha acometido Yandinoca,
[pág. 149]Y él métele su lanza por la boca.

Arevalo gallardo vá hiriendo
La gente que jamas fue conquistada;
El hierro de su lanza va tiñendo
En sangre con los sesos mixturada.
Con fuerza vá Aguilera descubriendo
Aquí, y acá y allá de una lanzada:
Al indio deja tal, que parecia
Que el indio só la tierra se hundia.

El buen Mateo Gil, soldado viejo,
Con esfuerzo y valor de Trugillano;
Nacido en el lugar de Xarahicejo,
Andaba por el campo muy lozano.
Parécele que mata algun conejo,
Matando algun soldado Zapicano,
Y así tan gran estrago va haciendo,
Que las yerbas del campo va tiñendo.

Hernan Ruiz pelea sin pereza,
De Córdova heredando la osadia:
Acá y allá acude con destreza,
Con ánimo y esfuerzo y valentia.
Un indio le encontró con gran fiereza,
Y quitarle la lanza pretendia:
Camelo le ayudó, perdió la vida
El indio, con la mano bien asida.

Con gran fuerza por medio Magaluna
De cinco ó seis soldados se metia:
Al encuentro le sale Juan de Osuna
Con su espada, que lanza no traia.
Al mozo favorece la fortuna,
Que el indio con su pica tal venia,
Que si el caballo un brinco no pegára,
Por medio de los pechos le pasára.

La pica suelta el indio muy corrido,
Y al pecho del caballo se ase y garra:
El mozo, que lo vido tan asido,
La daga de la cinta desamarra:
Con ella fuertemente le ha herido,
Y tanto las entrañas le desgarra,
Que Magaluna altivo, bravo y fuerte
Cayò en tierra herido de la muerte.[72]
[pág. 150]
Tiene el campo Juan Sanchez ya poblado
De zapicanos muertos con su espada;
Un indio le acomete señalado,
Con una espada inserta y enhastada.
Un bote le tiró por un costado,
Y el mozo le responde de estocada,
Y aciértale por medio de la frente,
Y da con èl en tierra derrepente.

Rasquin piensa ya hoy hacer remate
Del ejército todo zapicano:
Mas veis otro que viene en el combate,
Que quiere en general probar la mano,
De encuentro, de reves, dá jaque y mate
Al indio sin dejarle un hueso sano,
Con la fuerza que pone en su caballo,
El fuerte y animoso Caraballo.

Fortuna, si quisieres estar queda,
Cuan presto el Charruaha se acabaria:
Si el capitan Garay viera tu rueda,
Bien con su lanza audaz la clavaria.
En un cerro una esquadra estaba queda
De indios, á la mira que haria,
El Capitan por ellos va rompiendo,
Y en él todos á puja rebatiendo.

Rompíolos, y al romperlos fué herido:
Miráronle los indios si caía,
Y viendo como en tierra no ha caido,
Sin órden cada cual allí huía.
El Capitan tras ellos ha corrido;
En esto su caballo se tendía,
Y muerto fenecióse la pelea,
De que el indio no poco se recrea.

Acuden los soldados, como vieron
Caer su Capitan con el caballo;
De presto en otro al punto le pusieron;
Procuran al real luego llevallo.
Los bárbaros al punto se huyeron;
La trompa á recoger toca: dejallo
Conviene al enemigo. En estos cuentos
[pág. 151]Murieron, segun ví, mas de doscientos.

Recógese la gente muy gozosa
De ver quedar el campo muy poblado
De la soberbia sangre belicosa
Del indio, en estas partes señalado.
Era cierto esta gente muy famosa,
Su fuerza y su valor tan estimado,
Que toda la provincia la temia,
Y muy grande respeto le tenia.

El Capitan, que á todos gobernaba,
Fortísimo y valiente era en la guerra:
Por aquesta razon le respetaba,
Sin su gente, gran parte de la tierra:
Y aunque él en estos llanos habitaba,
Tenia alguna gente allá en la sierra,
Los cuales á su tiempo le servian,
Y á su mano y diccion siempre acudian.

Con esto estaba el perro tan pujante,
Que á todo el mundo junto no temia,
Juzgándose asi solo por bastante
Contra la tierra toda y monarquía.
El nombre de cristiano, y lo restante
Pensaba de acabar solo en un dia,
Y no le falta ayuda de paganos,
Que vienen de los pueblos mas cercanos.

En tanto que nosotros celebramos
El triunfo de victoria muy gozosos,
Y aquel siguiente dia reposamos,
Los indios despoblando temerosos
La tierra adentro huyen: despues vamos
En busca de Rui Diaz muy gozosos,
Que huyendo del tiempo adverso y duro,
Tomó en San Salvador puerto seguro.

Adonde en su ribera deleitosa,
De todos los desastres olvidados,
Nos tuvimos por gente muy dichosa,
En vernos ya de asiento allí poblados;
Con gozo celebrando la famosa
Victoria de mancebos esforzados
Contra el soberbio indio belicoso,
[pág. 152]Y en todo el Argentino mas famoso.

A priesa cada cual hace morada,
Que de maderos hay gran aparejo,
Y teniendo su carga descargada,
Por Juan Ortiz se parte Melgarejo.
No siento le da pena la tornada,
Que aunque es el Capitan ya cano y viejo,
A trabajos está tan avezado,
Que no se halla bien si está parado.

Aquí, pues, los dejemos, descansando
Los unos y los otros muy gozosos,
El tiempo en regocijos empleando
Por los campos y prados deleitosos:
A Juan Ortiz volvamos, que penando
Está con sus soldados lastimosos:
Al que quisiere ser bien informado,
Serále en otro canto relatado.
[pág. 153]

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CANTO DECIMO-QUINTO.

En este canto se trata de las crueles y terribles muertes que los indios daban à los cristianos cautivos.

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De aquello que una vez se hubo estrenado
El vaso nuevo guarda, como vemos,
El gusto y el olor: lo que es usado
Por largo tiempo en hábito tenemos,
Y tanto en natural se ha transformado,
Que siempre con lo tal bien nos habemos:
Y así dejar costumbre muy usada
Es cosa muy dificil y acabada.

Oí, cierto, una cosa muy galana
De un hombre cuartanario, que decia,
Teniendo ya salud entera y sana,
Que sin gusto y contento ya vivia:
Estaba ya tan hecho á su cuartana,
Que por falta su absencia la tenia.
Mirad qué es la costumbre, y de qué suerte,
Que dicen, que mudarla es par de muerte.

Estoy ya tan cursado en esta historia
En males infortunios y descuentos,
Que aquello que tuviera otro por gloria,
Tratar del enemigo y sus lamentos,
No daba tanto gusto á mi memoria;
Y así me parecía los acentos
Faltaban por tratar yo de alegría,
Por dó vuelvo à cantar como solía.

La gente desdichada zaratina,
De la esperanza estaba muy colgada:
El que esperando está siempre imagina
La cosa que le està mas apropiada;
Y cuando vé mudanza repentina,
Tras ella su memoria và guiada:
Que el ánimo dudoso tiene aquesto,
[pág. 154]Que acà y allá se muda muy de presto.

Estaban congojosos, esperando
Que vuelvan los navios al concierto:
Ya viene Melgarejo navegando,
Dejando la mas gente allà en el puerto.
El buen Capitan entra pregonando,
Que el perro zapican quedaba muerto,
Y que iba ya huyendo de corrida,
Su ejèrcito y su gente de vencida.

Con placer le reciben de alegria,
Y todos con la nueva se alegraron,
El roto campo y gente, artillería,
En la zabra y bajeles embarcaron.
La zabra el Uruguay entrado habia,
El canal los pilotos no acertaron:
Ni basta izar trinquete, ni el antena,
Que fuertemente encalla en el arena.

Los bergantines suben prestamente
A descargar el hato que llevaban,
El Guaranì acudiera diligente
A ver que los cristianos esperaban.
Recibidos de paz, y prestamente
Los indios à su casa se tornaban;
Y en breve à dos cristianos han traido,
Y que otros dos traerán han prometido.

Venidos los bajeles, y buen viento,
La zabra desencalla del bajio,
Sin recibir de aquesto algun tormento,
Que piedras por aquì no tiene el rio.
Al puerto se llegó con gran contento,
A donde el Guaranì volvió con pio
De haber de los rescates castellanos,
Y trajo por rescate dos cristianos.

El capitan Garay hecha tenia
A Juan Ortiz la casa en que viviese,
Y cada cual la suya se hacia,
Por tener un rincon dó se metiese.
El Juan Ortiz en este proveia,
Que de hoy en adelante se dijese
Y nombrase Vizcaya el Argentino;
[pág. 155]¡Mirad el ambicion del Vizcayno!

Despues al Paraguay determinaba
Que vayan á traer mucha comida:
Al capitan Garay acompañaba
Rui Diaz, que procuran la manida
De Cayú, que en las islas habitaba.
Allà los dos caminan de corrida,
Primero con Chanaes encontraron,
Y de ellos, dos ó tres aprisionaron.

De aquì los dos pasaron adelante
En busca de comida, y en el rio,
Que dije Igeipopè; dò està triunfante
El indio Guaraní, que es un gentío,
Como hemos dicho ya, en maña pujante.
Sin otra presumpcion ni desafio,
En los indios asalto dan bravoso,
Cuando el sol asomaba luminoso.

Habian estos indios abscondido
Sus hijos y mugeres, y pensaban,
En viendo algo seguro su partido,
En nuestra gente dar, y así hablaban,
Diciendo, pocos son: mas fuè sabido
El falso que en secreto concertaban;
Y asì salen huyendo por las vegas,
Dejando de maiz muchas hanegas.

Tres casas y buhios se dejaron,
Con docientas hanegas bien colmadas
De maiz, y otras cosas que se hallaron,
Y estaban sò la tierra sepultadas.
Los soldados las casas les quemaron,
Y fueran con los nuestros ya quemadas,
De un indio que lo andaba maquinando,
Si no estuviera Arevalo velando.

El capitan Garay con sus soldados
Camina á la Asumpcion con mucha priesa;
El capitan Rui Diaz, (bien cargados
Los suyos de comida y de la presa,
Que fueron cuatro indios señalados,
Y entre ellos de Cayù un hijo), atraviesa
A donde està el real, y en breve allega,
[pág. 156]Y la comida y presa toda entrega.

La nave vizcayna se me aqueja,
Que de ella no me acuerdo: està plantada
Allá en un arenal, á dò la deja
Juan Ortiz, de gente mal poblada.
Parèceme que queda como oveja
A lobos desambridos entregada:
De cuando en cuando van á visitarla,
Mas la gente se teme de guardarla.

Y no quiero culparles, pues que tiene
Cualquiera, acá dó estamos, sobresalto,
Pensando cada cual que le conviene
Rogar á nuestro Dios, que de lo alto
Envie su socorro: que si viene
A dar el enemigo algun asalto,
Sin duda perecemos, porque vana
La guarda es sin la guarda soberana.

Un caso contaré, que manifiesta
En su tanto y manera esta sentencia,
De como humana guarda poco presta,
Si està encontra divina Providencia.
Sucede á media noche una molesta
Y triste desventura, diligencia
No basta á le impedir, porque la casa
De Juan Ortiz se torna hecha brasa.

Al punto que la gente reposaba,
Un fuego se emprendiò, el Adelantado,
Segun pareció ser, despierto estaba,
A priesa sin parar se ha levantado:
El viento al fuego fuerza acrecentaba,
La casa y cuanto tiene se ha abrasado,
Que mientras mas va, el fuego mas se atiza,
Y vuelve todo en polvo y en ceniza.

¡Eterno Dios!, que azotas y castigas
Los hombres por razones esquisitas,
Que de tormentas, hambre, sed, fatigas,
Trabajos, guerras, cosas infinitas
He visto? Y sé Señor, que mas obligas
Aquel á quien castigas, y le incitas
A que ande entero siempre en tu servicio:
[pág. 157]Mas no conoce el malo el beneficio.

Metióse Juan Ortiz en su navio,
Adonde su hacienda està guardada;
No cura de hacer ya mas buhio,
Que la zabra la tiene por morada.
La guarda se le hace junto al rio,
La gente por el campo está poblada
En sus chozas de paja, sin abrigo,
Con no poco temor del enemigo.

Al arma un dia se toca: alborotados
A todos los vereis, porque asomaban
El piloto mayor y los soldados,
Que la nave sin guarda la dejaban.
A todos los vereis amedrentados,
Las damas y doncellas lamentaban,
Los hombres desmayados, suspirando
Andaban por la plaza divagando.

Llegó, pues, esta gente que guardaba
La nave vizcaina, y en llegando
Al piloto unos grillos luego echaba
El Juan Ortiz la cosa exagerando.
El preso su venida disculpaba,
El miedo por escusa presentando,
Diciendo: "que en la nave à la ventura
Estaba, y beneficio de natura."

Aquel Cayù, que dije, que huyendo
Salió con los demas, y que dejàra
Captivo el hijo, vuelve ya corriendo,
El rio Uruguay atravesára.
Algunos de los suyos le siguiendo
A Juan Ortiz pescados presentára,
Con làgrimas y ruego significa
Lo que con alma y vida le suplica.

Que en rescate del hijo una graciosa
Mozuela tome, pide; asì pensando
Cumplir su voluntad tan deseosa,
Su rostro y hermosura exagerando:
Y dícele: la tome por esposa,
Y mientras, él está aquesto tratando,
El Juan Ortiz la moza recibia,
[pág. 158]Y al indio sin su hijo en paz envia.

En este tiempo ¡O cosa lastimera!
Flecharon al dichoso Chavarria:
Aqueste á los Chanaes les cupiera,
Al tiempo que la presa se partia:
Ordenado de grados supe que era,
Versado en natural filosofia,
Discreto, sábio y muy caritativo,
De mucha habilidad y seso vivo.

Es justo deste quede gran memoria,
Que su fin lo merece lastimoso,
Y pues llevò la palma de victoria,
Gozoso le nombremos y dichoso.
Yo espero nuestro Dios le dió la gloria,
Que yo le conocì por virtuoso,
Y oidme aquesta grande maravilla,
Que mas me mueve à envidia que à mancilla.

Sacàronle los indios del poblado
En un pantano grande anegadizo,
Y en un palo le ponen amarrado,
Y flechas dàn en él como granizo.
Quedó en breve tiempo tan cuajado,
Cual vemos el pellejo del herizo
De sus agudas puas, tal estaba,
Y con esfuerzo grande asì hablaba.

"Eterno Dios, el alma te encomiendo,
Que el cuerpo miserable que padece,
(Aunque está este tormento padeciendo)
Mayor por mis pecados él merece."
Estando estas palabras él diciendo,
El bárbaro cruel mas se embravece,
Y Chavarria en Cristo contemplando,
El Miserere mei está cantando.

Cual suelen cazadores por el Soto
Con perros y sábuesos voceria
Alzar, asì hiriendo á este devoto,
El crudo barbarismo lo hacia.
Estaba ya su cuerpo todo roto,
La sangre hilo à hilo dèl corria,
Mas èl no deja el canto de consuelo,
[pág. 159]Que espera de tener paga en el cielo.

Y oid, mi buen Señor, aquì otra cosa,
Que tiene en confusion à estos paganos,
Por ser á vista de ojos espantosa,
Segun lo refirieron tres cristianos.
Captiva uno esta gente perniciosa,
Y sácanle los ojos, pies y manos
Le cortan con malvada y gran fiereza
Y dicen que està vivo. ¡Qué grandeza!

Juan Gago este cautivo se decia:
De Guadalupe mozo virtuoso,
En Logrosan, mi patria, me servia
Al tiempo que dejàra yo el reposo.
A la Virgen purìsima Maria
De Guadalupe, dice este dichoso:
"En este punto sed vos mi abogada,"
Y acude à su costumbre tan usada.

Dios sabe cuanto yo lo he procurado
Sacar de cautiverio por mil vias,
Y el trabajo y las hambres que he pasado,
Andando tras los indios muchos dias.
En muy grandes trabajos me he arrojado
Por mi propia persona, y con espias,
Y nunca he sido en ello de provecho:
Acaso Dios hará con èl su hecho.

Juan Barros de los indios fuè cautivo,
En tiempo de D. Pedro, en los Beguaes:
Mataron otros, mas aqueste vivo
Criaron, que era niño, y á Chanaes
Le venden (aqueste hombre de que escribo
Algun tiempo traté): Chiriguanaes
Le cautivan, y tiempo mucho estuvo
Entre ellos, y muger é hijos tuvo.[73]

Aqueste Juan de Barros cierto vide
Que hizo gran provecho à los cristianos:
Que Dios todas sus cosas siempre mide
Con divinos secretos soberanos.
[pág. 160]No sabe el triste hombre lo que pide,
Lo mas cierto es dejàrselo en sus manos:
Esta consideracion en verdad hago,
En el negocio siempre de Juan Gago.

Estaban, sin los dichos, mas cautivos,
Que asimismo mataron estos perros,
Empalando y flechàndolos aun vivos,
Y tambien desgarrándolos con hierros;
Y por mostrarse crudos y nocivos,
En vida á muchos meten en entierros,
A dó mueren de hambre, cruda, perra,
Y vivos sepultados só la tierra.

Aquí quiero no quede por olvido
Un caso que me viene à la memoria.
Del grande Patriarca enriquecido
De bienes duraderos en la gloria,
Seràfico Francisco ha merecido
Un hijo suyo palma de victoria,
En tiempo de D. Pedro le mataron,
Y el caso de esta suerte me contaron.

Estando este bendito religioso
Hincado de rodillas en el suelo
Con grande devocion, el envidioso
Agaz, tirano indio, sin recelo
Le flecha: mas al punto un luminoso
Nublado descender se vé del cielo,
Y en el subir à todos parecia
Una doncella, bella en demasia.[74]

Los indios con aquesto se espantaron
De suerte, que á èl con otros compañeros
Que habian muerto, à todos enterraron,
Llorando porque fueron carniceros
De aquel bendito fraile que mataron.
Y estàn en su temor hoy tan enteros
Los descendientes de ellos, que recelo
Tienen que les venga fuego del Cielo.
[pág. 161]
A nuestra historia, pues, dando la vuelta,
Cayú de su hijuelo deseoso,
Tras el Garay se fué, que à vela suelta
El rio arriba iba sin reposo:
Y cuenta como al hijo no le suelta
El Juan Ortiz, y pìdele lloroso
Que le escriba una carta, en que le ruegue
Que su querido hijo se le entregue.

Es Yamandù en aquesto el trujamante,
Que es primo del Cayú; muy confiado
Está, porque poniéndose delante
De nuestro Juan Ortiz, Adelantado,
Harà con su saber y buen semblante,
Que quede Juan Ortiz bien engañado:
Mas uno piensa el bayo (allá en Castilla
Se dice) y otro es él que le ensilla.

Con priesa Cayú vuelve en compañia
Del falso Yamandù, que confiaba
Que muy presto al sobrino llevaria,
Que Garay en sus cartas lo rogaba.
Con ánimo gallardo y alegria,
Al Capitan el preso demandaba;
La gente dice toda, pues tenemos
El pajaro en la mano, ¿què hacemos?

No quiero referir las opiniones,
Juicios y pareceres diferentes,
Que habia en el real, y locuciones,
Coloquios y corrillos entre gentes,
Todos daban sus causas y razones,
Al parecer de muchos suficientes:
De Yamandù se trata, si conviene
Se prenda, ò que se vuelva como viene.

El Yamandù, como hombre cauteloso,
Procurando librar à su sobrino,
Mostròse muy alegre y muy gozoso,
Y dice à Cayú vuelva su camino,
Porque èl está ya hà dias deseoso,
De estar entre cristianos, y así vino
Con fin de bautizarse y ser cristiano;
[pág. 162]Y desta suerte habla al primo-hermano.

"Cayú, bien vés cual quedo entre cristianos,
Y tu hijo tambien: tén buena cuenta,
Que guardes de malicia bien tus manos,
Y cosa contra aquesto no se sienta:
Que tratas con los indios Zapicanos,
Ni Guaraní por pienso en tal consienta,
Que al punto que haya tal, entrambas vidas,
De tu hijo y de mí, serán cumplidas."

"Yo quedo con contento y alegria,
Asi se lo decid á mis parientes:
Mirad que mucho hà que yo os decia,
Que habian de venir de lejos gentes.
Dejados de esa vana fantasia,
Mirad que no podeis ser tan valientes
Que deis cabo de tantos: sed ya buenos,
Poned à vuestras almas duros frenos."

Con esto y otras cosas que hablaba,
El falso Yamandú disimulando
Su pretension fingida procuraba,
Diciendo desear ser bautizado:
Y tanto esta ficcion suya duraba,
Cuanto de la Asumpcion se hubo llegado,
Como diré despues, que agora siento
En Santa Cruz un mal levantamiento.

Tratemos dél agora, que sucede
En tanto que lo pasa el zaratino
Muy mal, y yo aseguro que bien puede
Ponerse él de Toledo ya en camino,
Sino quiere ser causa de que ruede
Don Diego con su gente al Argentino,
Y con su rueda dé tal estampida,
Que el Perú venga todo de caida.
[pág. 163]

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CANTO DECIMO-SEXTO.

Levàntase D. Diego de Mendoza en Santa Cruz de la Sierra; sale el Virey D. Francisco de Toledo del Perù, con gran ejército en su demanda.

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Con su saber astuto y cauteloso,
Sintiendo la pujanza que Adam lleva,
Y viéndose no ser tan poderoso,
Que pueda entrar con él en lucha y prueba,
En el jardin de vida deleitoso,
Satan tomó por medio á nuestra Eva,
Que vencerle, sabia, no pudiera
Si solo la batalla acometiera.

Contra el hombre quedó Satan tan diestro
Que si vencerle quiere con pujanza,
Como viejo, sagaz y gran maestro,
En una muger pone confianza;
Y el caso que no puede muy siniestro,
Por medio de muger puede y alcanza:
De modo que de diez partes de males,
Los nueve con muger causa cabales.

Cuan claro aquesto vemos en el cuento
Del pobre de D. Diego y de Zurita,
Pues solo por poner muger asiento
En el iglesia, y que otro se lo quita,
Se comenzó tan gran levantamiento,
Que al reyno del Perú plata infinita
Le cuesta, y aun buen triunfo le costára
Se él de Toledo no lo remediára.

Las mugeres de aquestos dos trabadas,
Comienzan de sembrar tan gran zizaña,
Que yendo ya las cosas mal guiadas,
Se fragua en poco tiempo gran maraña.
El Zurita tenia desganadas
Las gentes, y à D. Diego el diablo engaña:
Al Zurita que manda allí, prendia,
[pág. 164]Y al Audiencia Real preso le envia.

Un Diego Gomez, hombre marinero,
Con su pretension mala le traía
Al pobre de D. Diego al retortero;
El Cabildo en aquesto le elegia,
En el lugar que estaba de primero,
Zurita, que á los Charcas habia ido:
Pues veis Gobernador D. Diego alzado,
Y el propio del gobierno despojado.

Don Diego á los alcaldes prende luego,
Con otros que condenar su designo,
Y viendo alborotado andar el juego,
Los Salazares salen de camino.
La nueva al Perú vuela como fuego,
Y el D. Diego con grande desatino
Mató á los Salazares, procurando
Quedarse para siempre gobernando.

Don Francisco, virey de tanta fama,
Y en servicio del Rey muy estimado,
Sabido este negocio, echa de rama,
Y en breve grande ejército ha juntado.
A gente de valor y suerte llama,
Y el hecho con presteza concertado:
La cordillera se entra muy pujante,
Echando un caballero de delante.

Aqueste es D. Gabriel, que de su tierra
Y sangre hereda esfuerzo Placentino:[75]
A Santa Cruz le envia de la Sierra
Con gente de la suerte que convino,
A que rompa por paces ó por guerra
Del triste de D. Diego su destino,
Despues, dando la vuelta, que pretenda
En Ibitupuá ganar hacienda.

Don Francisco se vá por otra parte,
Por Presidente queda el de Quiñones:
Aqueste caballero con gran arte
El Audiencia regia y escuadrones,
Temiendo de su industria el fiero Marte,
De su sagacidad y discreciones:
Que tanto era el ardid que allí mostraba,
Que en la guerra las letras encumbraba.
[pág. 165]
A Don Diego la nueva llega en esto,
Que de parte del Rey se hace gente,
De Santa Cruz se sale muy de presto
A las horcas de Chaves diligente:
En llegando despacha muy de presto
En casa Ibitupuá, indio valiente,
Diciéndoles, se junten mano armada,
Y no dèn al Virey paso ni entrada.

Que si el Virey se le entra por la tierra,
Que vivirá en eterna servidumbre;
Que habrá de conquistar toda la Sierra,
Sin dejar lo mas alto de la cumbre:
Que ahora podrá bien darle la guerra,
Para librarse de esta pesadumbre;
Que perfecta prudencia es y cordura,
Gozar en la ocasion la coyuntura:

El indio le responde, que guardase
Su tierra, y que jamas no pretendiese,
Que en cosa con los suyos le ayudase,
Que allá D. Diego solo se lo hubiese.
Que no tiene temor que nadie entrase
En su tierra, por fuerza que trajese,
Que de ánimos constantes tiene un muro,
Y fuerza, con que vive muy seguro.

Ibitupuá, ó viento levantado,
Aqueste indio se llama, es de gran brio,
Magnánimo, valiente y esforzado,
De muy grande valor y señorio:
En grande rectitud tiene su estado
Sujeto por su esfuerzo y poderio:
En toda la comarca es muy temido,
Y muchos favorecen su partido.

Entre los suyos hizo llamamiento,
Y désque á todos juntos los tenia,
Les hizo un concertado parlamento,
Diciéndoles el fin que pretendia.
"Aquesta tierra, dice, es nuestro asiento,
A nadie de derecho otro venia;
Por tanto el nuestro propio defendamos,
[pág. 166]Y la vida por él todos pongamos."

"Yo he puesto diligencia en mis agueros
Y hallo buen presagio en cuanto veo,
Y espero que saldrán bien verdaderos,
Cortados á medida del deseo:
Y veros tan valientes y guerreros,
Cual sé lo sois, y siempre yo lo veo,
Me pone nuevas fuerzas y me anima
A conquistar los Charcas, Cuzco y Lima."

"Noticia tengo ya de como viene
El soberbio cristiano, mano armada:
En las horcas de Chaves se detiene
Don Diego con su gente levantada,
De todos el resguardo nos conviene,
Y guardar nuestra tierra libertada;
Que si cualquiera de ellos nos venciere,
De nosotros hará lo que quisiere."

Bebiendo de la chicha y del brevage,
Que habia para ello el aparejo,
Celebrado con grita y con corage
De todos fué el acuerdo y el consejo.
En medio de la junta, de buen trage
Un indio se levanta, cano, viejo,
Con manta que parece fina grana,
Y en el brazo de plata una chipana.

Aqueste con muy grande reverencia
Al gran Cacique dijo, convenia
Despachase con mucha diligencia
A Condurillo.—Izoca: "mas valdria,
Responde muy soberbio, sin paciencia,
Matar toda la sangre vieja y fria,
Pues quita á los osados corazones
La causa de venganza y ocasiones."

El viejo Tabobá con pecho fiero,
A Izoca respondió: "mal has hablado,
Contino la tuviste ser parlero,
Sin seso, sin verguenza, deslenguado:
A ti junto con otro compañero
Haré entender quien soy en estacado."
Izoca acude al arco que traía,
[pág. 167]De presto Ibitupuá los despartia.

Las tazas andan tales y los mates,
Que el acuerdo se vuelve en voceria;
Allí se disputaban mil debates,
Y cada cual su caso difería.
Con borradas razones y dislates,
El uno al otro dice vencería,
Aunque traiga consigo por ayuda
La isla Jamaíca y la Bermuda.

Una India que las tazas ministraba,
Muy vieja lagañosa y colmilluda,
A todos los mancebos animaba
Con su lengua mordaz y tartamuda:
Entre otras muchas cosas que hablaba,
Aquesta razon dice la barbuda:
"En medio el Paraguay y Perú estamos
Aquestos y á los otros resistamos."

Gran grita y alarido levantaron
Los indios en le oir estas razones:
El dicho con aplauso celebraron,
Cesaron diferentes opiniones.
El consejo con gozo consumaron
Conformes en el alma y corazones,
Sujetándose al dicho de la vieja
Y así cada cual dellos se apareja.

El nuestro Paniagua placentino,
Con gente muy lustrosa y muy lucida,
Con ánimo de fuerte paladino
Comenzó, como dije, su partida.
Y tan pujante fué, que de camino
La tierra á su diccion quedó rendida.
Don Diego de esperarle ya cansado,
A Santa Cruz, enfermo, se ha tornado.

De manos y de pies Dios le ha tullido;
Que es lástima de ver al caballero,
Que aun obras naturales no ha podido
Sin ayuda hacer de otro tercero.
A Santa Cruz de vuelta ya venido,
De D. Gabriel le viene un mensagero
Con cartas del Virrey, y prometidas
[pág. 168]Del propio, y Gomez y Avila las vidas.

Llegando D. Gabriel á aqueste puesto,
Que las horcas de Chaves es llamado,
Halló como D. Diego con el resto
De su gente ya habia caminado.
Las cartas despachando muy de presto,
Con los suyos se queda allí alojado,
Que adelante pasar no se podia,
Que la tierra de aguas se cubria.

A Santa Cruz las cartas llegan breve;
El Avila ha ayudado en esta parte,
Causando que se haga lo que debe
Hacerse, aunque siguiera el estandarte
Contrario: mas agora no se atreve,
Por ver del de Toledo la grande arte,
Y que el D. Diego está sin pies y manos,
Y aquellos que le siguen son tiranos.

El órden que se dió, que desistiese
Del mando y del gobierno que tenia,
Y al Cabildo y Consejo se le diese,
Que aquestos dicen todos convenia.
El Gomez, que fué causa que hiciese
Don Diego la contada demasia,
Y fuera al parecer su grande amigo,
En viéndole sin mando, fué enemigo.

Desiste, pues, D. Diego de su mando,
Y deja que el Cabildo gobernase,
Por aquesta manera procurando
Que el Virrey su delito perdonase.
Algunos de su parte y de su bando
Le dicen al Virrey se presentase:
Que en ver su poca culpa y su inocencia,
Sin duda que usaria de clemencia.

El Cabildo enviar procura luego
A D. Gabriel la nueva de este hecho:
Salgado sale ya sin grande ruego,
Mas no sin gran doblez de inicuo pecho.
De Santa Cruz, saliendo como fuego,
A las horcas de Chaves vá derecho;
Veinte mancebos lleva arcabuceros,
[pág. 169]Y mas cincuenta infantes muy guerreros.

Don Diego del negocio ya arrepiso,
Pensando de volver el juego en maña,
A Salgado le ha dado por aviso,
Que mate á D. Gabriel con su compaña.
El indio Chiriguana nunca quiso
Venir en el concierto y la maraña;
Que si el indio en el concierto consintiera,
Don Gabriel con su gente pereciera.

El hecho de esta suerte se guiaba,
Que llegado Salgado con su gente
A donde D. Gabriel y el campo estaba,
Seria recibido alegremente,
Por el socorro y nuevas que llevaba:
Y que despues, un dia de repente
Marchando con los suyos el Salgado
Revuelta sobre el campo descuidado.

Con sus arcabuceros de delante
Habia de ir Salgado y sus flecheros:
Paniagua tras él con el restante
En dos tercios, y que él con los primeros
Revolviese á traicion, con tal semblante
Que pensasen ser indios los postreros:
Hicieran desta suerte todos alto,
Y así Salgado diera un crudo asalto.

Llegado, pues, Salgado donde estaban
Paniagua y los suyos alojados,
De todos con la nueva se holgaban,
Por ver ir los negocios bien guiados:
Y con esto de presto se aprestaban
Para dar en los indios no domados:
De Ibitupuá, digo, el valeroso,
Valiente, astuto, sábio y belicoso.

Salgado se ofreció que con su gente
Irá en la delantera de contino,
Recíbese su oferta alegremente,
Que D. Gabriel no sabe su destino.
Mas el malvado piensa prestamente
En efecto poner su desatino;
Y así para efectuar el crudo hecho
[pág. 170]Descubre con los suyos su mal pecho.

Al tiempo, pues, que ya lo concertaba
De dar en D. Gabriel que vá marchando,
El indio guaraní lo revelaba,
Que con Salgado iba caminando.
Y aunque el Salgado bien se lo rogaba,
No quiere el guaraní seguir su bando,
Que dice, que de andar está cansado
Tras D. Diego, que siempre le ha burlado.

A D. Gabriel el caso refiriendo
El guaraní con pecho y osadia,
Y toda la maraña descubriendo,
Que trabada Salgado ya tenia,
Al tiempo que la iba mal tejiendo,
El hilo conocido descubria
El triste de Salgado, de tal suerte,
Que vino á fenecerse con la muerte.

Colgóle D. Gabriel y prestamente,
Despacha á Santa Cruz de aquel paraje
Los indios Guaranies, y la gente
Que dije que vinieron, y un mensage
A D. Diego le envia diligente,
La palabra le dando y homenaje,
Que venga, que al Virey hará servicio,
Y que él le será en todo muy propicio.

Don Diego en esto, y Avila pensando,
Que en su negocio hacen mucho hecho,
A los Charcas caminan, procurando
Llevar siempre camino muy derecho.
A D. Diego el temor le vá acusando,
Aunque Avila le pone alegre pecho;
Las aguas con gran fuerza le apuntaban,
Y volverse por esto procuraban.

Sabiendo en Santa Cruz como querian
Volverse, porque el Gomez lo ha tratado,
Diciendo que las aguas ya venian,
Y no estaba el camino aparejado:
A Diego Gomez presto le prendian
Y al Audiencia le envian á recado.
Don Diego no desiste del camino,
[pág. 171]Que tullido y enfermo á Mizque vino.

Ibitupuá, que estaba muy pujante,
Espera á Don Gabriel con pecho fiero:
No viene el Placentino muy triunfante
Que le quita la fuerza el mal tempero:
Las aguas tambien mira de delante,
Y el importuno tiempo venidero,
Y viendo como todo le adversaba,
Batalla solamente presentaba.

Y aunque nunca romper ha procurado,
Con todo, el enemigo se mostrando
Tan fuerte, que á los nuestros ha apretado,
Y del todo á romper les obligando
Algunos rompimientos ha formado,
En que lo mas seguro se llevando
El Español, el bárbaro moria
Cantando la victoria que perdia.

Al fin, porque convino así hacerlo,
Retíranse los nuestros, que imposible
Al bárbaro será en breve vencerlo,
Que habita en una tierra muy terrible:
Lo que es mas principal para cogerlo,
Y es cosa hacedera y muy posible,
Prenderles las mugeres, que prendidas
Darán en trueco dellas dos mil vidas.

Es cosa de notar de aquesta gente
En como á su muger ama el marido,
Que ni hijos, ni padres, ni pariente
En tanto tiene: y sé que ha sucedido
Venir tras su muger muy diligente,
Y dar en trueco un hijo muy querido
El indio con tristeza lastimera,
Por verse sin su dulce compañera.

Zeloso suele ser y recatado
El indio con la india que es su amada,
Y dó quiera que va la lleva al lado
En tanto que no ve que está preñada:
Despues suele decir; ya está ocupado
El vientre, y ocupada la posada,
Si mi muger no hubiere de guardarse
[pág. 172]Mi obra ya no puede despintarse.

Salió pues D. Gabriel de entre esta gente
Sin hacer el efecto pretendido,
Que el invierno le estaba ya presente,
Por dó dejar la guerra ha convenido.
De Chuquisaca en esto el Presidente
Quiñones con socorro se ha partido,
En busca del Virrey va caminando,
Que á Condurillo viene atravesando.

Al tiempo que el Virrey entró en la Sierra
Con cuatrocientos hombres bien armados,
Con otra mucha gente de la tierra
De todos aderentes pertrechados,
Con fin de reducir por paz, ó guerra
Al indio guaraní con sus estados,
La tierra considera, y la demarca
Desde un pueblo que llaman Chalamarca.

De aquí por su mandado á priesa fueron
Tres hombres con despachos y recados
A Tucuman, dó en breve se pusieron,
Que en el camino estaban bien cursados.
Con esto en Tucuman presto tuvieron
Noticia de Don Diego y de sus hados.
Al Paraguay tambien la nueva viene
Al tiempo que velarse le conviene.

En tal término y punto está la cosa,
Que si Don Diego á caso allá bajára,
Hallára nuestra gente deseosa
De cualquiera revuelta y se holgára.
Mas quiso con su mano poderosa
El Alto remediar; que si la alzára,
El Argentino todo se perdiera
Y en aprieto al Perú todo pusiera.

Alguna vez oí á mis oídos,
Que Don Diego venia levantado,
Y ví que se holgaban los nacidos
En la tierra del caso relatado.
Los pechos de estos fueron conocidos
Cuando despues se hubieron rebelado
En Santa-Fé, en aquel levantamiento,
[pág. 173]De que yo en su lugar la verdad cuento.

De allí de Chalamarca pues envia
Despachos el Virrey, como contamos,
Al Rio de la Plata, que temía
El mal que en esta historia ya apuntamos.
A Zárate despacha recta vía,
En busca de unos indios Comogamos;
En Condurillo habita aquesta gente,
Y así es dicho el cacique, muy valiente.

Tambien salió el Virrey á la otra mano,
Por sierras cordilleras de boscage:
En partes pocas hay camino llano,
Que todo es cordillera este parage.
El asiento de Manso está cercano:
Seguro estoy si fuera allá el bagage
Y pueblo, el buen Virrey allí poblára,
Que mucho á su pretenso le importára.

Con gran pujanza vá el Virrey siguiendo
Su derrota y camino comenzado:
El indio guaraní se está riendo,
Por ver que el aparato es escusado;
Y en viendo al Español, tira huyendo
De lejos, el motin haciendo usado:
Don Francisco y su campo van marchando
La vuelta del Perú ya deseando.

Aquí quedan cansados los carneros,
Allí desmaya ya y muere el caballo,
Desean muchos hombres verse en cueros
El hato dejan ya por no llevallo.
A los Charcas salieron mensageros,
Quiñones se dá priesa, que encontrallo
Al Virrey con socorro determina
En el asiento y pueblo de Tomina.

Marucare en aquesto muy furioso,
Huyendo de su asiento y de su casa,
Porque en quemarla nadie esté gozoso,
El propio la ha dejado hecha una brasa.
Con Taboba el valiente y ardidoso,
Sus mugeres y chusma presto pasa
De allí, y tan adentro se ha metido,
[pág. 174]Que no podrá jamas ser ofendido.

El buen capitan Zárate bajando
En busca del asiento Condurillo,
Con tan grande trabajo atravesando
La tierra, qué temor me dá escribillo,
Los dias y las noches caminando,
Al fin el indio hubo de sentillo;
Y aunque de sobresalto los cogieron,
La mugeres é hijos escondieron.

Tres casas y buhios muy crecidos
Aquí Zárate halla, dó su gente
Aloja: que los indios escondidos
Vacios los dejaron prestamente.
De á poco con cautela son venidos,
Con cruces en las manos de repente,
Diciendo, que huyeron temerosos,
Y de la cruda muerte recelosos.

Al Capitan decían y culpaban,
Porque nunca avisó de su venida,
Que dias hà que todos deseaban
A los cristianos ver, que conocida
Su bondad y valor, determinaban
La tierra esté al cristiano sometida;
Y porque ellos esto conocian,
Las cruces en señal de ello traian.

Al Capitan con esto procuraban
Entretener los indios, pretendiendo
Hacer así mejor lo que ordenaban,
Y andaban con gran priesa y maña urdiendo.
En tanto que la junta concertaban,
El Capitan su farsa conociendo,
Un fuerte ha fabricado muy aina
De brava palizada, y de fagina.

Apenas está el fuerte fabricado,
Y las paredes del no medio hechas
Estaban, cuando el campo se ha quajado
De los indios, que vienen por sus trechas,
Gran grita y alarido han levantado,
El aire y tierra cubren con las flechas.
La guerra fué sangrienta y bien reñida,
[pág. 175]Mas huye, al fin, el indio de vencida.

Los muertos y heridos muchos fueron
De parte de los indios, porque habia
Ochenta arcabuceros que hicieron
Como gente española de valía.
De tres ó cuatro vivos que cogieron,
Traidos acá al fuerte, se sabía
Que los indios llevaban en los brazos
A sus casas los hechos ya pedazos.

De los nuestros quedaron mal heridos
Algunos, pero pocos de esta guerra:
Los indios á gran priesa son metidos
Por la espesura grande de la sierra.
De á pocos dias fueron descendidos,
Bajando el capitan á ver la tierra;
Y á quince que en el fuerte se quedaron,
Las cabras, como dice, acorralaron.

La tierra toda junta se ha juntado
Haciendo para el caso llamamiento,
A los quince del fuerte han apretado
Y puesto en confusion y gran tormento:
Muy grandes baterias les han dado,
La cosa andaba en mucho rompimiento,
Cuando dando la vuelta los cristianos
Del fuerte se retiran los Paganos.

El Capitan estuvo allí tres dias
Rehaciendo su gente; y como viese
Que el estar mas allí, por todas vias,
Dañoso era, ordenóse que se fuese
En busca del Virrey y compañías,
Que no se sabe de él á dó estuviese.
Mas él, tan gran camino vá haciendo,
Que sin poder errar le van siguiendo.

De presto todos juntos se juntaron,
Y dando ya la vuelta presurosos
Con el buen Presidente se encontraron,
De que todos se hallan muy gozosos.
A sus casas alegres se tornaron,
Aunque todos venian perdidosos:
D. Diego de Mendoza tambien viene,
Y oid en otro canto el fin que tiene.
[pág. 177][pág. 176]

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CANTO DECIMO-SEPTIMO.

En este canto se trata de la muerte y justicia que hizo el Virrey D. Francisco de Toledo, de D. Diego de Mendoza en Potosì, y del gran Señor Topamaro en el Cuzco.

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Aquel es de valor y grande estima
Que sabe con prudencia gobernarse:
Diremos con razon tener la prima
Aquel que vemos sabe resguardarse
Con gran maña en el arte de la esgrima,
Y à su tiempo procura señalarse:
Aquí apuntando el golpe por lindo arte,
Y al fin haciendo el lance en otra parte.

Aunque el Virrey la causa publicaba
De su salida ser el Chiriguana,
Y al principio de aquesto se trataba,
En Don Diego de dar tiene mas gana.
Y así al punto luego se tornaba,
Sabiendo Santa Cruz estaba llana;
Que no estando la causa sosegada
Allá fuera el Virrey de mano armada.

Bien claro se mostró, pues prevenia
Al Perú, y á las demas gobernaciones,
Que à priesa á todas partes escribia
De Don Diego las vanas pretensiones.
La nueva á Tucuman presto venia,
Que mas vuelan los tres que unos halcones:
Tambien allega al Rio de la Plata
Dó Juan Ortiz echaba la bravata.

Responde con soberbia al mensagero,
Mostrandole desnudo el viejo pecho,
Que diga à Don Francisco, que harnero
Lo tiene por servir al Rey, bien hecho:
Y que tiene de ser siempre el primero
Dó fuere menester ser de provecho:
Que estan muy enseñadas ya sus manos
[pág. 178]A derramar la sangre de tiranos.

Mas no fueran bastantes, si bajàra
Don Diego, sus bravatas y sus fieros,
Que mucha gente moza le ayudàra,
Que al fin eran antiguos compañeros:
Y así la cosa acaso le obligára
A buscar su remedio, y agujeros
A donde se meter à priesa listo,
Que no estaba en la tierra muy bien quisto.

Mas no tuvo Don Diego tal designo,
Que puso en el Virrey toda esperanza,
Que habrà de perdonar su desatino,
Y así sale con esta confianza:
Y no ha bien concluido su camino,
Y à Diego Gomez vido que le alcanza;
Que preso le traìan, y á recado,
De que à Don Diego mucho le ha pesado.

D. Francisco saliendo de la guerra,
A Potosì se fué, que deseaba
Juntar los naturales de la tierra,
Porque esto al Gran Filipo le importaba:
De los valles los trajo, y de la sierra,
Y en breve mucho número ha juntado,
Y pòneles la tasa en los jornales
Del trabajo y labor de los metales.

Los indios son en grande muchedumbre,
Que nunca acabaremos describillos:
Difieren en los trajes y costumbre,
Y asì se diferencian sus aillos;
Subidos en los altos de la cumbre
Del cerro, acà parecen pajarillos:
Sacando allì el metal de sus mineros,
Acà al pueblo lo bajan en carneros.

Los ingénios los muelen muy aina,
Por muy graciosa traza y artificio;
Y hecho ya el metal cual pura harina,
Se hace con azogue el beneficio.
En breve sale piña y plata fina,
Y muchas veces hace bien su oficio
El azogue, quedando tan entero
[pág. 179]Segun y como estaba de primero.

El grande laberinto, que de Creta
Es dicho, con razon puede llamarse
El cerro Potosí, à dó una veta
A muchos enriquece; y engañarse
A otro fuerza tanto, que te meta
En ella hasta vivo sepultarse;
Quedando sò la tierra sepultado
A vueltas de la plata que ha buscado.

Estando aquì el Virrey, D. Diego viene
Al asiento llamado de Tomina,
A dó un Corregidor, que el pueblo tiene,
Al punto que lo vè con èl camina,
Prendiendole, que quiere que se suene
Que èl mismo á le prender se determina:
A Potosì lo lleva diligente,
Y el pobre de D. Diego và doliente.

A las casas reales fuè llevado,
A dò està la Real Hacienda, y plata;
Allì lo tienen preso, y á recado,
En tanto que su causa se vé y trata.
No estuvo muchos dias, que acabado
En breve su negocio, no dilata
D. Francisco el castigo que queria
Hacer, segun entiende convenia.

La villa Potosí alborotada
Vereis andar la gente dolorosa;
Sabido la sentencia estaba dada,
Y que la ejecucion era forzosa,
Decian "¡Ha de ser ejecutada
La sentencia de muerte rigurosa!"
Algunos se metieron de por medio,
Mas nunca pudo darse algun remedio.

Al fin, pues, en la plaza fabricaron
Un famoso cadalso muy de presto,
Y al pobre de D. Diego le sacaron
Subido en una mula muy de presto.
Al tablado llegando, celebraron
Su muerte, con dolor y luto puesto;
Sintiendo pena de ello y gran mancilla
[pág. 180]Los galanes y damas de la Villa.

Tambien á Diego Gomez, el que habia
Al triste caballero aconsejado,
Colgaron; y lo mismo aqueste dia
Al Avila hicieran, que sacado
Con estos tambien fuè, y ya queria
El verdugo colgarle: encaramado
Estuvo en los postreros escalones,
Y à grande priesa viene el de Quiñones.

A no llegar con priesa y diligencia
Perdiera sin falta Avila la vida;
Que el verdugo ejecuta la sentencia
Si no viene Quiñones de corrida.
Por señal el bordon de Su Excelencia
Traia, que es señal muy conocida;
Perdonan al que està medio difunto,
Y parece nacer en aquel punto.

En su túnica y soga muy revuelto,
Pensando ser vision y que soñaba,
A la cárcel ha sido luego vuelto
En tanto que su causa se trataba:
Al fin saliò de à poco libre y suelto,
Y de gozo y placer no se hallaba;
Que es burla muy pesada y que espanta
Verse un hombre la soga à la garganta.

Si solo imaginar un sentenciado
Que habia de morir al otro dia,
Le hizo que el cabello sea tornado
De negro, blanco, luego encanecìa:[76]
Quien se vido en la escala levantado,
Y al verdugo que echarle ya queria,
Diremos que ha probado el trago fuerte
De la descomunal y cruda muerte.

¡O muerte, cuan amarga es tu memoria!
Al hombre que en sus varios bienes fia,
De Reyes, y no Reyes has victoria.
De noche nos combates y de dia,
En esta vida triste transitoria,
Que al tiempo mas florido se desvia.
Habiamos de tenerte por espejo,
Por regla, por medida, y por consejo.
[pág. 181]
Aquel santo consejo celebrado,
Que dice, del morir nos acordemos
En todas nuestras obras bien notado,
Seguro que in æternum no pequemos,
En nuestro cristianismo consagrado,
Creido, y aun sabido bien tenemos,
Que ataja la memoria del tormento
Y muerte, y gloria al malo pensamiento.

No finjo santidad ni hipocresía,
Que sè soy pecador desconocido:
Mas digo que en el tiempo que tenía
La muerte al ojo, siendo muy sabido,
Que de hambre morian cada dia,
En la parte que arriba he referido,
Tenia la conciencia tan medida,
Cual nunca jamas tuve yo en mi vida.

La muerte de si tiene dar tristeza,
Por no saber el hombre el paradero:
Que si deste se tiene la certeza
Alegre es aquel trance y placentero:
Dejar un mundo tal, y tal vileza
Habia de dar gozo muy entero,
Y en lugar de tristeza gran consuelo,
Pues vemos que salimos de este suelo.

Una generacion muestra contento
Al tiempo de la muerte, y hace fiesta,
En lugar del funesto sentimiento,
Que hace la española gente mesta.
Si se tuviese el buen conocimiento
De aquesta triste vida tan funesta,
Con la muerte contento se tenia
Tomándola por gozo y alegria.

Julio Solino cuenta una costumbre
De aquellos hiperbóreos tan nombrados;
Empero estos carecen de la lumbre
De Fé: aquestos, dice, que cansados
De vivir, y teniendo pesadumbre
De ver tardar la muerte, muy untados
Con cierta uncion, habiendo bien comido,
[pág. 182]Pecando así, se dan fin dolorido.

En Tomahavi vide una estrañeza,
Que es digna de contarse de camino:
En un pantano grande de llaneza
De tierra, está temblando de contino,
A dò llegando perros, sin pereza
Bailando como recio torbellino,
Se arrojan en la fuente dó se cuecen,
Y vivos con su baile alli perecen.

Parece que el morir les dà contento,
Y asì muestran querer aquella muerte,
Y vemos frecuentarse aquel asiento
De perros, y morir de aquella suerte.
Yo vide aquesto propio que aquì cuento,
Que por juzgar el caso yo por fuerte,
A verlo fuí, y los perros que allá fueron
Bailando ví, en la fuente perecieron.

El cisne, blanco, bello, dicen; suele
Cantar cuando la muerte le es vecina,
Que dejar esta vida no le duele,
Teniéndola por triste y por maligna.
Razon es, pues, mas justa se consuele
El hombre racional, que à Dios se inclina,
A quien, si vive bien, tiene guardada
Allà en el cielo Dios mejor posada.[77]

Pues vemos que no es cierta y duradera
La ciudad que habitamos sin firmeza,
Busquemos la que es firme y verdadera,
Que dure para siempre en gran alteza.
La muerte viene á priesa muy ligera,
No es justo espante al bueno su fiereza.
Temerla es natural, mas sea de suerte
La vida, que no pese de la muerte.

Sabìa bien la vida que habia hecho
El vaso de eleccion, y deseoso
De ver á Jesu-Cristo satisfecho,
Que muriendo tenia gran reposo:
Pedia con instancia ser desecho,
Y disuelto del cuerpo trabajoso,
Creyendo gozaria en guadio eterno
A Cristo, sumo bien, con fin superno.
[pág. 183]
Pero, aquel que no sabe ni está cierto,
Mas antes con razon muy temeroso
Lo que ha de ser de si despues de muerto,
Con la vida se halla muy gozoso.
Así lo experimenta quien concierto
No tiene en su vivienda: el virtuoso
No huye de la muerte, cuando entiende
Que en ella hallarà lo que pretende.

Pregunten à los Màrtires gloriosos
De los falsos tiranos afligidos,
Si iban à la muerte muy gozosos
En verse por Jesus ser perseguidos.
No estaban de su prémio recelosos,
Mas con firme esperanza guarnecidos,
Creian les estaba aparejada
La corona de gloria consumada.

Esta hizo al pastor, aunque primero
Por divino secreto fué librado
De la càrcel, que esté como cordero
Humilde á aquel nerónico mandado:
La misma à su querido compañero
Le convida à que sea degollado;
Y como acá en su vida ellos se amaron
En la muerte tampoco se apartaron.

Esta à Bartolomè hizo que diese
Por su Señor la vida y el pellejo:
Esta al buen Andres hizo muriese
En una cruz, con ser ya cano y viejo:
Esta hizo à Santiago que volviese
Otra vez à Judea, donde aparejo
Hallò de conseguir la merecida
Corona que tenia prometida.

Aquesta à los Apòstoles gloriosos
Les hizo que sufriesen con contento
La muerte, y á los monges religiosos
Hacía se privasen del sustento.
¡Qué de santos estàn ahora gozosos
Que por esta sufrieron gran tormento!
Que dà muy gran esfuerzo à la buena alma
[pág. 184]Tener allà en la gloria prémio y palma.

El indio Topamaro no sabia
Despues de muerto el fin de su jornada,
Y tanto de la muerte se temia,
Que diera al de Toledo sugetada
La vida á servidumbre, aunque tenia
En otro tiempo fuerza señalada.
Mas el proverbio, y vulgo dice y grita,
Que viva la gallina con pepita.

Aqueste en Vilcabamba residia
Con Incas, y valientes compañeros;
Y como por Señor èl se tenia,
Formaba allà sus leyes y sus fueros.
A cristianos jamas él ofendia,
Ni supe que hiciese desafueros:
En sus tierras se estaba retirado,
Y de los suyos era respetado.

Algunos de los cuales acudian
Al reino del Perú y sus poblados:
Con ellos muchos indios se metian
En Vilcabamba, siendo maltratados
De aquellos españoles que servian:
Que muchos suelen ser desatinados
De tal suerte en mandarles lo que quieren,
Que hacen que los indios desesperen.

D. Francisco, que siempre procuraba
En el real servicio señalarse:
Como supo que este indio se jactaba
De ser Señor, acuerda de tornarse
De Potosí, y al Cuzco se bajaba;
Y sabiendo podia confiarse
De Loyola, esta empresa le ha nombrado,
Y en breve mucha gente le ha entregado.

Martin Garcìa Loyola, caballero
Era del hábito de Calatraba,
Discreto, afable, sábio, compañero:
En cosas de justicia se mostraba
Con grande rectitud muy justiciero;
De remiso ninguno le notaba,
Porque, de mas de ser sabio y prudente,
[pág. 185]Es vivo como azogue y diligente.

Saliendo á la conquista ha padecido
Grandìsimos trabajos y fatigas:
En gran tiempo no hubieron parecido
Los indios, aunque son mas que hormigas.
Loyola, porque vé el campo afligido,[78]
Siguiendo aquestas gentes enemigas,
Con solos dos soldados parte un dia,
Con un esfuerzo grande y osadia.

En luengo un grande rio caudaloso
Con sus dos compañeros fué bajando
Tres dias, y en un prado verde umbroso
Que el rio con sosiego va bañando,
Metido en una choza al valeroso
Topamaro le ha hallado reposando,
Sin gente, que no saben la venida
Del Capitan Loyola á su guarida.

Una cadena le echa á la garganta
De fino oro, muy rica y bien labrada:
El Inca luego al punto se levanta,
Sintiendo de esto pena muy sobrada.
Loyola con sus dos victoria canta,
Juzgando por dichosa tal entrada:
Rio arriba se vuelve placentero,
Triunfando del cautivo y prisionero.

Saliò de Vilcabamba victorioso,
Y en la ciudad del Cuzco entra triunfando
Del triste Topamaro doloroso,
Que su miseria viene lamentando.
Hallóse él de Toledo tan gozoso,
Y el caso de tal suerte exagerando,
Que al licenciado Polo, su teniente,
Le dice le deguelle prestamente.

El licenciado Polo le responde,
Que no quiere èl hacer esa torpeza:
Que no halla derecho, ni por donde
A aquel Inca cortarle la cabeza;
Y que si causa él tiene, y no la absconde,
Se la muestre, y harálo sin pereza:
Mas sin otro recado, que no quiere
Ponerse al riesgo y mal que le viniere.
[pág. 186]
El Virrey replicó, que lo hiciese
Como justicia suya, y su teniente:
El Polo se resume en que escribiese
De su mano el mandato, y que se asiente;
Que no quiere algun tiempo le pidiese
Del Inca aquella muerte algun pariente.
El Virrey ordenó luego un escrito
Del Inca publicando su delito.

Al punto que se supo de su muerte,
Que ejecutarse manda, se juntaron
En breve tanta gente de su suerte,
Que toda la ciudad alborotaron.
Y aunque fué rogado, estuvo fuerte
El Virrey, que con él no aprovecharon
Los frailes, y un Obispo que decia,
Que á España à Topamaro llevaria.

Al fin en una mula le sacaron,
Con un pregon su culpa publicando,
Que los indios por èl se levantaron,
Aquesto iba el verdugo pregonando.
Tantos indios en esto se juntaron,
El Cuzco de tal suerte alborotando,
Que necesario fuè que le rogasen
Al Inca que mandase que callasen.

Allà en el cadalso pues subido,
El Inca en alto levantó la mano,
Al punto el alboroto y el ruido
Cesó: porque veais si aquel pagano
De sus indios sería bien temido.
En esto determina ser cristiano:
Bautìzale un Obispo que está al lado,
Y al punto la cabeza le han cortado.

Fué tanto el alarido y vocería
Que los indios entonces levantaban,
Que el mundo parecía se hundìa
Y las cosas ya todas se acababan.
En tanto este negocio sucedía.
Los tristes zaratinos lo pasaban
Allá en nuestro Argentino de tal suerte,
[pág. 187]Que el mal allí menor era la muerte.

De su hambre y desastres trataremos,
Siquiera porque alguno haga memoria
De piedad, y á Dios le rogaremos,
Que tenga à los finados en su gloria;
Y en esto de esta hambre hablaremos,
Como á quien cupo parte de la historia;
Que tal me vide à veces, que rabiaba
Por comer, mas comida no hallaba.

Y así probé manjares, y guisados
Jamas de hombres humanos conocidos.
Allì fueron los monos celebrados
Por cabritos, y mas enternecidos,
Tigres, osos, leones, desusados
Manjares, de la hambre convencidos.
Comiamos: empero tal me via,
Que con la hambre pura no dormía.

Viniendo de la iglesia una mañana,
Que habia sacrificio celebrado,
Una comadre mia, Mariana,
De su pequeña choza me ha llamado,
En una isla dò antes la tirana
Le habia à su marido sepultado,
Y oid lo que me dice muy gozosa,
Aunque del hecho suyo recelosa.

Un solo perro habia en el Armada
De gran precio y valor para su dueño,
Llamado entró ese dia en su posada,
Mas nunca mas salió de aquel empeño;
Porque ella le matò de una porrada,
Al tiempo del entrar, con un gran leño:
Mostràndolo me dice: "¿què haremos?"
Yo dije: "asad, Señora, y comeremos."

Comímonos el perro con secreto,
Aunque ella su negocio exageraba
Por malo: mas yo dije, que el precepto
De no hurtar, jamas se quebrantaba
En casos semejantes; que el concepto
Muy bien en la escritura se esplicaba;
Que entre los sabios es muy ordinario
Carecer de la ley lo necesario.
[pág. 189][pág. 188]

————————————

CANTO DECIMO-OCTAVO.

En este canto se trata cuan mal lo pasaba la gente de Juan Ortiz en San Salvador, y como, ido al Paraguay, muriò, dejando por Gobernador á su sobrino Diego de Mendieta.

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Pobreza, dice el vulgo, no es vileza,
Ni menos hambre ó de otros bienes falta
Mas hace venga el hombre en tal bajeza,
Y mas cuando la gracia de Dios falta,
Que no basta el valor y la nobleza,
Que sobre el bajo cobre mal se esmalta:
El pobre jamas halla en cosa abrigo,
Y así, dice el refran, no tiene amigo.

¿Quien vido bizarria y gentileza,
Crianza, policìa y buen donaire
De galanes, y damas tal belleza,
Postrada por el suelo con desaire?
Al fin todo este mundo, y su braveza,
Su vana presumpcion, es humo y aire,
Y todo es burlería prestamente,
Sino servir á Dios Omnipotente.

La gente sin ventura zaratina,
Que digimos estaba rancheada,
La muerte cada paso por vecina
Tenia con la vida muy tasada.
Seis onzas dan escasas de harina
Hedionda, sin virtud, y mal pesada:
Así se và la gente consumiendo,
Hoy diez, mañana veinte, se muriendo.

Sin esto Juan Ortiz daba baldones
A todos, con denuestos en la cara,
Al tiempo del partir de las raciones,
Por dò era la racion doblada cara.
"Malditos, endiablados comilones,
Tragones, apocados, gente avara,
Que os trage yo de España á sustentaros,
[pág. 190]¿Qué os debo? estoy à punto por dejaros."

¡Oh! cuantas veces, dijo un tesorero,
(Hernando de Montalvo se decia)
Si Dios llevase aqueste vocinglero,
El miserable pueblo quedaria
Alegre, muy contento y placentero,
Y luego nuestro mal se acabaria:
Mas suelen durar mucho aquestos tales,
Para enmienda y castigo de mortales.

Con esta falta estando de comida,
Llegó del Paraguay socorro y gente,
Que habiendo allá llegado de corrida.
Garay, la despachò muy prestamente.
Celebròse con gozo tal venida,
Porque era necesaria de presente,
Que à tal punto llegò nuestra miseria,
Que vide à un religioso en tal laceria.

Al bosque yendo un dia desganado,
Muy falto de consuelo y de alegria,
Encontré con un fraile muy honrado,
Fray Alonso La-Torre se decia.
De letras y virtud era dotado,
A su Padre Seráfico servia:
Preguntándole yo ¿Qué estais haciendo?
Al punto este me dice respondiendo.

"Entiendo que en muy breve he de acabarme
Y he salido á cortar, y no aprovecho,
Madera: si os plugiese de ayudarme
Haré para morir un candelecho,
Que no espero jamas de levantarme,
Segun estoy sin fuerzas y deshecho.
Aquesto me diciendo, hácia el cielo
Los ojos levantando, dió en el suelo.

Yo viendo su fatiga, muy lloroso
Y triste, que le amaba en sumo grado,
De presto de aquel prado, verde, umbroso,
Cortè para su lecho buen recado.
Del suelo se levanta algo gozoso
Por verme à mí, de varas bien cargado;
Llevéselas à cuestas que el tal iba,
[pág. 191]Que ya no figuraba cosa viva.

Algunos otros vide en este estado,
Soldados, sacerdotes, religiosos:
Que no tiene respeto al esforzado
La vil hambre, ni teme poderosos;
Ni mira al que es filòsofo ó letrado,
Ni menos à los nobles generosos;
Que al Papa, Rey, y bajo zapatero,
A todos los iguala por rasero.

El socorro que digo, pues, venido
Alegra nuestro ejército hambriento,
Y en gozo y en placer es convertido,
El pasado dolor y gran lamento:
Mas nuestro Yamandú ya arrepentido,
De estarse con nosotros tan de asiento,
En una tenebrosa noche y prieta,
Sin nadie lo sentir, huyendo aprieta.

No se tiene esperanza que parezca,
Ni que vuelva á nosotros de su grado,
Sino es para causar alguna gresca
Conforme à las demas que él ha forjado.
Roguemos, pues, à Dios que no se ofresca
En que el haga su oficio tan usado,
Porque él en hacer mal està tan diestro,
Que puede en el infierno ser maestro.

Gran priesa Juan Ortiz para partirse
En este tiempo tiene, el rio arriba;
Mas no podrà aquí Trejo escabullirse,
Pues materia nos dá que de él se escriba.
Por cierto que él que no sabe medirse
En su lengua, no siente en que se estriba:
Hablar, muy muchas veces ha pesado
A muchos; mas callar nunca ha dañado.

En el Perù sabemos que acontece
Perder por el hablar muchos la vida,
Y él que à hablar se atreve, mal padece;
Y escapa quien obrò, y merecida
La muerte bien tenia, que se ofrece
A veces tropezon en la corrida.
Gran cosa es el secreto y de gran precio,
[pág. 192]Pues vemos no le tiene el hombre necio.

A Trejo, Juan Ortiz bien respetaba,
Y por vicario puesto le tenia,
En tanto que de arriba se enviaba
El recado que en esto convenia:
Es cierto (que yo lo vi) le regalaba,
Con ser la falta grande en demasia,
Al Trejo no faltó jamas comida,
Mas él suelta su lengua desmedida.

En público està un dia entre soldados
Hablando de las cosas que hacia
El Juan Ortiz: trató descompasados
Negocios este Trejo en demasia;
De suerte que ya tuvo amotinados
A muchas con las cosas que decia:
Entre ellas, dice, aqueste es mal cristiano,
Conviene muy en breve echarle mano.

Hacer informacion que roba á todos,
Que nunca hace cosa en buenos puntos,
Habiéndonos robado por mil modos
A cada uno por si, y à todos juntos:
Que trata à todos mal, y por los lados
A todos echa; y de esto los trasuntos
A nuestro Rey envìen en proceso,
Y á vueltas en cadenas, èl, y preso.

El Juan Ortiz, que supo esta maraña,
Comienza de hacer informaciones;
Convièrtese el amor en pura saña,
Y dice del vicario mil baldones:
Al fin se dá en la cosa tanta maña,
Que sube Trejo arriba con prisiones,
Dejando en este puerto mal parada
La gente que ha quedado de la Armada.

Partido Juan Ortiz, y comenzando
A caminar por brazos, por esteros
Que el rio por allí lleva, formando
Mil islas de onsas, tigres, osos fieros
Pobladas: mas no salen rescatando
Los indios, como suelen, con sus cueros
Ni carnes, ni pescado; que es indicio,
[pág. 193]Que quieren intentar otro ejercicio.

Sospéchase de cierto, pues no vienen
Los indios al rescate acostumbrado,
Que guerra concertada alguna tienen,
Y el falso Yamandú la habrá forjado:
Pues ya seguro estoy, por cierto, suenen
Muy pocos arcabuces, que el soldado
Desnudo, desarmado y desembrido,
Cansado de remar, està dormido.

Al fin á Santa-Fé, tiempo gastando,
Se llega, dò poco antes los vecinos
Salieron à nosotros navegando
En balsas, y canoas los Calchinos,
Mepenes, Chiloazas voceando;
Tambien salen por tierra á los caminos,
Celebrando con gozo la venida
A quien quitar quisieran alma y vida.

Estaba esta ciudad edificada
Encima la barranca, sobre el rio,
De tapias, no muy altas, rodeada,
Segura de la fuerza del gentío.
De mancebos está fortificada:
Procura el indio de ellos el desvío,
Que son diestros y bravos en la guerra
Los mancebos nacidos en la tierra.

Subiendo, pues, el Rio de la Plata,
Al Paraguay se llegua muy ameno,
El cual con menos furia se desata,
Y en su corriente viene mas sereno.
Por sus riberas caza bien se mata.
Que el campo de venados està lleno,
Y en él muchos dorados y patìes,
Corvinas, palometas, y mandíes.

Con esto á la Asumpcion llega la gente
Con gran placer, contento y alegría,
Y con mucho socorro, que el teniente
Al camino enviado nos habia.
La gente paraguense alegremente
A nuestro Adelantado recibía,
El cual de à poco tiempo que ha llegado
[pág. 194]Abajo bastimentos ha enviado.

Holgó la gente, en ver que el bastimento
Llegase à tan buen tiempo, que tenían
Gran falta de comida y de sustento,
Y mucha hambre todos padecian.
Dejémoslos ahora en su contento
Pues ha tan poco tiempo que plañian
Que no durarà mas el alegria,
Que suele, al que es tahur, en su porfia.

La nao vizcayna, que plantada
Dejamos en la tierra á su aventura,
Habiendo sido de indios visitada,
Con fuego la consumen su hechura.
Mirad si fué la cosa bien pensada,
En no dejar en ella criatura,
Que alli fuera del fuego consumida,
Sin poder escapar libre la vida.

El Juan Ortiz arriba con presteza
Su oficio de justicia gobernaba,
Con gran solicitud, y sin pereza,
Quimeras nunca oidas inventaba.
Aquel haberse visto en gran riqueza,
Y verse de ella ageno, le cegaba
Su razon de manera, que tropieza
Por esto, é hiere siempre de cabeza.

No quiere sujetarse á otro consejo;
El suyo, dice, que es el mas seguro.
Un dia le hallé con sobrecejo,
Pregúntole, qué hace? Dice, juro
Por Dios, que si me viese en aparejo,
Y á punto de perderme, y un maduro
Me diese algun consejo, mas querria
Perderme, que hacer lo que él decia.

Los reyes, yo le dige, que tomaban
Consejo y parecer de sus letrados,
Las ciudades tambien se gobernaban,
Por hombres en las cosas mas versados:
Y que solos aquellos acertaban,
Que de consejo bueno son guiados.
Antes, dice, querré se pierda todo,
[pág. 195]Que no tomar consejo de un beodo.

Vivió en el Paraguay algunos meses,
Poniendo á muchos malos duro freno:
Mas tuvo mil dislates y reveses,
Que fué de caridad quito y ageno.
De ver por cierto es, tucumaneses
Nunca gobernador hallaron bueno;
Los nuestros Paraguenses cosa mala
Jamás confesarán que hizo Irala.

Y no lo tengo cierto á maravilla,
Que aquesto del gobierno está en ventura,
Y mas cuando no acierta la cuadrilla
A ser de buena masa y compostura;
Que no basta razon para regilla,
Pues que carece della y de cordura:
Bien claro está que mal será regida
La cosa que no tiene en sí medida.

Los soberbios y vanos, los altivos,
Muy mal vemos que dejan gobernarse;
Los hombres zahareños, los esquivos,
Que no quieren á yugo sugetarse;
Aquestos son muy malos y nocivos,
Y no puede con ellos bien tratarse.
¿Pues qué hará quien manda con tal gente
Que de toda razon es careciente?

Habrá de armarse el tal con un escudo
De gran paciencia y grande sufrimiento;
Pedir á Dios favor muy á menudo;
Mostrar con un sagaz contentamiento
Amor á cada cual, por torpe y rudo
Que sea, procurando que su intento
Con el divino sea regulado,
Con que en el gobernar será acertado.

En la Escritura vemos claramente
Constar esta verdad muy á la larga,
Cuando para regir Moisés su gente
Ayuda pide á Dios, y le descarga
De la carga pesada; en consiguiente
A aquellos buenos viejos se la encarga:
De Moysés y su espirítu quitando
[pág. 196]Aquello que á los viejos Dios fué dando.

Aunque el Adelantado procuraba
Guardar cuanto podia la justicia,
Y al malo con presteza castigaba,
Se veia que pecaba de malicia:
Con todo en gran manera le cegaba
Al tiempo el menester, mas su codicia;
Por donde vimos todos claramente,
Que estaba muy malquisto entre la gente.

El vulgo, en general, mal le quería,
Y su vivir les daba grande pena;
Y viendo que en la cama adolecía,
Lo tuvieron los mas á dicha buena.
El Santo Sacramento recibía
En un dia, y estando casi agena
El alma de su cuerpo, por gran ruego
Testó, y apenas firma, y muere luego.

Murió con mucho ánimo y con brio,
Diciendo, ¡si podremos con la muerte!
Yo mismo se lo oí, ¿y desafio
Haceis, entonces dige, con el fuerte?
Mas ella diò con él al traves frio,
Tomando contrayerba de esta suerte
En el caldo deshecha, por huylla,
Y hállala mas presto en la escudilla.

Habia Pedernera, un hombre viejo
Rogádole la tome, que seria
Remedio saludable y aparejo
Para sanar del mal que padecia.
Pues quiere aprovecharse del consejo
Al punto que su vida fenecia,
Quien de consejo en vida no curaba,
Segun él poco antes blasonaba.

Dejó en su testamento declarado,
Que sea su legítimo heredero
La hija que en los Charcas ha dejado,
Y aquel que fuere esposo y compañero
Suceda en el gobierno y el estado,
Segun como lo tuvo él de primero:
Y mande y rija, en tanto que ella viene,
[pág. 197]Su sobrino Mendieta que allí tiene.

El cabildo y ciudad le han recibido,
Comienzan á llamarle Señoria;
Es mozo que veinte años no ha cumplido
Y en seso mayor falta padecia.
Désque se vé en su trono ya subido
A todos hace agravio y demasia:
Al tio yo le oí pronosticarlo,
Y harto duro estuvo de nombrarlo.

Nombróle coadjutor que le ayudase,
Que fué Martin Duré: mas el Mendieta
Dice á Martin Duré no le pasase
Por pensamiento tal, ni se intrometa
En cosa que hiciese èl ó mandase;
Que en el punto que tal cota acometa,
Sin duda le hará tan crudo juego,
Que tenga menester ageno ruego.

Quedando con poder solo absoluto,
Comienza de enfrascarse en desatinos,
En obras y palabras disoluto,
Haciendo mucho agravio á los vecinos.
Por verle en sus costumbres tan corrupto
Buscaban todos ya nuevos caminos,
Y yo quiero buscarle en canto nuevo,
Que ya en este decir mas no me atrevo.
[pág. 199][pág. 198]

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CANTO DECIMO-NONO.

Trátase del mal gobierno de Diego de Mendieta, y de como fué preso en Santa Fé, y de como saliò Garay al Perù, y volvió huyendo, y en su seguimiento el capitan Valero.

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Refran es muy antiguo y muy usado,
Que el malo que tras otro sucediere
Hará bueno al que fuere ya pasado.
Al que el presente canto bien leyere
Seràle aquesto bien manifestado:
Que si notarlo un poco bien quisiere,
Verá que Juan Ortiz era un bendito,
Mendieta, su sobrino, muy maldito.

Al tiempo que la muerte le apretaba
A Juan Ortiz, le oí que conocia
Que el pueblo su salud no deseaba:
"Yo soy malo, mas cierto que algun dia
Me haga alguno bueno." Si rogaba
La vieja por aquel que mal regía
En Roma, si á Mendieta conociera,
Mentarlo un solo punto no quisiera.[79]

Subido ya en la cumbre de su gloria,
De toda cosa buena descuidado,
Juicio, voluntad, y la memoria,
En solas sus pasiones ha fundado.
Y aunque esto demandaba nueva historia,
Irá tan solamente aquí cifrado,
Que no quiero contar por las parejas
Sus cosas, que ofendiera las orejas.

Comienza, pues, Mendieta de cegarse,
Vencido de zelillos y locura,
[pág. 200]De malos procurando acompañarse,
Hallando en ellos corte á su hechura.
No osaba de los buenos confiarse,
Por ser de diferente compostura:
A cuatro caballeros aprisiona,
Y con mil vituperios los baldona.

En grillos y colleras los ponía,
Y así los desterró por malhechores:
Y el pobre no conoce que se vía
Que todo lo causaban sus amores.
A cumplir su destierro los envía,
Mas oye Jesu-Cristo sus clamores:
Volvieron del camino, y así presos
Estan en tanto que hay nuevos sucesos.

Vicencio á esta sazon, dicen, dijera:
"Mal hace de prender Mendieta gentes
Sin culpa, y sin razon." Mas quien lo oyera
Denuncia con palabras diferentes.
Al fin vino la cosa en tal manera
Que encarta á los que estaban inocentes.
Vencido del tormento, y engañado,
Por dó fué luego á muerte condenado.

Al tiempo que en la horca esta subido,
De su conciencia y alma temeroso,
Pública como en todo habia mentido
Por medio del tormento riguroso,
A voces testimonio fué pedido
De aquello que allí dice, y el furioso
Verdugo le colgó, que está compuesto
Que hiciese el oficio muy de presto.

Garay, que en Santa-Fé está teniente,
Con la muerte de nuestro Adelantado
Al Perú se salió con Pedro Puente,
Aunque Abrego impedirlo ha procurado.
A los Charcas llegando incontinente,
Habiendo su negocio relatado,
Procuran Doña Juana se casase
Con persona que bien les gobernase.[80]
[pág. 201]
Por suerte á Doña Juana le cabía
El Licenciado Vera por marido:
Por Oidor en los Charcas residía;
La misma plaza en Chile hubo tenido;
Y en su tiempo el Arauco le temía,
Que á vueltas de las letras ha servido
A nuestro gran Filipo con la espada,
Andando tras la gente rebelada.

D. Francisco el Virrey, dicen, quisiera
Casar á Doña Juana de su mano:
A Garay le escribió que á Lima fuera.
Las cartas del Virrey fueron en vano,
Que el Licenciado Torres y de Vera
Habia madrugado mas temprano;
A Juan Garay hace su teniente,
Y vuélvele á enviar muy brevemente.

Matienzo en este tiempo presidía,
Y tiene del Virrey ya mandamiento
Contra Garay, que á priesa residía,
Temiendose de algun impedimento.
Tras él el Presidente al punto envía
A Valero, que sale como un viento,
Y con las provisiones le requiere,
Mas él, obedecerlas nunca quiere.

El buen Torres de Vera como entiende
Aquesto, determina de partirse
Al Rio de la Plata, que pretende
Del Virrey y su ira escabullirse.
Tras él saliendo Céspedes, le prende,
Que no le aprovechò con priesa el irse.
Triunfó Loyola de él con mucha estima,
Y luego le despacha para Lima.

D. Francisco le tuvo aprisionado,
En él ejecutando puras sañas;
A cabo ya de dias se ha librado,
Que el tiempo vemos cura mil marañas.
A su plaza despues que se ha tornado,
[pág. 202]A cabo ya de dias tuvo mañas;
Como se vuelve á estar, aunque le quita
D. Diego cuando vuelve á la visita.[81]

Mendieta pensará ya que le olvido,
Por ver que en el Perú ando olvidado;
Habiéndole yo mismo prometido
Decir aquí cuan mal se ha gobernado.
Andaba el sin ventura tan metido,
Y en fuego del amor tan abrasado,
Que las brasas de amor, y vivo fuego
Le tienen convertido en niño ciego.

Antiguos, que á Cupido celebrastes
Por Dios de amor, con arco y con saeta,
Y niño rapacejo le pintastes,
Con venda que la vista bien le aprieta;
No dudo sino que nos acordastes
Que habia de nacer este Mendieta:
Que si es ciego el amor y sin sentido,
No teneis que buscar otro Cupido.

Aunque á muchas mugeres requestaba,
Y á su gusto y mandado las tenia,
A una mas que á todas él amaba,
Que en hermosura á todas excedia.
Por esta de muy muchos se celaba,
Por esta á todo el mundo aborrecia,
Por esta tuvo orígen su locura,
Por esta feneció su desventura.

Por esta muchas fiestas se hicieron,
Por esta se jugó sortija y cañas,
Por esta toros bravos se corrieron,
Por esta se hicieron mil hazañas:
Por esta algunos justos padecieron,
Por esta vide yo muchas marañas,
Por esta andaba el pueblo alborotado,
Por esta se han los cuatro desterrado.
[pág. 203]
Por esta, una muger que fué nacida
En el Brasil, muy vieja, con gran saña
Me dijo "Ay, mi señor, como perdida
En otro tiempo, dice, que fué España
Por la Cava, esta tierra dolorida
Por está lo será; y pues que daña
La tierra tanto esta, procuremos
Que salga presto della y sus extremos."

Y aunque al Mendieta á veces sucedian
Disgustos, pesadumbres á manojos,
Y á él por esta causa aborrecian
Algunos, y le daban mil enojos,
Muy poco aquestas cosas le empecian,
Que mas amaba aquesta que á sus ojos.
Y así buen rostro á todos males hace,
Y en su gusto á su gusto satisface.

En una noche un page hubo hallado
Un papel bien cerrado, en que decia,
Que mal á todas gentes ha tratado,
Y agravia con molestia en demasia;
Y que no siendo en esto moderado,
El pago le dará Dios algun dia:
El pobre con enojo loco y ciego
Publica lo que dice el papel luego.

Comienza de hacer informaciones,
Y prende á los que estaban inocentes,
Y con algunas falsas relaciones,
Con prision atormenta á muchas gentes.
No sale con sus vanas pretensiones,
Aunque pone calor y grandes dientes;
Y así confuso deja la pesquisa
Del libello, diciendo que era risa.

Tambien prendió á una dama, porque habia
De la cárcel sacado á su marido,
Con crudo corazon y tirania,
En muy brava prision la hubo metido.
La triste con dolor así decia,
Su rostro de llorar muy consumido:
"Adonde estás, Filipo ¡Ay desdichada!
[pág. 204]Doliéraste de verme maltratada."

"Sabráslo, pues, Rey mio, si plugiere
Al alto Rey de reyes, y sabido
El castigo harás que mereciere,
Quien con tanta crudeza me ha oprimido."—
"En tanto yo haré lo que quisiere,
Mendieta la responde embravecido,
Y vos prestad los pies á aquestos grillos,
Que habeis, por mas que os pese, de sufrillos."

Su marido de aquesta preso estaba,
Con dos pares de grillos y cadena,
Y aunque el Mendieta culpas publicaba,
La mayor no pesaba como avena:
Y como la muger se recelaba,
El alma de temor y miedo llena,
Al marido á sus cuestas ha sacado,
Y en la iglesia y sagrado lo ha encerrado.

A personas muy muchas oprimia,
A viejos Españoles muy honrados,
Que á los mozos traviesos consentia
En sus vicios andar muy desmandados.
Con esto y otras cosas que hacia,
Estaban los juicios ofuscados
De todos, el remedio no esperando,
Si no morir con pena suspirando.

Andaba la Asumpcion tan temerosa,
Que padres á los hijos no hablaban,
La muger del marido recelosa,
Las madres de las hijas se guardaban.
Justicia del Señor muy rigurosa,
Las cosas de Mendieta figuraban
Castigo en recompensa de pecados,
De los presentes vivos y pasados.

Los Españoles viejos muy ancianos,
Con su cabello blanco y barbas canas,
A la importuna muerte ya cercanos,
Cansados de sufrir cosas tiranas,
Echaban á monton juicios vanos,
Y fingiendo esperanzas muy cercanas,
Formaban el remedio deseado,
[pág. 205]Y así crecia la pena y el cuidado.

Los clérigos y frailes muy á prisa
Avisos para España despachaban.
Mendieta en esto pone gran pesquisa,
Las cartas en zapatos despachaban:
El falso mensagero se lo avisa,
Y como en los zapatos se hallaban,
En callar se resumen suspirando,
Que el hablar se juzgaba por nefando.

En esto á Santa Fé quiso bajarse
Con vana presumpcion y bizarria,
Que es víspera cercana de acabarse
Sus quiméras y loca fantasía.
De mucha gente hizo acompañarse,
Que á fuerza de su grado le seguia,
Apenas, como dicen, ha llegado,
Y vése de prisiones rodeado.

La causa no pensada cierto ha sido,
Que no pudo hallarse fundamento,
Sino solo sentir como ha venido
De arriba del supremo firmamento.
Con Francisco de Sierra hubo tenido
Palabras, atencion pido á mi cuento,
Que no fué aquesta cosa fabulosa,
Antes la juzgo yo por milagrosa.

Aqueste Sierra era muy honrado,
Y de los naturales muy querido,
Hombre de presumpcion y muy soldado,
Por donde era de todos muy temido.
Despues que las palabras han pasado,
Mendieta le llamó, mas no ha querido
A su mando ir, que se recela,
Que Mendieta le llama con cautela.

A la iglesia se vá huyendo luego,
Que al fin bien vale mas salto de mata,
Que no de los amigos buenos ruego,
Segun el comun dicho dice y trata.
Mendieta sale al punto como fuego,
Y cuando nuestro Sierra no se cata,
De la iglesia le sacan sin recelo,
[pág. 206]Sin dejarle llegar los pies al suelo.

Como sacan del templo consagrado
A Sierra con aquella pesadumbre,
El pueblo todo junto alborotado
Acude, y de mancebos muchedumbre.
Salió gritando á voces un soldado
Sin saber lo que es; que de costumbre
Tenia de gritar; sueltan á Sierra,
Y á Mendieta la gente toda afierra.

El pobre desque vió como aferraba
La chusma de èl, procura escabullirse
Con una poca gente que llevaba,
Que con él determina de huirse.
Como Sierra sintió que le dejaba,
Apenas acabó de desasirse,
Cuando con furia echó mano á la espada,
La chusma le acudió de mano armada.

Juntóse el pueblo todo con él luego,
Y viendo que Mendieta fué huyendo,
Cercáronle la casa, y pegar fuego
Querian; mas sintiendo el gran estruendo
Mendieta, con temor pide á gran ruego
Le dejen: la canalla le está oyendo,
Que dice, "por amor de Jesu-Cristo
Cesad, que de mandar yo me desisto."

El pueblo sosegó de aquel bullicio,
Y piden que dé fé un escribano
Como Mendieta cede de su oficio
Que aquesto dicen ser á todo sano.
Nuestro Rey lo tendrá por gran servicio;
El pueblo dice que este es un tirano;
Hágase aquí de todo buen proceso,
Y vaya este traidor á España preso.

Con él se habian, huyendo, retraido
Galiano de Meira, el bullicioso,
Y Ochoa vizcaino, su querido;
No sè cual de ellos era mas vicioso.
El pueblo con instancia le ha pedido
Que si quiere tener algun reposo
Aquestos eche fuera de la casa,
[pág. 207]Sino que le harán en breve brasa.

Su perdicion el pobre conocida,
Hablándoles está de esta manera:
"Muy bien sabeis, amigos, por la vida
Se ha de aventurar cosa cualquiera:
Salid, porque pasada esta corrida,
Y vuelto yo á me ver en talanquera,
Yo os juro que de aquestas opresiones
Muy largo vengareis los corazones.

Salieron, que el salir era forzado:
Los alcaldes los prenden. A Mendieta
Dejáronle salir acompañado
De guardas, porque temen no acometa
Hacer apellidando mal recado,
Que alguna gente viene, aunque secreta,
Que le puede ayudar; mas el famoso
De Tebas, contra dos no es provechoso.

Con las guardas salía á pasearse
Al campo, por tomar algun consuelo:
No deja con lamentos de quejarse
De su triste ventura, y crudo duelo.
"¡Habrá algun tiempo, dice, de acabarse
Mi pena, mi dolor y desconsuelo!
Tendrán cabo mis males algun dia,
Pues lo tuvo mi gozo, y mi alegría!"

¡A que duro diamante no ablandára!
¡A que leon cruel no conmoviera!
¡A que hircana tigre no amansára!
¡A que pecho mortal no enterneciera,
Si el principio y el fin considerára
De aqueste sin ventura, su quimera!
Aquel verle en su trono colocado,
Y ahora por el suelo derrocado.

Maldita seas, Fortuna, loca, insana,
Ingrata, desleal y fementida,
Cruel, injusta, pérfida, profana,
Invida, desleal, desconocida,
Traidora, sin verdad, perra, tirana;
Mudable, sin compas, descomedida;
Seguid de la Señora sus preceptos
[pág. 208]Que mas tiene de aquestos epitetos.

Anduvo, pues, el triste y afligido
Mendieta, algunos dias de esta suerte,
Confuso, sin favor, aborrecido,
Y aun temeroso mucho de la muerte.
En esto su proceso concluido,
Echáronle en prision segura y fuerte,
Con fin de despacharle preso á España:
Y oid de aqueste hecho una maraña.

Despáchanle con gente y marineros
En una muy hermosa caravela:
El alcalde Espinosa con mil fieros,
Con su gente le hace centinela:
Sin pasar veinte dias bien enteros
A San Gabriel llegaron, porque vuela
La nave, como un vivo pajarito,
Tambien con Espinosa su barquito.

Espinosa se vuelve désque habia
Llegado con Mendieta á aquel parage;
Su gente le ha rogado convenia,
Que un poco retorciese su viage,
Y que á San Salvador lleve la via:
Hicièronlo: Mendieta con corage
Bajaba por el rio suspirando,
Y á Dios venganza de esto demandando.

Garay, que del Perú viene huyendo,
Habiéndole Valero con presteza
Seguido, y estorbarle pretendiendo
La entrada, al Argentino sin pereza
Camina: mas Valero le siguiendo,
Sentido ha sido dél. ¡Cuanta tristeza
El pobre de Valero ha recibido,
Por ver que de Garay fuera sentido!

Valero una jornada atras camina,
Garay envia por él con tres soldados.
Preso, delante dél se determina
De un árbol le colgar; apiadados
Los que con él están, de aquella ruina,
Y de aquellos negocios mal guiados,
Rogaron á Garay le perdonase,
[pág. 209]Y vivo por entonces le dejase.

La vida le concede muy rogado,
Aunque muerte civil allí le diera,
Habiéndole de boca deshonrado
Que mucho mas, decia, lo sintiera
Que haberle dado muerte y ahorcado.
Aquesto á mí Valero me digera,
Tambien Garay del hecho se jactaba,
Y en la Asumpcion á mí me lo contaba.

Dejóle allí llorando su ventura,
Y para que no pueda ir adelante
La cosa asegurar así procura.
Arrebata un agudo pujavante,
Y jurando cumplió luego la jura.
Despálmale la mula en un instante;
La mula con dolor está gimiendo,
Y Garay con los suyos vá riendo.

Allega á Tucuman de mano armada:
El Abrego que estaba gobernando,
Nunca supo de aquesta melonada,
Pasóse en breve á priesa caminando:
Que si la cosa fuera revelada,
El Abrego papeles ordenando,
Al Perú á Garay preso enviára,
De que el Virrey muy mucho se holgára.

Aunque es verdad Garay se defendiera
Y así con sus soldados lo ha tratado;
Con todo, yo bien creo no pudiera,
Que habia de quedar muerto ó ligado.
A cencerros tapados sale fuera,
Y con razon se juzga bien librado:
A Santa-Fé endereza su camino;
Valero á Tucuman en esto vino.

De lo pasado dando larga cuenta
Al Abrego, que estaba arrepentido,
Con ansias y dolor casi revienta,
Perdiendo la memoria y el sentido.
Por escrito muy largo, bien lo asienta,
Y á los Charcas el caso ha referido,
A dò Matienzo en breve ha despachado
[pág. 210]Y al Virrey el negocio ha recontado.

En gran manera siente la huida
De Garay el Virrey; y se sonaba
Que corriera peligro de la vida
Si el Virrey le cogiera, y procuraba
Vengar la desverguenza cometida,
Que por tal, se decia, la juzgaba:
Que quieren los señores, segun veo,
Los sirvan á medida del deseo.

Garay á Santa-Fé llegó contento,
Y en breve á la Asumpcion ha procurado
Subir á remo y vela con el viento;
Salió de mucha gente acompañado:
Que esto de estar un hombre en grande asiento,
Y pròspera fortuna colocado,
Aumenta los amigos, y los criados;
Los pobres luego son desamparados.

Camina el rio arriba diligente,
Que fué muy ayudado de les vientos,
Y así bien se vencía la corriente,
Por dó se satisfacen sus intentos.
La ciudad le recibe incontinente,
Y algun tiempo estuvieron muy contentos:
Mas presto de otra suerte sucedía,
Que no puede durar el alegria.

Mendieta, que bajaba navegando,
Antes de salir al mar ha procurado
Tomar tierra, en la gente confiando
Que tiene el postrer pueblo allí poblado.
Por bajo Santa Fé vá atravesando,
Por medio de la tierra ya llegado;
Quirós, que allí mandaba, le recibe,
Mas luego al Espinosa se lo exhibe.

Espinosa le vuelve con presteza
A embarcar desde allí en la caravela;
El triste de Mendieta con tristeza,
En demanda de España dá la vela:
El Piloto, que fia en su destreza,
Con muy grande esperanza le consuela
Diciendo, que darán en San Vicente,
[pág. 211]De á dó podrá volver con fuerza y gente.

Con temporal deshecho, ó de su grado
La costa del Brasil luego tomaron,
Y habiendo todos ya desembarcado
En el Rio Janeiro dó aportaron,
Mendieta su negocio recontado,
Los Lusitanos todos le ayudaron:
Determina volver, y fué de suerte,
Que de ello no sacó menos que muerte.

Rehechos, pues, de pocos adherentes,
Salieron del Brasil en su navío,
Al Ibiaza llegaron diligentes,
Con vana presumpcion y desvario.
Juicios, parecéres diferentes,
Dividen todo el reino y señorio;
Pues esto fué la causa feneciese
Mendieta, y su soberbia pereciese.

Así como tomaron puerto aína,
Mendieta en tierra salta, procurando
A todos maltratar con su maligna
Y brava condicion tiranizando.
La gente comarcana allí, y vecina,
De ver su crueldad está temblando,
Y los que con él vienen lo aborrecen,
Que sus cosas y hechos lo merecen.

Habíase con él desembarcado
Alguna de la gente que venia
En el navío á vueltas: un soldado,
Por no sé que temor, de él se huia:
Por engaño y palabras ya tornado,
En dos partes por medio le partia,
Y cuelga la mitad con la cabeza
En un palo, y en otro la otra pieza.

El piloto mayor, y marineros
Al viento dan las velas, temerosos
De ver aquestos locos desafueros,
Y al Paraná se vienen recelosos.
Dejáronle con siete compañeros,
Entre indios bautizados y amorosos.
En el navío dando vela al viento,
[pág. 212]A Santa-Fé llegaron á contento.

Garay, que en la Asumpcion estaba, arruina
A todos por el suelo, sin derecho
Guardar, si no lo que él solo imagina
Que puede convenir á su provecho:
Y con una soberbia cruel, maligna
Encumbra su negocio hasta el techo,
Y pobre del que él hiere con su mano,
Que no hay pollo á quien hiera así el milano.

En esto se acordó hacer conquista
Al Nuara, que es indio muy mentado;
Hizo de los soldados una lista,
Y al pié de ciento treinta se han juntado.
Garay con mucha priesa pues se alista,
Que piensa en la conquista ser medrado;
Y el fin que se publica es, hacer guerra
Al indio levantado por la tierra.

Los indios Guaraníes rebelados
No acuden á servir como solian,
Y siendo, como son, ya bautizados
En ritos y abluciones se metian.
Serán aquestos cuentos relatados
En su lugar, y cosas que hacian:
Con este calor salen, pues, ligeros
Garay, y ciento treinta arcabuceros:

El rio arriba yendo navegando
Al Jejuí, muy hondo, rio pasaron;
Despues la tierra adentro van cortando,
Y al Ipaneme grande atravesaron.
En luengo dél arriba caminando,
A la Fuente de Lirios allegaron,
Dó nace el Ipané tan afamado,
A quien el indio llama Desdichado.

El piloto mayor con el navío,
Llegando á Santa Fé, salió gozoso:
Alaban los de allí su desvario,
Diciéndole que ha sido venturoso.
Mendieta quedó allá sin el navío;
Dó presto feneció, triste y lloroso:
Estotros placenteros con contento
[pág. 213]De Santa Fé salieron con buen viento.

A la Asumpcion llegaron victoriosos,
Pensando que hicieron grande hazaña,
A donde los recibe muy gozosos,
Como si vueltos fueran ya de España.
En referir su cuento estan dudosos,
Que no saben cual cosa es buena ó daña;
Mas poco les costó, que es cosa usada
En las Indias costar lo malo nada.

El bueno allá padece cruda pena,
Y siempre le vereis andar corrido,
Y tiénelo á ventura, y dicha buena
Estarse en su rincon solo metido.
Al malo, mal suceso no le pena,
Que si hoy dos mil desastres le han venido,
Mañana le vereis con triunfo y gloria,
Perdida de sus males la memoria.

La causa de este mal es el anchura,
Y libertad tan grande permitida,
Que vemos una grande desventura,
Que la muy baja gente es tan tenida,
Como la que es mas noble de natura.
Es esta cosa allá tan conocida,
Que el zapatero vil y el calcetero
Se iguala con el noble caballero.

Preguntó un caballero Trugillano,
Llamado Luis de Chaves, ceceoso,
A Hernando Pizarro, cuyo hermano
Vencido fué de Gasca, el gran mañoso:
Que si allà en el Perú, al que es villano
Y al que es hidalgo y hombre generoso,
Les daban sus medidas bien cabales;
Pizarro respondió, que eran iguales.

Buen siglo, dijo el Chaves: allá tenga
En el Cielo mi padre, que ha dejado
Hacienda en esta tierra; allá se avenga
Aquel que por la plata allá ha pasado;
Que en mas estimo yo se desavenga
Conmigo aquel que en sangre no ha igualado;
Que la plata con esas confesiones
[pág. 214]No es para quien tiene presumpciones.

Dejemos esto ahora, y revolvamos
A Garay, que se siente con pujanza:
Y porque por extenso lo digamos,
Hagamos aquí fin de aquesta estanza.
Y mas que en la siguiente recontamos
Del furioso arcabuz y de la lanza,
Conviene cosas nuevas y de espanto
Comenzar á contar en nuevo canto.
[pág. 215]

————————————

CANTO VIGESIMO.

Cuéntase en este canto como un indio llamado Obera se intitulaba hijo de Dios, y á un hijo suyo, Papa, y á otro Emperador; y como Garay entró en los Nuaras, y de vuelta rompiò la palizada de Yaguatatì.

————————————

El abeja convierte, como vemos,
Las flores en la miel dulce y sabrosa,
Del araña y la vìbora leemos,
Que en ponzoña las vuelve ponzoñosa.
En nuestra santa fé bien conocemos
Que pasa desta suerte aquesta cosa;
Pues el hereje y malo, de las flores
Del Escritura torna en sus errores.

Cuanto deba tratarse con llaneza
A los indios la Fé, vemos muy claro,
Que no se le ha de dar pan con corteza,
Al niño, dice Pablo muy preclaro.
Y pues que se conoce la rudeza
Del indio, y su juicio tan avaro,
Conviene como à niños darles leche,
Porque en ellos la fé santa aproveche.

Martin Gonzalez, clèrigo idiota,
Que á musa solamente no sabia,
Al indio predicaba que fuè rota
La torre de Babel, y que vencia
David al gran Goliath con su cota,
Con sola una hondilla que traía.
Sin esto otros misterios, altos, bellos,
Que al indio no se sufre tratar dellos.

Un Obera quedò tan doctrinado
De los sermones deste, que fuè parte
Por donde el Paraguay arrinconado
Estuvo mucho tiempo, y de mal arte.
Despues que aqueste indio levantado
En sus tierras ha sido, luego parte
Con mucha gente é indios que traía
[pág. 216]A sembrar los errores que tenia.

Con este la nacion ruda, indiscreta
Del Guaranì andaba perturbada,
Que introducir pensaba nueva seta
Este indio que la tiene levantada.
La espantosa señal y gran cometa
Que se vido al ocaso levantada,
Les dice, cuando fué desparecida,
Que la tiene en un càntaro escondida.

Y que à su tiempo habia de sacarla,
Con fin de destruir á los cristianos;
Que á aquesta causa èl quiso fabricarla,
Teniendo compasion de sus hermanos.
Tenia aqueste perro grande garla,
Y como son los indios tan livianos,
Y amigos de seguir nuevos caminos,
Forzóles à creer sus desatinos.

Obera, como digo, se llamaba,
Que suena resplandor en castellano:
En el Paraná Grande este habitaba,
El bautismo tenia de cristiano:
Mas la Fé prometida no guardaba,
Que con bestial designo á Dios, tirano,
Su hijo dice ser, y concebido
De Virgen, y que Virgen lo ha parido.

La mano està temblando de escribillo,
Mas cuento con verdad lo que decia
Con loca presumpcion aquel diablillo,
Que mas que diablo en todo parecia.
Los indios comenzaron de seguillo
Por todas las comarcas dò venia,
Atrajo mucha gente así de guerra,
Con que daños hacia por la tierra.

Dejando, pues, su tierra y propio asiento,
La tierra adentro vino predicando:
No queda de indio algun repartimiento,
Que no siga su voz y crudo mando.
Con este impio pregon y mal descuento
La tierra se và toda levantando,
No acude ya al servicio que solia,
[pág. 217]Que libertad à todos prometia.

Mandóles que cantasen y bailasen,
De suerte que otra cosa no hacian,
Y como los pobretes ya dejasen
De sembrar y cojer como solian,
Y solo en los cantàres se ocupasen,
En los bailes de hambre se morian,
Cantàndoles loores y alabanzas
Del Obera maldito y sus pujanzas.[82]

Un hijo que este tiene, se llamaba
Por nombre Guiraró, que es palo amargo.
Del nombre Papa aqueste se jactaba.
Con este el padre, dice, "yo descargo
La grande obligacion que à mí tocaba,
Con darle de pontífice el encargo."
Aqueste es el que viene bautizando,
Y los nombres à todos trasmutando.

No quiero mas decir de sus errores
De que andaba la tierra alborotada
En todo el Paraná, y sus rededores;
Y así se fué tras él de mano armada.
Mas como este tenia corredores,
Y gente puesta siempre en gran celada,
En viendo la pujanza conocida
Del enemigo, pónese en huida.

Aqueste fué la causa que estuviese
La tierra levantada, como estaba,
Y que á servir al pueblo no viniese.
Tambien Garay, digimos, publicaba
La guerra contra este, aunque tuviese
Otro designio, al fin, pues, caminaba,
Cuando Fuente los Lirios ha tomado,
Dò nace el Ipaneme desdichado.
[pág. 218]
Tomando los soldados esta fuente,
Sus tiendas y sus toldos asentaron;
Entorno de la cual, alegremente
Del prolijo camino descansaron.
De un bosque muy cercano de repente
Dos indios salen fuertes, y llegaron
Dó estaba nuestra gente reposando,
Y de los dos, el uno está hablando.

"A tan altivo, dice, atrevimiento
No habia de ofrecerse desafio,
Mas castigo hacer para escarmiento
De vuestra presuncion y desvarío.
¿Porqué os osais meter en este asiento,
Con tan flaca pujanza, y poderío?
Salid, con lanza, espada, y con escudo,
Que me basta esta pica, aunque desnudo.

"Pudiéramos traer arcos y flechas,
Mas quiere el gran Cacique sean probados
De vosotros ahora estas derechas,
Que tienen mil cervices quebrantadas.
Por tanto apagareis tambien las mechas,
Que son armas al fin aventajadas,
Y con lanza y espada, ó á los brazos
Hagamonos de presto aquí pedazos.

"Dos somos, salgan dos, tres, cuatro, luego
De aquellos que presumen ser valientes,
Que por temor ó miedo, ni por ruego
No habernos de afrentar á los parientes."
Al punto que esto oyeron, como un fuego
Saltaron dos mancebos diligentes,
Inciso y Espeluca, sus espadas
En las bravosas manos empuñadas.

Pitum y Corací, como los vieron
Salir con tal esfuerzo y gallardía,
Con rabia y con furor arremetieron,
Y las picas calaron á porfia.
Los gallardos mancebos acudieron
Con tal ardid y maña y osadía,
Que traban en un punto tal batalla
[pág. 219]Que Marte no cansára de miralla.

Al Inciso Pitum le cupo en suerte,
Que en el aire parece salta y vuela,
Con su pica tostada, grande y fuerte,
Por cien partes le rompe la rodela:
Y aunque parece darle ya la muerte,
De tal suerte el cristiano se desvela,
Que pierde Pitum toda su esperanza,
Que el cristiano le corta media lanza.

El bravo Corací al Espeluca,
Con ánimo bestial encrudecido,
Le tiene á mal traer, y á la boruca,
El suelo su tropel ha ennegrecido.
Con fuerza con la pica le trabuca,
El cristiano con maña, guarecido
Se tuvo, porque estando de rodillas
A Corací ha herido en las megillas.

Inciso, como vé que le faltaba
La media de la pica á su enemigo,
Con ánimo mayor mas se arrojaba,
Y un golpe le tiró junto al ombligo.
Pitum, del corazon fuerzas sacaba,
Que no las tiene todas ya consigo,
Y viéndose sin fuerzas y acosado,
A los brazos venia denodado.

El cristiano, que siente lo que quiere,
Por ver como se estira y endereza,
Con fuerza de alto abajo bien le hiere;
Y aunque el golpe arrojaba á la cabeza,
La mano le cortó. Si no huyere
Pitum ha de morir en breve pieza;
Mas él está tan ciego en no huirse
Que mas quiere morir que escabullirse.

Al fin, como se vé sin una mano,
Y el dolor que padece le atormenta,
Volviendo las espaldas al cristiano,
El resto de la pica al suelo abienta.
Huyendo vá á gran priesa por el llano,
Que ya no se le acuerda del afrenta;
El otro, que se vió sin Pitum, solo,
[pág. 220]Aprieta con mas fuerza que el Eolo.

Inciso y Espeluca, mal heridos
Quedaron, y confusos de este trance,
Por ver los enemigos ya huidos,
Sin que ellos puedan irles en alcance;
Que el Capitan prohibe sean seguidos,
Diciendo que bastaba el bello lance,
Y que del hecho suyo, fama y gloria
Merecen, pues quedaron con victoria.

Pitum y Corací van sin pereza
Huyendo, como suelen, de los lazos
Las zorras escaparse, con destreza,
Haciendo los cordeles cien pedazos.
A no tener tal maña y ligereza,
Quedáran hechos piezas, pies y brazos:
Mas juzgan por mas sana la huida,
A trueco de escapar libre la vida.

Llegados á su estancia relataron
La batalla, y rencuentro que tuvieron;
A su cacique bien representaron
El peligro notable en que se vieron.
Los golpes y heridas demostraron,
La mucha roja sangre que vertieron,
Pitum, perdí mi mano la derecha,
Dice, y estotra nada me aprovecha.

El Corací, con ansia dolorosa,
Echad, dice, Señores, en remojo
Las barbas, pues que veis cual vá la cosa,
Que me cuesta el rencuentro el diestro ojo:
No he visto gente yo tan bellicosa,
Les dice: no penseis que esto es antojo,
Que son hijos del Sol estos varones,
Y mas bravos que tigres y leones.

El gran Tapuy Guazu con pecho fiero
Soltando la voz triste y lastimera,
Mi fin, dice, se llega ya postrero,
La hora se me acerca postrimera:
Mas conviene la vuestra aquí primero
Se cumpla, y encendida una hoguera
A Corací y Pitum, porque tornaron
[pág. 221]Con tal nueva, allí vivos los quemaron.

Y junta luego al punto allí su gente
Y desta forma á todos ha hablado:
"Amigos, cosa es muy conveniente
Que aqueste caso sea bien mirado;
Que las cosas tratadas de repente
No suelen suceder en buen estado:
Por tanto el parecer de cada uno
Es justo que se escuche de consuno."

Primero á Urambia dijo que hablase,
Y aunque él con discrecion lo rehusaba,
Porque Tapuy Guazu no se enojase,
Al fin con ronca voz así hablaba:
"Antes que nuestras tierras ocupase
El español soberbio, se sonaba
Que habia de perderse nuestro estado,
Y ser de nuevas gentes conquistado."

"Yo puse en este caso diligencia
Mirando las estrellas y planetas;
Tambien tuve gran cuenta y advertencia
En ver andar errando los cometas,
Y enseñame tambien ya la experiencia,
Por ver otras naciones ya sujetas,
Que no han de bastar fuerzas ya de manos
Contra el poder soberbio de cristianos."

"Así que, me parece, que conviene
Con gozo recibir al enemigo,
Y pues que con poder y fuerza viene
Tomémosle por fiel y buen amigo.
Y es justo que en la tierra no se suene
Que al español no damos buen abrigo,
Que al punto le darán contrarias gentes,
De á dó resultarán inconvenientes."

Muy duro les parece este consejo
A todos los que estaban congregados;
Mas tienen reverencia al cano viejo
Y á sus hechos heróicos y afamados.
Curemo, con muy grande sobrecejo,
Se sale con sus hijos á los lados
Oyendo esto, y no dice cosa alguna,
[pág. 222]Y con su gente entró en una laguna.

Tapuy Guazú mandó, pena de muerte,
Que de la junta nadie se saliese,
Y que todos hablasen por su suerte,
Y el caso con amor se decidiese.
Berú, de gran valor, indio muy fuerte,
Al cacique le dijo le plugiese
A Curemo llamar, pues conocia
Su suerte, su valor y valentia.

Dos indios á llamarlo se partieron
Per órden del cacique y mandamiento:
Por la laguna adentro se metieron,
A dó el padre á los hijos juramento
Les toma (de cumplirlo prometieron)
Que mueren en defensa de su asiento,
Les dice, pues mejor es buena muerte,
Que vil, y desastrada y triste suerte.

Los mensageros dieron su recado,
Curemo respondió modestamente,
Que estaba en la laguna ya alojado,
Y que quiere meter allí su gente,
Por no dar ocasion á que el soldado
Le haga mal: que luego incontinente
Irá al consejo y junta con presteza;
Y su gente recoje sin pereza.

Sus mugeres é hijos ha metido
En la laguna adentro, y gran pantano,
Y como los demas lo han entendido
Juzgaron su consejo por muy sano.
Y en tanto todos ya se han resumido,
Que de paz recibiesen al cristiano;
Mas que mugeres, hijos se metiesen
A donde los cristianos no los viesen.

Curemo allí salió disimulando
El juramento hecho que tenia:
Garay se llega á priesa, caminando
Con gran estruendo, grita y vocería.
Los indios que le estaban esperando,
Vencidos de temor y cobardía,
Tras la chusma se fueron, mas Curemo
[pág. 223]Mostrado ha su valor por gran estremo.

Al español espera, y con gran brio
Le dice, que no pare en este asiento;
Que veinte leguas mas, hay gran gentío
Dó satisfacer puede bien su intento.
Pasado el Yaguarí, famoso rio,
Los soldados irán con gran contento,
Y á veinte leguas, poco mas ó menos,
Los campos hallarán de gente llenos.

Curemo, que esto dice, les ofrece
La guia, que les guie bien derecho;
Su concejo tomar bien les parece,
Sintiendo que vendrá de ello provecho.
El indio se retira, que anochece,
Y vuelve á la mañana con despecho,
Porque al alma le llega á este pagano
De ver nuestro real en aquel llano.

Gran priesa dá á Garay para que salga,
Diciendo, que la priesa le conviene,
Que della cuanto pueda bien se valga,
Que corre gran peligro si detiene
La partida; y en viendo que cabalga
Garay, nuestro Curemo placer tiene,
Y dice á voces altas, la victoria
Espero que ha de ser con grande gloria.

Los cristianos saliendo caminaron
Llevando guias, dadas por Curemo:
El rio Yaguarí atravesaron,
Que entre otros rios vemos ser supremo.
A los Tapuí Miries allegaron
De que placer reciben por extremo;
Asalto dan al tiempo que amanece,
Por dó la triste gente mal padece.

Estaban estas gentes con contento:
De cristianos no piensan la venida;
El subito temor y sentimiento
Les hace huyan todos de corrida.
Oblígales á muchos el lamento
De hijos y muger á perder vida;
Acude cada cual al arco y flecha,
[pág. 224]Con ver venir la muerte muy derecha.

Al fin, en cuatro pueblos que se ha dado,
Algunos que defensa procuraban,
La vida entre las lanzas han dejado.
Aquellos que á prisiones se entregaban,
Por ver ya su negocio mal parado,
Con vida por cautivos se quedaban.
Quinientas y mas piezas fué la presa,
Que vino desta vez cautiva y presa.

La vuelta dá Garay, con gran recelo
Que venga el enemigo con pujanza:
Lamentan los cautivos aquel duelo,
Y suerte miserable y mala andanza,
Al gran Tapui Guazù llega de un vuelo
A dó sale de viejas una danza,
La victoria con cantos celebrando,
Y la gente vencida lamentando.

Alegre y apacible y muy graciosa
La tierra por aquí vimos, poblada
De frescas arboledas, y abundosa
De caza, y nunca ha sido conquistada.
La gente es labradora, y codiciosa
De guerra, y es en ella muy versada;
Mas tómalos Garay muy descuidados,
Y asì pudieron ser desbaratados.

Tapui Guazú holgò de la venganza,
Que vido en su enemigo aherrojado:
Mas pone con los suyos vigilanza,
Que no les haga mal algun soldado.
Al fin de paz quedó con la esperanza
Que dió, con prometer que de su grado
Queria al Español ser repartido,
Por no ser de otros indios ofendido.

Urambía y Curemo se han asido
En esto, y mal revuelto que decia;
Urambìa la causa solo ha sido,
Que sin hacerles mal Garay salia.
Curemo le ha sobre esto desmentido,
Remítese este caso, y la porfia
A la prueba mas cierta en estacado:
[pág. 225]El campo les fuè á entrambos señalado.

Urambía las armas señalaba,
Que son pica, macana y palometa,[83]
A cada cual padrino acompañaba:
Con Urambía sale Urambieta,
Xiantombia à Curemo se llevaba,
Y al son de una ronquisima corneta,
Metidos en su fuerte palizada.
La batalla feroz fué comenzada.

No creo año se llevan los guerreros,
Que entrambos son muy viejos y muy canos
Los golpes que se dan terribles, fieros,
No dejan, donde aciertan, huesos sanos:
Andan sanguinolentos carniceros,
Como de Irlanda suelen los alanos,
Y mas que hircanos tigres espantosos,
Y en ver su propia sangre muy gozosos.

De ver era los dos con el concierto
Y ánimo feroz que combatian;
Sin falta, à cada cual dellos por muerto
Los que mirando estaban, le tenian.
Estaba cada cual dellos tan cierto
En el herir, que entrambos parecian
Ser uno: mas Curemo hubo perdido
La pica, que en dos piezas se ha partido.

La macana con furia fuerte afierra,
Y espera con esfuerzo al enemigo:
Urambía la pica cala y cierra,
Y diérale por medio del ombligo;
Mas Curemo diò un salto de la tierra,
Y con tan grande maña dió consigo
A un lado, que pasò la pica en vano,
Y así quedó Curemo desta sano.

Con la pica le lleva gran ventaja
Urambìa; mas es tan animoso,
Que los golpes y botes le baraja,
Con un ardid y esfuerzo valeroso.
[pág. 226]De sangre el verde prado ya se cuaja,
El Sol encubre el rostro luminoso,
Viniendo ya la noche obscurecida,
Y no vemos victoria conocida.

Los Jueces los ven à la mañana,
Y por igual los hallan mal heridos:
De combatir entrambos tienen gana,
Y defender con fuerza sus partidos.
Juzgóse por mejor cosa y mas sana,
Que fuesen por sentencia convencidos,
Que cierta es à los dos ambos la muerte,
Volviendo á la batalla cruda y fuerte.

Contra alguno juzgar nadie se atreve;
Y siéndoles juez ya señalado,
A entrambos, dice, honra igual se debe,
Y que es cualquiera dellos buen soldado.
Ninguno hay que el decreto desapruebe,
Y asi dice el Juez muy denodado,
"Lo que he dicho, pronuncio y lo sentencio,
Y pongo al caso fin aquì y silencio."

En tanto que esto pasa, presuroso,
Juntando en Ipaneme mucha gente,
Andaba Guayracá muy valeroso,
Astuto, sábio, artero y muy valiente.
En un espeso bosque, deseoso
De librar del cristiano bien su gente,
Compuso una terrible palizada,
De aguas y comidas abastada.

El fuerte fuè con maña fabricado;
A los lados con muchos torreones
Estaba à todas partes resguardado
Con sus trincheas, fosas y bastiones.
Sin duda Satanás ha revelado
A Guayracá el modelo è invenciones,
Que nunca estuvo en Africa ni Italia,
Ni menos en Castilla ni Vandalia.

Juntó para este fin toda la tierra,
E hizo grande junta y llamamiento,
Publica à fuego y sangre cruda guerra,
[pág. 227]Celebra del cristiano el finamiento,
Ofrece en sacrificio una becerra,
Y las cenizas della por el viento
Desparce, por señal y por memoria,
Que contra el Español habrá victoria.

Yaguatatí de presto se le ofrece
Con mas de dos mil indios de su mano:
Por alferez, le nombra, y lo merece.
Con mil indios acude Tanimbano,
El gran Cayapey no desfallece;
Ibiriyù, tambien mozo galano,
Acude aquel con mil menos ochenta,
Estotro con doscientos y cincuenta.

Yacaré y Tapucagn no se quedaron,
Que cada uno trescientos y cincuenta
Traia: de esta suerte se juntaron
Al pié de cinco mil á buena cuenta.
En la estacada y fuerte se encerraron,
Sin que salir alguno se consienta:
Y si salen algunos, muy aína
Acuden à la trompa y la bocina.

Asì con gran contento deseaban
Que venga el español para probarse;
El tiempo, noche y dia lo gastaban
En su estacada, y fuerza y repararse.
La flecha, pica y dardo ejercitaban,
A sus solas procuran ensayarse.
El maracà, bocina, y atambores
Resuenan por el bosque y rededores.[84]

Garay que caminaba, desque llega
Dó se siente esta grita y alboroto,
Atraviesa por medio de una vega,
Hasta dar en un verde y grande soto.
La gente guayracana estaba ciega,
En un momento el campo les fué roto,
Mas viendo las mugeres les llevaban,
Con fuerzas defenderlas procuraban.
[pág. 228]
De temor de la trompa que sonaba,
Y el tropel y ruido del caballo,
La chusma el fuerte ya desamparaba,
Que al español no quieren esperallo.
El Guayraca á los indios animaba,
El español comienza á escopetallo;
Mas tiene tal destreza el perro viejo,
Que á su defensa hallò buen aparejo.

Desde un tronco muy grande desembraza
El Guayraca una flecha, y la ha fijado
En un árbol, pensando que hizo caza
En Garay: una voz ha levantado,
Diciendo, Capitan, desembaraza
El campo, pues ya ves que te he clavado;
Mas Inciso diò al perro por la frente,
Y cae Guayraca luego de repente.

Yaguatatí en un punto embravecido
Como toro muy bravo de Xarama,
Entre los españoles se ha metido,
Y sálele al encuentro Valderrama,
Y Osuna, de los cuales mal herido
Los dientes rechinando, bufa y brama,
Y dice: por matarme satisfechos
No vais; y mete el dardo por su pecho.

Luis Martin, con ànimo lozano
Encuentra à Mayrayú, y de estocada
Por los pechos le hiere, y dá en el llano
El indio, y al caer quebrò la espada;
Que no pudo sacarla el trugillano,
Segun estaba fija y enclavada;
La macana del indio toma presto,
Con que piensa vencer á todo el resto.

Castillo, con su espada, y la rodela,
A diestro y à siniestro và hiriendo;
Cuyapei en herirle se desvela,
Y viendo que le acierta, vá huyendo.
Así como lo vido Valenzuela,
Tras el indio con furia fuè corriendo:
El trueco le dió luego del flechazo,
[pág. 229]Y en tierra le tendió de un pelotazo.

Bañuelos de esta hecha, y Espinosa,
El infierno poblaron de paganos,
Y viendo que la gente temerosa
Discurre sin consuelo por los llanos,
Viniendo ya la noche tenebrosa,
Volvieron al real libres y sanos;
Empero de la sangre que han vertido
Teñido el rostro, manos y vestido.

Este dia vi un indio que llegaba
A mi: con una cruz viene en su mano;
Con muy grandes sollozos me hablaba.
"Por Dios que murió en esta Soberano,
Me dice, ya me val, pues te obligaba
El ser tu mi Señor Arcediano."
Diciendo estas razones se me llega,
Y al caballo y estribo se me pega.

Aqueste en la Asumpcion habia servido
A Bartolomé Barco de Amarilla;
Despues con otros indios se ha huido
Al Obera siguiendo y su cuadrilla;
Y viendose en peligro, ya vencido,
A mi lado se pega y á la silla.
Valiòle el escogerme por padrino,
Que el tiempo le enseñó lo que convino.

El Obera, maldito, dado habia
La cruz à aqueste indio y deputado:
Por sacerdote, y santo le tenia;
Despues de aqueste fui bien informado
De aquellas ceremonias que hacia
Aquel maldito indio y endiablado;
Y como Papa à un hijo intitulaba,
Y al otro Emperador y Rey nombraba.

El uno bautizaba, trastrocando
Los nombres que los indios ya tenian:
El otro los delitos castigando
Andaba, que los indios cometian:
El Obera, su padre, predicando,
Yo ví que unos mestizos le seguian,
Y puse gran calor yo por haberlos,
[pág. 230]Y al fin hube con maña de cojerlos.

Con un muchacho mio, conocido,
Ladino en gran manera y ardidoso,
Enviando à decir como habia ido
De remediarlos estando deseoso:
De Logroño un mestizo fuí creido,
Y á mi toldo se vino muy gozoso;
Tratè de perdonarle si traía
Los otros dos, y al punto lo hacia.

Otro mestizo andaba levantado,
De nacion portugues, y publicaba
Contra el Misterio Santo consagrado
Formadas heregias, que hablaba.
Oyéndole, le dijo otro soldado
Que mirase muy bien lo que trataba,
El cual me diò noticia de este caso,
Y yo salí de casa muy de paso.

De blanco me vestì, y con sombrero
De paja, en mi caballo à la gineta,
Llevando solamente un compañero,
Y cada cual á punto una escopeta:
Espias yó le puse, tan lijero.
Que venida la noche muy secreta,
En un bosque le prendo, y amarrado
A la ciudad le traigo à buen recado.

El que fingìa ser Papa, y compañeros,
Jamas nos esperaron en la guerra;
Que aunque suele traer muchos flecheros
Y sale muchas veces de su tierra,
Por saber ya que son arcabuceros,
En los bosques, y montes bien se encierra.
El Guayraca, que hizo palizada,
Quedó muerto, y su tierra desolada.

Doscientas, ó mas piezas se sacaron
De aqueste asalto, y guerra Guayracana;
Algun tanto con esto reposaron
Los indios de la tierra comarcana:
Los nuestros con contento celebraron
El triunfo de victoria tan galana,
Y à la Asumpcion volvieron victoriosos,
[pág. 231]Alegres, placenteros y gozosos.

Mas no puede durar el alegria,
Que nunca puede haber gozo cumplido:
Pues vemos que al placer dolor seguia,
Y al dolor el placer se le ha seguido.
Decir quiero un motin que sucedìa,
De mestizos malvados mal urdido.
Descanse pues un poco aquí mi pluma,
Y luego lo pondrá en muy breve suma.
[pág. 233][pág. 232]

————————————

CANTO VIGESIMO-PRIMERO.

Puebla Garay á Buenos Aires: levantase en Santa-Fé los Mestizos y eligen por su General à Cristoval de Arevalo; el cual alumbrado de Dios, cortó las cabezas á los principales del motin, y restituyó al Rey su tierra.

————————————

Mi ronca voz desmaya, desque siento
El bravo laberinto en que me meto,
Habiendo de escribir el alzamiento
De la gente soberbia; que prometo,
Que si durára aquel levantamiento
Un mes, todo el Perú fuera sujeto
A la diccion y mando de tiranos,
Con solo la ocasion de estos livianos.

Habiendo de la guerra descendido,
Poblar á Buenos Aires fuè acordado:
De la Asumpcion Garay hubo salido,
De todos adherentes aprestado;
Con él muchos soldados han venido,
Y habiendo en Santa-Fé desembarcado,
Allì estuvieron dias esperando,
Los caballos, que vienen caminando.

Rehecha en Santa-Fé aquesta armada,
Camina á Buenos Aires por el rio,
Tambien por tierra va gran cabalgada
De gente, que no teme sol ni frio:
Y siendo ya la cosa bien guiada,
A pesar de la tierra y su gentìo,
Los unos y los otros allegaron
Al puerto Buenos Aires, y poblaron.

El guaraní penoso està mirando
La cosa como pasa, y determina
En èl, pasado tiempo, imaginando
[pág. 234]El pueblo deshacer con cruda ruina,
La guerra por la tierra pregonando,
La gente se juntó circunvecina,
Y dieron á los nuestros grande guerra,
Los unos por la mar, otros por tierra.

En el puerto el navio surto estaba,
Con balsas y canoas à los lados;
La parte por aquí bien se guardaba,
Que todos bien estaban aprestados.
La gente que por tierra caminaba,
A media noche llega: los soldados,
Que estaban sobre aviso en centinela,
Salieron, y escuchad la escarapela.

Al punto que los indios grita dieron,
Soltaron mucha fuerza de flechazos
Con fuego, y las flechas encendieron
Las tiendas de algodon y cañamazo.
Con presteza los mozos acudieron,
Tirando tan terribles cañonazos,
Que cierto figuraba por el llano
Andar furioso y listo el dios Vulcano.

Tabobà, el valiente y animoso,
Por General venia de esta gente;
Andaba por el campo muy furioso.
A caballo salió muy de repente
Inciso, que en amores venturoso
Ha sido, y en la guerra muy valiente:
A su suegro imitando, en breve pieza
A Tabobá ha cortado la cabeza.

Los indios, como vieron que faltaba
El Capitan que fuerzas les ponia,
Y que el cristiano mucho mas ganaba,
Y su partido de ellos fallecía,
Al son de una bocina que sonaba,
En òrden cada cual se retraia:
Mas viendo que los nuestros les seguian
Sin órden, y con priesa, ya huian.

Habiéndose los indios, pues, huido,
Los nuestros han quedado sosegados;
Las tierras entre sí han repartido,
[pág. 235]Contentos de se ver que están poblados.
A Castilla el navio se ha partido,
Llevando de estas cosas los recados;
De muchos sus maldades y sus tratos
Allá fueron metidos en zapatos.

La nave se partió muy presurosa,
De cueros y de azucar bien cargada;
La gente que và en ella, va gozosa
Con fin de dar la vuelta apresurada.
No và de ingles corsario temerosa,
Que en el aire parece que es llevada:
Con viento sur en popa navegando,
Por cima de las aguas va volando.

La gente, con su pueblo, que ha poblado,
Está contenta, alegre y placentera;
El fuerte tienen hecho torreado,
Muy cerca de la playa y la ribera.
Alegre está este sitio, acomodado,
De vista y parecer en gran manera:
Las cosas se dan todas de Castilla,
Que el temple se semeja al de Sevilla.

Estando la ciudad asì poblada,
La Trinidad por nombre le pusieron,
Y la gente en cabildo congregada,
Alcaldes ordinarios eligieron.
En esto en Santa Fè gran melonada
Se junta de mestizos, y escribieron
A Tucuman, al Abrego, diciendo
Lo que entre ellos andaban mal urdiendo.

Noticia los mancebos han tenido
De aquellas provisiones con que vino
Valero à Cotagayta, cuando ha sido
Despalmada su mula en el camino.
Pues esto, y otras cosas que han sabido,
Les mueven á emprender un desatino,
Tan fuera de razon y tan tirano,
Urdido de un juicio muy liviano.

Venialvo, Gallego, Ruiz Romero,
Y el gallardo de Leiva, muy valiente,
Villalta con Mosquera, compañero,
[pág. 236]A su opinion trageron mucha gente;
El camino, decian, carretero
Es atajar el mal é inconveniente,
Que estamos de Garay muy oprimidos,
Conviene abrir los ojos y sentidos.

Servicio al gran Virrey, dicen, haremos
En prender à Garay malo y travieso,
Y libres deste caso quedaremos,
Si al Virrey le enviamos presto preso.
Del caso à Tucuman avisaremos,
Que no puede venirnos mal suceso:
A Villalta y Ruiz por mensageros
Al Abrego despachan muy ligeros.

Por dos veces ò tres se han carteado,
Y en breve se ha forjado la maraña:
Lo que Abrego con ellos ha tratado
No sé decir, que usò siempre de maña.
Una noche con cartas han llegado,
Y al punto con tirana y cruda saña
Prendieron al teniente, y à Olivera
Alcalde, y à un sobrino del buen Vera.

En casa de Venialvo se juntaron
Con cotas, arcabuces, morriones:
A la gente plebeya convocaron,
Con sus fingidas causas y razones.
Su maldito designo confirmaron,
Vencidos de livianas pretensiones,
Su muger al de Leiva le decia,
Que su pescuezo à esparto ya le olia.

El dice: "como Reyna, espera bella,
Muy rica, muy contenta, y gran señora."
"Al menos no seré, dice la bella,
Contra nuestro Filipo yo traidora,
Muger de traidor, sí: maldita estrella
La vuestra, y desdichada y triste hora,
En que fuistes conmigo desposado,
Pues contra nuestro Rey sois levantados."

Estando de esta suerte rebelados,
Eligen capitan que gobernase,
Y mandan que saliesen desterrados
[pág. 237]Los españoles luego, sin que osase
Quedar alguno, tèrminos pasados:
Y el que tiene muger se la llevase,
Que solos poseer quieren la tierra,
Pues solos la ganaron en la guerra.

Arevalo por todos fué elegido
Por General, caudillo desta hecha;
Y aunque lo recusaba, no ha podido
Dejar de lo aceptar. Si fuè desecha,
No sè: mas ví que, el cargo recibido,
Un bando general y pregon echa,
En que manda que todos se juntasen,
Y municion con armas registrasen.

Acude Venialvo, que lo oyera,
Y con soberbia grande y arrogancia
Al General hablando, asì dijera:
"En eso pongo yo gran vigilancia,
Por ser cosa que à mi perteneciera,
Pues soy Maese de Campo, y la ganancia
O pérdida del campo se me fia,
Como á quien, bien sabeis, pertenecia."

El General responde: "aquel que tiene
Tal cargo, hacer todo lo posible,
En su tanto y manera le conviene."
"Haráse lo que fuere convenible,
Le dice Venialvo, y no le pene;
Y pues que es cortesano y apacible
El vulgo popular, en paz me tenga,
Que contra el Taborlan bastó que venga."

En su falso contento mal habido
Estaban estos tristes, procurando
Sustentar el tiránico partido
Contra quien lo impidiese, batallando.
El inmenso Señor ha socorrido
Con su favor, en muchos inspirando
A conocer el yerro y el engaño
De su gran perdicion y triste daño.

El General con otros, de secreto
Conciertan, y cualquiera bien le ayuda,
Que el remedio se busque mas perfeto,
[pág. 238]Con que al real servicio bien se acuda:
Santa Cruz, un hombre muy discreto,
Ramirez, Aguilera, gran ayuda,
Con Juan Martin, y otros compañeros,
En este caso fueron muy lijeros.

De dos en dos, á un punto, concertaron,
Que acudan á herir á cada uno
De aquellos mas valientes que forjaron
Aqueste rebelion tan importuno:
Y todos juramento se tomaron
Sobre un libro misal, muy de consuno,
De morir, ó matar con propias manos
Al bravo Venialbo, y los tiranos.

Allega el General à la posada
De Venialbo, que estaba descuidado,
Y sale sonriendo á la parada:
Acude Santa Cruz muy denodado,
Y en el cuello le dá una puñalada:
Palabra Venialbo no ha hablado,
Que volviendo los ojos hàcia el cielo,
Al punto se tendiò muerto en el suelo.

La voz del Rey sonó muy prestamente:
Gallego con temor dice á Aguilera,
"Ayudame, compadre, diligente."
Responde, ayudaré de esta manera:
La cabeza le hiende por la frente;
Los sesos salen fuera la mollera;
Y dice: "no no hay compadre en tiranía,
Que el Rey es mi compadre en demasía."

Ramirez acudió y la parentela
Al bravo Leiva: el jóven que dormia
En camisa saliò, que á estar en vela
Mostràra su valor y valentia.
El hilo le cortaron de la tela
Que el triste sin ventura mal tegia.
Su esposa con dolor está llorando,
Y sus rubios cabellos arrancando.

Diego Ruiz, que estaba descuidado,
Oyendo la gran grita y el mormollo,
A la plaza salió, y despedazado
[pág. 239]El un punto le ponen en el rollo.
Era, cierto, valiente y esforzado,
Y bello sin ventara este criollo:
Dañòle al fin la mala compañía,
Que natural muy bueno le tenia.

A Romero en aquesto mal herido,
Al pié del rollo estaban confesando,
Y en breve fuè del rollo suspendido,
Y à priesa à todos juntos cuarteando.
Por el campo y caminos repartido
Los cuartos sean, la causa publicando
Las letras que en los palos se ponian,
Que bien los que pasaban las leían.

El General soltó luego los presos,
Y al teniente le entrega la bandera,
Y hàcele, que forme los procesos,
De como sucediò de esta manera.
Mosquera, como vió tales sucesos,
A Córdoba camina à la lijera.
Rubira à la sazon allí mandaba
Y préndele, y muy presto le soltaba.

Villalta vide yo que se ha escapado,
El que hizo oficio de cartero;
Acòjese á los pies, y en emboscado
Dejó pasar el tiempo carnicero:
Despues en San Francisco se ha encerrado
Tomando al Guardian por su tercero;
Su causa entre compadres fenecida,
Escapa por entonces con la vida.

Algunos mas mancebos presos fueron
Que en aqueste motin fueron culpados;
Procesos contra todos se hicieron,
Mas fueron sobre peine fulminados.
Mosquera, y el Villalta, que huyeron
A Santiago, en mal punto ya llegados,
De su triste desastre dieron nueva,
Y á Lerma de su intento dieron prueba.

El Licenciado Lerma en este punto
Entraba á gobernar en Santiago.
Su venida no saben, y está junto
[pág. 240]Con su gente haciendo grande estrago.
De amigos, y favor está disjunto
El Abrego en aqueste fuerte trago,
Y el Lerma pretendía así cojerle
Porque intencion traía de prenderle.

En el Perú la fama habia volado,
Con falsa presumpcion, ó verdadera,
Que aqueste Abrego estaba medio alzado;
Por tanto viene Lerma á la ligera.
Tomóle de improviso y descuidado,
Que no sé de otra suerte lo que fuera;
Envia seis soldados con su hermano
Antonio Mirabal, el sevillano.

De parte de su hermano le decía,
Que viene á le servir ya proveido
Por mandado del Rey, que acá le envía
Por su Gobernador. Mal lo ha sentido
El Abrego, que á Lerma conocía:
En cólera los dos se han encendido,
Y mientras algun tiempo se gastaba,
El Lerma con su gente ya llegaba.

Sintió, como llegó, que andaba estruendo,
Sonido de arcabuces y gran grita,
Al Abrego prenderle pretendiendo,
El Mirabal, vereis tanto se incita:
El Abrego la fuerza resistiendo,
Que se mete ya en colera infinita;
Estaba el sin ventura ya tan ciego,
Que poco aprovechaba con el ruego.

El Lerma le prendió, y puso prisiones,
Y á aquellos que al presente le ayudaron;
Que poco aprovecharon las razones,
Que en su defensa al Lerma presentaron.
De aqueste trance, bregas, y pasiones,
Algunas pesadumbres se inventaron:
Hernán Mésia y Sotelo aprisionados
Aquí fueron, que dicen ser culpados.

A tal punto, sazon, y coyuntura,
(Que cierto es de notar) llegando nueva
Del motin paragueño y su locura,
[pág. 241]Tomó Lerma el principio de su prueba.
Movióles á venir su desventura
A Villalta y Mosquera. Cuanto deba
Huir de la ocasión quien ha pecado,
A todos la experiencia ya ha mostrado.

Para huir la pena del delito
Que dá Dios al que peca en la otra vida,
Conviene al pecador esté contrito,
Se culpa en confesion sacra plañida.
Mas suele otro castigo: ser inflíto
Por temporal justicia la huida,
Y salto de la mata es el remedio
Mejor, que no meter buenos en medio.

Mosquera se escapó bien de la ira
Y furioso tropel de sus parientes;
Y el triste de Villalta de la dira
Y brava confusion é inconvenientes
Mas ninguno de aquestos ambos mira,
Que huye el peregil, y que en las frentes
De entrambos nacerá con tal cogollo,
Y presto se verá puesto en el rollo.

De Lerma no huyeron la presencia,
Pensando recibir merced cumplida;
El pone en los guardar gran diligencia,
Y su causa y su culpa conocida,
Contra los dos pronuncia tal sentencia:
Que luego les privasen de la vida,
En el rollo fijando sus cabezas,
Y los cuerpos en palos hechos piezas.

Por indicios y causas que no cuento,
Que de estos los procesos estan llenos,
Al Abrego dá Lerma gran tormento
Con otros que no estaban muy agenos
De saber sus secretos: mas no siento
Los secretos si malos son ó buenos,
De Santa-Fé el motin bien impidiera,
El Abrego, se dice, si quisiera.

Murió á cabo de dias, y no habia
El Lerma su negocio fenecido;
Despues que muerto fué, se fenecía,
[pág. 242]Y el negocio á los Charcas há salido,
El Audiencia lo hecho rescindía.
Hernan Mesía y Rubira han recibido
Contento con Sotelo, y se holgaban,
Por ver como por libres ya les daban.

Yo, cierto, que entendí de esta reyerta
De Santa-Fé algun tanto, y de aquel hecho
Por cosa averiguada tengo y cierta,
Que hizo Lerma en ir grande provecho:
Que en ver allá que estaba allí á la puerta,
Quien guardar procuraba el fil derecho;
La canalla Argentina reposaba,
Y el nombre de Fílipo celebraba.

Verdad es, que hay tambien otros quejosos,
Que dicen, por se ver muy afligidos,
Negocios de este Lerma escandalosos;
Mas eran enemigos conocidos,
Y á veces suele haber casos forzosos,
Que obligan á los hombres entendidos
A dar en Scyla de ojos, procurando
A Caribdis huir, que está esperando.[85]

Victoria en esto viene, por prelado
Envía á su Dean que administrase,
(En tanto que el entraba) el obispado,
Y á Lerma le encargó le regalase.
El hácelo. ¡Cuan poco que ha durado!
Que no quiso el Dean mucho durase;
Que cierto el Lerma bien le regalaba
En su casa, y con honra le trataba.

En breve comenzaron de trabarse
Con chismes, y otras muchas niñerias;
El Dean deseaba señalarse
Con grande presumpcion y boberias;
Mas no le deja Lerma aventajarse:
"No es justo que suframos demasias,
Le dice: Padre, tenga sufrimiento,
No haga salga el hombre de su tiento."
[pág. 243]
Y luego, dice: "muestre los recados,
Que tiene por dó firma Licenciado,
Y de Dean tambien, pues prebendados
Nombrar solo á sí el Rey se lo ha dejado."
Estando sobre aquestos muy trabados,
La cosa á tal estremo hubo llegado,
Que por fuerza el Dean se determina
Partir para el Perú, y ya camina.

A Esteco se partió con gran enojo,
Que á su partir la fuerza le obligaba;
El Bachiller García diera un ojo
En trueco, por no ver lo que pasaba.
La barba, como dicen, en remojo
Echó, por ver la de otro se quemaba;
Con el Dean se vá, porque temía
Que lo propio será de él otro dia.

Dejemoslos hacer, que yo bien fio,
Que presto pagarán cierto el escote,
Que es gente aparejada á desvario,
Y andan, como vemos, muy de trote:
Y tratemos ahora del gran brio
Del capitan Francisco, crudo azote,
Que viniendo siguiendo su camino,
Del estrecho ha tomado el Argentino.

Y pues se han de contar maravillosas
Hazañas del cosario mas grandioso
Que escriben las historias mas famosas,
Y mas determinado y venturoso,
Conviene que pongamos tales cosas
En un canto por si maravilloso,
Pues puso en maravilla á nuestra España
El capitan Francisco y su hazaña.
[pág. 245][pág. 244]

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CANTO VIGESIMO-SEGUNDO.

Viene y atraviesa el Estrecho el capitan Francisco Drake. Prende Lerma al Dean y religiosos en Tucuman. Tiembla, y húndese Arequipa. Sucede la dolorosìsima muerte de Gil Gonzalez en Mizque.

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No es justo al enemigo que tenemos
Celarle sus hazañas y sus hechos,
Ni dejar de decir lo que sabemos,
Que envidia es quitarle sus derechos:
Y mas que en esta historia pretendemos
A la verdad mirar, no á los provechos,
Ni vanas pretensiones; pues la nuestra
Es daros, mi Señor, de verdad muestra.

Y así justo será que por olvido
No deje yo á Francisco y su gran hecho,
Pues que en aquestos tiempos ha venido
Al Perú de su tierra muy derecho,
Y como el Argentino conocido,
La vuelta vá siguiendo del Estrecho;
Contando en breve suma esta hazaña,
Que es digna de contarse por estraña.

Aqueste inglés y noble caballero
Al arte de la mar era inclinado,
Mas era que piloto y marinero,
Porque era caballero y buen soldado.
Astuto era, sagaz y muy artero,
Discreto, cortesano y bien criado,
Magnánimo, valiente y animoso,
Afable, y amigable y generoso.

Mas, como lo mejor y necesario
Le falta, que es amor de Jesu-Cristo,
Emprende de hacerse gran cosario,
Y fúelo tal cual nunca se hubo visto.
De su tierra salió este adversario
Con armada muy fuerte, y vino listo
Por nuestra mar del norte navegando,
[pág. 246]El Magallano estrecho demandando.

El Argentino toma, pretendiendo
En él hacer aguage de camino:
Del Estrecho la vuelta va siguiendo;
Un temporal deshecho sobrevino,
Con fuerza sus navíos sacudiendo:
El huracan, tormenta, torbellino,
A la costa una nave sin antena
Entregan desrumbada en el arena.

Tomando, pues, su gente el Luterano
En una sola nave, con osado
Y valeroso pecho, y viento sano
Al puerto de Leones ha llegado.
Sintiendo en su favor su suerte y hado,
El Estrecho embocò con buena mano,
Y en breve al mar del sur sale triunfando,
La tierra firme en Chile costeando.

La costa y tierra toda estremecía,
Las nuevas por los aires retumbaban,
La gente de los indios se temía,
Que muy mal se sonaba que hablaban.
Francisco con gran gozo y alegría
Navega, que los vientos le ayudaban:
A dos navios pequeños ha encontrado,
Y aquello les quitó que le ha agradado.

En Arica llegando placentero
A Roca le tomó su navichuelo;
Al triste que perdiera su dinero
Yo le ví lamentar con grande duelo.
El navío del Rey salió primero
Con la plata, á Arequipa va de vuelo,
Pues á Valencia, Arica cupo en parte;
Y oid del Trugillano su buen arte.

En Arica regia este la costa,
Dó viendo que el Ingles viene con brio,
A Arequipa despacha por la posta,
A que saquen las barras del navío.
Si no hacen aquesto entrará en costa,
Que Francisco llegó con grande pío,
Y entrando en el navío no ha hallado
[pág. 247]Las barras, que en el agua se han echado.

El navío de Arica habia partido
Con las barras del Rey: con el aviso,
De Valencia en el agua se ha metido,
De que el Ingles se halla allí á repiso:
Y como en el secreto no ha caido,
De Arequipa se parte de improviso,
Al viento dando velas, porque estima
En gran precio tomar puerto de Lima.

A Lima se despacha mensagero
Por tierra á Arequipa: mas allega
El Ingles al Callao de primero,
Sin combate de mar y sin refriega:
El puerto reconoce placentero,
Y á las naves y barcos bien se pega,
A vista se nos pone y hace fieros,
Y en tierra algunos buscan agujeros.

En breve se conoce ser cosario.
Don Francisco Manrique á caso estaba
Aquí con su muger; el adversario
A media noche en punto se llegaba
Al puerto, donde fué muy necesario
Un caso, que diré que allí pasaba,
Que mechas de sus tocas ví hicieron
Las damas, y en lo alto las pusieron.

Doña María Cepeda con Mencia,
Su bella hermana, dicen á Manrique,
Que mechas encendidas convenia
Se muestren, y campana se repique.
El buen factor lo hace, y luego envia
Persona que al Virrey lo signifique,
Que tienen enemigos en el puerto,
Sin saber quienes son cosa de cierto.

El de Toledo á priesa hace gente,
Tocábanse las cajas y campanas,
Y con temor y miedo al mas valiente
Vereis cargar de hierro y partesanas.
El subito temor tan de repente,
Causaba andar las gentes como insanas:
Y como de este caso en duda estaban,
[pág. 248]Con pequeño momento vacilaban.

La turbacion y priesa yo decilla,
Aunque quiera hacer un largo canto,
No podré: cabalgaba uno sin silla,
El otro aunque con silla con espanto,
El otro iba sin freno en su baquilla,
El pecador temía, y el mas santo:
Al fin todos estaban temerosos,
Y de futuros males recelosos.

Los negros la ocasion consideraron,
Y acuerdan entre sí un ardid famoso:
Los frenos á sus amos les hurtaron,
Ardid sutil de guerra y peligroso.
Entre ellos el concierto fabricaron,
Con animo maldito y alevoso,
Pensando que Francisca allí viniera,
Y en libertad á todos les pusiera.

Sus amos los caballos ensillaban
A gran priesa, de miedo todos llenos,
Y las espuelas calzan, y tomaban
Las lanzas en las manos: mas los frenos
No hallan, aunque mas los procuraban;
Que fué concierto hecho de morenos,
Que al blanco tienen tantos desamores,
Cuanto son diferentes las colores.

San Juan de Outon, navio muy nombrado,
Con la plata del Rey habia salido;
En breve el Luterano le ha alcanzado,
Y como de improviso le ha cogido,
Y el viento en aquel punto le ha faltado,
De su fuerza escaparse no ha podido:
A su diccion y mando le sujeta,
Y tomando la plata luego aprieta.

Aquesta fué la presa mas famosa,
Y robo que jamas hizo cosario:
Su hambre, tan canina y tan rabiosa,
De plata bien hartó aqueste adversario.
Que es cosa de decir muy mostruosa,
El número de plata, y temerario
Negocio nunca visto ni leido,
[pág. 249]Que á cosario jamás ha sucedido.

Sin aquestos navios que he contado
De Chile, y en Arica al de la Roca,
Otros tomó tambien, que hubo encontrado
En los puertos sin gente y fuerza poca.
Despues á los Malucos engolfado,
A Tidore y Ternate presto toca,
Y junto á Gilo Gilo toma puerto,
Que llena su navío todo abierto.

En una isla pequeña despoblada
Saltando, un fuerte hace de repente:
La gente Lusitana congregada
Le envía á ofrecer alegremente,
Que de ellos ha de ser muy regalada,
Que lleve donde estan toda su gente.
No quiere sus regalos, les responde,
Y la plata só tierra bien la esconde.

El Rey de Gilo Gilo, el de Ternate,
Y Tidore con otros comarcanos,
Tuvieron con Francisco gran rescate;
De Seta aquestos son Mahometanos,
Tenian por entonces gran combate
Y guerra contra nuestros Lusitanos:
Ayuda les ofrece el Luterano,
De allá de la Inglaterra por su mano.

Con esto en breve pone en astillero,
En esta isla que he dicho, un buen navío.
Salió recio, veloz y muy velero,
En todo le ayudando aquel gentío.
De como allí llegó, al mes tercero
Dió velas á su nave con gran brio;
La costa de la India va bojando,
Y al mar del norte el rumbo enderezando.

En èl entrando rico y poderoso,
En sí mismo pensando su ventura,
Con ánimo gallardo y valeroso,
Que cierto le tenia de natura,
Navega muy alegre y muy gozoso,
Sin miedo que le venga desventura,
Que va de su ventura confiado,
[pág. 250]Y el navío de barras bien lastrado.

Sarmiento en este tiempo se ha ofrecido
A embocar el Estrecho hácia España,
De Don Francisco fué favorecido,
Que se juzga esta cosa por estraña.
En su lugar y tiempo referido
Será aqueste negocio, y la maraña,
Que sin concierto y órden mal urdia,
Por donde mucha gente se perdía.

Volver á Lerma quiero. Tiene aviso
Que en Esteco el teniente mal se habia
Con el Dean; por tanto de improviso
A Mirabal su hermano luego envía.
El Mirabal aquesto solo quiso
Por achaque tomar, que aborrecía
Al pobre del Dean, de quien es fama,
Que toda la revuelta forja y trama.

En la Merced estaba recogido
El Dean D. Francisco de Salcedo,
De dó con dos ò tres hubo salido
En busca del teniente. No está quedo
El bachiller García, que ha venido
Con grita, barahunda, y mal denuedo;
Mas no hallando en casa al Benavente,
A la Merced se vuelve aquesta gente.

De los de la revuelta un conocido,
Que por nombre Felipe se decia,
A quien la justicia hubo querido
A Castilla enviar, pues convenia;
La culpa principal aquí ha tenido,
Que por costumbre vieja lo tenia;
Y de su mal vivir quiera dolerse
Nuestro gran Redentor, y él condolerse.

Al de Toledo aqueste, falseado
La firma, dicen, hubo con gran maña;
Y siendo su negocio comprobado,
Embarcarle quisieron para España.
A galeras estaba condenado,
Que fuè su culpa en forma muy estraña:
Mas tuvo tal industria este mestizo,
[pág. 251]Que el juego, como dicen, maña hizo.

Al Audiencia de Charcas despachados,
Por Lerma fueron presto ya los presos,
Con papeles y causas y recados,
Formados á la larga los procesos.
Tambien salieron otros condenados
A galeras, por ser hombres traviesos:
Hernan Mesia, Sotelo con Rubira;
Su causa en el Audiencia bien se mira.

De ver era en la Plata las dicciones
Que habia de este caso, y pareceres:
Aquí vereis juntar conversaciones
De toda suerte de hombres y mugeres,
Soldados y vecinos en cantones,
Ni se trata de plata ni de haberes,
De solo Lerma ví tantas sentencias,
Cuanto eran de cabezas diferencias.

Tardéme yo en venir algunos dias,
Y estaba ya el negocio reposado,
Con todo algunos tienen sus porfias,
Que no les era el caso bien contado.
Que aunque hubo en el negocio demasias,
En parte fué muy bueno y acertado,
Que obligan los delitos muchas veces
A salir de medida á los jueces.

En Arequipa en esto ha sucedido
Una cosa muy triste y repentina,
Y tanto, que yo vide conmovido
Al Perú con dolor de tan gran ruina.
Y pues de lamentar tanto ha sabido
Desde su fundacion nuestra Argentina,
Lamente aqueste caso lastimero,
Que por famoso aquí contar le quiero.

Habia un gran presagio sucedido,
Que oyeron por los aires tintinando
De cajas y atambores gran ruido,
Que en concertado son iban sonando.
Cometas por el cielo han parecido,
Que acá y allá contino andan errando:
El aire obscurecido y tenebroso,
[pág. 252]Promete fin horrible y espantoso.

Estando el pueblo alegre y descuidado,
En sus casas comiendo cada uno,
Con un furor horrible desfrenado,
Se forma un tal temblor tan importuno,
Que sale cada cual desatinado,
El remedio buscaban oportuno:
Y huyen, no esperando el hijo al padre,
Ni al hijo su querida y dulce madre.

Amigos á otros fueron muy propicios
En este aprieto, dandoles ayuda:
Caíanse los fuertes edificios,
Que muy poco el cimiento les ayuda.
Con la puerta, que queda sobre quicios,
Aquel que mas no puede bien se escuda,
En tanto que el umbral no se hundía,
Y viene todo allí de Romanía.

El triste, que procura de la tienda
Librar lo que ha ganado con trabajo,
Perece con su mísera hacienda,
Quedando por sacarla de debajo.
Muy larga se le hace aquí la senda
Al que es gordo y pesado, y tiene bajo;
Que el mas suelto y ligero mas corria,
Y de su ligereza se valía.

Trecientas y mas casas se cayeron,
Y templos muy lucidos y labrados,
Y mas de treinta hombres perecieron,
Sin indios só la tierra sepultados.
De espanto y miedo algunos se murieron,
Cayendo de su estado desmayados;
Que viendo se hundia tierra y suelo
Pensaban se venia abajo el cielo.

A mediodia sucede; que si fuera
De noche aquesta ruina dolorida,
Sin duda mucha gente pereciera
Sin poder escaparse con la vida.
De su casa salir nadie pudiera,
Que le fuera imposible la salida:
Pues era tan dificil con luz clara,
[pág. 253]¿Qué fuera, si de noche les tomára?

Una boca terrible y espantosa
Está junto á Arequipa, ¡ó Dios Eterno!
Que vos hicisteis cosa tan mostruosa,
Que bien se dice boca del infierno.
Aquesta dicen fué causa forzosa
De aqueste terremoto, y que el caverno
Con furia levantó la gran tormenta;
Aquel volcan azufre y fuego avienta.

Pues no bastó el temblor tan espantoso
Para que una mestiza se enmendase,
Que fraguado tenia un mal famoso,
Que quiso de su mal fama durase.
La triste, no pudiendo ver su esposo,
El Diablo la aconseja le matase,
Pensando desposar ella consigo
A un mozo que tenia por amigo.

Al cual de su propósito maligno
La moza le dá parte placentera:
El mozo en el concierto luego vino,
Que amaba á la mestiza en gran manera.
En una huerta está junto á un camino,
En medio de un vallado, una higuera:
Aquí, despues de muerto, le han colgado,
Fingiendo que murió desesperado.

La moza le ahogó, cuando dormia,
Con un lazo y cordel muy corredizo:
Con ella está presente, que lo via,
El nuevo sucesor, y mal mestizo,
El cual al muerto luego suspendía.
El ruido que forman es hechizo,
Celando, y encubriendo su contento
Con un fingido y falso sentimiento.

Al tono de este caso doloroso,
Diremos otro aquí mas lamentable.
En Mizque, valle fertil, provechoso,
Dó Baco tiene asiento favorable,
Estaba Gil Gonzalez, hombre honroso,
A su esposa y muger muy amigable:
Al parecer tambien ella le amaba,
[pág. 254]Y como á su marido regalaba.

Catalina, verdugo sin consejo,
Ingrata á tanto bien como tenia,
Habiendo muerto el padre, como viejo,
Con el marido á veces mal se habia.
Matarle determina: el aparejo
En un mozuelo halla, á quien quería
En un supremo grado; de tal suerte,
Que á todos tres causó su querer, muerte.

En casa le tenian hospedado,
Nacido era en la villa de Oropesa;
Del pobre Gil Gonzalez regalado,
Comiendo de ordinario en propia mesa;
Empero de sus padres mal criado,
Y así de condicion mala y aviesa,
Por sus grandes delitos y malicia
Desterrado le habia la justicia.

Conciertan, pues, los dos quitar la vida
Al pobre, que vivia sin recelo:
El Juan Rodriguez dióle una herida,
De que cayó el Gonzalez en el suelo.
La maldita verdugo, luego asida
Del triste que la pide á ella consuelo:
"No es tiempo ya, le dice, perro perro."
Y el mozo por la llaga mete hierro.

Espira el sin ventura sollozando,
Diciendo: "¿muger mia, qué os he hecho?"
La verdugo cruel le está arañando
El rostro y el pescuezo con el pecho.
Fingiendo que se duele, esta gritando,
Y su marido, dice, que del lecho
Cayó, con un dolor crudo muy fuerte,
Con ansias revolcando de la muerte.

Los lutos se sacaron con contento,
Las lágrimas son risas de heredero
Y muy de presto ordenan casamiento,
Por mas presto venir á pagadero.
A penas se acabó el enterramiento
Desposanse los dos: el paradero
Fué muerte acabadora de contentos,
[pág. 255]De bienes y de males, y tormentos.

¡O cruda ingratitud, tan celebrada
De hembras por el mundo, como vemos:
Es posible, que siendo tan usada,
Jamas de su rigor huir podernos!
La culpa nuestra bien está probada,
Pues de muger sabido ya tenemos,
Que no puede regirse por consejo,
Pues tiene de razon poco aparejo.

Vereis que al parecer muy tiernamente
Os aman por extremo sin medida,
Y al contrario vereis muy de repente,
Que sois la cosa mas aborrecida
Que se puede hallar entre la gente.
Aquesta usanza bien es conocida.
Por dó decir podremos, de la hembra
Mudanza cojerá quien amor siembra.

Fiad de la muger, por vida mia,
Vereis cuan mal acude la fianza.
Si acaso es principal y de valia,
Contino está pensando en su mudanza:
Siendo de baja suerte, noche y dia.
Pues ¿quien tendía en muger ya confianza,
Sabiendo que en su pecho está estampada
Y al vivo la mudanza retratada?

Y si alguna excepcion hallar queremos,
No es justo la busquemos en la tierra,
Que no se hallará, aunque trabajemos,
Que á firmeza interes presto destierra.
En el Perú aquesto bien podemos,
Probar, que árbol alguno no sotierra
Sus raices, aunque sea de grandeza;
Pues, ¿como la muger tendrá firmeza?

Catolica y beata gran corona
De exemplo y de virtud, Reina Isabela,
De quien su eterna fama bien pregona,
Que sobre el candelero fué candela:
Dijistes, gran Señora, á una persona
(Quien hay que de tal cosa no se duela)
De firmeza no habrá solos matices,
A dó el árbol no cubre sus raices.[86]
[pág. 256]
No es justo ya tratar mas de firmeza,
Mayormente de damas, pues por gala
Ya tienen la mudansa, y por bajeza
Entre ellas ya se juzga, y cosa mala
Guardar la fé al galan, que es gran proeza,
Echarle al mejor tiempo en hora mala:
Que en remedio de amores han leido,
Que al amor, nuevo amor ha socorrido.

Y porque disgustudas mas no sean
Las damas de este canto y de mi rima,
El siguiente les pido yo que lean,
Que en él he de tratar cosas de Lima.
A vueltas del Concilio quiero vean,
Que hay en el Perú damas de estima;
Que no es en esta historia mi designo
Quitar de su valor al rubí fino.
[pág. 257]

————————————

CANTO VIGESIMO-TERCIO.

Trátase del Concilio que se congregó en Lima, y de las galas de aquella ciudad, y de dos temblores gravísimos que en ella sucedieron.

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Quisiera que el estilo de mi rima
Subiera de repente de su punto,
Al Cielo levantando bien la prima
En solo este brevísimo trasunto.
Por poder escribir lo que ví en Lima,
Al tiempo que el concilio estaba junto,
De siete Obispos graves de consejo,
Y el Arzobispo Alfonso Mogrovejo.

Como por nuestro Rey se desease
El bien de la República Cristiana,
Por que el negocio bien se reformase
En este nuevo orbe, y tierra indiana,
Ordenó que concilio se juntase,
Premisa autoridad, santa, romana,
De tierras muy longincuas los prelados
En breve tiempo fueron congregados.

El muy docto Lartaun ha venido
Del Cuzco, y de Quito el sábio Peña;
De Santiago de Chile, uno nacido
En Medellin, lugar, tierra estremeña.
El grave San Miguel, muy entendido,
De la rica imperial ciudad Chilena;
De Tucuman, Victoria lusitano,
A quien fortuna dió en breve su mano.

D. Alonso Granero, muy prudente,
Que de antiguos Toledos descendía,
Tambien se halla en Lima, aunque doliente,
Que listado de gota, se sentia.
Del Paraguay electo de presente
Obispo está, que Guerra se decía:
En este consistorio congregado
[pág. 258]Preside el Arzobispo ya nombrado.

Edictos se publican, que viniesen
A pedir su justicia todas gentes,
Y que en Concilio luego pareciesen
Cualesquiera que fuesen delincuentes,
De estado eclesiástico, si fuesen,
Y tuviesen tambien inconvenientes,
De religion dejada, ó dimisoria,
A todos se despacha compulsoria.

Parecen en Concilio, demandando
Del Cuzco, con algunas ocasiones,
Contra el Obispo algunos, informando
De su justicia, causas y razones.
Ibase este negocio encadenando
Por muchos que los guian sus pasiones:
De aquí nace discordia entre prelados,
Y falsas opiniones de letrados.

Un Lucio, en los derechos graduado,
Amigo mas del tuerto que el derecho,
Al Arzobispo trajo alborotado,
Con su mala intencion y duro pecho.
Del Cabildo del Cuzco es abogado,
Y piensa mejor hacer así su hecho:
El Concilio rescinda, le decia
Al Arzobispo, que así le convenia.

Con este parecer muy conmovido,
Procura el Arzobispo que cesase
El Concilio, diciendo que ha perdido
Al Virrey, que esperaba le ayudase.
Don Martin en aquesto fenecido
Habia, que Dios quiso que llegase
Su fin, digno de lágrimas y lloro,
Porque perdió el Perú grande tesoro.

Tenia en el Virrey gran confianza
La gente, que al del Cuzco perseguia;
Temiendo del de Cuzco la pujanza,
Al Arzobispo el Lucio le traia
Muy ciego, por tener de él confianza;
Y así cuanto le dice lo creia.
Por su mal parecer y mal consejo,
[pág. 259]Al Concilio no viene Mogrovejo.

Los Obispos aquí le requirieron,
Que al Concilio presida, como suele,
A la iglesia los cuatro se vinieron:
Al Lucio le conviene ahora que vele;
Entre él y el Arzobispo respondieron.
El alma y corazon á todos duele,
Por ver tal disencion así trabada
Entre Obispos, por Lucio encadenada.

En contra á San Miguel bien se mostraba
Del parecer de todos los prelados:
Al Arzobispo él solo se juntaba;
Mas á aquellos que fueron congregados,
El Arzobispo presto excomulgaba,
Y en tablillas los pone declarados.
En aquesto el de Quito muerto habia,
Y Granero de gota padecia.

Quien vido la ciudad alborotada,
Metida en pareceres diferentes,
Al Audiencia la causa fué llevada,
Para cortar el hilo á inconvenientes.
El Audiencia Real, bien informada,
Y letrados famosos y sapientes,
Rescindieron los autos actuados,
Y así presto ya han sido congregados.

Tornáronse á juntar como solian,
Hacièndose Concilio cada dia:
En tanto que negocios fenecian,
La ciudad del comer se encarecia,
Porque de todas partes acudian,
Segun á cada cual le convenia:
Los unos, sin llamarles, son venidos,
Los otros á mal grado son traidos.

Las damas ví que estaban muy quejosas,
Diciendo, que con ellas se ha mostrado
El Concilio con leyes rigurosas,
Que el uso de rebozos ha quitado.
En Lima vereis damas muy costosas
De sedas, tramasirgos y brocados
En las fiestas, y juegos arreadas,
[pág. 260]Mas los rostros y caras muy tapadas.

Por las calles y plaza á las ventanas
Se ponen, que es contento de mirarlas:
Con ricos aderezos, muy galanas,
Y pueden los que quieren bien hablarlas,
No se muestran esquivas, ni tiranas,
Que escuchan á quien quiere requebrarlas,
Y dicen só el rebozo chistecillos,
Con que engañan á veces á bobillos.

De aquesta libertad y gran soltura
El Limense Concilio fué informado:
Queriendo reformar esta locura,
Y abuso tan pestifero y malvado,
Publica con rigor una censura
Só pena de la cual les fué mandado,
A las damas sus rostros descubriesen,
A al menos á las fiestas no saliesen.

No fué poca la pena que sintieron
Las damas, de se ver así privadas
Del rebozo, por donde se estuvieron
En sus casas algunas encerradas.
Al fin de aquesta suerte obedecieron
Las unas, mas las otras destapadas
Salieron á las fiestas muy costosas,
Pulidas, y galanas y hermosas.

Tan bien aderezadas y vestidas,
Y con tanto primor y bizarria
En Lima andan las damas, y pulidas,
Que en corte de Castilla se tenia
En estima, basquiñas guarnecidas
De mucho oro, y de fina pedreria.
Doña Bernarda Niño una bordada
Sacó, que en tres mil pesos fué apreciada.

Aquesta sobre todas se señala
En costoso aderezo de vestido,
De Aliaga, Beatriz, lleva la gala
En discrecion, aviso y buen sentido:
Tambien la que no tiene cosa mala,
Ni menos bueno que ella, su marido,
Dá lustre, con su lustre en toda Lima,
[pág. 261]Doña Maria Cepeda, de alta estima.

Estaba con la lírica Diana,
Doña Mariana bella, muy gozosa
La corte de los Reyes, y aun ufana;
Mas la muerte con ella fué envidiosa.
Dejónos otra ninfa, tan galana,
Discreta, buena, rica, y tan hermosa,
Que puede allá en el cielo ser lucero,
Doña Juliana es Puerto Carrero.

Doña Beatriz la Coya en esto ha ido
A Lima, dó se halla gran Señora,
Por haber el bautismo recibido:
Bien muestra ser del Inca sucesora.
Al muy sábio Loyola por marido
Le cupo, de quien es merecedora.
Doña Luisa estaba cerca de ella,
De Ulloa compañera, clara estrella.

Dejemos de contarlas una á una,
Porque era menester un largo canto,
Y mas que en todas ellas no hay alguna,
Que no tenga mil gracias; y esto tanto,
Que pára á media noche allí la luna,
Y el sol á medio dia, tanto cuanto
Por cobrar nueva luz y resplandores
De las damas de Lima y sus primores.

Pues oigan los galanes amorosos,
Y templen su contento. En Chuquiago
Sucedió en estos tiempos tan gozosos,
Un estraño prodigio y gran estrago.
Por cima de unos cerros barrancosos,
Arrancando del todo un grande lago,
Un terremoto súbito lo avienta,
Y en otro lugar nuevo lo aposenta.

La tierra, por tres partes diferentes,
Se abrió con espantable fortaleza,
Y por las aberturas y vertientes
Salía con furor gran espeseza
De polvo, y de pedrisco, que á las gentes
Mataba sin piedad esta maleza:
Un indio se salvó de este pedrisco,
[pág. 262]Quedando sin lesion encima un risco.

Por una parte y otra el terremoto
Con gran furia pasó, quedando aislado
El indio de rodillas, muy devoto,
Sin ser del terremoto maculado.
Cual suele temeroso por el soto
La huida buscar ciervo ó venado
Cuando oye el arcabuz, así buscaba
El indio por donde ir, mas no lo hallaba.

Libróle al fin el risco y el barranco,
O por mejor hablar, el Poderoso;
De la muerte á la vida dió un gran tranco,
Contándose despues por muy dichoso.
Mas un pueblo que llaman Anco Anco,
Aquí hizo su fin muy lastimoso,
Que un cerro encima dél vino cayendo,
Y debajo la gente de él cogiendo.

Murieron cuatrocientos naturales
En solo aqueste pueblo, en despoblado
Murieron otros muchos, y animales
Silvestres, y domèstico ganado.
Con estos terremotos y señales,
Al pueblo y Perú ví desconsolado,
Y muchos dicen, ya quiere acabarse
El mundo, y el juicio apresurarse.

Y no se quedò Lima sin su suerte
De pena en este tiempo semejante,
Que un terremoto grande, crudo y fuerte
Sucede una mañana en un instante:
No hay hombre que à salir de casa acierte,
Y aquel que corre mas sale delante;
No espera la muger á su marido,
La madre deja al hijo muy querido.

De casa habia salido muy temprano,
Porque en diciendo misa me ocupaba
En concilio, por ser Arcediano.
Mi mula de repente apresuraba,
Corriendo, y en pararla me era en vano,
Que el miedo del temblor la desquitaba:
Corriò con las orejas aguzadas,
[pág. 263]Y ainas me quebrára las quijadas.

Un ruido el temblor causó tamaño,
Que los cabellos todos erizaban:
Negocio de contarse por estraño,
Que las paredes ví se meneaban;
Y sin que recibiesen algun daño,
Temblando de tal suerte, al fin quedaban
En su ser, aunque algunas se cayeron,
Y à sus dueños debajo los cogeron.

Un caso contarè yo verdadero,
Que casi me reí, que aqueste dia
Corriendo por la calle vi un barbero,
Que al punto del temblor sangrado habia
A un hombre, que tras él saliò ligero,
Aunque la sangre roja le salia:
El barbero perdió aquí su lanceta,
Y al enfermo el temblor la vena aprieta.

De ver era mirar como salian,
Con mil disfraces hombres y las damas,
Que aquel punto los indios se vestian,
Los otros aun se estaban en sus camas.
Algunas sus afeites se ponian,
Sirviendo estaban mozas á sus amas,
Y dejarlas huyendose á la calle
A dó salen tras ellas de mal talle.

Las unas en camisa, desgreñadas,
Las otras dando gritos, mal cubiertas;
Las otras medias caras afeitadas,
Caidas, desmayadas à las puertas:
Las otras con sus hijos abrazadas,
Vencidas del temor, y medio muertas.
Al fin pasó el temblor, aunque turbada
Quedò la gente toda y espantada.

En este tiempo, dia señalado
De la Asumpcion sagrada de María,
El Sínodo Limense, que ha durado
Un año, que se cumple en este dia,
Con gran solemnidad ha publicado
Una sesion, que en suma contenía,
Que el Sínodo pasado se tuviese
[pág. 264]Por rato, y como tal se obedeciese.

Y que los indios todos, doctrinados
Con gran solicitud y diligencia,
De aquì adelante fuesen, y enseñados
Aquello que conviene á su conciencia.
Los sacramentos sean ministrados
Segun capacidad é inteligencia;
Al indio procurando dar comida,
Que pueda conformar con su medida.

Tambien otra sesion fué publicada
En el mes de Setiembre, octavo dia,
En que fué la desorden reformada
De tratos y contratos que ante habia.
Aquesta sesion toda fué apelada,
Que aquesto, y otras cosas contenìa,
Que no daban buen gusto à los granjeros
Que escuecen los negocios verdaderos.

A veinte dos del mismo publicaron
Otra sesion de cosas provechosas,
Tambien de todas ellas apelaron,
Diciendo ser sus penas rigurosas.
Mil dares y tomares se pasaron
En este tiempo, y cosas trabajosas,
Que el pueblo deseaba se acabase
El Concilio, y mas tiempo no durase.

En el siguiente mes fuè rescindido
El Concilio, que gran tiempo ha durado.
Apelado por todos luego ha sido,
Que contra sí lo juzgan agravado;
Y pues que à nuestra España fué venido,
No quiero mas decir que estoy enfadado,
Dejando sus sesiones y conceptos
Al juicio de buenos intelectos.

Gran consuelo recibe Lima toda
En ver que ya el Concilio se acabase,
Que dó quiera la gente se acomoda
Mejor, si menos es, y que faltase
Temian cada rato, como en boda
Dó mucha gente hay, y se gastase
El pan, y vino y carne, que mil gentes
[pág. 265]Acuden al Concilio diferentes.

Y no holgué yo menos de esta feria
Salir, que me cabia mucha parte,
Y así en el Concilio mi miseria
Gasté con mi pequeña industria y arte:
Por dó me ví en pobreza, y gran laceria,
Mas nunca jamas pude yo olvidarte
España, dulce amiga, cuyo hipo,
Me trajo sin sosiego, y el Filipo.

Y viendo mi pretenso se alejaba,
Por no tener con que volver à verte,
De mi poca ventura me quejaba,
Y à veces deseaba ver la muerte.
Cuando mas descuidado y triste estaba
De ver algun remedio de mi suerte
La Inquisicion me hizo comisario,
Y el Obispo de Charcas su Vicario.

Con esto subo arriba, dó veremos,
Lo que en el Argentino ha sucedido,
Y à nuestra musa ruda lo diremos
No diga le entregamos ya al olvido.
Del buen Sotomayor recontaremos,
Como con Don Diego Flores ha venido,
Del sin ventura pobre de Sarmiento,
Y de su vano y loco pensamiento.
[pág. 267][pág. 266]

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CANTO VIGESIMO-CUARTO.

En este canto se cuenta de la ida de Sarmiento á Castilla por el Estrecho de Magallanes, y de la venida de Diego Flores al Brasil, y D. Alonso de Sotomayor á Chile por el Argentino; y de la muerte del capitan Garay, y del Gobernador Mendieta.

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De escarmentados, dicen, los arteros
Se hacen: nuestra madre la experiencia
Nos presenta los casos verdaderos,
Que muchos no alcanzaron por su ciencia.
Pilotos, y muy buenos marineros
Tenian entre sí gran diferencia;
Del Magallan Estrecho el Perù estaba
Seguro de pensar se navegaba.

Francisco, como dije, la atraviesa,
Y en Lima dió rebate al de Toledo:
El descuido no dió lugar á priesa;
Causò tambien su parte el grave miedo
De aquella gran desdicha tan aviesa:
Si lo que se sonaba decir puedo,
Francisco allà la vida bien dejára,
Si de otra suerte el caso se guiàra.

Pues ido de las manos el conejo,
Tomando de Francisco el escarmiento,
Juzgòse por maduro y buen consejo
Del Estrecho hacer descubrimiento:
Ofrécese, que dándole aparejo,
A Castilla pos él irá derecho:
Despáchale el Virrey, que no debiera,
[pág. 268]Movido de Sarmiento y su quimera.

Al fin Sarmiento sale pertrechado
De Lima, de lo que era necesario,
De su saber y estrellas confiado,
Sin temor ò recelo de corsario.
El Magallan Estrecho ya embocado,
Con un ánimo cierto, temerario,
Al mar del norte sale temeroso,
Teniendose en aquesto por dichoso.

Trató con los gigantes de Pancaldo,
Que estàn por cima el Puerto de Leones.
Acuérdome yo ahora que Gibaldo,
Soldado genovès, entre razones
Que conmigo trataba, y con Grimaldo
De su nacion, discretos dos varones,
Me dijo muchas veces que los viera
Desde el navío llegar à la ribera.

Pancaldo fuè el primero que los vido,
Un genovés, astuto marinero:
Uno de ellos, decia, que metido
Habia por de dentro del garguero
Una muy larga flecha, y no rompido,
Segun que la sacaba: hechicero
El Pancaldo le juzga, y Pier Antonio
Decia ser por arte del demonio.

A este Pier Antonio, que de Aquino
Se llamaba, le oí aquestas cosas;
De buen entendimiento, buen latino
Era, y me contaba milagrosas
E increíbles cosas del camino
Que Pancaldo llevó, cuando preciosas
Y ricas joyas diò à mal despecho,
Pensando de pasar aquel Estrecho.

Mas venturoso fué nuestro Sarmiento
Con llevar una pobre navecilla;
En atravesar, digo, que lamento
Tendrà despues al fin con su cuadrilla.
Llegó Sarmiento en paz, rico y contento,
Del orbe nuevo al viejo de Castilla,
Y dió cuenta de sí, y de su camino,
[pág. 269]Y la causa motriz de su designo.

Holgáronse en España con la nueva
De ver que ya el Estrecho navegaban,
Y que hay sin Magallanes quien se atreva.
Con esto la tornada procuraban;
Y queriendo hacerse de esto prueba,
Las cosas de esta suerte se trazaban,
Que salga Diego Flores con Armada,
Que vaya á nuestro Estrecho enderezada.

Muchas armas se juntan y pertrechos,
Proveyéndose todo el necesario,
Que estaban los autores satisfechos
De dar en la cabeza al adversario.
Mas vemos que los fines y los hechos
Suceden las mas veces al contrario:
Al fin Diego de Flores ha partido,
Y à Sarmiento consigo se ha traido.

Tambien Sotomayor á Chile viene,
Con òrden de pasar á Magallanes:
Y tanto aquesta armada se detiene,
Pasando mil fortunas y desmanes,
Que á la costa brasìlica conviene
Venir el general, y capitanes.
Al rio de Jeniero han aportado;
Y oid aquesta Armada en què ha parado.

Salen de aquí contentos los que cuento,
Diego Flores, Valdès y el Trugillano,
El buen Sotomayor, por cognomento
Chaves, y de la madre voz, Mediano.
Con ellos, como digo, vá Sarmiento,
Cuya quimera vana salió en vano;
Al Yumiri llegaron, boca angosta,[87]
Y del reino argentino tierra y costa.

Tomaron la una boca de la banda
Del norte, que la otra se endereza
[pág. 270]Al sur, como se diera suda y tanda
Allí; y aun le quebráran la cabeza
Al Ingles, que en la boca del sur anda,
Y estuvo allí surgido grande pieza.
Sucesos son de mar, y aun de la tierra,
Que vemos que suceden en la guerra.

Al fin salió el Ingles de allì primero,
Sin que de nuestra Armada fué sentido.
Un navio, en aquesto del Jenéro
Al Rio de la Plata hubo partido.
Encuéntrale el Ingles, por prisionero
Un piloto llevó muy conocido,
Robando lo que halla en coyuntura,
Dejó el navio y gente á su aventura.[88]

Del Yumirì saliendo nuestra Armada,
Con los del navio encuentra, que dijeron
Lo que el Ingles les hizo: la tornada
Procura Diego Flores, dó salieron
A dar carena, dice, maltratada
Que và la Armada, presto se volvieron;
Que á seguir el Ingles yo cierto creo,
Que en él satisfacieran su deseo.

El Ingles su derrota y su camino
Siguió, sin que persona le impidiera:
Despues Diego de Flores tras él vino,
Y viendo ser ya tarde se volviera;
Tomó Sotomayor el Argentino.
Sarmiento caminò, que no debiera:
Al Estrecho llegò, dó pretendia,
Mas poco le ha durado su alegria.

Tomando el Argentino el Trugillano,
La mas gente que trae es estremeña,
Salieron con gran gozo en aquel llano:
La gente les recibe paragueña
Con placer y contento soberano,
Que es gente muy afable y halagüeña:
De allí atraviesa á Chile alegremente,
[pág. 271]Aunque se le ha quedado alguna gente.

Alegre está Garay con la venida
De aquesta armada al puerto paragueño,
Y puede por aquí ser socorrida
La gente y el gobierno del Chileño.
De ser esta carrera mas seguida
La gloria se le debe al Estremeño,
Que aunque en lengua de muchos esto estaba,
El fuè quien á la obra mano echaba.

Garay de Buenos Aires ha salido
El río arriba, dicen, con mal pecho:
Que desque uno se ve en gloría subido,
A tuerto ha de subir su casa al techo.
Y como en todo bien le ha sucedido,
De su ventura estaba satisfecho;
De guarda ò centinela no se cura,
Que fué causa de triste desventura.

Así estando una noche descansando
En tierra el capitan con mucha gente,
Algunos de temor se recelando,
Temian el suceso subsecuente:
Y el ánimo presago adivinando,
En lo futuro mal inconveniente,
El Capitan el sueño prometia,
Como en Madrid, seguro en demasía.

Mas al revès sucede de su voto,
Que el Mañuà, sin nombre ni valia,
Salió con poca fuerza de un gran soto,
Al tiempo que el aurora descubria.
Vereis en breve espacio el campo roto,
Y à Garay, que el seguro prometia,
Envuelto le dejaron en olvido
Del sueño que el habia prometido.

Garay fuè de prudencia siempre falto,
Y así por no tenerla, feneciendo
En esta desventura y triste asalto,
Fué causa de este caso tan horrendo.
Los Mañuaes descienden por un alto
Con gran solicitud y sin estruendo,
Al capitan mataron el primero,
[pág. 272]Que nadie ha de fiar de buen tempero.

Comienzan de hacer cruda matanza,
En los que en sueño estaban sumergidos.
¡Maldita sea la loca confianza!
¿Quien soldados en guerra vió dormidos?
Desque el indio sintió su gran pujanza,
Levanta grandes voces y alaridos,
Y à diestro y à siniestro va hiriendo
A cristiano que al rio và huyendo.

Con bolas, flechas, dardos y macanas,
La guerra aquí se hizo lacrimosa:
El Cristiano que vé sus fuerzas vanas,
Y ser la resistencia peligrosa.
Dejando su miseria en las sabanas,
Los pies pone el que puede en polvorosa,
Y al bergantin se acoge de corrida,
Por escapar si puede con la vida.

Murieron con Garay justo cuarenta
De la gente escogida paragueña;
Los indios eran solos ciento y treinta:
Iba con el Garay gente estremeña,
Y entre ella algunos iban de gran cuenta.
Aquì muriò Valverde, bella dueña,
Que en quitarla la muerte, al mundo quita
Tesoro, y el contento á Piedra Hita.

Llore mi musa y verso con ternura
La muerte de esta dama generosa,
Y llòrela mi tierra Extremadura,
Y Castilla la Vieja perdidosa:
Y llore Logrosan la hermosura,
De aquesta dama bella, tan hermosa
Cual entre espinas, rosa y azucena,
De honra y de virtudes tambien llena.

Las Argentinas ninfas, conociendo
De aquesta Ana Valverde la belleza,
Sus dorados cabellos descojendo,
Envueltas en dolor y gran tristeza,
Estan à la fortuna maldiciendo,
Las flechas, y los dardos, la crueza
Del indio Mañuà, que asì ha robado
[pág. 273]Al mundo de virtudes un dechado.

Aquí Miguel Simon, el Logrosano,
Mostrado ha su valor y grande brio,
Librando de la muerte por su mano
A su muger, que en brazos al navio
La trajo. Mas herido del pagano,
Està para ahogarse ya en el rio,
Vereis à Cuevas triste y doloroso,
Por salvar su muger muy congojoso.

En el agua cayó, cuando subia
El bergantin arriba la cuitada,
Y viendo que ya casi se hundia,
Su marida la juzga ya ahogada.
"¡O Virgen," ella dice, "en este dia,
Valedme, mi Señora y abogada
De Guadalupe, en este gran aprieto,
Que servir esta obra yo prometo."

La turbacion que habia, no refiero,
Las làgrimas, los gritos, el lamento:
El enemigo andaba carnicero,
Por la cristiana sangre muy sediento.
Al bergantin afierra crudo, fiero:
El cristiano que vido tal descuento,
Sacando vivas fuerzas de flaqueza,
Resiste al enemigo su fiereza.

Pero Alonso de Cuevas ha ayudado
Muy bien al bergantin en el combate,
Como valiente, fuerte y esforzado,
Temiendo su muger el indio mate.
Al fin nuestro Señor los ha librado,
Huyendo el bergantin: de este dislate
Naciò en la tierra un bravo atrevimiento,
Y oid con atencion el alzamiento.

El Mañuà, quedando victorioso,
Aunque era indio sin cuenta y no valiente,
Mas de ganar gran nombre codicioso,
Levanta al Guaraní muy de repente,
Y al Querandí, que es indio belicoso.
Acude cada cual muy diligente,
Juntàndose gran parte de la tierra,
[pág. 274]Alegres en oir cosa de guerra.

El Yamandú, que arriba su memoria
Tenemos muchas veces celebrada,
Es el que lleva aquí la palma y gloria;
Por èl va aquesta cosa gobernada:
Su voz despacha à guerra citatoria,
En toda la comarca publicada,
En breve muchos indios se han juntado,
Y en su junta la guerra concertado.

Dejamos de contar cosas graciosas
Que en este ayuntamiento han sucedido,
Que á muchos les seràn dificultosas:
Mas no puedo callar de que han reñido
Dos indias de unas fuerzas espantosas,
Que á espanto en este tiempo han conmovido;
Que en ser de dos mugeres la pelea,
Placer dará al discreto que la lea.

Tupaayquà, la primera se decia,
De gran valor y esfuerzo y animosa;
La segunda se llama Tabolia,
Astuta, muy gallarda y belicosa.
Entre estas dos se traba una porfia
En la junta, por cierto muy graciosa:
Tupaayquà su marido mas bebiera
A Tabolia que el suyo, le dijera.

Sobre esto entre las dos se han desmentido,
Y à los arcos las manos luego echaron:
Mas entremedias muchos se han metido,
Y el caso de esta suerte concertaron;
Que en un palenque fuerte, muy fornido,
Con dos padrinos, que ambas señalaron,
De buena à buena riñan la pendencia,
Con que cese el rencor y diferencia.

De ver era las dos fuertes, membrudas,
De solas sus macanas arreadas,
Que no tienen mas armas, que desnudas,
Al fin en el palenque ya encerradas,
Comienzan de herir sus carnes crudas,
Y dándose muy bravas cuchilladas,
En sangre convertian tierra y suelo,
[pág. 275]Y sus golpes sonaban hasta el cielo.

Los dos maridos, vista la hazaña,
Y el peligro presente de sus vidas,
Metidos en furor y cruda saña,
Con voces y palabras doloridas.
Que cese, piden ambos, la maraña:
Por los padrinos fueron despartidas,
Y dándoles del vino y del brevage,
Cesó la diferencia y el corage.

En la junta concluyen, que conviene
Que guerra à Buenos Aires hagan luego,
Que si un punto la guerra se detiene,
Sugetos quedarán á pecho y ruego.
El Yamandù les dice, porque suene
En España la fama, á sangre y fuego,
"Perezca la memoria del Cristiano,
Sin que dejemos dèl un hueso sano."

De aqueste parecer es Querandelo,
Con el valiente viejo Tanimbalo,
Ayuda les ofrece Tabolelo,
Yaguatatí, Terù con Manoncalo.
La grita y alarido hasta el cielo
Levantan, y nombrando à Guazuialo
Por general, del campo se han partido,
Y en breve á Buenos Aires descendido.

La gente que aquí baja es en gran suma;
Chiloazas, Beguaes, Querandies
Vienen creciendo siempre como espuma:
La flor de todos son los Guaranies;
Mil galas y lindezas de bel pluma
Encima traen de sì: mas no confies
En gala, gentileza y hermosura,
Que la verdura fresca poco dura.

Al puerto y fuerte llegan voceando,
Con trompas, y bocinas y atambores;
Las centinelas andan rodeando
El fuerte, y el poblado y rededores.
Tocan arma; en un punto peleando
Con esfuerzo vereis los pobladores:
Rodrigo Ortiz de Zárate es teniente,
[pág. 276]Hombre de presumpcion y muy valiente.

No quieren que se suelte artilleria,
Que el una escuadra y otra anda mezclada;
Parece resonar caldereria,
O la fragua vulcana tan nombrada.
El tiempo la victoria entretenia;
La gente desflaquece de cansada:
A priesa viene ya aquella doncella,
Que á Titon dió su queja siendo bella.

El enemigo viendo que amanece,
Temiendo la pujanza del Cristiano,
Y que su gente toda desfallece,
Procura retirarse por el llano.
El General Guazuialo perece
Con parte del ejército pagano;
Nuestra gente se queda victoriosa,
Y la contraria huye muy medrosa.

Acà los de Garay, viéndole muerto,
Sigueron su viage comenzado:
Llegando à Sante Fé, seguro puerto,
El caso con dolor es celebrado.
La causa dèste mal y desconcierto,
Los mas dicen Garay haber causado:
Perdònele quien puede, que provecho
Sabemos que en la tierra mucho ha hecho.

Al Paraguay camina aquesta gente
En tres barcas, dejando allì el navìo.
Una barca, vencida del corriente,
Que lleva muy veloz el ancho rio,
Perdido el gobernalle, de repente
Se vuelca, no bastando poderío
Humano à remediarla. Perecieron
Cuarenta, y solos cuatro escabulleron.

De aquestos cuatro, dos, el uno Luna,
El otro Cosme, juntos han salido
A tierra, y travesando una laguna,
Al fin à la Asumpcion Luna ha venido
De rabiosa cruel hambre importuna,
El Cosme sin ventura ha perecido:
Al Luna, que escapò de aquesta suerte,
[pág. 277]Un caballo le dió despues la muerte.

Mendieta, que dijimos, fué dejado
Del piloto mayor y marineros,
Como era mozo mal considerado,
Causò la muerte à sí, y sus compañeros.
Un mestizo, que estaba amancebado
Con una india, por celos mensageros
Del falso Dios de amor, que mal aprieta,
A siete dió la muerte con Mendieta.

Del cacique Martin, un indio tuerto,
Era hija la india, y muy hermosa:
Por muger se la diò, que andaba muerto
Por ella: ¿A quien no mata aquella Diosa?
El mozo, como siente el grave tuerto
De Mendieta, que es burla muy penosa
El cuerno al ojo, hizo á los paganos
Matasen à Mendieta, y sus cristianos.

De Sarmiento tratar no quiero agora,
Que, como referì, pobló el Estrecho.
Poblando, la fortuna burladora,
No fuè muy favorable de su hecho;
Que habiendo de crecer siempre en mejora,
Menguó muy de repente à su despecho:
Comienza á perseguirle de tal suerte,
Que nunca le dejó hasta la muerte.

Mas paréceme que es historia agena:
No quiero mas decir, ni del famoso,
Y buen Sotomayor, que enhorabuena
Le cupo por marido y por esposo,
Aquella que, de todos bienes llena,
Procede de un linage generoso.
No conviene yo trate, pues Arcila
En Chile con primor se despabila.

Y pues que à Chile cupo tal belleza
De pluma, de valor, de cortesia,
No es justo, que se atreva mi rudeza
Decir de Chile cosa, que seria
Muy loca presumpcion y gran simpleza
Meter hoz en la mies, no síendo mia.
Volver quiero el estilo al Chiriguana,
Y à su costumbre perra y muy tirana.
[pág. 279][pág. 278]

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CANTO VIGESIMO-QUINTO.

En que se trata de la junta que hizo Ibitupuá, y asaltos que los suyos dieron en tierra del Perú: del acuerdo del Audiencia de los Charcas, y de un temblor terrible en Lima.

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No vemos ser seguro á lo presente
Curar de proveer sin advertencia
A lo futuro y tiempo subsecuente;
Mayormente que vemos en presencia
Pronosticarse el caso que está ausente:
Y así mirarlo todo es providencia
A nuestro Dios Eterno atribuida,
Que de un fin toca al otro sin medida.

El de Toledo, dije, como habia
Por coger á D. Diego hecho guerra
Al indio guaraní, que residia
Metido en la aspereza de la Sierra.
Saliendo con su intento se volvia,
Sin dejar sosegada aquella tierra,
Mas antes con razon mas levantada,
Por ver aquesta parte acobardada.

Ibitupuá, el astuto y cauteloso,
Con ánimo feroz junta, pregona,
Y manda, como hombre poderoso,
Que venga en general toda persona.
El ser tenido ya por dadivoso,
Y que á trabajo alguno no perdona,
Le hace al guaraní venga contento
A la presente junta y llamamiento.

Con gente acompañado, y pecho fiero
A la junta ha venido Condurillo,
El viejo Tabobá, gran carnicero,
[pág. 280]Tambien alegre viene con su aillo:
Marucaré, su antiguo compañero,
Procura con sus fuerzas de seguillo
Con toda la demas canalla fiera,
Que vive por la Sierra, y Cordillera.

En un prado apacible y muy ameno,
Ibitupue tenia aparejado,
De flores olorosas todo lleno,
Y de muy frescas aguas rodeado.
Tendidos por la yerba, y por el heno,
Se comenzó el convite, y ha durado
Desde el hora de prima, hasta nona;
Mas ninguno escapó sin maza y mona.

Habia mucha caza regalada,
Perdices, pavas, aves muy sabrosas,
Venados, avestruces, que salada
Su carne es buena y sana, muy gustosa;
Y dulces frutas, que hay una apropiada
A guinda, yaracaes olorosas,
Guembes, ivaviraes en gran suma,
A rodo los pescados, como espuma.

El vino de maiz y de algarroba,
De molles, y de murta bien obrado,
Seguro que bebian casi arroba,
Que media á cada cual le estaba dado.
Uno habla en latin, el otro troba,
Otro habla español y vascongado;
Mas todos para un fin se concertaban,
Y aunque borrachos, todos atinaban.

Ibitupue habló de esta manera,
Aunque hecho botija y grande cuero:
"Metidos en la fuerte Cordillera,
Ni Rey, ni Roque hay, por muy guerrero
Que sea, que nos pueda echar afuera:
Yo solo, con un solo compañero,
Me atrevo á defender siempre la entrada,
Aunque venga el Perú de mano armada."

"Lo que conviene agora que se haga,
Pues que el Virrey se puso á darnos pena,
Que cada cual por sí se satisfaga,
[pág. 281]Segun su coyuntura fuere buena.
Quien muerte dar pudiere no dé llaga,
Y salga cada cual con buena estrena
Al camino, á vengarse por sus manos,
Matando estos soberbios castellanos."

"Yo tengo nueva cierta como viene
Doña Maria de Angulo, y Da. Elvira:
La muerte merecida bien la tiene."
El arco demandó, una flecha tira,
Diciendo: "Justo es mi fama suene."
A dó cae la flecha el indio mira:
Agüero es: que si cae bien derecha,
Su cosa tiene el indio ya por hecha.

Al punto que tiró, viendo en el suelo
La flecha estar en alto levantada,
Los indios levantaron hasta el cielo
La voz, que es su costumbre muy usada:
Ibitupue, ya libre de recelo,
Con muy soberbia voz apresurada,
"Perezca, dice, luego la memoria
Del cristiano, y conózcase mi gloria."

Aun no acababa bien estas razones,
Y un indio cano viejo se levanta,
Que aunque en la junta estaba, y escuadrones,
Su vida es diferente y aun espanta.
El caso que diré yo sin ficciones
Será, que aunque mi musa en verso canta,
Escribo la verdad de lo que he oido,
Y visto por mis ojos y servido.

El viejo con modestia así decia,
Pidiendo que atencion le sea prestada.
"Sabed, hermanos mios, que venia
Una hija que tengo, muy amada,
De guardar mi ganado el otro dia,
Con una cruz muy bella agraciada;
Y yo le pregunté ¿qué cruz es esta?
Y oid de la doncella la respuesta."

"Estando recogendo yo el ganado,
Ya que la obscura noche se acercaba,
Mi corazon en alto levantado,
[pág. 282]En el criador de todo contemplaba,
Y habièndole en mi pecho gracias dado,
Por ver como doncella me guardaba;
Un hombre se me puso por delante,
De bella compostura y bel semblante."

"El hombre me habló désta manera:"
"Doncella, pues que á Dios con pecho llano
Adóras, determina estar entera
En tu virginidad, que el Soberano
De ti se acordará en la hora postrera."
"Diciendo esto tendió su diestra mano,
Y dióme aquesto cruz, de quien yo creo,
Que es don de mi descanso y mi deseo."[89]

"Esta mi hija, dice por momentos,
Que Dios se ha de enojar, si á los Cristianos
Hacemos mal, y damos descontentos,
Y que antes los queramos como á hermanos,
Recibiendo sus Santos Sacramentos."
Apenas ha hablado, y los insanos
Vencidos de sus malas pretensiones,
Al viejo dieron muchos bofetones.

El gran cacique, dice en su tiana
Que al viejo dejen yá, porque delira,
Y su hija es doncella muy liviana,
Y que á invenciones toles siempre aspira.
Cesóle de herir el Chiriguana,
Que estaba ya encendido en pura ira,
Que no dudo yo cierto, sino fuera
Por el cacique, en breve allí muriera.

Al fin, por loco viejo le dejaron,
Y su junta con fiesta celebrada,
A sus tierras y casas se tornaron,
Con la cosa en la junto concertada.
[pág. 283]Y luego en los caminos asecharon
La gente que pasaba desmandada,
Y crudo sacrificio cada dia
De la gente española se hacia.

A frailes y soldados, que salian
De Santa Cruz, mataron crudamente,
A chácaras y valles se venian,
Adonde cautivaban mucha gente:
De suerte que el estrago que hacian
Causaba gran temor al mas valiente.
Hernando Salazar entrar procura,
Y oid una desdicha y desventura.

Despues de aquel dislate y alzamiento,
Que en la Asumpcion, digimos, fué imputado
A Mendoza, se hizo un casamiento,
En que con Doña Elvira (degollado
Su padre) un caballero de talento
Casó, Nuflo de Chaves fué llamado:
Hombre feroz, valiente y animoso,
Y nada de peligros temeroso.

Aqueste á Santa Cruz poblò primero,
Y á los Charcas salió, dó la obediencia
De lo poblado dió este caballero,
Al Presidente, Oidores de la Audiencia.
Entre los indios era carnicero,
Por donde le pagaron su impaciencia
En Boitimí, que el pueblo así se llama,
Al pié de un alto cerro de gran fama.

Añapureyta el cerro tiene nombre,[90]
A donde el Diablo canta, decir quiere.
[pág. 284]No osa en él subir cualquiera hombre,
Que que el sube, de espanto, dicen, muere.
Y porque, si mas digo, no se asombre
Quien cosas de admirar aquí leyere,
No quiero mas decir de aqueste perro,
Y creo que en callarlo poco yerro.

Viuda Doña Elvira, pues, y sido
De Don Diego el dislate ya contado,
Con su madre al Perú hubo salido,
Que así por el Virrey les fué mandado.
A España el de Toledo siendo ido,
A Santa Cruz volver han procurado:
Hernando Salazar lleva la guia
De los treinta que van en compañia.

En un paso se ponen peligroso
Los indios Chiriguanos en celada:
El español del daño receloso
No fué, que si supieran la emboscada,
No fuera el mal suceso tan dañoso.
Mas no siendo la cosa bien pensada,
Sucede contra el voto, y lo pensado,
Y luego se atribuye al triste hado.

El buen hado es Divina Providencia,
Servir el hombre á Dios con mucho tino,
Poner en todas cosas diligencia,
Y no faltar en medio del camino.
Si Salazar tuviera la advertencia
Que aquí digo, bien cierto yo imagino
Que no murieran nueve, que pensando
No haber peligro, iban caminando.

La gente va marchando, pero viendo
Que los tristes, que fueron delanteros,
Murieron, del negocio se temiendo,
Quisieran hallar todos agujeros.
Salazar desmayò que va rigiendo;
Desmayan los soldados compañeros,
Que tantas flechas ven venir lloviendo,
[pág. 285]Que la tierra con ellas van cubriendo.

Fenece aquí la triste su triste hora,
Cubierta de mil flechas y arpones:
Doña Maria de Angulo, causadora
De motines, revueltas y pasiones,
Amiga de mandar, y tan Señora,
Que con todos tramaba disenciones:
Su nieta Doña Elvira, mal herida,
Quedaba entre las yerbas escondida.

Doña Elvira su madre con recelo
Procura por su hija; pero viendo
Que no parece, grita hácia el cielo,
Sus dorados cabellos descogiendo.
Sotelo revolvió con grande duelo,
Y entre los Chiriguanas se metiendo,
Sacaba á la doncella, aunque llovian
Las flechas ya sobre él que le cubrian.

Tras ellos la victoria van gozosos
Los bárbaros, siguiendo grande trecho:
Como corderos mansos temerosos,
Los nuestros el huir por gran provecho
Juzgaban: mas los indios codiciosos
Del interes, curaron muy de hecho
A partido venir con los cristianos,
Y así se les hinchieron bien las manos.

Doña Elvira en aquesto el todo ha sido,
Que con dulces palabras les hablaba,
Y como en la Asumpcion hubo nacido,
La lengua Guaraní bien pronunciaba.
Al fin con interes se han convencido,
Y el rescate con sobra se les daba,
De suerte que cesaron de la guerra,
Y ayudan á pasar el agra Sierra.

Sabido acá en los Charcas, fué acordado
Hacer guerra cruel al Chiriguana:
El caso de esta suerte se ha ordenado,
Que el Presidente tiene buena gana;
Y asì con grande ardid al que es soldado
La voluntad en esto bien le gana,
Y hácele merced en cuanto quiera,
[pág. 286]Porque entre en la jornada y cordillera.

Don Lorenzo Suarez Figueroa
Salió de Santa Cruz, que es de la Sierra:
Hombre de grandes prendas, y de loa,
Y que merece mas que aquella tierra.
Con gran solicitud pone la proa,
Queriendo al Chiriguana hacer guerra.
Es General de toda la campaña
De Còrdoba la Llana en nuestra España.

El Conde del Villar en esto viene
Por Virrey, y pensaron que hiciera
La guerra; empero, dicen, le conviene
Dejarse de esta guerra y cordillera,
Que nuevas de Francisco Drake tiene,
Que viene muy pujante en gran manera.
Diráse en su lugar, porque es flagelo,
Que por castigo envia Dios del Cielo.

Con esto estaba el Conde tan medroso,
Que solo de escribirlo tengo miedo:
Parece aqueste caso milagroso,
Que estaba el Perú todo, decir puedo,
Sin contento, sosiego, ni reposo,
Y estábase el ingles allá muy ledo.
Juicios son de Dios muy encumbrados,
Y no de todos hombres alcanzados.

El Virrey al Callao va, y se aplica
A hacer á gran priesa un grande fuerte:
Con muchos el negocio comunica,
Mas no responden todos de una suerte;
Por esta causa el Conde no fabrica,
Que tiene gran deseo que se acierte;
Y toma en la consulta allí la mano,
Y habla de esta suerte un Trugillano.

Don Luis Sotomayor "¿de que aprovecha
El fuerte, dice, en tierra, donde puede
Tomar el enemigo cualquier trecha,
Sin que en manera alguna se le vede
Del fuerte? Lo mejor es, que bien hecha
Le sea, con la gente que aquí quede,
La guerra al enemigo, si viniere,
[pág. 287]Con fuerza lo mejor que ser pudiere."

Estando desta suerte recelosos
De Francisco, sucede ¡O cosa extraña!
Un caso entre los casos temerosos,
De Dios castigo, y muestra de la saña
Que tiene con los hombres flagiciosos.
La mar salió de curso, y así baña
El puerto del Callao, y la marina,
Y gran parte del pueblo cae con ruina.

Bramaba con bramidos la mar brava,
La obscura y triste noche entristecia,
Las crines y cabellos erizaba,
El alma y corazon amortecia;
El sexo femenil que lamentaba,
En aprieto y angustia mas ponia,
Lágrimas, y sollozos, y gemidos,
Suspiros, gritos, llantos, alaridos.

En poco estuvo el Conde de perderse,
Y al fin salió, huyendo el aposento,
A Santo Domingo vá á refugiarse,
Dó llevan de la iglesia el Sacramento;
Despues por mas seguro guarecerse,
En el campo la noche hizo asiento:
Y oid lo que pasaba en esto en Lima
Que solo referirlo causa grima.

Es Lima una ciudad, bella, galana,
De edificios hermosos y graciosos,
Apenas vereis casa sin ventana,
Los altos por de fuera no vistosos,
Que cubiertos están á estera vana;
De dentro empero son maravillosos,
Que como nunca llueve por semejas,
No curan de poner sobre ellos tejas.

Con quietud se vive, y en consuelo,
Sin pena, sin dolor y sin tristeza,
Que no dura jamas el triste duelo,
Que es Lima del Perú flor y belleza.
Sereno está, apacible y claro el cielo,
En un ser uniforme y gran firmeza,
Y aunque ha habido temblores muchas veces,
[pág. 288]Mas ha sido el ruido que las nueces.

Empero en este trance tan terrible
Exceden ya las nueces al ruido:
Negocio al parecer muy increible,
Que hace salga el hombre de sentido.
A muchos pareció ser imposible
Haber por natural acontecido,
Sin que causa secreta interviniese,
Y con rigor la mano intrometiese.

A prima de la noche muy obscura,
La ruina sucedió con temblor crudo;
No está ni puede estar casa segura,
Ni el hombre defenderse con escudo,
Si Dios, que es propia guarda, no procura
Guardarnos; pues aquesto solo pudo
Dejar de aquesta suerte castigada
A Lima con su gente amedrentada.

Cayéronse las casas mas lustrosas,
Los templos, y las mas ricas capillas,
Que allí muestra las manos poderosas,
Y hace muy mayores maravillas.
El alto donde hay fuerzas belicosas,
En freno quebrantando las mejillas
De aquellos que procuran alejarse
De su divino bien, y no acercarse.

A Lucifer soberbio, jactancioso,
Que á la mañana fresca relucía,
Al infierno en tinieblas temeroso,
Condenado en perpetuo Dios le envía.
Aquel rico avariento codicioso,
Allá desea gustar del agua fria:
El poderoso Rey fué convertido
En bestia, y heno y yerbas ha pacido.

A la bendita Virgen soberana,
Espejo de humildad y de pureza
La vemos por la fé como mañana,
Y aurora, coronada de belleza.
A Lázaro se dió de buena gana
El prémio de su pobre y vil pobreza,
Al manso Rey David dió Dios el cielo,
[pág. 289]Que manso fué, aunque Rey, en este suelo.

Al fin pues el temblor que voy contando
Las casas desbarata mas fornidas.
Echando por el suelo, y derrocando
Las torres muy hermosas y lucidas;
A las calles se salen suspirando
Las damas, de temor amortecidas
Quedaban, que era lástima mirarlas,
Y mas que no hay quien pueda consolarlas.

Quedó de este temblor tan arruinada,
Y tan perdida Lima, que ponia
Espanto nuevo en verla mal parada.
Que piedra sobre piedra no tenia.
Hallábase en la calle sin posada
Quien bella casa antes poseía,
Y todos, como dicen, á la luna
Quedaron en la prueba de fortuna.

Cual hizo habitacion con una estera,
El otro con un toldo pone tienda,
Y con una tristeza lastimera,
Recoge lo que puede de su hacienda;
A todos parecía la hora postrera.
Madeja muy revuelta era sin cuenda,
Y el cabo no se halla, aunque se busca,
Que todos andan hechos chacorrusca.

El Visorrey se vá con los Oidores
A San Francisco, y hacen el Audiencia
En toldos, que aposentos los mejores
Tuvieron muy menor la resistencia.
Dejemoslos aquí, frailes menores,
Metidos en clausura y obediencia,
Que Candish andaba agora muy envuelto
En el Estrecho y sur, y el diablo suelto.
[pág. 291][pág. 290]

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CANTO VIGESIMO-SEXTO.

Como el Capitan Tomas Candish, señor de Mitiley, salió de Inglaterra, y atravesò el Estrecho de Magallanes, y tomò tierra en la Puna y Paita en el Perú, y de vuelta tomó un navio que venia de la China.

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La pérfida de sí misma olvidada,
De la insigne y famosa Inglaterra,
Isabela, la Reina depravada
En la Fé (que con Cristo nos encierra
En el aprisco y choza consagrada)
Procura en tanto grado hacer guerra
A nuestro gran Filipo, que cuajado
El mar trae de corsarios su mandado.

A un Tomas Candish, muy orgulloso,
Con armada despacha, pretendiendo
Que fuese como Drake venturoso:
A tiempo fué, que vide estremeciendo
De temor al Perú, y receloso.
De Chile vá la nueva discurriendo;
Pensabamos ser Drake el que venia,
Y tal era la fama que corria.

Entre soldados, gente desalmada,
Por trisca se decia, que sabido
De Drake, sea la nueva bien llegada:
Quizá que mudaremos el vestido,
Que nuestra profesion no está estimada,
No andando el enemigo embravecido;
Viniendo, pues, aqueste Luterano,
Podrános suceder dichosa mano.

Yo vide en Chuquisaca alborotada
[pág. 292]La cosa, y el Audiencia despachando
A Lima ván correos; resguardada
La costa, presto fué gente juntando,
El Conde del Villar, de mano armada,
Con muchas prevenciones, procurando
Guardar al gran Señor su tierra sana,
Aunque venga la Reina Luterana.[91]

Aquí dejar agora yo no puedo
De decir, y tocar muy brevemente
Una maldad diabólica, y enredo
Que el demonio fragó entre aquella gente
Indiana; que en pensarlo solo quedo
Confuso, y agenado de mi mente:
Que una carta á los ingleses escribieron,
Y en ella estas razones le dijeron.

"Ilustres mis Señores Luteranos,
Venid, porque os estamos esperando,
Que queremos serviros como á hermanos,
Vuestras cosas contino sustentando."
Estas cartas vinieron á las manos
De la justicia, el caso procurando;
Los indios que hallaron ser culpados,
Publicamente fueron castigados.

Tomas Candish pasó bien el Estrecho
Mas no tomó jamás en Chile puerto,
Que piensa de hacer mejor su hecho
Hallando algun navio sin concierto.
Guiado de interes en su provecho,
De la costa el camino lleva cierto
Al puerto Arica, mal fortalecido;
Y oid como la cosa ha sucedido.
[pág. 293]
En este tiempo estaba gran riqueza
De barras en la playa, y por el llano
La gente acude luego con presteza,
Y viendo que surgia el Luterano,
Sacaron fuerzas, todos, de flaqueza,
Pensando de probar allí la mano:
Los hombres con las armas acudieron,
Las mugeres tambien allí salieron.

De sus paños y tocas las banderas[92]
Al aire desplegaban á menudo:
Las mismas que salian las primeras
Tornaban á salir, y nunca pudo
El Ingles entender estas quimeras;
Que guarda Dios, si quiere, sin escudo,
Y donde él no envía sus favores,
Enbalde son humanos guardadores.

A no caer el Ingles en el engaño,
Que causan con banderas y alboroto,
Hiciera en aquel puerto mucho daño,
Y fuera el miserable puerto roto.
Milagro fué, sin duda, y caso estraño
Estarse el enemigo algo remoto
De tierra por tres dias, contemplando
Lo que está nuestra gente maquinando.

Al cabo de tres dias, receloso
De que la gente está fortalecida,
Levó ferro con furia deseoso
De hallar dó pillar en su corrida.
Por el parage pasa, presuroso,
De Lima, dó la cosa conocida,
El Conde del Villar á Pedro Arana
Trás èl envia con gente muy lozana.
[pág. 294]
El enemigo yendo navegando,
Y tomando un navio en el camino,
Aquello que le agrada mas robando,
Al piloto llevarle le convino.
A la Puná su rumbo enderezando,
Que allí lleva su proa, y su designo,
Llegó estando todos descuidados,
Por donde fueron presto saqueados.

En Guayaquil en arma se pusieron,
Sabiendo que el Ingles allí ha llegado;
A la Puná en breve descendieron:
Tambien en Quito el caso relatado,
Capitan y soldados proveyeron;
Y habiendo á la Puná todos llegado,
Las dos cabezas mal se concertaban,
Por donde mas erraban que acertaban.

De Guayaquil Reinoso habia salido,
El cual por el Virrey allí mandaba;
De Quito el que salió ha pretendido
Mandar aquí, diciendo, que llevaba
Del Audiencia poder, dó fué elegido:
Así la cosa á tuerto se guiaba.
Tengamos, dice, el uno aquí sosiego:
El otro, dice, marchen todos luego.

Con toda su tardanza al fin llegaron
A la Puná, dó estando descuidada
La gente inglesa, ellos comenzaron
A darles una grande rociada;
Mataron veinte, dos les cautivaron.
La gente inglesa así desbaratada,
Recogese huyendo á una montaña,
Los nuestros se estan quedos en campaña.

De los navios jugando artilleria,
El enemigo á los nuestros daño hace,
Con su grave, importuna bateria,
En breve nuestro campo se deshace.
A lo alto de un cerro se subia,
De lo cual al Ingles mucho le place,
Que viendo á los cristianos retirarse,
[pág. 295]En su lancha procuran embarcarse.

Quemó aquí un navio el Luterano
De los tres que traia, y á gran priesa
Se leva á la mañana muy temprano,
Y á Paita sin parar presto atraviesa.
Al Piloto echa en tierra de su mano,
A los de Paita enviando su promesa
De seguro, mas ellos no quisieron
Concierto, sino al monte se huyeron.

Saltó el Ingles en tierra, y al poblado
llegó con furia cruel y repentina;
Y como le ha hallado despoblado,
Con su rábia diabolica y maligna
A una Santa Cruz ha escopetado,
Robando lo que halla allí, camina.
El piloto quedó allí abscondido,
Que al alto con los nuestros se ha subido.

Arana, que venia muy pujante
Con dos fuertes y bellos galeones,
Con una veloz lancha de delante,
Allega á Manta. Salen escuadrones:
(Pensando ser ingles) en un instante
Cien soldados estaban chapetones,
Cincuenta vaqueanos, que Alvarado
Al punto los ofrece de buen grado.

Arana le responde, que su mano
Y diestra sola basta con su gente
Contra el poder y fuerza del tirano,
Que no quiere socorro de presente.
La costa corre toda el Luterano,
Arana se volvió muy diligente,
Aunque de nueva España se le envia
Aviso de que está en una bahia.

Candish, muy á su gusto á dar carena
Se mete en la bahia, que le place,
Sin temer de que cosa le dé pena,
Refresco toma, y agua y leña hace.
Su gente de dolor quita y agena,
Con la ocasion presente se rehace,
Y en la primera al viento vela dando,
[pág. 296]La costa de la China va bojando.

De vuelta de la China, muy cargada
Encuentran una nave de tesoro:
A su diccion y mando fué entregada
Con suspiros, y lágrimas y lloro.
En breve ha sido toda despojada
De sedas, brocateles y fino oro.
Un clérigo allí viene enriquecido,
Que en verse así robado, está afligido.

De su plata y tesoro codicioso,
Con ánimo tambien de hacer hecho
De memorable fama y honroso,
Al peligro constante puso el pecho:
A sus amigos dice: "poderoso
Con vosotros me siento y satisfecho,
Si quereis ayudarme, mis hermanos,
Contra aquestos soberbios luteranos."

"Probemos, si os parece bien la mano,
Y en tiempo que del sueño esten vencidos,
Acuda cada cual á su tirano,
De suerte que la muerte adormecidos
Los coja, con favor del Soberano:
Pues son sus enemigos conocidos,
Favor nos dará Dios, pues que bien puede,
Para que con la vida nadie quede."

No pudo ser secreto este concierto,
Alguno al capitan lo ha revelado,
Y como fué en fuerte hora descubierto,
Al clèrigo de un mastil ha colgado.
Volvióse sin tomar Candish mas puerto,
Habiendo todo el Orbe rodeado,
Y entró en Inglaterra poderoso,
Muy rico, muy contento y muy gozoso.

La Reina luterana, como vido
El valor de Candish y su ventura,
Y el Diablo que tambien su tela ha urdido,
Despachan á Candish, el cual procura
De la ocasion ya ser favorecido:
Parécele gozar la coyuntura.
Salió de Inglaterra con pujanza;
Diré lo que sucede en otra estanza.
[pág. 297]

————————————

CANTO VIGESIMO-SEPTIMO.

En este canto te trata de la toma y robo del puerto de Santos y San Vicente y de los insultos y maldades que allí hizo el Capitan Tomas Candish, Señor de Mitiley, y Capitan General de la Reina de Inglaterra.

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Si solo viene el mal, decir se suele
Bien vengas mal; mas siendo acompañado,
Mas grave es el segundo, y aun mas duele
El golpe, cuando viene redoblado.
La carne mas machuca, y mas la muele,
Por hallar el lugar ya maculado;
Y al fin duran las penas y cuidados,
Cuando los males ton mas frecuentados.

La presa de Candish ya recontada,
Que hizo en el navio de la China,
Tuvièramos por bien, si de llegada
En su tierra parára; mas camina
De vuelta, con muy gruesa y bella Armada;
La línea atravesando, determina
Tomar tierra brásilica, y llegando
La costa toda iba demarcando.

Tomó algunos navios en la costa,
Y entre ellos á un Marquina, que ha venido
De Potosí con plata, por la posta,
Por gozar de la nata, que ha tenido
Aquel trato, aunque á él le entrára en costa,
Que mucha mercancia le ha cogido
Candish: con solos negros le dejaba,
[pág. 298]Con que viviendo, rico se juzgaba.

Aquí tomó un piloto, que le guia:
Jorge Luis le llama. Como vido
El Inglés, que piloto ya tenia
A su gusto, y la tierra ha conocido,
Y que tomarla bien le convenia,
A su almirante Gallo ha cometido
Con el piloto el caso; los dos fueron
A Santos, y en el puerto se metieron.

Paz, paz, entran diciendo con voz alta,
El nombre Don Antonio, y apellido
Invocan, que no hizo alguna falta
A su negocio: luego el afligido
Y triste pueblo, viendo como falta
La fuerza, á su diccion quedó rendido.
Un mancebo murió, que resistia:
Machado lo causó, bien se decia.

Era juez entonces un Machado,
Y dicen, que bien pudo, si quisiera,
Que del Ingles no fuese saqueado
El pueblo, y el mancebo que saliera
Con arco y flechas de otros ayudado
Bien fuera, si Machado no impidiera,
Y en breve mucha gente se juntára,
Con que el Ingles victoria no cantára.

Mas viendose el Ingles favorecido
Con palabras de amor y fingimiento,
Despues de haber el mozo mal herido,
Caido muerto, dice muy contento.
"Ninguno quiero sea aquí ofendido,
Ni tal me pasára por pensamiento,
Que solo proveernos de comida
Pretendemos pasando de corrida.

Con esto aquella gente miserable
En la iglesia se estaba; el adversario
La cerca, ya es el caso irreparable:
Entrando, matar quiere allí al vicario,
Y á un fraile, caso horrendo y detestable,
Que el templo profanando el temerario,
Imágenes, reliquias de consuelo,
[pág. 299]Con irrision echaba por el suelo.

Prendió los principales, demudando
A todos cuantos pudo aquella hita,
Las casas por el suelo derribando,
Las tablas, y madera y palos quita:
Y luego por la tierra caminando,
En San Vicente se entra, dando grita;
Asuélalo también en un momento,
En esto entra Candish con gran contento.

Estando en esta isla apoderado,
Procura embarcación muy conveniente
Hacer, porque tenia buen recado,
Y aparejo hallaba entre la gente.
No habia el mes tercero bien pasado,
Y acaba su bajel cumplidamente,
Veinte remos por banda le ha metido,
Con que Candish se halla enriquecido.

Aquesta embarcacion deja entenderse
El fin con que Candinh la fabricaba,
Para poder con ella bien meterse
En puerto: que tomar imaginaba
Alguna tierra, dó pueda valerse,
Y aquesto su designo le guiaba;
La fama por la costa se estendia,
Que para el Argentino la hacia.

Del rio de Genero ha despachado
A priesa Salvador de Sá Correa,
Diciendo, como á Santos ha tomado,
El Ingles: que la cosa se provea
Allá en el Argentino con cuidado,
Que vá nuestro enemigo de pelea:
Allega un navichuelo y dá el aviso,
Y vuélvese á Genero de improviso.

Vereis en Buenos Aires discernirse
El caso con diversos pareceres,
Procura cada cual escabullirse,
Llevándose consigo sus haberes.
Al fin han procurado convenirse
En que salgan los viejos y mugeres,
Y frailes y muchachos del poblado,
[pág. 300]Y que á la mira quede allí el soldado.

La mísera hacienda recogida
A prieta, de tropel y sin concierto.
En carros y carretas fué metida,
Que huir, todos dicen, es lo cierto.
La tierra adentro salen de corrida,
Dejando los soldados en el puerto,
En centinela estan de noche y dia,
Y cada cual igual temor tenia.

Llegué yo á esta sazon en mi navio
De allá de la Asumpcion con poca gente;
El pueblo se holgó y tomó brio,
Y á sus casas volvieron de repente.
Candish con su pujanza y poderío
De Santos sale un dia alegremente,
Y acá en el Argentino hacen vela,
Que mucho su venida se recela.

Mas él parte de Santos recta via,
El Magallan Estrecho demandando,
Y tanto el Sur le sigue y combatía,
Que vuelve popa via ya arribando.
El Almirante el árbol dá y rendía
En frente el Argentino, procurando
Las fuerzas contrastar del fuerte viento,
Mas él no le ha dejado con su intento.

A mi los naturales, preguntados
Sobre esto, muchas veces me dijeron,
Que vieron dos navios anegados,
Y en un punto de vista los perdieron,
Con lenguas fueron bien examinados,
Los indios que esto á mi me refirieron,
Y dicen, que escapó solo una nave,
Que vuela por los aires como un ave.

Esta fué de Davis, muy entendido,
Que á vuelta del Estrecho se ha quedado
Con tres naves, las dos se han sumergido
Que cosa alguna dellas no ha escapado:
De su saber Davis bien se ha valido,
Y del temor las fuerzas ha sacado,
Escapa con la maña mas que pudo
[pág. 301]De aquel contrario tiempo, fuerte y crudo.

Aquel barco que dije, de Genéro
Aviso habia traido al Argentino,
Tornar ha procurado de ligero,
Queriendo aprovecharse en el camino:
Que es grande la codicia del dinero,
Y al hombre fuerza haga desatino:
Salió del rio Genéro, mas la hada
A priesa corta el hilo á su husada.

En él iban algunos pasageros,
Que llevaban su pobre mercancia:
Don Pedro y don Francisco, caballero
De Estepa, que es lugar de Andalucía.
Piloto, con maestre y marineros,
Mas no como en tal caso convenia,
En tomar se engañaron el altura,
Principio cierto de su desventura.

Comienzan á virar, pues, engañados,
Pensando que embocaban por el rio,
Mas iban muchas leguas apartados
Vencidos de su loco desvarío.
En costa y tierra dieron desrumbados,
A la fuerza entregados del gentío:
Una ola á D. Pedro le ha volado,
Y el mar profundo y bravo le ha tragado.

Los demas pasageros han salido
A tierra, su miseria lamentando.
La gente indiana, luego como vido
Que se iba este negocio aderezando
En su pró, al encuentro han acudido,
Y en breve á los Cristianos se acercando,
Comienzan á prenderlos, y mataban
A los que defenderse procuraban.

Charruas es la gente que aquí habita,
Que ha hecho grande estrago en los cristianos:
Es gente muy cruel y muy maldita,
Tambien ha hecho presa en luteranos.
Está de estos Charruas otra mita
De indios de este nombre, mas cercanos;
En Buenos Aires tratan y contratan,
[pág. 302]Y allá nos llevan cosas que rescatan.

Aquestos nos digeron que tenian
Los otros tres cristianos por cautivos,
Y que ellos del rescate tratarian
De aquellos que hallasen estar vivos,
Y que luego á nosotros los traerian.
Nosotros en aquesto compasivos,
De cosas les henchimos bien las manos,
Deseando librar nuestros hermanos.

El cobertor quité yo de mi cama,
Porque un cacique bien se ha aficionado;
Echamos por el pueblo una derrama,
Y en breve gran rescate se ha juntado.
Entre los indios corre bien la fama,
Que el rescate es muy rico y muy preciado,
Los cautivos trageron á gran priesa,
Por gozar del rescate y la promesa.

¿A quien no ha de causar esto mancilla,
Si tiene de cristiano sentimiento,
Que no quedó de toda la cuadrilla
Alguno, mas que tres; pues el tormento
Que pasan, y la pena, quien decilla
Podrá? que á mi en pensarla ya el aliento
Me falta, y la pluma desflaquece,
Y mi lengua turbada, se entorpece.

Tragéronnos los tres en carnes puras,
El uno sacerdote, y dos soldados;[93]
A todos se les dieron vestiduras,
Y fueron lo posible reparados.
Contáronnos sus tristes desventuras,
Juzgándose por hombres bien librados,
En haber escapado con la vida,
Habièndola tenido por perdida.

En que trabajos mete la codicia,
Y el procurar ganar la plata y oro,
Y mas cuando fortuna le es propicia:
[pág. 303]Aquel que vá juntando gran tesoro
No siente el sin ventura la malicia,
Los males, sobresaltos, pena y lloro,
Que le es fácil lo que es dificultoso,
Con fin de conseguir su fin gustoso.

Está el Señor de Mitiley en esto
Tan triste, que mil vidas cierto diera,
Por no ver el suceso tan funesto
Del Armada lucida que él tragera:
Pues vuelve de arribada muy de presto
Adonde estuvo ya la vez primera,
Pensando rehacerse y no ha podido,
Segun en lo siguiente es referido.
[pág. 305][pág. 304]

————————————

CANTO VIGESIMO-OCTAVO.

En este canto se cuenta la gran victoria que tuvieron los portugueses contra el Sr. de Mitiley, y de la pérdida y desbarate de su Armada.

————————————

Tener bravos encuentros de fortuna,
Contrastes, baterias y debates,
Estar con esperanza el alma alguna
De conseguir victoria en sus combates,
Efectos son que causa la importuna
Con sus revoluciones y dislates,
Que no puede fortuna estar estable,
Que consiste su ser en ser mudable.

¿Quien libre podrá ser de esta señora,
Sin que obligado sea de ordinario
Como cautivo, Reina Emperadora,
A serle de contino tributario?
Ya dándole las gracias de hora en hora,
Por el bien recibido, ya al contrario
Juzgándola por loca y por insana,
Ingrata, fementida, cruel, tirana.

Tomas Candish, que estaba tan pujante,
A la rueda pensaba que tenia
De aquesta gran tirana, mas constante
Que á su poca fijeza convenia:
Mas ella se le vuelve en un instante
Tan contraria á su vana fantasía,
Que causa que su vano pensamiento
A las vueltas se vaya con el viento.

Viniendo, como dige, de arribada,
Pensando entrar en Santos, toma tierra
Tres leguas mas atras: siendo avisada
La gente sale á priesa de la sierra:
En la falda formaron emboscada,
Ardides necesarios en la guerra.
El Luterano viene descuidado,
[pág. 306]Pensando que será bien hospedado.

Salieron veinte y cinco en una lancha,
Con fin de que podrian refrescarse
En tierra, por la playa grande y ancha,
Para de su fatiga repararse:
Empero nuestra gente los desmancha,
Y al tiempo que volvian á embarcarse,
Comiénzanles á dar gran bateria
Con fuerte y muy espesa flecheria.

Un mancebo á la lancha acude luego,
Y por la mar adentro la metia,
Nadando por el agua, y pega fuego,
Que en breve por la lancha se encendia.
El Luterano está de miedo ciego,
El Cristiano con fuerza acometia;
Rodaban los ingleses por el suelo,
Que ayuda á los cristianos Dios del Cielo.

Cebáronse los indios de tal suerte,
Que no se contentaban dar flechazos,
Y así dan al Ingles muy cruda muerte,
Matándole con crudos macanazos.
Aquel que se mostraba ser mas fuerte,
En un punto le hacen mil pedazos,
De veinte y cinco, dos solos vivieron,
Que viéndose perdidos se rindieron.

El uno de ellos era cirujano,
Grandísimo filosofo y latino,
Mostraba ser en obras muy cristiano,
Que yo traté con él muy de contino.
El otro era mancebo cortesano,
En mi nave de Santos este vino;
Entrambos se quedaron en la costa,
Que les hace en comer el Rey la costa.

Los indios á los muertos les cortaron
Las cabezas, y viérades la grita
Con que la fiesta alegres celebraron
De su victoria santa y muy bendita.
A Santos con su triunfo se tornaron,
Un dedo lleva un indio, que le quita
A un ingles, que anillo en el tenia
[pág. 307]De fino oro, con piedra de valía.

Vispera de San Pedro ha sucedido
El suceso jocundo y placentero.
Candish, que está del hecho entristecido,
Presume de vengar el desafuero:
Escribe en una carta, que el partido
Que quiere, es que le den un caballero,
Si es vivo, de valor y noble sangre,
Sino que tomará al pueblo por hambre.

Entre los veinte y tres ha sido muerto
De un conde el hijo amado que tenia:
Aquesto allí se supo en aquel puerto,
Y que à Candish volver no convenia
Sin él, porque el morir le estaba cierto,
Segun el padre, conde, le queria.
Por esta causa allí cartas escribe,
Y á fuego y sangre á todos apercibe.

Mas viendo que sus retos son en vano
La vela dá Candish desconfiado.
San Sebastian, que es isla allí cercano,
Tomar por rehacerse ha procurado:
No está lejos de allí un Lusitano,
Salvador de Correa, muy honrado,
En nombre de Filipo en el Genéro:
Y oidme lo que hizo el caballero.

Al punto que se supo que surgido
Habia en esta isla el enemigo,
Con un pecho y valor ennoblecido,
(Que de servir al Rey es muy amigo,
Segun yo siempre en él he conocido
Y soy en muchas cosas buen testigo)
A su hijo despacha por la posta
Con gente, por la mar y por la costa.

Tan bien lo hizo el hijo, que llegando
Dó estaba el enemigo descuidado,
En un punto le cerca, escopetando
De suerte, que á gran priesa se ha embarcado.
La vuelta de la mar iba tomando,
Y treinta y cinco muertos le han quedado,
Con que queda Correa, el mozo, ufano,
[pág. 308]Y mas con ver que huye el Luterano.

Salió Candish de aquí con crudo duelo,
Cubierto de dolor y grande llanto.
Con priesa procuraba de ir de vuelo:
Al Almiranta llega con quebranto,
Que viene desmanchada y sin consuelo:
Al puerto van, llamado Spiritu Santo;
Con lanchas y bateles echa gente,
Y él quédase en la mar acá de frente.

Al tiempo del entrar, gran batería
De los fuertes les dieron y flechazos:
La gente indiana armaba gritería,
Los nuestros, sin parar, arcabuzazos.
Vencidos de la espesa flechería,
Y de los fuertes tiros y balazos,
Huyen los ingleses que quedaron,
Que ciento y diez los nuestros les mataron.

Del un fuerte los nuestros han salido,
Metiéndose en un grande y alto mato:
Los ingleses al fuerte han acudido,
Del otro fuerte vienen al rebato,
Del mato vuelven ya con alarido;
Duró la cruda guerra grande rato,
Cayendo los ingleses luteranos
Sin muerte, ni herida de cristianos.

De aquellos que se huyen en llegando,
El General Candish cuatro ha ahorcado,
Otros cuatro se vienen, que velando
Estuviesen las boyas ha mandado.
Huyéronse á nosotros, procurando
Escapar con la vida; que enojado
Está Candish, por ver el desbarate
Que hicieron, por dar aquel combate.

No les mandó Candish que acometiesen
Los fuertes; que sondasen solamente
Les dijo, y que luego se volviesen,
Porque él despues entrára con su gente;
Y como lo contrario ellos hiciesen,
Y de ello sucediese el mal presente,
Estaba en pura cólera metido,
[pág. 309]Y ageno de juicio y de sentido.

No hay quien le consuele; porque estaba
Cualquiera de ellos tal, que no sabia
Si aquello era verdad ó lo soñaba,
Si fuese vana ó loca fantasía:
Así que cada cual por sí lloraba
Y á solas cada cual por sí plañía.
Candish, que mas lo siente, sus pasiones
Pregona, publicando estas razones.

"Maldito sea aquel día en que nacido
Yo triste fuí, que nunca yo naciera,
O yá, que yó nací, que perecido
Al punto que nací luego yo fuera:
O ya que no lo fuí, el encrudecido
Y hondo mar en sí me recogiera,
Y no viera yo aquesta desventura,
Teniendo tan dichosa sepultura."

"¿Qué tengo de hacer, triste, mezquino,
Como podré soldar yo quiebra tanta?
Si allá á Inglaterra yo camino,
Habrálo de pagar esta garganta:
Pues ¿dó puedo tomar otro camino?
Que tierra, mar y cielo ya me espanta:
Porque no vienes muerte cruda ingrata,
Si darme quieres vida, aquí me mata."

Alzando á priesa el ancla mar afuera,
De un bordo y otro anda entristecido:
La noche sobreviene muy ligera;
El almirante, viendose perdido,
No curando de seguir mas su bandera,
Dispara como ha sido anochecido,
Y viendose Candish desamparado,
Las velas popa via ha velejado.

Davis, dije, volvia de arribada
En su nave; las dos fueron abriendo,
Y á pique fué la gente supultada,
En el fondo al infierno descendiendo.
Al Isla Grande viene, así llamada,
Davis, que cruda sed ya padeciendo
Venia con su gente: aquí ha surgido;
[pág. 310]Y oíd lo que en la isla ha sucedido.

Aquí saltaron quince á refrescarse,
Con fin de meter agua en el navío,
La gente que allí está, cura emboscarse,
Con ayuda tambien de algun gentío.
En ellos dan, al tiempo que embarcarse
No pueden, ni huir del poderío
De los nuestros; de suerte que murieron
Los trece, y á los dos vivos cogieron.

Davis se retirò y va huyendo,
Sin saber de Candish ni la Almiranta.
Así se fué esta Armada deshaciendo:
La costa la victoria bella canta,
Las gracias siempre á Dios de ella haciendo;
Que tal victoria admira, y aun espanta;
Que bien parece ser de Dios venida,
Por el Glorioso Pedro merecida.

¿Quien duda que San Pedro, como vido
Su templo de los malos profanado,
Pues fué de su Señor el elegido
Por, cabeza y pastor de su ganado,
Que no dijo:—"¿Señor, porque has querido
A tu pastor dejar desamparado?
Mira que está en oprobio tu rebaño,
Remedia, buen Jesus, tan crudo daño."

De aquellas once mil, una cabeza
Los ingleses tambien en aquel dia
A mal echaron! ¡Santa y rica pieza!
¿Quien duda á Dios la Virgen le diría,
"La injuria á vos, Señor, bien se endereza,
Y contra vos el mal se cometía,
Pues sois para vengarla poderoso,
Destruya vuestra diestra al flagicioso."

La figura de Dios crucificado,
Que en la iglesia y altar devota estaba,
A quien el enemigo ha desgarrado,
Y de ella con oprobio se burlaba,
Pues representa á Dios Verbo Encarnado,
¿Quien duda al Padre Eterno se quejaba,
Y dice: "aunque Cordero muy benigno,
[pág. 311]Perezca ya este espíritu maligno?"

Tambien los viejos claman, suspirando,
Los mozos allí miran hácia el cielo,
Las damas y doncellas lamentando,
Cubrian con sus lágrimas el suelo:
Los tiernos machachuelos sollozando,
Publican su dolor y desconsuelo,
Por esto fué Candish desbaratado:
Que el justo nunca fué desamparado.

Al corazon humilde y doloroso,
Envuelto en contricion, nunca aborrece
El Alto; y al que vé menesteroso
De su socorro, bien le favorece:
Pues ¿quien no habia de estar allí lloroso
En Santos, dò la causa tanto crece
Con robos, destruccion y cautiverio,
Flagicios, tiranias, improperio?

Por mis ojos yo ví, de á pocos dias,
A Santos, con su isla, que robada
Por este Candish fué, y las vacias
Y pobres casas, gente lastimada,
Me daban á entender por muchas vias
Aquella tiranía celebrada
Allí, contra dos pueblos lusitanos,
Cuando de ellos triunfaron luteranos.

Allí vide las fuerzas derribadas,
Las torres y los altos edificios;
Allí vide las casas derrocadas,
Y sacadas las puertas de los quicios:
Por madera en el fuego son quemadas,
Y tuvieron por grandes beneficios
Los que enhiestas en pié hallan sus casas,
Porque las mas estaban hechas brasas.

No me hizo admirar aquesta ruina,
Que el cazador que entra por un coto,
La caza mata, toda cuanta atina;
Y el soldado que vé al campo roto,
Del alto abajo todo desollina:
Mas pena me dió el ver que aquel piloto
Que tengo referido, lusitano,
[pág. 312]En el puerto á Candish metió de mano.

Aqueste merecia ser quemado,
Y el Capitan, que preso le tenia
En Santos, donde estuvo á tal recado,
Que huyendo se fué donde ha querido:
Mirad lo que hará aqueste pecado,
Pues le tiene el Demonio pervertido,
¡Y no querrá, mi Dios, que tal delito
Lo ponga yo en memoria por escrito!

Aquí quiero dejarlo, prometiendo
En otra parte cosas muy gustosas,
Que estoy en mi vejez yo componiendo
Del argentino reino. Hazañosas
Batallas, que el Dios Marte vá tegendo,
Conquistas y noticias espantosas.
Lo que he dicho y dijere en mi escritura,
Sumito al Santo Oficio y su censura.

[pág. 313]


TABLA

DE LAS COSAS MAS NOTABLES,

que se contienen en la

ARGENTINA, ó CONQUISTA

del

RIO DE LA PLATA.

A

Abarori, indio. Vá con Melgarejo, ofreciendo guiarle, y le mete en una isla fértil—122.

Abayuba, indio. Sobrino de Zapicano—104.
y muy amado de él por sus buenas calidades—109.
Vá al campo de Juan Ruiz, y es preso. Libre, vuelve con indios de guerra, y mata muchos españoles desparcidos—110.
Vuelve, y sigue muy ligero dos que huyen—113.
Furioso, es muerto por Leiva—148.

Abejas—215.

Abrego. V. Diego.

Abrojos. Bajios en la costa del Brasil—82.

Acais, significa Válgame Dios—30.

Agaces. Indios—6.
No tienen pueblos, y ¿donde vivian?—28.
Matan un fraile francisco y otros españoles, y cuidado que tuvieron de un resplandor del Cielo, y una doncella—118.

Agua en cañas, de buen sabor—32.

Aguaceros en la linea—82.

Aguazo, cacique, dispone con Yamendú y otros traicion contra Juan Ortiz—134.

Aguero bueno para romper guerra entre los indios, caer derecha la flecha que disparan—281.

Aguilera, valiente en la batalla de los Charcas—149.
Acude á sosegar el motin de Santa-Fé—238.
Dá muerte á Gallego, cuando le pidió ayuda, y lo que le dijo—ibid.

Ayala, alguacil, echa la gente de la iglesia, en la Asumpcion, y saca de ella al Obispo á empujones—70.

Atumirí Puerto, se describe, y ruina que padeció en él la armada de Juan Ortiz—123.

Alegrias que hace una nacion en las muertes—181.

Algarrobas, hacen vino de ellas los indios—280.

Alma, ¿para qué fué criada á imágen de Dios?—25.

Alonso de Cuevas, quiere librar á su muger de los indios, y por meterla en el navío se le cae al mar, y defiende el navío—273.
Sale á un desafio con un indio. Es derribado por Coraci, y de rodillas le hiere, y huye el indio—219.

Alonso Granero, Obispo. No asistió al Concilio de Lima por la gota, aunque estuvo en la ciudad—257.

Alonso de Ontiveros. Húyese de la prision á los indios—119.
Y muda nombre y religion—ibid.
Vuelve á los Españoles arrepentido de su apostasía—ibid.

Alonso de la Torre. Cáese de hambre hablando con el autor—190.
Arrimado vuelve al pueblo con él moribundo—ibid.

Altamira, sierras. ¿Cuales son?—4.

Alvar Nuñez Cabeza de Vaca. Salió de la Florida, es nombrado Adelantado del Rio de la Plata—45.
Sale de Cadiz con su Armada, y le reciben bien los portugueses de Cabo Verde—49.
Llega á la Costa del Brasil, reconoce la isla de Santa Bárbara y Santa atalina—ibid.
Envia á reconocer la tierra, y entra hácia el Paraguay con grande hambre y mortandad—50.
Sube 300 leguas por el Paraguay, y no hallando plata se vuelve, y lo que erdió—ibid.
Llega á la Asumpcion, y se levantan contra él: entra Armenta á prenderle á la cama, y quieren matarle—53.
A los dos años de su gobierno—50.
Intenta defenderse. Sácanle de su casa preso los oficiales reales—54.
Tráenle aherrojado á España—58. Privado del título de Adelantado—59.
Admírase el autor, de que no se castigase la maldad de los rebeldes—ibid.

Alvarado, ofrece gente á Martin de Arana, contra Candish, y no la admite—295.

Amante de Hernachuelos—91.
Piérdense, y quedando la Dama sola, sale del mar á requebrarla un pez—93.
Como los castigó el autor?—ibid.

Ana, y caso infame que la ocasionó un mal juez.—41.

Ana de Valverde, muerta por los Mañuás, y sus calidades—272.

Añá significa Diablo—283.

Añagualpo, cacique, muerto por Vizcaíno—148.

Añanguazù, cacique, en la isla del Rio de la Plata—127.
Vá Garay contra él, y sus indios le dejan—137.

Añapitan. Animalejo con un espejo en la frente, ó carbunclo—31.

Añapuleitá, significa cerro donde el diablo canta; que está cercano á Beitemí, donde muere de espanto el que sube—283.

Ancoanco, pueblo. Cáe sobre él un cerro, y mata 400 indios—262.

S. Andres apóstol—183.

Angel. Se aparece en cima de la iglesia de la Asumpcion la noche que se juntaron los clérigos y otros, para prender á Cáceres—74.

Animo dudoso, á todas partes mira—153.

Antas. De sus cueros hacen yelmos los indios—136.

Antonio de Mírabal. Se adelanta, de órden de su hermano el Licenciado Lerma, á decir iba á gobernar, y se traba de palabras con el Vicario—240.
Vá á Estero, y ¿si tuvo la culpa de las desazones con el Dean?—250.

Antonio Torres. Su hija intenta defender que saquen los rebeldes al Obispo de la iglesia, y lo que dijo—71.

Arañas, y su veneno—213.

Araguay, el rio Pilcomayo, y cuando toma este nombre?—7.

Arauco. Temia al Licenciado Torres en la guerra—201.

Arcilla, ó Ercilla, su poema de Arauco—277.

Arellaño, muerto por los indios—113.

Arequipa. Llega Drake á ella, y echan los vecinos al mar la plata del Rey—246.
Despacha aviso á Lima, y llega tarde—247.
Padece un gran temblor, cáense algunas casas, y mueren muchos—251.
Su volcan—253.

Arevalo. Hiere muchos indios en la batalla contra los Charrúas—149.
Impide quemar la casa en que estaban los españoles—155.

Arica, puerto. Llega Drake á él, y lo que hizo—246.

Armas de los indios Mañúas—272.

Armenta. Se levanta contra Cabeza de Vaca, le prende, y quiere matarle—53.

Astrologo, indio—221.

Asumpcion. Ciudad en el Paraguay, poblada de gente noble por Salazar—22.
Su temple y frescura—27.
Abundante de frutos de la tierra, y España—22.
Y de mugeres y mestizos mal inclinados—ibid.
Indios que viven y sirven en ella, y de qué pueblos—14.
Es bien recibido Ure en ella—62.
Muerto Irala se juntan en la iglesia á elegir sucesor—63.
Reciben bien á Juan Ortiz—193.

Atambores, y cajas en el aire, antes del terremoto de Arequipa—251.

Atlántico, mar: el del norte, y si antes era tierra poblada? Y se la tragó con una inundacion—5.

Audiencia de los Charcas. Resuelve la guerra contra los Chiriguanos—285.

Aves. Muchas en las islas y tierra del Rio de la Plata—23.

Avestruces en el Rio de la Plata. Traen los indios á Juan Diaz, en San Gabriel, y como los cazan con bolas?—105.
Su carne salada es sana y sabrosa—280.

Avila. Entra en el levantamiento de Santa Cruz de la Sierra, y ofrece el Virey perdonarle—167.
Lo que hizo—168.
Vá con D. Diego de Mendoza á los Charcas, y lenima—170.
Estando en la horca llega el perdon, le vuelven á la cárcel, y es libre—180.

Autor. Natural de Logrosan—159.
Objeto de su historia, y verdad de ella—245.
Ofrece segunda parte—312.
Invoca á Dios, y propone la obra—ibid.
Resumen de lo que ha de contar—ibid.
Vió y oyó á fidedignos—23.
Admirase de las estrañezas que ha visto.—.
Traía la conciencia limpia, sintiéndose morir de hambre—181.
Prende un portugues herege, y le lleva á la Asumpcion—230.
Procura reducir á Yamandú á la Fé, sin fruto—18.
No le dejó dormir el salto del Rio Paraná á dos leguas de distancia—20.
Quiso cazar un carbunclo, y no pudo—31.
Fué cautivo de los Payaguaes—43.
Vá con Melgarejo á una entrada, y á todas las peligrosas. Déjale, y se une á Garay—122.
Teme ahogarse en el Uruguay, y sale con los demas á tierra—135.
Trobó los cantares hechos á Obera—217.
Llégase un indio de Obera á él en la batalla de Guaitoca, con una cruz y le ampara; y lo que supo de él—229.
Prende con maña á tres mestizos discípulos de Obera—ibid.
Y quien se los trajo—230.
Espántase su mula en el terremoto de Lima, y lo que vió—262.
Quedó pobre con lo que gastó en el concilio, y queriendo volver á España le nombran por Vicario de los Charcas, y Comisario del Santo Oficio—265.
Llega á Buenos Aires desierta, y que se vuelve á poblar—39.
Junta rescate para tres españoles cautivos en los Charrúas—302.

Azogue, con que se beneficia la plata en Potosí—178.


B

Bajios del Rio de la Plata, peligrosos—20.

Bañuelos, mata muchos indios en la batalla de Guayraca—229.

Barcas, y bajeles de los Tupís sin velas—5.

Barros. Presidente de Charcas, privado de oficio por el Visitador—202.

Bartolomé Barco Amarilla, vecino de la Asumpcion—229.

Batalla de los Charrúas y los españoles—146.

Beatriz de Aliaga, su rico trage—260.

Beatriz Coya, se casa con Loyola—185.
Vivia en Lima—261.

Becerra, sacrificado por Guayraca, y sus cenizas esparcidas al aire—200.

Beguaes. Indios del Rio de la Plata—6.
Rescatan con Juan Ortiz—125.
Se rebelan, y sitian con los Guaranís y otros indios, á Buenos Aires—275.

Benavente, teniente de Lerma en Esteco—250.

Benito. Dá muerte á Pablo de Santiago, estando peleando con los indios, y otro le mata á él—114.

Bermejo, rio—21.

Bernarda Niño, hace una basquiña de 3,000 pesos de costo—260.

Berú, indio. Pide á Tapuy que llame á Curemo—222.

Blanco, cabo. Su costa arriesgada, y su situacion—14.

Biotimi, pueblo. Sus indios dan muerte á Nuflo de Chaves—283.

Bolas, con que matan ó cogen los indios á los avestruces: empleadas con buen suceso contra los españoles—111.

Borbon, muere en el saco de Roma—35.

Borracheras de los indios en sus fiestas—167.

Brasil—2.
Su costa caliente—8.
Pueblale Tupí estremeño, y echa de él á Guaraní, su hermano—6.
Toma Mendoza tierra en la costa—38.
Llega á su costa Candish, y destruye Santos y San Vicente—297, 298.

Broquel de concha de pescado—136.

Buen Rostro, muerto por los indios—113.

Buenos, padecen mucho en Indias—213.

Buenos Aires. Su sitio—13.
Vá á poblarle Garay—22.
Eligió oficiales de ayuntamiento—235.
Le ponen por nombre Trinidad—ibid.
Y sugetos los indios, se reparten en los vecinos—234.
Su temple parecido al de Sevilla, y su fuerte—235.
Sitiada por los indios, se defiende—275.
Despoblado por sus vecinos, se van á la Asumpcion—45.
Con la noticia de Candish echan la gente fuera, y se quedan solos los soldados—299.


C

Cabeza, de una de las once mil Virgenes, ultrajada por los Ingleses—310.

Cabo Frio. Toman en él tierra los Tupís estremeños—5.
Dóblale Mendoza—38.

Cabo Verde. Sus islas quedaron cuando la tierra contigua se sumergió—5.

Cabrera. Causó el alboroto contra Cabeza de Vaca—54.
Y le trajo preso á España con procesos de su gusto; y su desgracia—59.

Caza y pesca mantienen los indios—16.

Cáceres. Oficial real, bullicioso—54.
Vá de órden de Irala á sosegar el alboroto sobre la prision de Cabeza de Vaca, que habia causado—ibid.
Teniente de Gobernador, se vá con el Obispo de la Asumpcion al Perù—66.
Riñe con él en Santa Cruz de la Sierra, y se vuelven los dos sin hablar—67.
Procura deslucir al Obispo—69.
Sabe que hace informaciones contra él, y le publica suspenso, y prende á sus amigos—70.
Y hace degollar á Esquivel por un falso testimonio, y dá la casa por cárcel al Obispo—ibid.
Andaba como endiablado, y quiere echar al Provisor al Perú, y le envia confianza—73.
Préndele el Provisor en la iglesia en nombre de la Inquisicion—74.
Emviado á España con el Obispo por el nuevo Teniente; y su afliccion—75.
Escápase en S. Vicente, y descubierto á escomuniones por el Obispo, le envia á España—77.

Caituá, indio. Dá muerte á Pinedo, huyendo—113.
Amigo de Garay, le rescata cuatro españoles—139.

Calchines, indios. Salen á recibir á Juan Ortiz, en balsas—193.

Callao. Puerto de Lima, trata de fortificarle el Conde del Villar, y le inunda el mar, destruyendo muchas casas—287.
Guarnecido contra Candish y sus ingleses—292.

Camelo, ayuda á Juan Ruiz en la batalla de loz Charruas—149.

Canarias, islas. Quedaron de la inundacion que sorbió la tierra, de que eran continentes—5.

Cañas, como piernas, llenas de agua, y como se engendran en ellas gusanos—32.
Espesura de ellas, y dificultad de cortarlas—33.
Otras como robles, y en los Mojos otras sin gusanos—ibid.

Canoas. Se hunden muchas en los remolinos del Rio de la Plata—19.

Capac, Inca. Solo Señor, llamó Chiriguanos á los Guaranís—8.

Caravallo pelea con Yanduballo, y Liripe los separa—128.
Enamórose de ella, mata descuidado al indio, y como le engañó la india para matarse—129.
Maldícese por haber causado esta desgracia, y oyendo grita, llega á la nave cuando le tenian por muerto—130.
Su valor en la batalla contra los Charruas—150.

Carbunco. Animal con un espejo en la frente, y como se lo sacan—31.
V. Agnapitan.

Carcarañá. Rio cerca de la torre de Gaboto 125, 130.

Caras. Desuellan á los vencidos los Charruas para trofeo—105.

Caribdis en el Rio de la Plata—19.

Caribes, ¿de que se compone el nombre?—19.
son los Guaranís, y fieros. V. Guaranies.

Carlos V deja el reino á su heredero, y se retira á S. Justo—48.

Carne humana, la comian los Tupís en Estremadura—3.
Los españoles en Santa Catalina—88.

Carniceria de negros en Cabo Verde—37.

Carreño llega á España en tres dias desde las Indias, siendo marineros los diablos—103.

Carrillo, partido por medio por Taboba—113.

Cartagena, puerto. Llega á él Diego de Sanabria por haber errado el viage al Rio de la Plata—60.
Y Juan Ortiz, robado por un francés, y le socorren sus amigos—67.

Casas de estera, tenian los Charruas—104.
Del Gran Moxo de piedra, su fortaleza, y adorno—51.
Su puerta chica, fuerte, y de cobre—52.

Cascavel, que tiene la contrayerba contra las víboras—27.

Castro, Licenciado. Gobernador del Perú, dá el gobierno del Rio de la Plata á Juan Ortiz de Zárate, quitándole á Vergara—65.
Dasele á Juan Ortiz—66.
Y lo confirma el Rey—67.

Castrum Julii, es Trugillo, y quien la fundó—4.

Catalina Verdugo, ayuda á matar á su marido, y se casa con el galan—253.

Cava, causó la ruina de España, y cual temian causaria la del Paraguay—203.

Cautivos, trátanlos bien unos Charruas—119.
Y otros mal—302.

Caycobé, significa, yerba que vive, se encoge en tocándola, y se marchita—25.

Cayú, cacique. Van en su busca Garay y Melgarejo, y prende un hijo suyo, y le llevan á Juan Ortiz—155.
Síguele con una india, y mucho pescado, no logra su libertad—157.
Vá tras Garay, y le pide carta para conseguirla—161.
Y vuelve con ella y Yamandú á Juan Ortiz—ibid.

Chalamarca, pueblo. Demarca en él la tierra de los Chiriguanos el Virey—173.

Chanaes, indios. Prende Garay tres—155.
Flechan á Chavarria cautivo—158.
Y crueldades que hacian con otros cautivos españoles—ibid.
Compran á los Chiriguanos á Juan de Barros—159.

Charrúas y Charrúaes, indios crueles—301.
Respetados de los demas—151.
Valientes, altos, ligeros, y sus casas—104.
Se tiene por mas valiente el que mata mas enemigos, y como señalan los muertos—105.
En la muerte de sus deudos se van cortando los dedos—ibid.
Van al campo de Juan Ortiz á buscar á Abayuba—110.
Cogen entre medio á los españoles que iban á buscar yerba, matan 40 y prenden otros—ibid.
Vuelven con ejército, y matan otros que huyeron con armas—112.
La noche los hace retirar, y despojos que llevaron—114.
Sale uno en la playa á desafiar á los españoles, y es muerto de un balazo—118.
Húyenseles algunos prisioneros, aunque los trataban bien—119.
Batalla que dieron á Garay hiriéndole—150.
Y mueren mas de 200 y huyen—ibid.
Matan la gente de un barco—306.
Han hecho grandes daños á los españoles, y otros—301.
Algunos comercian en Buenos Aires—ibid.

Charrues. Indios malvados—6.

Chavarria. Flechado por los Charrúas, y sus crueldades y muerte—158.

Cheliplo y su hermano, persiguen la gente de Juan Ortiz que huía—113.

Cherandis, indios—6.
Donde están poblados?—18.
Son porfiados en los ajustes, rescatando con Juan Ortiz—125.
Con la gente de Garay—137.
Rebélanse, y por qué?—275.
Van contra Buenos Aires, y cercan el fuerte—ibid.

Chile. Tierra de muchos árboles y oro—2.

Chiloasas, indios—6.
Salen con otros, á su pesar, á recibir á Juan Ortiz—193.

Chiquitos, indios. Conquistados por Nuflo de Chaves—58.

Chiri, significa frio—8.

Chiriguanes. Son Guaranís, y andan desnudos—8.
Algunos mueren de frio—ibid.
Y por qué?—ibid.
Por qué se llamaron así?—ibid.
Muchos habitan en la Asumpcion—28.
No quieren consentir la rebelion de D. Pedro de Mendoza, ni ayudarle—170.
Descubren la traicion—ibid.
Huyen del Virey, burlándose de él. Intentan hacer guerra á los españoles, y por qué los dejaron?—173.
Sus atrocidades, y miedo que les tienen sus vecinos—9.
Conmovidos por Ibitupué, tienen junta de guerra contra los españoles—279.
Su grita, viendo buen agüero en la flecha disparada: maltratan á un viejo que se opuso—281.
Daños que hacen en los caminos, desde las sierras de Chuquisaca—7.
Levantados, dan qué hacer al Gobernador de Guayra—20.
Matan muchos españoles por los caminos, cautivan otros, y causan gran terror—283.
Envisten con la comitiva de Doña Maria de Angulo, y la matan, y á nueve españoles, y despues se ajustan con los que quedaron, y se resuelve en los Charcas hacerles guerra—285.
Salió escarmentado de ellos D. Francisco de Toledo—9.
Aunque gastó mucho en conquistarlos—ibid.
Ya no comen sino presos en guerra, excepto españoles—28.

Christoval, indio. Refiere á Melgarejo la traicion de los de Taboba—123.

Christoval de Arévalo. Elegido por general contra su gusto por los conjurados de Santa Fé—237.
Repréndele Venialbo por un bando de armas que echó, y trata de extinguir el motin, y castiga á los amotinados, y como?—238.
Excepto alguno, y por qué?—239.
Ayudóle mucho haber ido Lerma á Tucuman—242.

Cisne. Muere cantando—182.

Codicia, pone en grandes peligros—301.

Cometas, que se vieron antes del terremoto de Arequipa—251.

Comodo, Emperador. Por qué rogaba por su vida una vieja?—199.

Coñamecuaes, indios. Sin ser repartidos acuden á servir á la Asumpcion—28.

Concilio. Se junta en Lima, y de que se componia—257.
Despáchanse edictos, y acuden muchos á quejarse, y nace discordia entre los Obispos—258.
Publícase al año la sesion, confirmando la antecendente, y otras que se apeló, y se envia á España—264.

Conde del Viliar. Virey del Perú, deja la guerra de los Chiriguanos y vá al Callao, donde manda hacer un fuerte contra Drake—286.
En él se guareció de la inundación del mar, hasta que salió al campo—287.
Se retira á San Francisco, con los Oidores, en el temblor de tierra de Lima—289.
Da providencia para defender el puerto contra Candish—292.

Condurillo, rio. Sugetan á sus indios los Guaranís—6.

Condurillo. Cacique muy valiente—172.
Quiere Taboba le avise sus intentos, Ibitupua—66.
Llega Quiñones cerca de su tierra—172.
Huyen sus indios de Zárate, y escondidas sus mugeres, vuelven á él con cruces, diciendo querian ser cristianos, y es descubierta su malicia—174.
Véncelos Zárate, y se llevan los muertos—ibid.
Envisten á quince españoles que quedaron en el fuerte y con la venida de los demas huyen—175.
Vá con sus parientes á la junta de Ibitupuá—279.

Consejo de monos—106.
En que predicaba el mayor, acabada la plática se deshace—100.

Consejo. Su importancia en todo—194.

Contrayerba, que tomada, sana á las doce horas la mordedura de la serpiente de cascabel—27.

Crucifijo. Lo destrozan los ingleses y se burlan de él—310.

Contratos, que prohibió el Concilio de Lima.—264.

Contreras (Licenciado). Fiscal de los Charcas, privado de oticio por el Visitador—202.

Conversion de los indios. Como se ha de hacer—215.

Coraci. Sale con otro indio á desafiar la gente de Garay, y es vencido de Espeluca—218.
Huye, y refiere á su cacique el valor de los españoles, y es quemado vivo—220.

Cordobés, (El). Muerto por los indios—113.

Cordillera del Perú, asperísima. Llegan á ella los Guaranies, conquistando y sugetan muchos indios—6.

Corpus Christi, puerto—269.
En la isla de Santa Catalina, y por qué se llamó asì—88.

Cosme. Se libra de un naufragio, y muere de hambre—276.

Costumbre vieja, difícil de perder y dejarla, es casi muerte—153.

Cruz. Ponen una para tirar al blanco los ingleses en Paita—295.

Culebra en el Rio de la Plata—23.
Comen los de Juan Ortiz como regalo—95.

Culpa. Su conocimiento la disculpa—74.

Curemo. Oyendo á Urambia persuadir paz con los españoles, se sale de la junta de los indios con su familia, se entrega á una laguna, y toma á sus hijos juramento de morir defendiéndose, y vuelve al cacique—222.
Huyen los suyos de Garay, y ofrece guiarle—223.
Enfádase con Urambia, y lo desafia, y riñe con padrinos—224.
Dáse sentencia, dejándoles iguales—226.

Curiyú. Culebra que traga lo que coge chupando, y como se rompe la barriga para arrojar lo que no digiere—27.

Cuyapeig, indio. Acude con indios á Guairaca—227.
Muerto en la batalla por Valenzuela—228.


D

Daroca. Encendia á Cáceres con sus cuentos contra el Obispo de la Asumpcion—69.

Davis. A vista del Estrecho prende dos navíos; y se libra en uno—300.
Con lo cual, y grande sed, llega á la Isla Grande—309.
Echa quince ingleses en tierra, por agua, y los matan los españoles é indios, y se retiran—310.

Dedos de manos y pies. Se van cortando los indios Charrúas, segun los duelos que tienen por sus parientes—105.

Deleites, seguidos de las penas—99.

Desafio de dos indias, sobre cual de sus maridos era mas borracho—274.

Diablo. Por qué tentó á Cristo, Señor Nuestro, en la hambre?—41.
Procura que los cristianos no vayan á tierra de paganos á predicar—102.
Uno descalza, á quien llamó para ello, y le arranca una pierna—103.
Cuando no puede, se vale de las mugeres—163.
Enseñaba cantares á los indios en un cerro—283.

Diablo. Animal, el carbunclo—31.

Diego de Abrego perseguido de Irala—44.
Junta gente contra él—55.
Y muere mucha—ibid.
Vuelve á la Asumpcion, le nombra Lazcano y los leales
por gobernador, y hace degollar á D. Francisco de Mendoza—56.
Huye al monte, sabiendo que Irala volvia, y muerto por Escaso, sigue al otro partido su gente—57.

Diego Flores de Valdés. Vá al estrecho de Magallanes—269.
Llega al Rio Jenéro y á Yumirí, y halla un navío robado del inglés, á quien sigue sin fruto—ibid.

Diego Gomez, marinero. Incita á D. Diego de Mendoza á que se haga gobernador de Santa Cruz—164.
Ofrécele la vida el Virey—167.
Hácese enemigo de D. Diego—168.
Enviado preso á la Audiencia—170.
Alcanza á D. Diego—175.
Ahorcado por el Virey en Potosí—179.

Diego de Mendoza. Lo que le dijo su padre D. Francisco, al tiempo de su muerte—56.
Sirvió poco el aviso—ibid.
Envia preso al gobernador de Santa Cruz de la Sierra, á la Audiencia, por haber reñido sus mugeres en la iglesia, y le elige el Cabildo—162.
Prende á los alcaldes que le contradecian, y mata á los Salazares—164.
Vá á las horcas de Chaves, sabiendo la venida del Virey, y previene contra él á Ibitupuá—165.
Escúsase el cacique, y vuelve á Santa Cruz tullido, y le ofrece la vida el Virey—167.
Deja el gobierno persuadido, y le aconsejan se presente al Virey, y traicion que procuró contra Paniagua—168.
Descubierto, se vá á los Charcas con Avila—170.
Y llega á Mizque—ibid.
Llevaba su confianza en el Virey, y siente que fuese allá Diego Gomez—178.
Preso por el corregidor de Tomina, le lleva al Virey, y sentenciado á muerte es degollado—179.
Imputándole alzamiento—283.
Pagó su atrevimiento en Potosí—56.
Si vuelve al Paraguay, revuelve la tierra—172.

Diego de